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ESIDNOS HISTÓRICOS. POUTIGOS Y SOCIALES
EL RIO DE LA PLATA
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ESTUDIOS
HISTÓRICOS, políticos Y SOCIALES
EL RIO DE LA PUTA
D. ALEJANDRO MAGARIÑOS CERVANTES : íS^^ ^S
UN BOSQUEJO HISTÓRICO
BU detenbrimiento, pobladon y oonipiista desde Í5i5 á 1810; — R«to1iicíoii de
1810;— Sucesos de 1810 á 1825 ¡—Apuntes de 1826 á 1845;— Bosas y su sisle '
ma; — ^Bosas juzgado según sus propio» docomentoe; — ^La Republica oriental del
Uruguay; — Cuestiones interiores y esterioies de Ia ConfedeTacion Argentina;
La intenrencion anglo-flranoesa ; — ^Roeas y Luis II (paralelo histórico); — Política
europea en la América española; — Territorio, población, dimay producciones del
Rio de la Plata; — Las estancias y los gauchos;— Las ciudades Hispano-Ame-
ricanas; — La situación actual de la América española; — Población española
en América;— Emigración al Rio de la Plata; — Los españoles en Monterideo y
Buenos Aires; — Bqiaña y América; — ^Relaciones mercantiles entre España y d
Rio de la Plata^— Juicio critico de las bases y punios de partida para la orga-
nixadon política de la República Argentina.
parís
tipografía de ADOLFO BLONDEAU
Calle de Petit Carreau. 20
1854
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Bancrof t LibrSf
u MdtUimín» SESO*
¿ DON ALEJANDRO OLIVAN.
. V
V
^ Una parte, y no pequeña, de los artículos que contiene este
"J libro, se publicaron en el Orden, siendo usted director del mis-
^ -' mo, y tanto por esta circunstancia como por la benévola acoji-
^ da qué le merecieron sin conocer al autor, á quien luego se dig-
r:x nó usted honrar con su amistad dándole repetidas pruebas de
" "-'. afecto é interés durante los ocho meses que permaneció en la
('/ redacción de su periódico, creo cumplir un deber y pagar una
•-7^ deuda muy grata á mi corazón, al ofrecerle la dedicatoria de los
Estudios Históricos, Políticos t Sociales sobre el Rio de la
Plat4.
Pobre es la ofrenda, amigo mió, pero leal y desinteresada. Ella
(-^ y prueba que en Francia soy el mismo que en Eapafia : el mismo
en la próspera que en la mala fortuna : y si la obra, atendidos
los méritos de la persona, no llena cumplidamente el objeto que
me propongo, la indulgencia del amigo disimulará lo que no per-
donaría el gusto clásico, el saber y el talento del escritor. Mucho
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•pesarán en la balanza mis defectos ; pero dudo qn^eid^n i la
ilustración y bondad de usted. ' ' •
Animado por ellas, be puesto su nombre en la primera página
de este libro ; pero aunque usted lo borrase, siempre quedaría
grabado en el corazón de
Sa afectisimo y agradecido amigo,
A. MAGARlftOS CERVANTES.
Pafia i5 de marzo de 1854.
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INTRODUCCIÓN.
Aunque publicados en diversos periódicos y en distin-
las épocas, un pensamiento dominante enlaza entre si
los artículos que forman este libro.
Por este motivo no hemos querido hacer alteración
alguna en los que se refieren á Rosas : hoy que los acon-
tecimientos han justificado nuestras predicciones, tienen
acaso el mismo ó doble ínteres de actualidad que en la
época de su publicación. Ademas, las cuestiones sobre
que versan pertenecen ya á la historia, y aunque Rosas
ha desaparecido de la arena política, no por eso ejercen
menos influencia en la vida social de los pueblos argenti-
nos. Conviene dar á conocerlaépoca ominosa de su dieta-
dura tal como era, con las buenas y malas pasiones que
inspiraba, con los temores que infundía su estabilidad y
formidables elemementos de resistencia, con el odio,
« las esperanzas y los principios que invocaban los que
combatían bajo opuestas banderas. Todo eso nunca se
espresa mejor que en el calor de la lucha : luego que
las pasiones se amortiguan, que renace la calma, que se
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— 40 — .
grandes, hubo tantodimbécileft qae entregsroii ala aeñd**
ra del mundo, atada de pies y manos k la aafla de loa
bárbaros. Lo8 liraDos, dígase lo que se quiera, no soú
mas que una consecuencia lógica, y k vecaí necesaria^ del
estado moral ó inteligente de los pueblos que esdátisan.
Séanos permitido dedtíó : Rosas jaúiás se hubiera ea«
eárainado al primer puesto de 1& república \ nEuncahabie-
ra (Sometido los eseesosquehanescandaliiadoalmtmdo^
sí en las tradiciones coloisiales, en las condielodes fisieas
del soelo^ en la amUoion dé los oaudillos, en la ignoran-
da profubda de las masaa^ en los ódlos de rasa^ en los
instintos ciegos y feroces de taparte ioealtay titíosa de
la poblaeioil dillos campos y ciudades^ en Ion eslrdtios
de los partidos» en los intereses encoütradoe de cada
localidad, y en la relüyacion de los víneulos sociales por
k guerra cítíI y la anarquía, do hublesíe encontrado ya^
prontos, ardiendo, ^ ^ astado de arrojarlos sobre el
yunque, los férreos criábones de esa* eadena^ qué él sopo
labrar con su energía^ coa su perseverancia y ({onsuseri*
menes : cadena tan fuerte que la Europa en mas de ima
ocasión intentó y no pudo romper^y que tanta sangre, tan*
tas lágrlSLaa y sacrifioiosbaéostadoáilospoeblosddPlatal
Un trabajo severo y concienzudo sobre aquellas regio-
nes^ que las examín«» á laluK déla historia y de la filo-
sofía seria tmiy contscdeiile a las dwnás repáblieas hisp»-
no-amerksDiB^á la Eftrepa^ y práscspataa^le k E8(Mifia«
A las denas répéklicas» bispanoMamesieanas, porgue
son tantos y liles lo» píteles de oM^taeto^ enta histoifa,
en la potftiea, e&las oOstftitíhresó en el eelado soeial^ qne
seite apl^bhi ^ ellsis ^ mm mis é peiptos. latíüud , casi
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— « —
todo lo cpie ie ^garertptcto de lasprotliioiai ÚA aUtigoo
lireioato de Buénoi Airéis
A la Europa^ porque á día» mluí que á noeotroe^ 1*
GonViede que ooii la paz tengainog orden, y^ fot weÉ^
gmente» stiedios de eonswmir jproiueir (A doble de lo
que ahora nos vende y nos compra *, porque lieodo tía
vital púa ella eie iñterte , nadamto fádl de probar ^e
sus primeros eiladistast diplomáticos y esoltores han i&*>
eurrido i iútúítm diariamente en g^avirimoe erronif
pretetidiendo esplicar nnestroft fenómenos politioos y són-
dales por sus ideas y teorías europeos» Importa hacerles
eompreüder que detrfts del AtUtttieo, domo hemos didho
ea otra ocasión, hay otro mondo moral »«•- eampo iwt^
t)simo no esplorado pAt la cieneia ^ que está agüii^
dando xúi observador inteligente ^ ptoétre m él» f
revele á la Europa atónita el weoMb dé la aetual soidedad
hispano-amerfcana, él desarrollo de áu vida^ d^qoe^
la asimiladdn y absOrdon mutua dé los elementos hel9»
rogéneos que hierven en su seno, y mas que todo eso» lá
mardia fatal, inevitable^ de sos diversas rasas háoia la
unidad de oreendas, leyes y costumbres^ en medio del
eombafé tmiaz y ft niueñe de las ideas con las bayonetas
y de la dtilizadon y la Urortad eontra la barbiurie y la
tirai^c
Finamente» una obra de ésta alase seria utOisima á
Espafia^ porqué en la actualidad ningún otro {Mis del
nuevo hemisferio paede ofreeerie, biyo ninguB eohcepto
tantas ventl||aa como el Rio de laPlata^ paraéu t^restifeiO
y prepoddéranoia eñ América^ para su industria y oomet^
do^ y ptta él Ueneetv di sa* UDeti tg» emigfaa *
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— 42 —
aquellos lejanos climas en busca de mejor fortuna. Esto
hoy, inmediatamente, que en un porvenir no muy lejano
inmensos , incalculables son los beneficios que podréi
reportar á la madre patria la unión y buenas relaciones
con las repúblicas que baña el Plata y sus demás anti*
guas colonias.
Nosotros, sin pretender llenar del todo este vacio,
vamos á escribir un libro dividido en una serie de artí-
culos adaptados, á la Índole d^ un periódico político, á
fin de poner á buena luz las proposiciones sentadas, y
otras no menos importantes.
Prescindiendo de las razones espuestas, hay otra pode-
rosísima, de conveniencia y actualidad, que nos impele
. , áello. Nadie ignora que en el Plata solo ha reconocido
< España la independencia de la república del Uruguay,
' ' ^^ pero no la de la Confederación argentina, ni la del Pa-
^ ^ \; "y raguay, gracias al sistema de gobierno planteado y se-
guido por el doctor Francia y su feliz imitador don Juan
Manuel Rosas.
Quisiéramos que plumas mejor cortadas, inteligencias
mas nutridas por el saber y la esperjenda, consagrasen
á esta tarea, verdaderamente patriótica, sus vigilias. Los
gobiernos de América y España deberían influir de un
modo directo y eficaz para que las personas competentes
por su ilustración y conocimientos especiales, se dedi-
casen al estudio, al examen y solución de las cuestiones
mas vitales á nuestro estado presente y futuro. No basta
indicar la llaga, es preciso sondearla y señalar el reme-
dio oportuno antes que el mal se haga crónico, y la
gangr^ia se apodere del enfermo. La metrópoli, ademaa,
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— 13 —
conserva todavía algunas colonias, y los estadios con-
cienzudos que se hicieran sobre las repúblicas hispano-
americanas, refluirian directamente en beneficio de las
Antillas y Filipinas.
No faltará quien se adhiera á nuestro pensamiento,
porque la empresa es mas ardua y trascendental, y de
una utilidad mas inmediata y positiva de lo que parece á
primera vista.
Nunca puede deplorarse bastante la tibieza, por no de-
cir indiferencia, con que en España se ve cuanto se re-
fiere á la América independiente, y vice-versa.
Ha llegado el momento que cese esa culpable apa-
tía. La Providencia no une á los pueblos con los lazos
de un mismo origen, de una misma religión, de unas
mismas costumbres, de un mismo idioma, para que se
consideren como estraños, y se alejen mutuamente, asi
en la próspera como en la adversa fortuna. El pueblo
hispano-americano y el pueblo ibero, no son ni deben
ser mas que miembros de una misma familia — la gran
familia española,— á quien Dios arrojó del otro lado del
Océano, para que con la sangre de sus venas, con su va-
lor é inteligencia, conquistase á la civilización un nuevo
mundo; que si ahora tres siglos regeneró á la Europa,
y dio un vuelo prodigioso á su industria, comercio, cien-
cias y artes, quizá mas tarde pueda devolverla con usura
lo que entonces recibió de ella.
Olvidemos las causas que nos|llevaron á la arena
del lámbate ; estrechemos los vínculos indisolubles con
que la naturaleza y el destino han ligado nuestra suerte,
y auiüliándonos mutuamente, veamos si podemos entrar
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— li-
en una nkuiVa leüda, en cuyo ténoíno las futitrafl gene*
raoioneB iberas y americanai encuentren el poder^ el ea*
grandeeindenito^ la gloria y f eUoidad de fue hoy oare«
cen.
Tengan presente la España y la Europa, qne lá onés-
tKm pc^litica quedó resuelta en Ayaeuoho, dejando la kh
dial en su aarofa^í y que las convulsiones en que se agita
el continente americano, desde su emancipación hasta
nuestros dias^ sOn el lento y laborioto patto^ precnltor
de su regeneración social.
¿ Pueden y deben Espafla y las naciones qué malcbaa
al frente de la ciTilizacion, cooperar á esa grandiosa (dita,
apresurando el plazo en que ha de ourapliráei y evitando
las oontíngenoi&s á que hoy se ven espuestos la naciona^
lidad^ el ¡ffogresoy el porvenir de esos pueblos?...
Si.
¿ Cómb^ cuándo^ bajo qué condiciones?
Ya lo esplioaremoft en lugar oportuno : ahora sob
lAadiremos, que á España incumbe la iniciativa^ si no
Quiere 4ue advénediios intrusos, como sucede en la ao^
tualidad, sigan cosechando los frutos de su incurias
Y tanto más dábe España Seguir con ojo ptetisor lá
marcha de los sneesos en América, duanto recientes y
alevosos atentados, lo mismo en Méjico qué en Coba, h»
han demostrado hasta la evidenda enales son las inten^
dones de los anglo-americátioa : cuando ve en Europa
la lucha ténae é irreeonciliable entre las rasas si^dna
y lathta^ lueba ed que no falta quielE asegui^e setáh
veneidos los pneMos dri mediodia ^ y ouyk batalla cam^
pal se dará eii A headsferio ameiicaiiOf donds^ ho va^
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— 48 —
ciláiMs eli úeélñOf serán arrollados y deriiechos los or»
güUosos deicendietittís de Albiob.
No es tm v^o espíritu de tiacioíudidad el que nos iím^
pita edta creencia. Los iinglo^americaiios llegarán kasta
el idtmo de Panamá, pefo de allí no pasarán* En la
América del Sur lás poblaciones del interior son^ en geno*
ral, viriles y gaefferas. Los Gwochos del Uruguay y de
las protindiaft argentinas^ los Llaneros de Venezuela, los
Farrdpos deRio Grande, etc.^ merecen por confesión det
plopios y de estrafios el renombre dé yalientes entre loa
valientes. Allí existe en toda su pureza la noble altivez^
d Talóla Itrotéribial, el Amor á la independencia, el des-
interés é hidftlgula del ihdómitd earácter español; y el
pueblo (lüéi infatuado con su prosperidad material, no
mionoée otro eádigo <pie la fuerza, que se deja ^ar
p6r tos imputaos degos de tma desenfrenada ambición y
codicia, que sé Atrae la ira y la ailimadYersioii de todos
eon sus repetidos desmanes^ y que débil con los fuertes
y fuerte con lóá débiles, cuenta siempt-e eú m seno sO'*
brado número de mereenarios aventureros para lanzados
en columna cerrada, con razón ó sin ella^ donde quiera
que haya probabilidad de enriquecerse á pooa oosta^ un
pueblo semejante, nunea^ jamas impondrá sa ytfgo «1
flttivo, bldalgo y falliste pueblo sud-'am^ieaDo, á me-
nos qne este descienda al último limite de la degrad**
clon y el enviletímiento!
No sé noi^ oenitft enal pt^dó h^ím rfdo la ntteídn d^
esa razaj bajo las nobles inspiraciones de un WaAiof^
ton, de tm Ffancklin, de un Honroe, si la IMoú^ á lá
par de sú pasmoso pi'ogreso dgríeoM, eomeitid^ indo»>
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— 46 —
Irial, etc., hubiese cultivado coa igual éxito los senti-
mientos morales ; pero la bandera que hoy desplega, y las
malas pasiones que nutre y fomenta, inspiran serios te-
mores acerca de su porvenir á todos los que penetran
en el fondo de las cosas sin deslumhrarse por el oropel
que las circunda. El dia que los Estados Unidos rellenen
sus vastos desiertos, y el acrecentamiento de la pobla-
ción en un territorio tan dilatado traiga en pos de sí la
imposibilidad de armonizar sus encontrados intereses,
se romperá el frágil vínculo que une á las diversas pro*
vincias de la Confederación americana, adulterados por
la codicia y el egoísmo los sanos principios que le sir-
vieron de base. Para todos los hombres pensadores que
conocen bien aquel país, no es ya uñ problema que, en
un plazo mas ó menos largo, ese coloso tiene que hacerse
pedazos indefectiblemente, mientras la América delSud,
marchando por opuestos senderos, podrá combatirle con
ventaja y vencerle en el terreno de la fuerza, como le
vence ya en el de la nobleza y de la justicia.
Desenmascarada en América su poUtica, y conocidos
sus fines, nada queremos decir sobre lo que España ga-
naría, en una guerra con la Union, contando desde luego
con el apoyoy franca adhesión de sus antiguas colonias.
Bajo cualquier aspecto que consideremos el asunto de
que vamos á ocupamos, no dudamos que encontrará
eco en nuestros lectores de la Península y de Ultramar.
No obstante, si hemos de llenar dignamente el objeto
que nos proponemos, si hemos de tratar las graves cues-
tiones comprendidas en él con toda la detención que
merecen, con toda la conciencia y empeño de que somoe
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— IT -
capaces, y alcanzan nuestras fuerzas, necesitamos exa^
minar el presente áe América á la luz del parodio, para
deducir de ambos el porvenir y j poderlos apreciar re»*
pectivamente.
£1 asunto , bajo el punto de tista en que yamos á
considerarlo, nos parece enteramente nueyot al mén^s
no sabemos que haya sido tratado por nadie hasta aho-
ra; y sin que esto tenga visos de suficiencia ni de afe<>*
tada modestia^ confesamos que lo abordaihos con des^
confianza y recelo, á pesar de tener acopiados numerosos
datos y materiales para una obra sobre América, que
empezamos á eseribur en 1847^ y que concluitonos
cuando nos sea posible disponer del tiempo y medios
necesarios para Uevaria á cabo.
Si nos apoyamos frecuentemente en la historia) siin*
tocamos del mismo modo la autoridad de otros escrito^
res, nacionales y estrangeros ; si los citamos eon nimia
escrupulosidad, no es por hacer vano alarde de una eru-
dición que no poseemos, sino porque queremos confir-
mar con autoridades competentes nuestros juicios y
aserciones ; porque escribiendo para las ideas y no para
el arte, no pa^a una academia de sabios, sino para los
que no están bien informados de lo que ha pasado, y
está pasando en aquellas regiones , y muy especial y
principalmente para la juventud de nuestros pueblos,
queremos que ella encuentre y aproveche sin dificultad
lo que á nosotros nos ha costado algunos años de estu-
dio, y no pocas vigilias é investigaciones.
De todos modos, suplicamos al lector que detenga su
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— 18 —
juicio hasta el fin. Has de una vez, al hablar de los hom-
bres y de las cosas hispano^americanas, tendremos
que combatir opiniones admitidas y sancionadas por
nombres respetables. Podremos equivocarnos, pero no
será intencionalmente. biremos siempre la verdad, sin re-
bozo, pero con el decoro y templanza que exige un pú-
blico ilustrado de un escritor imparciaL
Prevenimos una vez, por todas, que no es nuestro
objeto herir ni adular á nadie; que si alguna vez somos
severos, la historia abonará nuestros juicios *, que ningún
sentimiento mezquino, ninguna idea interesada ni egoís-
ta mueve nuestra pluma, sino un' noble deseo de hacer
algo útil en obsequio de nuestra patria, ya que á tanta
distancia no podemos servirla de otro modo, pagando
al propio tiempo una deuda de aprecio y gratitud al país
que nos acogió con generosa hospitalidad, cuando in-
gratos sucesos, no la voluntad nuestra, nos arrojaron á
las playas españolas.
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— 49 —
DESCUBRIMIENTO,
POBLACIÓN T CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA.
BOSQUEJO HISTOEICO DE 1815 A 1810.
Antes de echar una ojeada sobre la conqoista y po-
blación del Rio de la Plata, será conveniente recordar á
nuestros lectores, lo que se entiende por tal, y las repúbli-
cas que se han formado en él.
Entendemos por Rio de la Plata, generalmente hablan-
do, todo el territorio comprendido entre los Andes, las
montañas del Brasil, el Océano Atlántico y el Estrecho
de Magallanes.
De este immenso territorio, que formaba el antiguo
vireinato de Buenos Aires, han surgido cuatro repúblicas;
pero solo tres entran en nuestro cuadro : porque la de
Bolivia, situada ya encima de la cordillera, está separada
por la misma naturaleza, y no puede considerarse como
parte integrante del Plata, como sucede con las demás.
Estas tres repúblicas son : la Confederación argentina,
que comprende catorce Estados ó pro vincias confederadas,
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- 20 —
sobre una estensionterñtoríal de 138,000 leguas cuadra-
das , cuyos nombresapuntaremos paraeTitar repeticiones^
Buenos-Aires, Éntrenos, Corrientes,
Santa-Fé, Córdobft^ SátitiagoddtEdt^ro,
Tucuman, Salta, Jujuy, Catamarca,
La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis.
La república del Uruguay con nueve departamentos y
una estension de 15,000 leguas cuadradas *, y la del Pa-
raguay, dividida en veinte distritos, y con una superficie
de 18,000 leguas, según unos, y 10,000 según otros.
La historia política y civil de estos tres paises, está ín-
timamente libada desde los primeros tiempos de la con-
quista hasta 1810, época en que Buenos Aires, capital en-
tonces del víreinato, y hoy de la Confederación argentina,
se separó de la metrópoli y arrastró tras si á las trece
proviücías citadas. La Banda oriental se mantuvo en po-
der de los españoles hasta 1814 : en el Paraguay se formó
una junta gubernativa en 1811, que cayó bajo la influen-
cia del Dr. Francia, el cual se hizo elegir dictador (1811),
manteniendo el pais incomunicado, segregándole com-
pletamente de todo trato y comunicación con los estran-
jeros, y con los estados limítrofes, sin entrometerse ni
intervenir en las cuestiones que se han agitado á su alre-
dedor, y sin contribuir con un soldado ni con un peso á
la guerra contra la madre patria.
Por consiguiente, para mayor claridad, podemos con-
siderar la historia del Itío de la Plata dividida en los tres
período^ siguientes :
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— «4 -
V Desde 8u descubrimiento hasU 1810.
' S^ Desde 1810 hasta 1835, en gue desapareció totalr
mente el poder español á oonsecuoacia de la batalla de
Ayacucho.
3* De^e 1895, en que quedamos enteramente Ubres de
enemigos y en actitud de constituimos, hasta el presente.
No es nuestro olyeto escribir una historia detallada de
estos paisés, sino buscando la hilaoion de los sucesos y
hechos mas notables que han Influido poderosamente en
nuestro modo de ser ; bosquejar, si nos es possible, la fiu
histérica de cada época.
Este trabejo que, á pesar de nuestros buenos deseos é
investigaciones, no será tan completo como deseáramos,
aenrirá á lo menos para dar á los que no conocen, ó se
desdeñando estudiar la historia hispano«americana,de este
y del otro lado del Atlántico, una idea clara y exacta de
loe aeonteomientos que han precedido y preparado el ac-
tual orden de cosas, al través de los cambios políticos y
de las convulsiones de la anarquía.
Y oaliflcamps de iuoompleta esta parte de nuestra obra,
ya por la inmensidad y complicación de los sucesos, ya
por la escasez de trabajos historióos, medianamente com-
pletos, que existen de cada pais en particular. Todas las
historias que conocemos, no llegan sino hasta principios
del siglo XVII ; y desde este periodo hasta el presente, i
eseepdon del deán Funes, cuyo Ensayo está muy lejos
de llenar todas las condiciopes del arte, no sabemos exista
un solo escritor que se haya ocupado de la historia poli-
tiea del Rio de la Plata, sfaio incidentahnente y como de
paso. Las obras deHobertsm» Rainal, HumboH, Asara, de
dby Google
(
— 82 —
Pradt, Prescot ; las inapreciables colecciones de Navarrete
y Muñoz, etc. sobre algunos puntos suministran abundan-
tes datos *, pero en la parte histórica seria en vano con-
sultarlas de un siglo á esta fecha. Hemos creido llenar
este vacio, acudiendoá los informes de los vireyes, memo-
rias, viajes, etc., inéditos unos en la biblioteca de la Aca-
demia de la Historia de Madrid, y publicados otros en
la importante Colecion de obras y documentos para la
historia antigua y moderna del Rio de la Plata^ por don
Pedro de Angelis. -— (Buenos Aires, 1837)
En cuanto al período déla guerra de la independencia,
es preciso estudiarlo en los periódicos, folletos y publica-
ciones de la época : la historia del señor Torrente, ünica
que conocemos, y que tal vez existe, está escrita con una
parcialidad y encono indignos de un escritor tan instruí-
do y recomendable bajo otros conceptos.
Desde 1825 hasta el presente, aunque no hay historia
escrita, fácilmente puede estudiarse en los periódicos ofi-
cialesy en algunas pocas obras, como la vida de Quiroga^
por don Domingo Sarmiento, Rosas y sus opositores, por
don José Rivera Indarte : algunos escelentes artículos del
doctor don Valentín Alsina, don Juan Bautista Alberdi,don
Juan C. Várela y otros.
Hacemos estas indicaciones, para señalar las fuentes
donde hemos bebido, y tanú)ien por si estrada alguno de
nuestros lectores que no haya una historia completa, bue-
na ni mala, de aquellos países ; lo que nada tiene de par-
ticular, si se reflexiona que nuestros archivos han sido
tantas veces, cuando no saqueados, torpemente despoja-
dos de sus mas preciosas riquezas literarias, por motivos
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— Í3 —
que no queremos especificar (1); si pasando á una época
mas cercana, se considera el estado miserable y convul-
sivo en que pasamos nuestra vida, y que da tan poco
impulso y solaz al pensamiento para entregarse áinves^
tigaciones que requieren largo estudio y contracción. Por
eso nos lisonjeamos que si nuestros esfuerzos no son
coronados por un éxito brillante, al menos serán indul-
gentes con nosotros los que comprendan las dificultades
que enunciamos, y vean que, separándonos déla rutina,
ni tiempo, ni trabajo, ni diligencia ahorramos para en-
contrar la verdad, é ilustrar á la vez el juicio de nuestros
lectores, poniéndoles á menudo en situación de que deci-
dan por si mismos si son fundadas ó no nuestras obser*
vaciones.
Sentadas estas bases, pasemos al ezámen del primer
II.
Es cosa sorprendente, á la verdad, que la historia del
Rio de la Plata esté manchada de sangre española, y cod
mas de un crimen desde las primeras páginas. Su descu-
bridor Solis, muere (1515) en la isla de san Gabriel, á
manos de las Charrúas que le devoran. (2) Gaboto, que
(1) Ved lo q(ke cuenta Prescott (dmquest of Mextco, tomo I,
pág. 64 testo y notas.— París iS44) de los manuscritos Atzecas y
documentos de la audiencia de Méjico.
(2) Varios autores de nota, y entre ellos Azara (Descripción é
Historia del Paraguay y Rio de la Plata, tomo U, pag. i45. —
Vadrid 1847), niegan este hecho ; pero el señor Mavanrete en su
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— 24 —
marehatras tus haellas, ál doblar d oabo de Santa Maria
procura deshacerse del teniente general Martin Méndez,
y de los capitanes Franoisoo y Miguel de Rojas, porque
reprendían páblioamente su conducta en el gobierno de
la espedieion, valiéndose para realizar este designio de
algunos eonfldentes que, con pretestós simulados, los
sBoan de las naves y los dejan abandonados (1586) en
una isla desierta (1). Poco después la tribu de los Tím-
bues, se apodera traidoramente del fuerte de Sancti-
l^iritus, fondado [por Gaboto, y dan muerte á todos los
españoles (1539).
Este suceso interrumpe la conquista hasta que don Pe^
dro de Mendoza, nombrado adelantado de estas provincias
(1534), viene con una espedicion compuesta de catorce
navios, que traían S200 hombres, entre eHos muchos
nobles y caballeros, según Ruy Díaz de Guzman, y SSOO
españoles, 150 alemanes ó flamencos, y 72 caballos,
interesante y erudita noticia de los descubrimientos que hicieron
los españoles en las costas del nueyo continente, después que le
reeoBoeió Colon en su tercer viage el afio i 498, hé aquí lo que
dice apoyado en numerosos é irrecusables documentos ;
« Quiso Solía reconocer el país y tomar algún bombre para
traerlo á Castilla. Bajó á tierra acompañado de algunos con este
objeto, y los indios que tenian emboscados muchos flecheros,
cuando los vieron desviados del mar, dieron en ellos, mataron á
Solis, al factor Marquina, al contador Alarcon y á otras seis per-
sonas, á quienes cortaron las cabezas, manos y pies, y asando
los eoer pos enteros se los comían con horrenda inhumanidad. »
(Colección de los viages y descubrimientos que hicieron los es-
pañoles desde fines del siglo XV.— Madrid 1829.)
(i) Lazota.— Bist. del territorio oriental del Uruguay, plig. ló.
-Meaievkleol84i.
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— t5 —
segon Scfamídel, Guevara y Azara (1): armada que, como
se espresa Barco, era :
a Muy rica, y muy hermosa, y muy lucida
De todos adherentes abastada,
Aunque hubo después hambre crecida
La gente que embarcó era estremada,
De gran valor y suerte muy subida
Mayorazgos é hijos de sdiores,
De Santiago y San Juan comendadores. » (2):
EnRio Janeiro,donde se detiene dicha armada algunos
dias, hace asesinar don Pedro de Mendoza á su maestre
de campo don Juan de Osorio, capitán de infantería^ al
que todos querían y estimaban por su grande afabilidad
y valor. (3).
Un testigo de estos sucesos los refiere del modo si-
guiente :
ft Aquí (Rio Janeiro) estuvimos 14 dias, y entonces
nuestro general don Pedro de Mendoza, por estar con-
(t) Hi8t. del Paraguay, Rio de la Plata y Tucaman.— Lib. II,
cap. III. — Descripción é historia, t. II, pág. 27. Esta obra de
Azara, aunque se ha publicado como inédiu (vid. t. II, pág. 230),
es la misma^ salvo algunas variantes y supresiones, que en 1809,
con su asentimiento, y bajo el titulo de : Voyages dam VAmériqúe
Méridianale, publicó en París Mr. V^al&enaer.
(2) Argentina ó Conquista del Rio de la Plata, poema histórico
del arcediano don Martin del Barco Centenera. — Canto IV,
pág. 96.— Col. de AngeUs, t. II.
(i) Ruy-Diaz.— Hist. Argentina del descubrimiento, población
y conquista, etc. — Lib. I. cap. x, Ang. t. f.
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— «6 —
tínuaipcnte e&fermo, aneogidQ de nervios y muy débil,
nombró por su teniente á Juan Osorío, m hermano. Pero
poco después de haber aceptado el cargo, fué acusado de
rebelión cpntra Mendoza, por la cual, WWÍQ 4 cuatro
capitanes, que fueron Juan de Oyol^is, lu5iu Sal|ui*p, Jorge
Lujan y Láz^rp Salaz,ar, le matg^sen á puQali^^^ y le sa-
casen á la pi9^a» p^a %\^ tQdo9 1q ylese» muerto por
traidor : y publicó un Wdo cw pena de muerta, para
que ninguno se albo^Qt^ise pop c^pst dq 0«PrÍQt porque
le sucedería 1q mi3mo qu^á il CQlQCUf4 le procedió
sin motivo justo, porque Osorio era bueno, integro, fuerte
soldado, QficiQso, Ub^vaí y j»uy nmMQ de m^ compa-
rreros. (i)»
Baroo dice 4U6 la e&vidia y la eobardia eaus%roD su
de»gr«flift :
(( Por tantas obras del tan señaladas,
A don Pedro hicieron que creyese
Que le iba en esta muerte el interese. »
Atribuy^adoje m^ üdel^te tac(p| iQs de»ftrtr§l att§
luego sobrevinieron á la espedicion •, pues irritado,
« Con tanta cobardí^i y gxm malicia
GQn^en¿<^ 4 castigar Dios ei armada
Cod un grave fiagele y eruda espada.
Que la sangre dé Abel el inocente
Clamando está, ante Dío«i Qouiipatente. u {%}
(1) Schmidel.--^ Viage al Rio de la Plati(.— Cip. v, Apg. \, lU.
(i) Canto IV, pág. 89.
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— «7 —
RepuMto don Pedro de su mtitoeatáiieá mFertaedsd,
sigue su rumbo la espedicíon y entra en el Rio de la Plata:
Baenos Aires se levanta en su margen oocidental (1536).
Los indios querandis atacan á los españoles hasta en sus
atriaoheramientos^ y después de muchfts batallas y com-
bates parciales^ en que no se silbe qué admirai* mal) si él
valor y desesperados esfuersos de los caéteUanos, ó el
arrojo é inquebrantable constancia de los indígenas an
defender su suelo, se ven los primeros obligados á aban-
donar á Buenos Aires y retirarse al Paraguay.
Allí, sobre la ribera oriental del rio de este nómbrense
empieza á edificar la ciudad de la Asunción, cuyos cimien-
tos puede decirse que echó Oyólas en la fortaleza que
levantó en aquel mismo lugar, después de ha¿er vencido
álos caciques Lambari y Yuandazubi( 1535), capital de la
gobernación del Plata hasta 1620; hostilizados siempre y
en tenaz lucha los fundadores con los Payaguás, Guay-
curús, Xarayes y otras tribus comarcanas.
Si hemos de creer las relaciones contestes de todos los
coetáneos é historiadores, grandes fueron las penalidades
de los conquistadores desde la fundación de Buenos Aires
hasta la partida de don Pedro de Mendoza [(1637). No
eran las flechas de los indios su mas terrible enemigo,
sino la escasez de víveres en una costa desierta é inhos-
pitalaria, donde no se presentaba otra alternativa que
sucumbir á manos de los infieles^ ó morir de consuneíon.
Un testigo y partícipe de estas calamidades nos cuenta,
que ei'a tantft la flecesidád y htttbbre qué pasaban, que
era cosa espantosa, y á algunos, de verse tan hambrien-
tos, les aconteció comer carne humana, y oíi se vido que
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— 28 —
fasta dos hombres que hicieron justicia se comieron de la
cintterapara bajo....n
En la marcha de Oyólas áSancti-Spiritus, dice el mis-
mo, no tenían otro (refresco que las culebras, lagartos ,
ratones y sabandijas que á dicha por los campos topaban
(1). Ruy Díaz hace una descripción idéntica, añadiendo
que además de los que morían y ahorcaban, llegaron á
comer escremento humano (2). Gentenara, en fin, com-
ísela el cuadro con una animada descripción^ que es de
lo mejor que hay en supoema« En ellaleemoslos siguien-
tes versos:
la perra,
Pestífera, cruel hambre canina
A todos abandona ó los arruina.
Comienzan á morir todos rabiando
Los rostros y los ojos consumidos :
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos.
El pueblo sin ventura lamentando
A Dios envía suspiros doloridos :
Gritan viejos y mozos, damas bellas
Perturban con clamores las estrellas (3).
Don Pedro de Mendoza partió para España en medio
(i) GarU 6 informe inédito de Francisco Villalta, fecho en la
Asunción en 1556. Muñoz, t. LXXXII.
(2) Argentina.— Lib. I, cap. xii, pág. 40.
(3) Canto VI, pág. 40.
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— 29 —
de aquelles horroreci, tdste y abatido^ como uti hombre
que pierde de un golpe todas sud ilusiones y esperattías^
Nonobró por sustituto k Juan de Oydlas, que vino en su
ospedioion ejercieBdo el cargo de algiiátil mayor. Era
este buen soldado^ valiente, previsor, y dotado de verda-
dero genio militar : fué él quien levántó^n 1535 el fUtine
de Gorpus-Chrísti sobre el Paraná^ y coü Utt puñado M
valientes se lanté desde Buenos Aires á humillar á los
infieles de las mismas ribef as, donde mas tarde édlfieA
la ftrtdeza de que hablamos no hA mucho, édnsagradá
á te Alüntion de Muestra Señora.
ill.
Desgraeiamente Oyólas M Uégd á éjéreér el maüdo su-
premo, porqué murió en su espedicion.
Deseoso de esplorar la tierra y abrirse camino ^afá el
Perá^ apenas eonélüy6 el mencionado fuerte, prosiguió su
vlage : dejó sus buques en la Candelaria bajo la custodia
del capitán vizcaíno Domingo Martínez de Irala, perso-
nage que pronto veremos figurar en primera línea, y
enya vida páblica y privada es en estremo curiosa, y sé
internó tierra adentro, dando orden á Irala que le espe-
rase seis meses, pudiendo retirarse si pasado ese término
no volvía.
Y no volvió ; ó mejor dicho, volvió demasiado tarde.
Según la declaración de un indio chañes, que le acompa-
ñaba, presentado á Irala, que Isdid en su detaianda ál
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— 30 —
espirar el plazo coavenido, Oyólas se aproximó hasta la
falda de las cordilleras Peruanas, y cargado de ricos me-
tales que le franquearon los indígenas prendados de su
benevolencia, llegó al puerto de la Candelaria cuando el
capitán vizcaíno se dirigía á la Asunción en busca de
provisiones, y no hallando las naves, se paró en la orilla
lleno de mortal tristeza.
Muchos indios acudieron trayendo abundantes víveres,
distinguiéndose entre todos los payaguás, gente traidora
y fementida que ocultaba su odio á los invasores, bajo
un esterior amistoso, para hacerles caer mas fácilmente
en la red que les tendían.
Estos ofrecieron sus chozuelas,que los españoles admi-
tieron agradecidos, y sin recelo se acostaronéi descansar;
pero cuando mas confiados dormían, cayeron sobre ellos
los pérfidos payaguás. Oyólas se ocultó entre unos ma-
torrales, mas le descubrieron y le mataron sin piedad,
(i Yo, añade el indio, cuya relación seguimos, tuve la
dicha de escaparme, ó porque su furor se estendió sola-
mente á los españoles, ó porque mi miseria halló com-
pasión en corazones de fieras (1). )>
Asi habló el indio chañes á Irala, el cual entristecido
con tan funesta noticia, se restituyó á la Asunción, que
ya contaba algunos habitaátes venidos el año anterior de
1539 con el capitán Juan de Salazar y Francisco Ruiz
Galán.
En este intervalo llegó de España el veedor Alonso de
Cabrera con provisiones y un refuerzo de 200 bombresj
(1) yide Gaevara,^ Llb, ll| cap. iv.
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— 34 —
traía además una cédula delmonarca confirmando á Oyó-
las en el mando, y en su defecto autorizando á los po-
bladores para que eligiesen al mas idóneo y que mejor
supiese representar su autoridad. Entonces se trasladó la
gente á la Asunción, y fué allí elegido gobernador, por
pluralidad de votos, el capitán Irala.
Era Irala hombre apropósito para mandar, de genio
resuelto, activo, emprendedor, valiente y capaz de llevar
á cabo cualquiera empresa. Lástima grande que tan bellas
dotes estuviesen oscurecidas por notables defectos, y prin-
cipalmente por una lascivia inmoderada ! pues como nos
cuentan sus mismos contemporáneos : « tenia la mala
costumbre de chinchorrear y quitar las indias de los in-
dios, asi para él como para dar á otros que con él hablan
ido, no embarganteque antes que partiese para la entrada
[del Perú) leshabia dado muy grandes largas para que
por la tierra anduviesen á robar con titulo de que era ser-
vicio deV.M. loque querían hacer en descubrir la tier-
ra.» (1)
Varios autores, de acuerdo con sus contemporáneos,
afirman que tenia un carácter en estremo irascible, y le
califican de injusto, avaro, cruel y ambicioso*, y su con-
ducta, revelada por los hechos que refieren, demuestra,
en verdad, que no carecen de fundamento tan graves
imputaciones. (2)
(1) Informe del capellán Martin González, escrito en 25 de junio
de 1556.— Coi. inéd. de Muñoz, t. LXXX.
(2) Los hechos de la vida pública y privada de Irala en el largo
período de las dos épocas de su mando, están fielmente descritos
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— 8« —
Y úo übitanté^ á pesar de sus defeotM, y dé éer
En esto de la cune desfirenado, (1)
dedicóse con singular empeño y acierto ala eáiflcadon y
engrandecimiento de la Asunción : hizo que los pocos
habitantes quehabian quedado en Buenos Airea pasasen
á este punto-, sofocó una conspiración hábilmente trama-
da contra Ips españoles por varias tribus qnehabialogr»-
do sujetar, y distribuido en encomiendas ák)s pobladores^
y hallábase en paz fomentando y dando nuevo impulso i
la naciente ciudad, cuando llegó el adelantado Alvar Nu-
ñez Cabeza de Yaca. (1542)
Siendo adelantado Alvar Nuñez, Irala tuvo que cesar en
sus funciones de gobernador, y es muy factible que mirase
con ojeriza y prevención al que, sin haber hecho nada
pot su parte, venia á recoger el fruto de sus afanes y des^
velos : al principió nada hizo, sin embargo, que manifef-
tase esta disposición de su ánimo; y aunque su conducta
en los lamentables sucesos que tuvieron lugar un año
después, ftié muy equivoéa; aunque existen varios testigos
con detaU^s que no se encuentran en ninguna de las historias
qtte ddüüéemos, en los natíos informes 5 relaciones inéditas, aU
pmái ftin nomlMre dé autor, 7 otras firmadas por el escribano
Hernández, el capellán González, Yillalta, Ortii de TtrgflMi, étOi^
pertenecientes á los tomos LXXX, LXXXIl, LXXXIV y LXXXVUI
de la inapreciable colección del señor Muñoz, que tan curiosos é
importantes do«niitnto8 eaoMrra {Mifa ln historili de todas las
regiones de América, conquistadas I la cíviliiátíioii ba]o la bafl-'
d«ra empalióla,
(i) Btrcoi GidW lY, ptfg. Ui
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— 33 —
qae asegoranlo contrario, nos inclinamos á creer que no ,
tomó una parte activa en la rebelión contra Alvar Nuñez,
ó que su^o manejarse con tal destreza, que consiguió
derribarle y reconquistar el poder, aparentando despre-
ciarle y no querer meterse en nada.
Es tan importante, tuvo tal influencia en los asuntos
de la colonia, ñieron tan perniciosos y frascendentales los
resultados de esjta primera sedición contra una autoridad
legitima, que bien merece la consideremos con un poco
de detenimiento, y procuremos conciliarias encontradas
opiniones, asi de los panegiristas, como de los detracto-
res de Alvar Nuñez.
IV.
Alvar Nuñez señaló el principio de su gobierno, dan-
do á entender que no estaba dispuesto á contemporizar
con abusos de ningún género : esto bastó para que los
antiguos pobladores le mirasen con prevención y viesen
en él un advenedizo que, sin tener en cuenta sus servi-
cios, venia á dictarles la ley sin titulo adguno ; pues poco
debian valer á sus ojos las credenciales de un soberano
que no podía pedirles cuenta de sus desmanes.
El no habia ganado la tierra con ellos ; él no habia
pasado los trabajos y miserias que ellos; él no habia es-
puesto su vida en cien batallas ; él, en una palabra, no
habia hecho nada en la conquista del Rio de la Plata.
Y mas y mas debia aumentarse su ira hacia el nuevo
gobernador, cuando este con mano fuerte reparó algu-
Digitized by VjOOQlC
— 84 —
oas íojuBtioíae ^ puso ¿ raya la <K>dioia de los enoonm^
deros; hizo oomprendor á lod ofioialeí reales qué á él
•olo oompetia la jurísdicoian de la justíoía cítíI y crimi*>
Qal| fiomo úaioo y verdadero represeotante del moBáreal)
no consintió qae se yendiesen como basta entonces los
indios poreselavoS) si<tue se Jugasen ó troeaMü por caba-
llos, penros ú otras cosasequivaleates : reprobó M escaii'-
daloso concttbinage ¿ que se abandonaban cierta dase de
hombres, que por su posioion y carácter debian estar
e&e&tos 4b semejantes debilidades § y últimamente, des*-
cubrió y sofocó una intentona de los principales corifeos
para privarle del mando por medio de una aleve y ca-
lumniosa comisión, confiada á dos frailes francisca-
nos (1).
Los ofendidos disimularbtai, empero, su despecho, por-
que aun no se hablan puesto de acuerdo, y les inspira-
ban algún respeto los 300 Mridados que venitti bijo las
órdenes del adelantado.
Alvar Nuñejs dispuso que Irala* siguiendo las huellas
de Oyólas, fuese 4 indagar «1 camino del Perú. Volvió
este con las mas lisongeras noticias, inientfas en el in**
térvalo que medió, haeia el primero una campaña eoñ«-
tra los agaces y guayoürus, regresando victorioso á la
Asunción con un número bastante Crecido de prisio^-
ñeros*
Eb setiembre de 1043» prepaiMo todo para lá espedid-
(1) Casi todos los historiadores no hacen mas que enunciar
estos hechos» que únicamente sé encuentran detaUados con toda
éiteAsióñ at lOd yá clUdos itttbftnes y relaciones de Hernández,
Oeiiiaiék, Vengará, etc.
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— 36 —
eional Perá^preycobi^a desde mi principio, saUevon de
la Aflundon dieabergantinei y ei^ito veinte einoaa, donde
iban 400 españolea y 1,200 iludios eon direocion al
puerto de los Reyes.
Emprendieron una marcha penosa bajo un cielo
abrasador por medio de tierras montuosas, llenas de
bosques tan poblados y densos que ft veces era preciso
abrirse paso con hachas. Los guias se estraviaron, em-
pezaron á escasear los víveres, á enfermarse algu-
nos, y los descontentos y los revoltosos á fraguar sus
planes y & derramar siniestras voces [contra el adelan-
tado.
Fué preciso volver á la Asunción^ la tropa disgustada
y anarquizada ya, y su gcfé enfermo y abatido.
Sus enemigos, que como él mismo nos cuenta, (1) al
esplicamos el origen del grande odio y enemistad que
le profesaban, « habian tratado ya por vias indirectas de
hacerle todo el mal y daño que pudiesen, movidos con
mal celo, » una noche del mes de abril de 1544, s^ pre-
sentaron en su casa, y gritando ¡libertad! libertad! vivi^
el rey (2), 6 como quieren otros, <c viva el rey y muers^
el mal gobierno,)) (3) se apoderaron de él, le cargaron
de cadenas y le pusieron preso en las casas de Garcia
Venegas y Alonso Cabrera.
Fueron los prineipalea fautores de esta violencia los
<4) Comentarios. •-< Gap. xrin.— Barcia^ Historiadores primi-
tivos de las Indias Occidentales, 1. 1.
(2) Comentarios. •— Gap. lxxiv.
(3) Guevara.^ Lib. II» cap. iv» pág. 106«
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— 36 —
dos referidos sugetos, ayudados, según el escribano Her-
nández, de un criado vizcaíno Hamado Pedro Dorantes^
« el cual fué el mismo que lo espió cuando estuviese solOf
é trató la traición (1). »
Como no contaban con el apoyo de todos, y temian
que los pocos, pero esforzados y leales amigos del ade-
lantado, tratasen de libertarle, pusiéronle guardias de
vista, y cuando velan ó creían ver alguna demostración
de sus amigos y partidarios, entraban armados donde
él estaba, y decían puesta la mano en los puñales : —
« Juro á Dios que sí la gente se pone en sacaros de nues-
tro poder, que os habernos de dar de puñaladas y cor-
taros la cabeza, y echalla á los que os vienen á sacar,
para que se contenten con ella (2).»
Diez meses pasó de esta manera, hasta que Irala» por
consejo de sus amigos, determinó enviarle á la corte,
acompañado de Cabrera, Yenegas y Lope de ligarte su
agente. Es de presumir que estos llevarían pruebas sufi-
cientes para justificar y paliar su delito, y que los me-
dios de que echaron mano no serían los mas lícitos ni
legales ; y solamente asi nos esplícamos la injusta sen-
tencia del Consejo de Indias.
En esta ocasión creemos á Hernández y á Barco, por
mas maldicientes que parezcan.
« En las depusiciones de testigos que se tomavan con-
tra el gobernador, por ser el alcalde comunero, en lo
que era en su favor no se lo asentaban, ni escribían,
(i) Relación cit.
(2) Comentarios.— Gap. lXxvi.
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— 37 —
diciendo « no os preguntan eso » induciéndoles dijesen
lo que á ellos les estaba bien, haciéndoselo firmar á mu-
chos de ellos por fuerza, é porque saliendo estos oficíales
alborotadores é sus criados á robar por la tierra, é vi-
niendo á noticias del gobernador, saliese á reprendellos
y maltratallos, les dijo : a ¿Pareceos que es cosa justa que
cada uno de vosotros quiera ser rey en la tierra? pues
quiero que sepáis que no hay otro, ni le ha deber, ni
otro señor sino S. M. é yo en su nombre.» Con razones
indirectas hacia Rui Diaz del Valle, alcalde, que dijesen
que el gobernador habia dicho que era rey ; é sobre esto
hacían probanzas sobornando á los testigos que lo di-
jesen (1).»
<c Venegas y Cabrera, pues, al preso
Uávaron á Castilla, y lo entregaron
Al Consejo Real, con gran proceso
Y causas que á su gusto fulminaron (2).»
Esta suposición adquiere doble fuerza cuando se con-
sidera que, ((después de su prisión, hubo muertes feas, é
muy mal hechas y sin castigo y que sus autores
pusieron muchas veces la tierra en muy gran riesgo, y
de matarse unos con otros, y que la tierra quedase per-
dida (3).»
El carácter y temple de ahna de Alvar Nuñez no per-
tenecían á su época; por eso fué desgraciado. Es tal
0), Relación del escribano Hernández. .
(2) Barco.— Canto t, pág. 80.
(3) Relación sin nombre de autor^ escrita en Espafia á fines
del siglo XVL— Muñoz, t. LXXXIV.
2
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— 88 —
miQstrá Gonvieelon en este punto, que» aun caando no
tuyiéaemos el apoyo de la historia en nuestro favor, la
lánple lectora de los hechos nos convencería de esta
verdad* Y en efecto, sin apoyamos en las relaciones Iné*
ditas de la colección del seflor Muliox, vemos que Barco
le callfloa de « hombre virtuoso y. eminente, » y se ad*
mira de que no se hubiese castigado á los autores de su
desgracia ; añadiendo ácontinuacion/que era tan grande
el convencimiento de su inocencia, que todavía en su
tiempo habia quien temiese el castigo á que se habia
hecho acreedor :
« A Cabeza de Vaca ya volviendo,
Lleváronle á Castilla aherrojado.
Agora que lo estoy aquí escribiendo
Me adoairo como nunca oasligado
Aqueste caso fué, atroz^ y horrendo,
Y el gran levantamiento confirmado.
En mi tiempo yo vi se recelaba
El pueblo del castigo que esperaba (1).»
El juicio que hace Rui Diaz, tanto de los sucesos
como de la persona de Alvar Nuñez, no puede ser mas
favorable : (2) Guevara le llama varón ilustre... reco-
mendable por stts virtudes.., uno délos hombres mas
juiciosos de su siglo... que moreda estatuas por su rec-
titud y justicia; (3) uno délos mas virtuosos y va-
lientes aventureros españoles^ Robertson (4), el mas mo-
(1) Canto T, pág. 58.
(2) Véanse los cuatro primeros capítulos del lib« il.
(9) Ub. U, ctp. ti» pág. 100.
• (4) Hist. 4e VAmérique, lib. IV» |>ig« flip tola 2* <Naney 4836).
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— S9 —
dorado y Juidofio ie los escritorio estrangeros respecto
de lo« efipiAolee, según la respetable opiaion del señor
Qoíntana (1); grande y esforzado caballero^ el padre
Batitístai y á los que se alzaros contra él, tumultwmte$
6 envidiosos de su gloria (2)«
En vista de tan irreeasablee testimotdos, sentfanoi
que Azara, siguiendo las erradas opiniones de Sehmi-
del (3) y apoyándose en la sentencia dd consejo de Ine-
dias y algunas iodueciones que no nos convenoen, como
otras veces, despreciando las opiniones mas contestes
j fondadas de ios escritores contemporáneos, y las de
Barco, Rui Díaz deCkuman, Guevara, Herrerai Roberto
son, Lozano, elP. Bautista, el marques de Sorito, y tantos
otros, trate de paliar y justificar este hecho, de una tras-
eendeneiatanliineateenlosasuiitosdela colo»ia»dieíendo
ipe pa esiaban^amadoi las tropas de la ai^arieia, despotk*
mOf aspereza y müos fraiemientos de Mvar Nuñez (4).
£sto no as tíerto, y amqiie lo fuese, bien se oom»
prende que ese ftital ejemplo de un gefe, imagen del so**
(I) vidas de españoles célebres, i. II, pág. 08. (Madrid iMÍ),
{9^ Sóifede les goberaa<l<WM dcA Pacaguaj, ele., segun eoiistt
de los libros capitulares qat se coeferian ea el archivo de ii
Asunm», pág* 190» col. da Aog., t. iL
(3) Ved las notas del Viage deUlderico Sobmidel, especialmeO"<
te la 27 y SO en eltomo III de la Colección de Angelis, tomadas,
aunque alli no se dice, de Barcia. (Véase el tomo III de los his-
torisdores {MnnHWos de k« hidias Oceidentales, donde se halla
la obra de Schmidel, bajo el titulo de Histsrie y é^owbrioAente
MRiodeUi PldUa 9 Pereguay,) VátM tanlnen eí Examen apo-
logético de la narración histórica de los naufragios, pere|p:ina-
clones y mflagros de Alvar Nuñez Barcia, 1. 1.
(4) Descrip. éhist. t. II, pág. 400.— Yiages, t. il, pág. 364.
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— iO —
berano, juzgado y depuesto por los que estaban bajo su
inmediata dependencia por la voluntad de aquel, y que
podia considerarse atan remota distancia, en medio de
los peligros que rodeaban á los conquistadores y su re-
ducido número, como el monarca de hecho ] ese funesto
ejemplo, repetimos, no podia menos de relajar todos los
vínculos que unian á aquellos hombres tan indómitos y
valientes como licenciosos é indisciplinados^ y reprodur
cirse mas de una vez en lo futuro, como el ejemplo de
Eduardo II, juzgado y depuesto por sus vasallos en 1527,
se ha multiplicado después en la misma Inglaterra, y sido
Imitado por algunos pueblos de Europa.
Los revoltosos, ^apoyándose en la famosa cédula de
Carlos Y, fecha en YaUadolid el 12 de setiembre de 1537,
— eterno semillero de discordia y anarquía — que mar-
caba el modo de reemplazar á los gobernadores en los
casos fortuitos é imprevistos, eligen á Domingo Mar-
tínez de Irala, uno de los cómplices, y hasta el principal
promotor de esta tropelía, según varios autores, é ino-
cente, según Rui Diaz de Guzman y Azara ; el cual para
distraer á aquellos hombres inquietos y turbulentos, in-
capaces de obediencia en el recinto de las ciudades, se
propone atravesar la cordillera de los Andes y realizar
la empresa que tan cara costó á su antecesor : descubrir
el camino del Perú.
Mas feliz que Alvar Nuñez, consigue lo que desea : de-
mórase algún tíempo intrigando con Gasea, presidente
de aquel pais, para que ratifique su nombramiento. Entre
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— 41 —
tanto, se sublevan algunos de los mismos revoltosos que
se alzaron contra Alvar Ñoñez, porque querían volverse
i la Asunción, y resistiéndose Irala, le deponen, nom-
brando en su lugar á Gonzalo de Mendoza ; luego se arre*
pienten, deponen á este y vuelven á reelegir k Irala.
Los de la ciudad, por su parte, hacen derramar la voz
que ha muerto el gobernador en su espedicion, y en su
consecuencia proceden á nueva elección. Diego Abreu es
elegido ; pero Francisco de Mendoza, uno de los pro-
motores de esos desórdenes , defraudado en sus espe*
ranzas, reúne algunos de sus parciales con ánimo de
derribarle. Abreu le previene, le mete en la cárcel y le
fusila; otros dicen que le hizo cortar la cabeza. Acto de
vigorosa energía que le costó la vida mas tarde. Llega
Irala, y todo vuelve á su antiguo estado (1).
¿No recuerda el lector algo parecido á la conducta
de las guardias pretorianas con los últimos emperadores
romanos? -
£stos sucesos y otros semejantes se reproducen en me-
dio de los ataques de los indios, las rivalidades de los
tenientes del Perú y el Paraguay acerca de las nuevas
tierras que se van esplorando y conquistando *, en medio
de las rebeliones, las intrigas, las violencias y crímenes,
egercidos por audaces aventureros ó ambiciosos manda-
(i) Asi refieren los sucesos concernientes á la deposición de
Irala, Rui Diaz de Guzman, lib. II, cap. viii. Guerara, segunda
parte, cap. irii, pág. 112 y siguientes: pero Schmidel, sin decir
nada de la deposición del mencionado gefe, cuenta la muerte de
Mendoza del mismo modo. Viage al Rio de la Plata, cap. lix, asi
como Bafco, canto V, y Azara, descripción é historia, t. II, pá-
ghial26.
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— 48 -
Urios» B^m personas dignas de mas respeto y eonside-
radones por suposición, por su carácter ó sus servicios.
Ora Nuflo de Chatas « deslumhrado por el buen éxito con
que había dirigido algunas operaciones militares, medita
sublevarse con la gente que comandaba, para levantar una
provincia mdependiente de la gobernación del Plata : » (1)
tan pronto Cáceres, célebre por sus tropelías, carga de ca*
denas ¿un ministro del aliar « recomendable por sus vir*
tudes por su espíritu manso, apacible y sufrido en los
agravios, » (2) como ordena prender á varias personas
sospechando que conspiraban contra su autoridad, y
« entre ellas á un caballero llamado Pedro de Esquive!^
& quien manda dar garrote, cortarle la cabeza y ponerla
en la picota, c<m lo que todo el pueblo quedé constef"
nado (3). »
Ora Martin Suarez de Toledo , á quien este mis-
mo Cáceres habia quitado su empleo de alguacil, sale
á la plaza en medio de un motín provocado por los vejá-
menes y escesos del referido caudillo; y cuando le saca-
ban de la iglesia, donde en vano buscó refugio , para
llevarle á la prisión, « rodeado Suarez de mucha gente
armada, con una vara de justicia en la mano apelli*
dando libertad^ y juntando asi muchos aleábuceros,
usurpa la real jurisdicción sin que alguno le osase resis-
tir (4),ó en otros términos, se apodera delnumdo»inopoii''
(1) Guevafa, lib. H, cap. vm, pág. i^«
(2) Guevara, lib. U, cap. x, píg. i35.
(3) Ruiz Diaiy lib. III» cap« xvni, pág. 149*
(4) Ibidem*— ^nevara» lib. Uf cap. x, pág. 130. El cantor de
la conquista ba definido perfectamente á Cáceres (canto Vil, pá-
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— 43 —
eiM (1). Ora algunos desoontmitos denlas medidas toma-
das por el adelaotado Ortiz de Zarate, que pretendía des-
pojarles de los empleos y mercedes que les concediera
una autoridad intrusa (Suarez), se libran de él por medio
de un veneno (3)| y entra á suoederle por disposldon
testamoitaria su sobrino Mendieta, mozo que Teinto afios
no tenia*
d Y en seso, mayor ftlta padecia.
Bajo su mando,
Andaba la Asunción tan temerosa
Que padres á los hijos no hablaban,
La muger del marido recelosa»
Las madres de los hijos se guardaban.
Justicia del Se&or muy rigurosa
Las cosas de Mendieta figuraban,
Castigo en recompensa de pecados
De los presentes vivos y pasados.
Los españoles viejos muy ancianos
Gon su cabello blanco y barbas canas,
A la importuna muerte ya cercanos,
Cansados de sufrir cosas tiranas, etc. » (3)
gina 73) en los siguientes versos, que si son muy malos son en
cambio exacUsimos :
« El Gáceres estaba tan furioso,
Tan alUTo, soberbio y endiablado,
Que no tiene en sí mismo algun reposo
Ni puede estar momento repoiado. •
(1) Azara.— Descrip. éhist., t.U, pág. 183.
(2) Azara, t. II, pág. 1S9.
(3) Barco.*-Gap. iix, pig. 200—204.
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- 44 -
Tal era Hendieta : hombre perverso y corrompido,
según la opinión miánime de todos los historiadores.
Azara es el único que , sin aducir ningún hecho que
pruebe lo contrario, concediendo que el sobrino de Or^
tiz de ZáMe era un mozo de veinte años no cumplidos,
y que se hinchó tanto con su empleo que separó á su
co-adjunto Duré para mandar solo, afirma a que su con-
ducta no fué tan loca, violenta y desatinada como la
pintan, aunque reconoce que no pudo ser muy prudente
y juiciosa. » (1) Evidentemente el ilustre viajero se equi-
voca : el sabio jesuíta Guevara, cuya obra tan útil ñié á
Azara, en los pocos renglones que consagra á Mendieta
hace de él la siguiente repugnante pintura :
« Joven bullicioso, de procederes indecorosos y
costumbres perdidas : tan desenvuelto en lascivias como
impio en tiranías. No son para relatarse los estravfos de
este hombre : llámelo quien quisiere un Néron por lo
cruel, y un Heliogábalo por lo deshonesto : —aborto
de los que rara vez produce la naturaleza para escándalo
de los mortales, en poco tiempo llenó siglos de maldad,
y preso por los santafecinos, y despachado á la corte,
arribó al Mbiaza, donde muerto por los naturales, fué
enterrado en sus vientres. » (2)
VI.
Si el lector no está satisfecho de los personajes que
figuran en este cuadro, contarémosle estravios y críme-
nes mas reprensibles todavía : le mostraremos al ambi-
(1) Descrip.— T. II, pág. 200.
(3) Lib. II, pág. i42.
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— 45 —
idéso Castañeda apriiion^ndo á Zorita, gobeinadoir de
la Hueva Inglaterra, « yencedw glorioso de tantoe ior
dio9, y ftmdador ínclito de tantas ciudades^ por lat coales
poeo después fteé paseado en prisiones \ no pudiendo
menos de deplorarse con el autor la instabilidad de la
fortuna, que tan injustamente abate á los beneoiteitos
y levanta indignamente á los calpadoá : n (1) le mostra-
remos algunos magistrados, traidores á su deber y á so
ttonarea, quienes necesitando el apoyo del fund&dor de
Ci^doba, tratan de sobornarte, y no pudiendo ocnise*
guirio, le hacen asesinar de un modo inicuo por mano
de Abren, que se vale de una tosa legal para eonsimiar
su atentado (2). Les contaremos algunos hecho» de
Aguirre, gobernador de Tucuman, que cometió tantos
y tan exoriritantes escesos, « que no conserva ei tiempo
las particularidades de sus estrairios : -^ pero m ténniaos
universales tiene memoria de atentados esoandaloses
q«e deMan atajarse prontamente t » (3) le llevaremos i
meditar sobre las ruinas de las dudades, y entre olraBy
á las dos fundadas en el vdle de Galdiaqui y Gonando ;
« destruidas con pérdida y muerte de mucha gente espor
fióla, gracias al mal gobierno é insidioso proceder de
Gastalleda : » (4) y si esto no bastase, le obligaremos á
que flje sos ojos por un faistante, en « una tori)a de fré-
(i) n>idem, pág. i3i.
(!) Gueran, lib. II, esp. xn, pág. Í17. Este se nsmsbs Ckm-
zsK> Abreo ée FlguerM, y ñié investido con la gebeniMi<m de
Tueunsii, del modo qae refiere Gaenrs ea el cap. dt.
(3) Ibidem, pág. 144.
(4) Rui Diaz, lib. II, pág. 03. —A ima de estas ciudades alude
sin duda Pedro Sotelo Narraez, atitor de mía relaciea sobre Tu-
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— 46 —
néticos qne escarnece, befa y ultraja á un obispo re^
vestido de sus hábitos sacerdotales, mientras los unos le
acometen con violencia^ los otros ponen las manos en
él con impío atrevimiento ; quién derriba al suelo la
mitra, quién le despoja del báculo y despedaza las san-
gradas vestiduras. » (1)
Y así continúa la historia del Rio de la Plata, hasta
espirar el siglo XVI y gran parte del XVII.
El año de 1580, Juan de Garay reedifica la ciudad de
Buenos Aires, y es de nuevo atacado encarnizadamente
por los querandies. Entonces se da la famosa batalla,
cuyo recuerdo aun conserva la tradición, en el Pago de
la matanza. Nombre que alude á la gran carnicería que
esperimentaron los indios.
Las ciudades entre tanto van tomando algún incre-
mento : los gobernadores se reconocen impotentes para
estender su jurisdicción sobre un pais tan estenso. Don
Hernando Arias de Saavedra, uno de los hombres mas
beneméritos de la dominación española, cansado de es-
cribir y hacer en vano representaciones, despacha á la
corte á don Manuel de Frías, para que hiciera ver la
necesidad de dividir una gobemadon tan vasta (2); y en
1620 se deslinda de la gobernación del Paraguay, el Rio
dé la Plata y Tucuman; es decir, las tierras comprendí-*
cumaii (Ifuñoz, t. XXXV), dirigida al licenciado Cepeda, gober-
nador del Perú. «Ha estado poblado en esta tierra un pueblo de
españoles mas de cuatro años, y se 4e8pobló¿púrjttal gobierm.*
(i) Guevara, lib. II, pág. 157.
(%) Cuatrocientas leguas de co^ta sobre el Q^no, y i^ias ^e
ecbogiwUs de estensio» territorial
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— 47 —
das desde el Paraná hasta su desembocadura en el
Océano, y desde aqui basta la Gananea por un lado, y por
d otro el estrecho de Magallanes.
Esta desmembración era necesaria : el gobernador
que quería cumplir con su deber, se veía obligado á
vagar de una parte á otra sin atender á ninguna. Con
los elementos, obstáculos que le rodeaban., y modo como
estaba organizado el gobierno en aquellos dilatadísimos
países, ese gobierno era la cabeza de una criatura incrus-
tada en el cuerpo de un gigante.
Para lograr Saavedra el cumplimiento de sus deseos y
realizar las mejoras que deseaba en beneficio del pais,
despachó al citado Frias, para que, informando al con-
sejo sobre su ostensión casi interminable, insistiese con
eficacia en su división, sobre cuya necesidad en repetidas
ocasiones habia representado.
Las dilatadisfanas campiñas que corren hasta el es-
trecho de Magallanes ; las que caen al Norte hasta la
Cruz alta, que deslindan el territorio de Tucuman, Rio
de la Plata y riberas del rio Paraguay con las naciones
circunvecinas ; los espacios mas imaginarios que trilla-
dos, en que se estendia sin limites, basta los confines
del Brasil, la provincia de Guayra, eran del gobierno del
Paraguay, y obligaban al gobernador á ser peregrino
dentro de su propia jurisdicción.
Sobre eso, los estremos rara ó ninguna vez redbian
el influjo de su cabeza; ó porque llegaban con remisión
las órdenes, ó porque absolutamente les faltaba impulso
para tocar en su término : á veces sucedía que las auto-»
ridades intermedias, que debieran ser el conducto mas
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— 18 —
fiel, etnbaraxábati el pmgreso ó inotílltában las medidas
tnas urgentes y benefldosas. Era, pues, muy necesaria la
división, y tal la juzgó el consejo de Indias, en Tlrtnd de
las representaeiones de Frias, quien eon tanto proyecho
y actividad manejó este asunto, que de simple comisfo^
nado, volvió al Paraguay de gobernador, y empuñó el
bastón en 1620.
VIL
Desde la mitad del siglo XYlI, la lucha eon los indi-'
genas presenta una nueva faz. El Indomable arrojo de
los eon({Uistadores los han empujado hasta los confines
de sus respectivas provincias, y por diferentes direc-
ciones, los ha arrollado hasta el corazón de la Pampa,
las selvas impenetrables de Chaco, ó los sombríos bos^
ques del Uruguay. Ya los indios nose atreven á atacaiios
frente á frente; pero su odio se acrecienta á medida que
el estrangero va ganandoterrenoy fundando nuevas cluda^
des en sus solitarios campos. A veces se fingen amigos,
é Imitan el pérfido ejemplo de los Caracarás con los SO
castellanos que asesinaron á traición en una emboscada,
preparada de antemano, sacándolos engañados del fuerte
de Corpus^Christus, so protesto que los amparasen de
otra nación grande y poderosa que amenazaba destruir-
los, si no declaraban la guerra á losespafioles (1) : otras
se ponen en comunicación con los indios sometidos, y
los incitan d la rebelión; y estos con su ayuda ó sin ella,
por lo general voluntariamente, sacuden el yugo á la
primera oportunidad favorable, Inmolando fríamente y
(f) Ouevara, lib. U, cap. iv, pág. 9íi,
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--. 49 —
tbi piedad ¿ Éossrildres* Laa tristes eaemtiB de Santo
Domingo de la nueva Rioja, no coneloyen en el iiglo
XVI; 7 si DO siempre {vodueen mi resaltado tan lamoi*
table^ no dede atriboirseá la falta de erfoersos y toltm*
tad p<Hr parte de los indígenas, sino á la vigilanda y
medida» de precandon adoptadas por los españoles, (i)
Nos acercamos i la época en que el hombre de la
naloráleza va perdiendo sn primitiTaespontaneldad, y en
SDcomonicadon con otrosmas<áYili2ado8yftiertes,lmsca
en el engaño y la perfidia la foerza de que carece.
Los débiles se abandonan íácümenteá la dese^eracion
y en la imposibilidad de locbar frente i frente, adoptan
el anns délos cobardes.la traición, tmicaatmaqoe puede
mancslar sa brazo, ániea que traspasa la annadnra de
cualquier enemigo, por mas temibley valiente qoe 8ea(2)«
Por eso no debe cansamos estrañeza que, á pesar de
so odio inestingnible contra la raza dominante, empezar
stm desde este tiempo á recibir ¿ los que huian de las
ciudades y presidios, y se asilaban entre ellos, y qoe se
pusiesen bajo sus órdraes, conociendo los imperiosos
motivos que les obBgaban á alejarse de los cristianos.
iiOS asesinos^ los ladrones, los desertores, todos los que
(1) En la Relación verdadera del viage y salida que hizo del
Rio de la Plata al Perú, Francisco Ortn d» Mergwrü en 1965
(littDOK t. LXXXVm)» «e habla detenidamente de la deatraceion
de Santo Domingo de la Rioja, y de la carnicería genoral» ejee«H
tada fina y alevosamente por los indios en sus epniadoa babitaiH
tes, al estremo qae solo uno escapó con vida.
(2) Véase el Diario de la espedicUm á la Sierra de la VenUmñ
del coronel García, y su informe á la {limera junta de Buenos
Aires en iSll.Aflg.t. UI.
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— so-
por alguna cirounstancia se veian compelíaos á huir del
brazo de la justicia, iban á buscar asilo entre los salvajes
y ellos se lo concedían de buena gana, adivinando,
mas por instinto que por reflexión, que serian los mejo-
res instrumentos de su venganza. Estos foragidos, en
efecto, conquistaban pronto gran prestigio entre los ín-*
fieles por su ferocidad y desenfreno: empezaban por
apostatar de su religión; se atemperaban en un todo ¿
sus costumbres ; se casaban con las hijas de los caciques
y á menos de ser muy cobardes ó imbéciles, acababan
comunmente por dirigir sus escursionesó malocas (1), y
ser elegidos gefes de alguna parcialidad ó heredar el ca-
cicazgo de sus padres políticos. Hoy todavía desempeñan
el mismo papel , y mas de uno ha adquirido en sus
aduares una negra celebridad (2).
Pero lo que si debe causamos estrañeza,| es que los
cautivos de los indios, las mugeres y niños, se aficiona-
sen tanto á su asqueroso método de vida y á su azarosa
y vagamunda existencia, que rara vez querían, pasando
algún tiempo en su compañía, volver al seno de sus fa-
milias y gustar las dulzuras de la civilización.
Este fenómeno, observado por varios viageros, y muy
especialmente por Azara (3) y García (4), es digno de
(i) Gorrerías para robar.
(2) Desde tiempos muy remotos hasta nuestros días, se encuen-
tran ejemplos mas ó menos curiosos en Barco, cant. XI y XX, p.
119, ÍSQ y simientes : don Luis de la Cruz, Costumbres de los"
Peguenches, p. 32. — Ang., t. ¡.^Sarmiento, Vida de Quiroga, p
908 y siguientes, etc.
(3) Descripción, t. I, pég. 149.
(4) Véase lo que cuenta en su Diario ya citado d^^o^ |iijU>s y
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— 54 —
ñjar la atención de los sabios ] y acaso estudiado con mas
prolígídad y conocimiento de las causas que le originan,
nosreyelase alguna nueva é importante verdad filosófica»
justificando tal vez varias de las proposiciones sentadas
por el filósofo de Ginebra, en su célebre discurso pre-
miado por la academia de Dijon.
Acabamos de indicar que los salvages, ¿ medida que
se ponen en contacto con los blancos, adquieren todos
los vicios y defectos inherentes á la civilización sin una
sola de sus ventajas. Así los vemos, desde esta época,
volverse mas disimulados y precavidos; concertar mejor
sus planes de ataque y de defensa -, procurarse la alianza
de otros pueblos; faltar á los pactos y tratados con mas
frecuencia; y cuando menos se les espera, salir de sus
guaridas y caer de repente como un enjambre de hienas
sobre las poblaciones indefensas y las estancias mas re-
tíradas. Rechazados, vuelven al ataque con nuevo ardor,
en cuanto sus contrarios se adormecen en la confianza
de un triunfo •momentáneo: vencedores, degüellan, ro-
ban, destruyen, incendian cuanto pueden, se llevan cau-
tivas á las mugeres y niños, y vuelven á perderse en la
inmensidad del desierto, donde- seria imposible y teme-
rario irlos á buscar (1).
Este carácter que toma la lucha, obliga á los españo-
les, á pesar de sus triunfos, á estar siempre sobre la de-
mageres cautivas entre los pampas, ranqueles, hueliches, aucas,
etc.
(i) Las escursiones de los indios duran todavía : en 1780 pene-
traron por Liiyan, rompiendo la linea de defensa establecida bsjo
el gobierno del yirey Vertís , é lucieron gran destrozo y robos
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— 54 -
fue oeupwDOB de eUi^ Biendo^ cooio ,ei por eapnoio de
dos ftigloe, Ui única historia de la Banda oriental, parte
integrante del vireinato de Buenos Aires.
vm.
En casi todas S113 vaataa poMsionea de la América
meridional, limítrofe» con el BraaB, España tropecé con
los portugueses. En Venezuela ^ en Nueva Granada, en
el Ecuador, en el Perú, en Solivia, en el Paraguay, m la
Guayana ; pero en ninguna parte con tanta frecuencia ni
notoria mala fe como en el Uruguay, ó sea en la ribera
iiquierda del Plata. La simple narración de los hechos
convencerá al lector de lo que avaniamos.
La muerte de Solis, que sucumbió en la isla de San
Gabrieljperteneciente al territorio Uuruguayo; la destruc-
ción del fuerte de San Salvador y la feroddad de las
tribus que habitabap la Banda oriental^ ferocidad que
en una ocasión dio margen á un gobernador, Andonae-
goi, para ordenar que fuese pasado & cuchillo todo va-
rón quecsoediese dedoceaOos, diciendo que elveriadero
bautiimo de aquellos ealvages eru la sangre (1), babian
hecho desistir á los primeros pobladores de establecer
dudadas fuella*
Al pisar aquellas playas los espaaoles, las ocupaban en
diversas direcciones los charrúas, los chañes, los chayos,
guenoas, tapes, biO^^i mboanes, minuanes, y aros,
martidanes, caiguás y otras tribus y parcialidades muy
poco conocidas y algunas enemigas entre sí(2).
(i)UaoU,pág.907¿
(2) V. el cap. iii de la obraeit de Lasota.
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— 56 —
Enb« eatai teibiiB^ la mas nótala era la de U» (^
La gente que jamás fué conquistada
Que á todo el mundo junto no temia.
En guerras y bataUas belicosa
Osada y atrevida en gran manera (1)
Marchaban eon la cabeza erguida^ y enhiesta la firente,
Boportaban el hambre, la led y la fatiga con admirable
fortaleza, y no se detenían por embarazo» de rios> mon^-
taSae, ni esteros ó cenagales (2).
Indomables, feroces y valientes hasta el heroísmo^
todos los historiadores están contestes en asignarles
el primer lugar entre todas aquellas valerosas tribus :
eran los verdaderos espartanos de América. Su lucha con
Espalla empezó devorando ¿ Solis > y no han cesado de
guerrear hasta que füenm esterminados en nuestros diaS:
cuando se sentían débiles, se confederaban con otros
paetdost y juntos volvían & esparcir el terror y la desola-
ción donde quiera qae se presentaban.
La fortaleza fundadapor Gaboto, en el rio de San Sal*
vador, fué destruida en breve; y la primera pobladon
que hicieron los españcAes en sa territorio en 1560, b^Jo
él gMemo y por disposición de ¡rala, á dos leguas del
Uruguay en el rio de San Juan, sofrió la misma suerte
al poco tiempo; pues los indios atacaban á los pobladores
con tal encarnizamiento y tenacidad, que no les daban
(f ) Bureo. Gaiit. X, pág. iOI.
(2) Azara. Descríp. 1. 1, pág. 150.
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— 56 -
iuffarparahaeersussemmteras. El capitán Riqaelme, en-
viado por Irala, parainfonnar8edesuestado,los encontró
muy enflaquecidos y desconfiados de poder salir de alli
con vida , por los continuos asaltos que padecían (1).
En 1574, Garay fundó en San Salvador otra población,
que tuvo que abandonarse en 1576 por la misma causa.
En 1603, don Hernando Arias de Saavedra, valiente
caudillo y mejor gobernador, sale de la Asumcion con
un número muy regular de tropas ; resuelto á sujetar las
tribus del Uruguay á la obediencia de España ó perecer
en la demanda. Toda su infantería, compuesta de 500
miliciauos, quedó tendida en las verdes llanuras que
riega aquel caudaloso rio ; « ¡ tan grande era el furor y
ciega obstinación con que los naturales defendían el ori-
ginario suelo ! » (2)
Tantas tentativas estériles acabaron porfin dedesegañar
¿los españoles que no era fácil sujetarlos por las armas,
y recurrieron al medio que debieron haber empleado
desde un principio.
Felipe III, por una Real orden fecha 30 de enero de
1609, ordenó que se tentase la reducción de los indíge-
nas por medio de las misiones evangélicas (3).
En 1619 y 1624, fundáronse los pueblos de la Concep-
ción y de Santo Domingo Soriano, y bajo estos auspicios
la Compañía de Jesús, presentóse en aquella rica viña
cosechando almas para el cielo con la rapidez y acierto
(1) Rui Diaz. Lib. II, cap. xii, pág. 96.
(2) Guevara. Lib. II, cap. xviii, pág. i7i.
(3) Lozano. Uist. de la Compañía de Jesús, tomo II, lib. iv, pág.
260.— Madrid 1764.
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— 57 —
qae se traslucen en las reales providencias espedidas á
su favor en 1634. *■
El preámbulo de una de ellas, dice asi :
« Don Felipe por la gracia de Dios, rey de Castilla, de
León, etc.
c( Por cuanto Alonso Messía, déla Compañía de Jesús,
me ha hecho relación que los religiosos de la dicha
compañía sin escolta de soldados, ni mas fuerza que la
del Santo Evangelio han entrado en la gobernación del
Rio de la Plata, conquistando provincias y reduciendo
naturales de ellas á poblaciones con iglesias, venciendo
para conseguirlo grandes imposibles, con ofrecerles
serán puestos (en encomienda) en mi corona Real, en que
procediendo con tan gran desvelo y cuidado que al pre-
sente están reducidos mas de 70,000 en las dichas pro-
vincias del Rio de la Plata, Paraguay y Villa del Espíritu
Santo, etc.»
Esos pocos renglones hablan mas alto, en favor de los
ndnistros de la Compañía de Jesús, considerados como
misioneros, que todo lo que se ha dicho (y se ha dicho
mucho), y pueda decirse contra ellos y su sistema.
IX.
Por este tiempo los vecinos de Buenos Aires, con per«
miso del gobernador, venían á veces en gran número á
cortar leña y hacer cuerambres en las costas y solitarios
campos de la Banda Oriental, donde, del siglo XVI al XVI,
algunos caballos y novillos traídos de España, se multi-
plicaron con tanta rapidez, que se convirtieron muy
pronto en un venero de riqueza de mas fácil esplotacion
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— 5$ —
ymiBMginro qne Ifts misas de oro yplttaquaeontan*
to afán buscaban los conquistadores (1).
Ahora bien : los portugueses que vieron la especie de
abandono en que se haDaba la margen oriental ád Plata,
resolvieron establecerse en ella, y fundaron en 1679 la
Colonia del Soerimento.
Arrojados de aiU un afio después por el gobernador é»
Buenos Aires don José del Garro, on tratado inhábil
aunque provisorio, se la devolvió en 1663.
Esta davolacion, efectuada gracias á la incapacidad ^e
(abrios II, y á la actitud imponente y audaces manijosque
desplegó en eia oeasfam el gabfaiete de Portugd ; esta
oenpacion consentidapor un rey de España, legitimo y
único.durik) de aquellos países, de hecho y de derecho,
robustecida por un mievo tratado (17ül), y vetnteyeimtro
ajlos ite poeesioo no intemnnpida, ha servido después
para cohonestar el derecho y falsos títulos ^posesión
qoe desde entoneee en^aar on á ategar los portiigiieses,
y mas taide sos sucesores los brasUefios, dempre que so
ha tnatedo de hacerles restituir lo qué tenían y tienen
usurpado*
Tal era la política de España : y cuando en 1705 el
gobernador Inclan, por orden del virey de Lima y can-
sado ya de sufrir los avances de sas ambiciosos vecinos,
<f ) En el articulo Buenos kireé, oorresfKHidfeiKe al tomo V de
la £iMicAei>edie Que <» i» aetaaiSdsd puliiíea ei «ea6r Mdlsdo
(artiealo cuja ni4|or parte nos pertenece)» aos bemos ocujpado de
este punto, consignando, p. 986—88 cuanto hemos podido skyeñ-
guar acerca del primitivo origen y estraordinario acrecentamiento
de los ganados de las dos riberas del Hata y Paraguay, su princi
pai ramo de riquesa en la aciniMsd.
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— su-
puso ritió á la Colonia y se apoderóda ella; dtes tfk»
después un nuevo tratado le obItgA i de? df erla i mis
primiüTos dueños (1716).
De modo que los espaJKdes reoonqiiistalMBí la Goleiiia
á balazos, y los lusitanos se la arrebataban interponiendo
una nota diplomática.
En esta porfiada lacha de la astada y la intriga eOQ el
valor y ia lealtad, los portugueses ialtwonveDoedores^
p^o los eoldados easteUanos eseriMeron con sa espada
una paginada gkntaen aq[uellastan dteputadasmuraMta,
padrón eteno de la negUgeneiade sn iluso gobierno.
Para oomprender toda la gravedad de este cargo, es
neeesario saber ouáles eran las eoooeidas intenriones,
hasta dónde llegaba la andaeia y euál toé el ptimordial
objeto de los poitngaeses al ftmdar la Colonia, y laaneha
brecha que Bspafia abría á su autoridad y A sos inlsre*
ses, Cuálitiñdoles con su devolueiM el oontrabando en
todo el vireinato, y monopolizándole en su fan>r, pues
no filé otro el objeto que se propusieron, según la opi-
nión de un entendido escritor, al levantar una fortaleía
en aquel punto dominante y tan favorable á sus miras (i).
Sin duda por eso lacorte, recelosa ya de la preponde^
randa y vuelo «pie tomarían los intrusos, si se les dejaba
á título de amigos ocupar territorios ^fue luego dedata-
rían suyos, adoptó tales medidas, que por lo pronto pa-
rausaron de un golpe sus planes de engrandadmieuto.
PnodMi verse á este respecto las disposidones de Fe-
lipe V al gobernador de Buenos Aires don Baltasar Gar-
(i) RoberUon. — Hist. de PAmérique, lib. VIII, pág, i33.
dby Google
— 60 —
cia Ros^ en su despacho feeha 11 de octubre de 1716 (1).
Una de las diposiciones era que no se diese mas terri-
torio á la Colonia, como se coavenia en el tratado, que
el que alcanzase el tiro de bala de unapieza de á 24
disparada desde la plaza. Foresta medida juzgúese de
las demás.
La ocupación de la Colonia fué útilá España bajo otros
conceptos : ella le hizo conocer ¿fondo á su adversario y
pensar en invertir parte de los tesoros que sacaba de
América en defensa y provecho de la misma. Asi es que
al disponer la entrega de la plaza, aleccionada con el
ejemplo, ordenaba que se fortificasen los puntos de Mon-
tevideo y Maldonado, para que ni Portugal ni otra nor
don alguna pudiera apoderarse de ellos (2).
Desgraciadamente esto era mas fácil disponerlo que
realizarlo, no teniendo á la sazón los comisionados re-
cursos para ello, como sucedía á las autoridades de Bue*
nos Aires.
Todavía ftaé necesario que los portugueses viniesen á
sacudir la apatía del gobierno español.
Despechados estos por el estrecho círculo á que se vete
reducida su rapacidad en la Colonia del Sacramento, tra-
taron de establecerse en otro punto del litoral desde
donde pudiesen estender su dominación al int^ior.
X.
El ayudailte de campo don Manuel de Freítas Fonseca,
recibió orden para desembarciir con 300 hombres en
(1) SehaUa en la obra cit. de Lazota, pág. iS8.
(2) Oficio del rey á don Bruno Mauricio de Zavala, fecha 27 de
enero de 1720.
y Google
— 6J —
MoBteYideo, y|M>blarl8 y fortifiearle, como parte delod
dominios de su soberano. Asi lo efectuó á Anes de 17^3.
Ap^as lo supo Zavabí, gobernador dó Bueno» Aires, le
intimó que ínmedifitamente se retirase : y habiendo re-
cibido una negatÍYa categórica, se preparó k emplear la
ftierca* ya que las buenas razones no bastaban.
£1 impertérrito Freitas, apenas le vio venir, en vez de
hacer una desesperada resistencia como era de esperar
en vista desu&propiaspalabras, se retiró prudentemen-
te, protestando que no lo hacia de miedo, sino porque no
quena ser él causa del nmipimíento de la guerra.
Habiendo tan felizmente arrojado á los portugueses,
empezó don Bruno Mauricio de Zavala en enero de 1724
á fortificar á Montevideo, aprovechando lo que habian
dejado los intaisos.
Después de concluido el reducto que se trabajaba en la
punta del £ste (hoy batería de San José) retir<^ á Biíe-
nos Aires, nombrando de comandante encargado de
la defensa de ia plaza, al capitán don Francisco Antonio
de Lomos.
Asi se fimdó b^[o la advocación de san Felipe y San*
tiago la eiudad de Montevideo, ciudad que por su posi-
ción geogr^ific^por la bondad é importancia desu puerto,
el miyor de aquellas regiones (i), según la opinión de un
escritor competente de quien se sospecha con bastante
fundamento que era espia'ó comisionado» det gobierno
inglés (2), está destinada á ser el emporio del co-
mento dd JUo de la Plata, siendo Indispensable ya,
(i) Falkner. Descripción de la Patagonia, p. 16. Ang. t. I.
(2) Véase el discurso prelimúuir qu« precede á su obra.
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— ca-
para dominarle, y asegurarse', su pacifica posesión.
Conviene que nosfijemosen esta circunstancia que no
ha sido bien apreciada todavía*, las continuas espedicio-
nes de los estrangeros y en especial de los ingleses des*
de la guerra con Felipe 11 : la usurpación de Portugal
en 1817 : la guerra con el Brasil hasta 1828, la última
con Rosas, no tienen otro origen ni otra razón. Ahí está
la historia abierta para los que quieran estudiarla.
Don Bruno Mauricio de Zavala, hacia por consiguiente
un servicio relevante á su patria, en comprender desde
temprano la inmensa importancia de aquel pedazo de
tierra, abandonado por la incuria de su gobierno, y en-
clavar allí la bandera de CastiUa, antes que el lusitano,
con sus arteros manejos y ambición desmedida, reali-
zase el plan que acarició hasta el último instante de su
dominio en el Brasil: llevar sus fronteras hasta la ribera
oriental del Plata.
En el largo y lisongero oficio , fecho en Aranjuez el
16 de abril de 1725, que con este motivo le pasó el So-
berano, aprobando plenamente su conducta, dándole
muchas gracias y en su Real nombre mandándole se las
diese á la dudad^ militares y demás vasallos que cofir
currieron á esta función^ se encuentran compendiados
los sucesos que precedieron á la fundación de Montevi-
deo, y la confesión de que don Bruno Mauricio de Zava-
la, anteriormente habia solicitado varias veces con efi-
cacia, que se le facilitasen los medios de llevar á cabo
las órdenes que tenia, pero que no habia sido posible
atenderle (1).
(i) Acias de la fundación de Montevideo, p, 6. Asg. t. llf .
dby Google
— 63 —
Zavala, deseoso del aumenta y prosperidad de la na-
ciente población, dispensó franquicias y privilegios á to-
dos los que pasasen á Montevideo en dase de pobla-
dores.
Los primeros vinieron de Buenos Aires, los segundos
de las islas Canarias ; es dedr, seis familias Argentinas
y cuarenta y una Canarias, traídas en dos viages p<^ don
Francisco de Alzáibar, plantearon de 1724 á 17281a ciu-
dad de Montevideo. Asi consta de las actas de su ftm-
dadon.
Esta población que tomó un incremento rápido, ne-
cesitaba una administración que llenase sus necesida-
des; y Zavala, que la miraba con un interés paternal,
ordenó se erigiese un cabildo y autoridades competentes
el V de enero de 1730. Mas tarde la corte de España
nombró (1751) un gobernador politice y militar con de-
pendencia del gobierno de Buenos Aires. £1 primero que
ejerció este cargo fué el coronel don José JoaqmnViana.
XI..
Hemos dicho que en 1620 se separó la gobemadon
del Paraguay de la delRio de la Plata ; y aunque revuelta
y anárquica, mngun suceso de distinto linaje de los que
llevamos narrados, presenta su historia hasta un siglo
después.
Desde su separación de Buenos Aires, la provincia del
Paraguay quedó sujetaá la jurisdicción de la real audien-
cia de Charcas, la cual con motivo de las quejas que
aquella elevó á su conocimiento, mandó por juez pes-
quisidor al oidor y protector general de Indias don José
dbyCoogle
— 04 —
de Antecpiera^ tuyo empleo ejerció deede el 13 de se-
tiembre de 1721 hasta el 6 de junio de 1722, en que en-
tró y fué recibido por gobernador en vlrtiid de m| despa-
cho del virey Morcillo, espedido en Lima el 24 de abril
del721,
Biyo su gobierno empezaron los escandalosos des-
órdenes y revueltas que continuaron en el de sus suce-
sores»
Esplicaremos su origen y los funestos resultados que
produjo el capricho del citado virey ; pues su irreflexiva
conducta dio margen á qne apareciese como intrusa una
autoridad que no podia ser mas legitima.
Qu^iendo proteger el virey á don Baltasar GarciaRoi^,
sin considerarlos servicios de Antequera, estando yare-
conocido por gobernador, y desempeñando sus funcio-
nes á satisfacción de todos, envió al mencionado Ros,
no á re^nplazaríe, sino á ocupar su puesto, de un modo
tan desacertado, que mas bien parecía una destitución
violenta é ilegal, que una providencia justa, cual con-
venía.
Eos se presentó ¿ tomar posesión del gobierno, se-
guido de un ejército de 6,000 ihdio^ guaranis, sacados
de las misiones jesuítas; presentóse con ademán impo-
nente y altanero, echando braratas y amenazas, y de-
jando traslucir su encono contra algunos de los que
hablan figurado en los anteriores disturbios. El gober-
nador y la ciudad entera se sublevaron contra este
proceder despótico, y salieron á su encuentro resueltos
á rechazar la fuerza con la fuería. Los beligerantes se
encontraron en las márgenes del Tebicuari, donde sufrió
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— 65 —
una completa derrota el cgército iavaser, salvándose su
gefe milagrosamente^
Llegó al Perú la noticia de estos sucesos y el virey,
aunque tarde, si no conoció completamente la ligereza
de su procedimiento, previo todos los males que podrían
resultar, si no se adoptaba un pronto medio de evitar
sus consecuencias.
Estaba ya en el gobierno de Buenos Aires el capitán
general don Bruno Mauricio de Zabala, esforzado guer-
rero^ íntegro magistrado y hombre bien quisto en todas
las provincias del Rio de la Plata (1). No necesitamos
insistir sobre las bellas dotes que le adornaban, porque
fácilmente se comprenden al recordar su conducta en la
fioudacion de Montevideo, y las honrosas palabras con
que el monarca supo hacer justicia á sus largos y grandes
servicios, lealtad y patriotismo. Ese valiente caballero,
que tratando de justificar su vigorosa energía con los
portugueses, se atrevía á decir á su rey : « para defender
elpais hasta perder la vida no necesito órdenes nin-
gunas (2). Escusamos decir que pacificó al momento la
provincia, y que Antequera, cediendo á sus insinua-
ciones, se ausentó del Paraguay.
El 4 de mayo de 1725 fué recibido por gobernador,
según despacho del virey, don Martin de Barua; pero
(i) Empezó á gobernar en 1717, y concluyó en 1734: pocos
gobernadores ban obtenido tanto tiempo ia contíanza del mo-
narca. Esta sola circunstancia hace el mas completo elogio de
Zabala.
(2) Diario de S^ábata, Ácta^ sobre la fundación de Montevideo,
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ese mismo alio oeftó el primero y mAt6 á reempbh
zarle don José de Armanduru, marqués de Gaslel-Fuerte,
quien considerando el estado anárqnido del Paraguay,
envió á don N. Zulueta en reemplazo deBania. Uégó
este & la capital, y hubo tma especie de motin, promo-
vido y realizado por los comuneros (nombre que iiabia
adoptado cierto partido desde mucha tiempo atrás^ para
significar la justicia con que defendían sus d^echos, á
Imitación de los de Castilla); y precavido y no poco
amedrentado f tuvo el buen sentido de alejarse y no
darles pié para que se entregasen á mayores éscésos.
Este nuevo acto de rebelión, siquiera estuviese fundado
en justas y racionales exigencias, exasperó al nuevo
virey, que solo Vio de por medio su autoridad ajada, y
usurpado el primer atributo de su regio carácter. No
era Gastel-Fuerte hombre capaz de tolerar nada que
pudiese rebajar en lo mas minlmo la alta dignidad que
representaba, y las atribuciones y prerogatlVas que por
ella creía competirle : era además de genio irascible y
vengativo, y sí no se le calumnia, muy déspota y san-
guinarío.
El P. Bautista, le pinta dominado por las furias, y le
atribuye los asesinatos peipetrados en Lima, á conse-
cuencia de la repulsa de Barua. Antequera, cuatro re^
ligiosos y un negro perecieron en el cadalso; y si son
ciertas las circunstancias que acompañaron á estas eje-
cuciones, no podía estar en peores manos el gobierno
del Perú. Los comuneros, en represalia, asesinaron al
segimdo gobernador (Euüova), enviado fw él, y admi-
tido por tal en su cabildo (1733).
Digitized by VjOOQlC
— 67 -
EAtoneeB el pueblo saltó compleUuneiite los limites
del respeto j la obediencia, y como nn potro desbocado,
se precipitó en una senda de perdición y locura. Los
conraneros, por si y ante sí, eligii^ron sus gobernantes,
dándoles el^tulo de generales ó Justicias mayores^ y
destituyéndolos con la misma facilidad que los eletaban :
la anarquia llegó á su colmo en el Paraguay ; y á la
verdad causa estrafieza ver en el primer terdo del
siglo XYIH, las mismas lúgábres escenas que hemos
visto reproducirse en nuestros dias en todas las re-
giones conquistadas á la civilización bajo la bandera
española.
XII.
£1 referido padre, escusándose de hablar de todos los
que ocuparon el poder en esta época « porque seria una
madeja sin cuenta^ n habla de la elección del obispo
don Juui de Arr^ui, virtuoso eclesiástico, quesevló
eompelido á acceder á tos deseos de los anarquistas
para evitar un gran crimen. Es estrafio que el P. Bau-
tista, que aboga por los comuneros cuando rechazaron
á Barua, no haya visto en esos primeros actos el origen
de loa desastrosos acontecimientos posteriores.
« Este varón grande, luego que le llegaron las bulas
y cédulas de obispo de Buenos Aires, pasó á consa-
grarse en la del Paraguay. Ya concluida esta fondón, y
aprestándose para volver á su iglesia, acaeció el levan*^
tamiento y muerte del sefior gobernador Ruilova. A vista
de este hedió y otros que trae la insolencia de una
república alteada, procuró ategar todo lo posible estos
dby Google
eseesos, yéndose á un pate que llaman Guayaibití, donde
sucedió la muerte por estar su ilusirísima en un pueblo
inmediato, que pertenece á nuestra religión, nombrado
El Itta, en donde se estaba aviando, ya despedido de
la ciudad. Aquí estorbó todo lo posible^ que quitasen la
vida á un don Antonio Arellano, cubriéadolo con su
manto, y á todos aquellos que llamaban contrabandos,
que eran los que no seguían la parte del común. Aquie-
tados ya algunos, supo su ilustrísima como iban á entrar
á la ciudad para pasar á cuchillo á todos los contraban-
distas que en ella encontrasen; y compadecido é instado
por algunos piadosos, volvió de dicho pueblo, que dista
doce leguas, y encontrando al común en un vallecito,
donde está fundada la recolección nuestra que llaman
Buticao, se fué á dicho convento, en donde los exhortó
á que mirasen lo que hacían, y que nunca se justificaba
su causa con tomarse ellos la justicia, si alguna tenian,
matando y robando, etc. Aquietáronse por entonces, y
lo dejaron tranquilo en este retiro de la Recoleta. Pero
una tarde de impi'oviso fueron á decirle que solo de una
manera se sosegariap, y era tomando él el bastón de
gobernador. Entróse el santo obispo á la pobre iglesia
que entonces teníamos, y ni con súplicas y exhortaciones
que les hizo, pudo persuadirles que desistiesen, clamando
todos á un tiempo que la voz del pueblo era la de Dios.
Viendo este empeño, se retiró su ilustrísima á nuestro
convento grande, por ver si allí le dejaban, cesando de
un intento tan estraño^ pero ni así, porque como dicen,
á ürones le sacaron de la iglesia de aquel convento, y le
entregaron el mando y el bastón, que tuvo por bien admi*
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— 69 ^
tffloS) por eYitsur mayores daños é ioooinreiii^tes^ cerno
OD efeeio asi sucedió, por el mucho amor que le tenían
todoa« Gobernó su llustrisima desde el dicho mes de
setieonbre de 1733 hasta que pudo conseguir de eUos
su retirada i su amada iglesia y patria de Buenos Aires,
dejjttxdo en su lugar ¿ don Cristóbal Domínguez, que
había sido su padrino de oonsagraeion,^ y hombre de
toda satisfacción, que mantuvo á todos en sqjecion y
obedíevcia^ hasta que por orden del yirey> al mandato
suyo voItíó segunda vez el sefior don Bruno Mauricio de
Zabjda á aquietar y sosegar la tierra. Entró á esta comi-
sión el a&o del Señor 1735, y hechas idgunas justidas,
se retiró á su presidíela de Cbüe (1)« »
En 1741 llegó de España don ftafaelde la Moneda,
hombre inteligente, ená^ieo, y propio para mandar
aquella grey tumultuaria y rebelde. Habia conseguido
Zabala sofocar la hoguera de la anarquía, pero quedaban
algunas brasas ocultas en sus cenizas. £1 P. Bautista
hace el mas cumplido elogio, un poco parásito^ <c do las
brillantes cualidades, juicio, integridad y demás prendas
grandes, adquiridas y heredadas)) que adornaban al
nuevo gobernador; pero en lo que no cabe duda es que
sabia mandar. Apenas recibido del gobierno, parece que
algunos frailes empezaron á tramar una conspiración,
en la que entraban gran número de personas muy nota-
bles, y cuyo {NTincipal objeto era asesinarle. Tenian to-
madas perfectamente sus medidas, y todo parecía augu-
rarles un feliz resultado, cuando fueron delatados por un
traidor. D. Rafael de la Moneda supo manejarse, con tal
(i) serie de los gobernadores del Paraguay; pég. 199.
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- 70 —
destreza y sagacidad, que antes de estaUar el motin se
apoderó de los principales cabezas; les formó causa coa
arreglo á la ley, y ios fusiló á todos para escarmiento y
edificación de los que quisieran imitar su ejemplo. Fué
tal la impresión que produjo este acto de juéta severidad,
que nadie mas en el Paraguay, mientras él permaneció
en el poder, se atrevió á conspirar ni á entrometerse en
los asuntos del gobierno.
Algunos de nuestros lectores americanos estrañarán
sin duda que aprobemos la conducta de un hombre, que
la tradición coloca en el número de los tiranos de las
colonias; pero si se hacen cargo de la situación en que
se encontró colocado desde que empuiló el bastón, y la
clase de hombres qtíe se veía obligado á mandar, con-
vendrán con nosotros en que era preciso armarse de toda
la severidad posible^ y hacerse temer de todos para ser
respetado. No somos nosotros de los qua abogan por la
pena de muerte en delitos políticos; pero el mismo
Becaría la aconseja, si mal no recordamos, eü un peligro
inminente que amenazase la seguridad del Estado, y no
hubiera otro medio de salvarle.
Esta consideración, pues,' nos hace ser imparciales
con don pTafael de la Moneda, y no atribuir ciegamente
á su despotismo lo que era un efecto lógico y necesario
de sú posición y de las ideas de su tiempo.
Existe, además, un hecho que no debemos pasar en
silencio, y que bastaría para disculpar la ínterpretadón
que damos á su conducta. Perdió la vista recorriendo
las provincias de su jurisdicción, situadas bayo el Tró-
pico, en el rigor del verano. El objeto de esta escursion
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~ 74 —
no fué otro que el de promover su prosperidad y bien-
estar, indagándolo todo por &í mismo, oyendo las quejas
y reclamaciones de sus gobernados, desterrando algunos
abusos, y adoptando medidas de utilidad general. Un
gobernador que procede de esta manera, no podía ser
un mandatario ostúpido y cruel. ^
XIII.
Estos tres episodios de la historia del Paraguay, nos
bastan para comprender su existencia en el resto del
siglo XYIil. La mala semilla arrojada en la rebelión de
1544 debía producir abundantísimos frutos , en aquella
tierra clásica de la anarquía y el desorden. Es lástima ,
por cierto, que se haya^perdido la segunda parte de la
historia del P. Guevara, que le fué arrebatada, según
es fama, en la hacienda de Santa Catalina, estancia que
poseían los jesuítas á 14 leguas de Córdoba, y donde se
hallaba en compañía del P. Falkner, autor de la des-
criipcion de la Patagonia.
Angells asegura (1) que entre las varias instrucciones
comunicadas al gobernador Bucareli, para llevar á efecto
la espulsion de los jesuítas en las provincias argentinas,
se le mandaba recoger y enviar á España el manuscrito
de la historia del P. Guevara. Esta comisión fué desem- ^
peñada por el doctor don Antonio Aldao, letrado de cré-
dito de aquel tiempo, y cuya presencia no bastó á pre-
servar de la dispersión y del pillage tantos documentos
preciosos del saber y de la aplicación de la sociedad que I
había civilizado aquellas provincias.
(1) Discurso á la historia de Guevara. . I
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— 73 —
Sea esto elerto éso, no cabaduda, (lae dicha seganda
parte, única que podría arrojar una Tiva luz sobre los
sucesos de esta época, se ha perdido ] y que sin mnbargo
de existir un escritor que ha hecho laudables esfuerzos
para reponer este vacio, ha tenido ílreeu«nlem«nte que
pasar por alto muchas circunstancias por ñuta de datos
en que apoyarse (1).
Con todos estos malos antecedentes y tradiciones poli-
ticas, ha pasado no obstante en el Paraguay un tbiyS*
meno muy curioso. En este pais tan revolucionario, al
parecer de gMo tan poco sufrido^ y donde se encabeea*
ban los motines eon la palabra libertad ! la voz del pue-
blo es la de Dios ! la revolución de iftlO no eneuentra
eco : de sus ^trañas surge un hombre singalar (1811) ,
^e como Bonaparte, subyuga y domina i sus compa^^
ñeros, consiguiendo que cansados estos de servirle de
testaferros, le dejen despejado el camino de la dicta-
dura (1814). No bien asegurado en el poder^ en v^ de
dirigirse contra el común enemigo,, y encaminar sus hues*
tes contra el torrente de bayonetas realistas, que de un
momento ¿ otro amagaba precipitarse victorioso desds
las escarpadas creu^as de los Andes, donde ludüaban i^s
hermanos brazo á brazo contra el poder colosal de Es-
paña, y donde se veía por primera vez flamear, símbolo
de la democracia, la bandera de la independencia de
todo un mundo. . • él , egoísta, astuto y receloso, opone
un muro de puñales entre la revolución y el pueblo ;
(1) El Dean Funez : hemos laido su obra en América; pero á
pesar de haberla solicitado aquí con empeño, no hemos podido
obtenerla.
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— 73 —
descarga su maso de hierro sobre los primeros que se
atraven & murinurar : á una señal suya, las cárceles se
llenan de reos politícos, la sangre enrojece los cadal-
sos, y la sociedad aterrada, hollada, escarneció, inclina
la cabeza y dobla la rodilla, en fin, ante el amo que ella
misma se ha dado.
No conoce el mundo civflizado todavía, porque no lo
sabemos nosotros que somos sus yecinos, hasta dónde
llegó el sombrío despotismo de ese hombre original y
estravagante : favorecido por la posición geográfica de
su pais, situado en un rincón de América^ por medio de
una linea de fuertes y guarniciones, lo separó de los Es-
tados circunvecinos, sin pennitir que entrase ni saliese
nadie bajo ningún protesto ni motivo. £1 digno compa-
fiero de Humboldt, M. Aimé Bompland, expió largos
años en una de las posesiones rurales del dictador, su
afidon á la botánica é historia natural. Gobernaba á lo
sultán y se reia de la Europa, porque sabia que la Eu-
ropa tenia mucho que hacer en sus propios lares, para
irle á pedir satisfacción del otro lado del Océano \ y en
caso de no obtenerla cumplida, enviar 50,000 soldados
¿ apoderarse del Paraguay.
Sabia que las repúblicas vecinas, empeñadas en la lu-
cha con la metrópoli, no podian oponerse á sus planes
liberticidas, y viendo que antes de conquistar su indepen-
dencia se despedazaban estúpidamente, creció en brios
é insolencia, y perseveró en su inicuo sistema, sin dig-
narse contestar siquiera á las reclamaciones y exigen-
cias, así de los gobiernos americanos, como de los agen-
tes diplomáticos europeos.
3
dby Google
— 7* —
Unatinnifa tan alroz, soporUdacdii evttigéUoa: r«a^
nación durante Teinte y ocho años v demnestra Itfea'
qae el pnebloqae se-plegaba á ella, como todo el poriila
Hispano-Aineriflaaio, lejo» deestar nutrido con las idea^
y sentimientos dé la libertad, no* eonocia mas qm fal
licencia y el predominio de la fuerza bruta ; y qM alta-«
ñero é insolente con lo» débiles , y bnmiide y sumiso
eonlos qne le trataban sinmisarteordia, indinaba la eéi^
Tiz y se póstrate da btnojos eModo le ant^alMn al iw«
tro con desjKf cié alganoe centeBaree de eaboMí dkttli-
landn sangre todavía I
Asi se esplka también lásaNaJe tIfaDÍa.deBo«»v fM
por espacio de 20 aüos Iki eftetmida á la deaventimAír
repuUiea ArgauliDa. Tirano mas^snaguínarie ylerbz q»
el Dr. Francia, aqveaeuela ha segctde,^ eensigriáende
les nfernuB resnltadto^e m dfgae naestre; pero é»
nos aBAkipemos á: reftexioves qae na son de este lagar.
Puad8> censidnramr, ppr le tato, d Paragoaf deite
1& esaltaeion. drt £)r. Frcids ala dictadura torta su
nuieirte (184S), como sihabierftsidafborBade delcatdiogQh
de lae nadenast como si reaknante ne exisüera ; coas
un joven lleno de vida que yacíais preftindo sn^ ata-
targado con los vaporee de una oi^ia, y cpm reeíaii
aboraabue perezosamente sus ojos, avargonsáaidMe éie
sus pasados eseesos y eslrams (I).
(1)' Afiartunadamente lotf ^m'suoedfereii tí^ doctor Francia en
el podePf baa dMple^pulo uea iolelt9eiioia«y pferisfon ateÉwlAfts
y que no era de esperarse de hombre» educados en su escuelav
Ellos fUeron organizando gradualmente la administración en to-
dos los ramos de un modo tan hábil, oportuno y conveniente,
que en todas partes resonó un aplauso oniverMl, y todos los
dby Google
- w —
Xlt.
Siguiendo la mardia y el encadenamiento de los su-
cesos ea el P^aguay, ^os hemos adelantado demasiado.
Volvamos nuestra vista ¿ las márgenes del Plata á la
mitad del siglo pasado.
La política imprevisora del gabinete español dio mar-
gen al alzamiento de los indios guaranís que componiap
las misiones jesuíticas de la parte oriental del Rio Uru-
guay, como la avaricia y estorsiones délos corregidores
|)rodugeron treinta sAos después en las provincias d^l
alto Perú, anejas al vireinato de Buenos Aires, la suble-
vación de Tupac-Amaiu, que ya entonces puso el poder
de España á dos dedos de su ruina en América , y gtie
figura en primer término entre los acontecimientos que
mas han contribuido á su emancipación.
«migos de la verdaflera caínsa americana 6e llimaroii de goío y
-eODgf «talaran ai ^ragnaiy ptíe el <acierl« y ifirtteza eon <fiie ««i-
tMba «I Ifli senda dd ^yrogtfeso. ^ educación, el «omeroío, el
^ércitOy el clero, la hacienda, las relaciones esteriores, sufrie-
ron importantes modificaciones y mejoras, que deben ser muy
grandes cuando en el acto se palparon sus ventajas, cuando me-
recieron la aprobación de propios y de estrattos. El mensaje
pfeBflMado por loe eóBsntos pornginyos al fCtoUgreso el it de
.hmoeo «de tlB4S, en el «qne eaUn seoeillamenle consignados los
trabSQOS del nuevo |(obieno> es un documento que deberiansOs-
tudiar para llenarse de confusión y vergüenza los demás orgu-
llosos pueblos del Rio de la Plata, que con mas luces, preten-
siones y recursos queel I^raguay, no liansflliido servirle demo-
nio «eule&áo acaao que tmittflrte vam tarde.
dby Google
— 76 -
La Colonia, en manos de los portugneses, convirtióse
muy pronto en un vasto depósito para el contrabando ,
que cada dia se hacia con mas impavidez. La corte de
Madrid, llena de los ^las vivos recelos, espidió cédulas
de corso á favor de don Francisco de Alzaibar, y siendo
esto insuficiente, ordenó á don Miguel de Salcedo , su-
cesor de Zavala, que se apoderase de ella á todo tran-
ee.
Salcedo puso sitio á la Colonia (1735) , pero inútil-
mente : dos sAos después , la triple intervención de la
Francia , Inglaterra y Holanda para que cesasen las
hostilidades entre España y Portugal , redujo ¿ los beli-
gerantes al misino estado en que se hallaban al principio
de la cuestión.
El casamiento de Femando YI con una infanta de
Portugal, vino entonces ¿ favorecer á los lusitanos , aun
mas allá de sus deseos. Pronto veremos hasta dónde
llegó la ceguedad del monarca españoL
Gomo precursor de los males que iban á acaecer, un
año antes de realizarse el célebre tratado dcL 1750 , es-
talló un alzaihiento general, ó mas bien , una erupción
de charrúas, yaros, minuanes, tapes y otras tribus coa-
ligadas, que pusieron en gran consternación la campaña
de la Banda oriental.
Las acertadas disposiciones de Andonaegui , sucesor
de Salcedo, si no consiguieron del todo sofocar la sedi-
cion^ al menos pusieron ¿ raya la ferocidad de los bár-
baros.
En tanto, el gabinete de Portugal á fuerza de intrigas
diplomáticas habia conseguido (1750) la ratificación de
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— 77 —
un nuevo tratado, goe realizado no podia ser mas fatal
á España.
No es nuestro objeto examinarlo : cada uno de los
puntos que encierra, exigiria una larga disertación agena
de este lugar: deseamos solo apuntar aquí algunos de
ios hechos capitales que se deducen de su simple lectura.
La realización de ese tratado envolvía en sí misma
dificultades de alta trascendencia, que no se escaparon
á la penetración del ministro español, pero que por [un
espíritu de sumisión y respeto ¿ las órdenes de su sobe-
rano, no quiso ó no supo hacer valer en tiempo opor^
tuno.
Por él obtenía Portugal , con visos de legalidad, un
grande aumento de territorio que por título ninguno le
pertenecía. ^
Cedía la Colonia, es cierto ; y España, que no se pa-
raba en sacrificios para obtenerla, des^eosa de matar el
contrabando, no advertía que por alejarlo temporalmente
de ese punto, habilitaba i su enemigo para que penetrase
hasta el corazón de sus Estados, y lo hiciese en mayor
escala por medio de los ríos interiores.
El nombramiento de comisionados por una y otra
parte (1) solo sirvió para legalizar en cierto modo las
nuevas usurpaciones de los portugueses 9 dándoles oca-
sión para que empleasen los medios de hacerlas dura-
deras.
Por el articulo XVI, el rey de España cedía al de Por-
tugal las misiones jesuíticas , concesión cuyo espíritu se
(1) BÜr marqués de Valdelirios por parte de España, y el gene-
ral Gómez Freyre de Andrade por parte de Portugal.
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CQB0cerá»I«5eQde el asMoid» i que bob stCoiteoeu El co-
locaba á los guaranis en la dolorosa alternatíva» <^ da
(juedar bajo eldooimia de sus ma8^iia9lacable6 enenig^s,
ó abaadonarles sus liados puebios y feraces campos,
fertilizados con el sudor de su frente; y al mísnK) tiempo^
echaba por tierra el bello edificio que con tanto afán y
trabajo habian Levantado los jesuítas.
Dice así :
« De los pueblos ó aldeas, que cede S. M. C. en la^
margen oriental del rio Uruguay, saldrán los misioneros
con los muebles y efectos ,, llevándose consigo á los ia-
dios para poblarlos en otras tierras de España ; y los re-
feridos indios podrán llevar también todos sos muebles ,
bienes y semi-bienes^ y las armas, pólvora y municiones
que tengan : en cuya forma se entregarán los pueblos á,
la corona de Portugal, con todas sus casas, iglesias y
ediñcios, y la propiedad y posesión del terreno. Los que
se ceden por aoiltas magestades, CatójUca. y Fidfiiisima
en las márgenes de los ríos Pqquiri^i Guaporé y Marailpn,
se entregarán con las misipas ^ircunstsuv^ias que la Co-^<
lonía del Sacramento, según se previno, en el articulaXlV;
y los indios de una y otra parte tendrán la, misma liber-
tad para irse ó quedarse, del mismo modo y con las mis-
mas calidades que lo podrán hs^cer los lloradores dio^
aquella plaza : solo que los que se fueren perderán 1%
propiedad de los bienes raices, si los tuvieren. » (1)
Los PP. protestaron respetuosamente contra esta me-
dida, hicieron palpables los gravas perjuicios que írro-^
(1) Este tratado y el de iT77, 3e enicutstraa e« el t IV» d« la
coL de Ang.
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'X/Vv.
— 79 —
flibt, vm que 4 8«i intovc^a», él násmo nuMarat. Tavi^
fofi varias ceosultas, y no perdooaroniinedio alguno paca
JBleresar en su favor ^^ ruantes estaban en dt^poBicion
de seenndarsus miraa-
Esta eonducta^ efedo del interés y amor con qne mi-
laban á aquellos pueblos, que ellos habían puesto, con
no pocos afanes y desvelos, en un pié tan brillante, que
escítaba los celos y la envidia Ae todos, dio armas é sus
4»eQiig08, y vebemenUsimas;sospechas, pasa que se les
considerase como prooM^ros de la rebeUon que estalfó
en breve.
Es dificU condenar á los PP. , pero mas dfflcH toda;via
manifestar su inocencia. Se sabe cuan dóciles eran los
indios, :y que nada batían sin su cmosenlúniento : casi
creemos que eUos les incitaron á la rebelión, persuadidos
que bacian un eminente servicio al soberano, el ca^ una
vez desengañado , no podría menos de anular el tra*
tado(l).
Si bemos de creer al doctor José Seabra de Silva, mi-
nistro de la casa de Suplicación, y procurador de la Go-
rona, que escribió contra ellos una voluminosa obra, ó
mas bien libelo, los plenipotenciarios español y portugués
descubrieron todas las tramas de los jesuítas a en la
poderosa república que dichos regulares ba^^ian estable-
cido en el centro de los territorios adyacentes á los rios
Uruguay y Paraguay, con la que se animaron á sostener
la notoria guerra en que disputaron á las dos coronas de
Portugaly España hasta el reconocfmienlo de sos propias
(i) VéaBS6los|iárralos44,56,83ylQOdel JOiark iMMe^ de
la reteliott y guerra de lospuebloi guaraHÍ$,As^f%. V.
dby Google
..N^.X^
— so-
tierras, y el Qéo de su suprema Jurisdiecion dentro de sos
dominios, con la armada, formal y manifiesta rebelión y
osadía que se x^aracterizaron auténticamente en la carta
de oficio, que el secretario de Estado don Ricardo Wall
dirigió en 27 de setiembre de 1764 al conde de Perelada,
embajador de Femando VI en Lisboa , para hacerlo como
lo hizo luego presente á S. M. F., y en la formal autén-
tica respuesta á ella. » (1)
Hemos leído muy detenidamente los documentos á que
se refiere el mencionado ministro, y que copia á conti-
nuación , y no hemos hallado en ellos la mas mínima
prueba de la supuesta culpabilidad de los jesuítas, pues
ni aun se les nombra siquiera.
Gomo nonos es posible, nigeria fácil en los estrechos
límites á que por fuerza tenemos que siyetarnos, ventilar
todos los hechos que militan á su favor ó los condenan,
narraremos en pocas palabras el principio y desenlace
de la lucha, valiéndonos de una obra consagrada esclu-
sivamente á referir día por día los principales sucesos de
este famoso levantamiento. Hablamos del diario del
P. Tadeo Javier Heñís, cura del pueblo de San Lorenzo,
cuyo autógrafo se halló entre otros papeles de su escri-
torio , cuando entraron vencedoras en dicho pueblo las
tropas de España y Portugal.
(1) Deducción cronológica y analítica en que por la serie su-
cesiva de cada uno de los reinados de ia monarquía portuguesa
desde el gobierno del señor don Juan III hasta el presente, se
manifiestan los horrorosos estragos que hizo en Portugal y en
todos sus dominios la compañía llamada de Jesús, etc.; tomo II,
pág.297.--Madridl768.
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- a4 ^
XV.
« A madiadofi de enero de 1764, dice Heois (t), apa-
9eáó en las eabeeeraa del rto Negro ua auñieroso eseiuih
dren de portugueses,, y emi este motivo se tocó akrma
por todas partes, se despaoliarQn por los pueblos pre-
surosos correos, se hicieron cabildos, se tomaron par»-
e«fres, y unánim^nente proclamaron que debían drfen*
di^se.
« El 87 de dicho mes saUeron afmaííos del pueblo de
ée San Miguel 200 hombres á cabelle á recoger la demás
g^te de sus establos ó estancias haüla llegar al número
de 900. Después siguieron 200 del pueblo de San Juan,
y otros tmtos de los pueblos de San Ángel, San Luis y
San Nicolás, con 80 de San Lorenzo, de suerte que toa-
dos eran 1,500, y ftierou repartidos para dtefonder los
confines de sus tierras. »
A la noticia de las disposiciones que tomaban los gufr-
ranis, el marqués de Valdelirios, nondurado comisario
por la corle para la celebración del tratado^ Gomes
Frcyre, gobernador de Rio4;;rande, y Andonaegui, go-
bernador de Buenos Aires, tuvieron una junto en Martin^
Careta para determinar los medios de apagar la nádente
feísurreecion (2).
Se determinó que Andonaegui los «lacaria por San
Nicolás, y Gómez Freyre por la frontera de Rio Grande.
Pero poeo prácticos od el teatro de las operaciones,
(i) Diario histórico, par. 1* y i*
(2) Diario, par. 40.
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— 8Í —
y mal tomadas las mecidas, gastaron estérilmente mas
de cuatro meses sin obtener ningún resultado favorable.
Entre tanto la división cundía entre los indios, pro-
movida por algunos emisarios de los portugueses y espa-
ñoles : la proximidad, no obstante, del peligro, los hizo
prudentes, y el 4 de octubre se juntaron finalmente las
tropas de los pueblos, se presentaron delante del ene-
migo, y enviando á Gómez Freyre unos pliegos le decla-
raron su última resolución, « que era defender valerosar
mente las tierras de sus antepasados, y por tanto que se
volviese en paz á su casa, y que tuviese para si sus co-
sas dejándoles á ellos lo que era suyo ; y que si él de-
seaba tanto la paz (porque como habia informado por
varios correos, queriendo engañar á los indios, decia
que él jamás habia venido á hacer la guerra, que quería
ser amigo de los indios, y que solamente deseaba tomar
posesión de las tierras que el rey de España les había
dado), saliese de los montes, bosques y arenales, y sa-
case la artillería gruesa, que ellos también se irían en
paz á sus pueblos (1).))
El general lusitano, con falaces y evasivas respuestas,
trataba de alucinarlos y ver sí fomentando la desunión
entre ellos, ganaba tiempo para que le llegasen mayo-
res refuerzos, ó atacarlos desprevenidos, ó cuando me-
nos, para que desmoralizados y cansados, desistiesen
de su tenaz propósito.
Los indios conocieron su intento, y rompieron las
hostilidades, matando á c^an^Qs podían (2).
(!) Par. «2.
(2) Par. «6.
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— 83 —
Con este motivo tuyieron lagac alganos choqaes par-
ciales, hasta que Gómez Freyre, el 14 de noviembre,
celebró un armisticio con los cadques, protestando que
la retirada de Andonaegui al Salto Chico, rompiendo
la linea de operaciones, le imposibilitaba para acorné*
ter á los sublevados.
El esforzado brigadier don Joaquín Viana, primero y
digno gobernador de Montevideo (1), lleno de una no»
ble indignación, se trasladó al campamento de Gómez
Freyre; le instó para que rompiese aquellas treguas
humillantes é ignominiosas; se puso al frente de los es»
pañoles, y después de un primer encuentro en Mbatobi,
en que salió vencedor, destrozó completamente en una
campal batalla á los rebeldes en las lomas de Caybaté.
El diario de Henis no llega hasta aquí; pero el P. Bau-
tista, en su breve noticia sobre Andonaegui, hace subir
á 2,500 el número de los muertos por parte de los in-
dios (2).
Esta victoria postró la altanería de los sublevados,
quienes pagando de este modo sus miserables divisiones
y rencillas, deshechos y perseguidos en todas direccio-
nes por el ejército hispano-lusitano, que marchaba reu-
nido después del Munfo de Mbatóbi, huyeron á sus im-
penetrables bosques y sierras inmediatas, á esconder su
vergüenza é infortunio.
Un solo pueblo, el de San Lorenzo, se atrevió á re*
sistir; pero fué fácilmente sometido, y el de San Iliguel
reducido ¿ cenizas por los mismos indios la noche de
(i) Nombrado el 22 de diciembre de 1749.
(2) ^e de los gobernadores del Paraguay, página 208.
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— a4 -
su derrota^ taé oi^^Mido al dia si02ieDt9 {tor h» iranee-
dores^
^ien caro, no obataiite» paga^oaestos m triunfo aobra
los guaranis. Mucha sangra y muchQ oro les eo&tá» Se-
gún aparece de una memoria dirigida al gabinete de
Madrid en enero de 1776 por el ministro Souza Coinr*
tinhOy &a las dos campañas emprendidas contra les in-
dios invirtió el gobierno portugués veinte y ms milUH
nes de cruzados^ y es muy probable que loa gastes 4ei
España igualasen ó tal vez superasen esta cuantiosii
suma.
Parece que subyugados los principales opositores, aiir^
d^ impediría la realización del tratado. Sin embargo,
los p(M:tugueses no contentos quizás con lo qpie buena^
mente se les abandonaba, suscitaron nuevas dificultades
nacidas de la. imperfección de loe planos, y mas quQ
todo de la mala fe con que procedían.
Su comisionado Gómez Freyre, después de uni^ larga
serie de trabiyos empezados é interrumpidos frecuente-
mente sin llegar á ningún resultado satisfactorio, con un
pretesto fútil se retiró al Janeiro,
En este intervalo murió Fernando VI, y Carlos III,
poco después de subir al trono, anuló en 1761 el trata-»
do de 1750.
Ya era tarde : los portugueses, á la sombra de ese
tratado, mientras se pasaban meses y años en averiguar
tí verdadero nombre de un rio, su curso ú otra ciroims-»
tanda cualquiera, edificaron fuerte», píddaron eitairáv,
y penetraron hasta el interior de la Banda oriental.
DonPedro de Ceballos, mandado aon refuerzos de tro-
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— 85 —
paa para TQlef^r i Andoaa^igui y arreglar las cuertionfia
que se ventilaban ea el JUa de la Plata, altamoite ofen-
dido de la oQQducta desleal de^ 1(^ lusitanos, les eiilgíó
es^Ucacioae^y que eUos eludieron cop los sul>terfpgíQa
de costumbre.
La guerra entre EspaQa élDg)at^rra(1769)) ala que se
adl)iri4 luego Portugal, vino á favorecer I04 deseos de
CebQíllo3, que ptt^Q aitíQ á la Colonia el 5 de octubre
del mismo afio, y la tomó m ines deq>ues par una ca-*
^t4laeioQ.
Tan activo como valiente, prosiguió su campada sia
deteiwse^ apoderóse*de las fortalezas de Santa Teresa,
Sa^ta Tecla, y San Míguelí y vencedor, se adelantó 9»r
4azmenie basta A lUo Grande (1763).
Sstfli beneqaérito español bubiera llevado adelajsita sus
conquistas, ó ipejor dicho, reconquistas^ 6.no baberse su9r^
pendido Us hostilidades con Inglaterra y Portugal, 4 la
fatiQcacion del tratado firmado en París el 10 de febrero
de 1763. Por el articulo 21 víóse obligado t devolver
todo lo que habia conquistado.
41 estudiar los doeuoientos de esa época, se siente
un impulso de ira involuntario, considerando oémo «1
rasgo de pluma hacia ioátiles tantas hazaftas y heroicos
sacrificios. Las iptrígas y manejos del gabinete de Lis-
boa echaban por tierra los esfuerzos de los mas leales
tensores del trono castaUano, y una poUtiea que m
queremos calificar, les ligaba las manos, en vez de eeftir
sp frente con una corona de laurel.
¡Vergüenza da decirlo! A instigación de Portugal
fué re«90vído Geballos, y la Goloma volvió ft pader de
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— 86 —
los usurpadores, que consiguieron una doble victoria con
la supresión de la orden de los jesuítas (1767).
Desde el alzamiento de los guaranís, se les acusaba,
no sin flmdamentOy de ser eüos los principales instiga*
dores de su rebelión.
Este gravísimo cargo, unido á otros que ya se les ha-
clan, y los antecedentes que existían contra ellos en Eu-
ropa, acabó de malquistarlos en España y Portugal*, y
los gabinetes de Madrid y Lisboa, ó mas bien Aranday
Pombal, trabajaron de consuno para derrocarlos, lo que
consiguieron al fin por los medios que todos saben.
La historia no ha descorrido suficientemente el velo
que encubre las causas secretas que, además de las co-
nocidas, pudieron influir en el ánimo de ambos reyes, y
no falta quien ponga en duda y demuestre la falsedad
de la mayor parte de los cargos que se hacen á la Com-
pañía de Jesús. Pero sin entrometemos á decidir esta
dificil cuestíon, podemos asegurar, con el examen de
los datos que tenemos k la vista (1), que las misiones
(f ) Yide-Lozano, Historia de la Gompafiia de Jesús, en la pro-
vincia del Paraguay, 2 1.— Madrid 1704.
Relación geográfica é histórica de la provincia de Misiones,
per el brigadier don Diego de AWear, (Ang., t. IV.)
El tomo I de la descripción é historia de Azara.
Diario histórico de la rebeUon y guerra de los pueblos guara-
nis, situados en la costa orienul del Uruguay del año Í7S4 (Ang.
t.V.)
Memoria histórica, geográfica, política y económica sobre la
provincia de Misiones de indios guaranís, por don Gonzalo de
Doblas, teniente gobernador (Ang. t. Hl.)
Aunque en esta última obra se zahiere con frecuencia á los
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— 87 —
de la América delSud, tanto españolas como portugue-
sas, bajo su influjo y administración llegaron al mas al-
to grado de prosperidad, y que apenas han caido en otras
manos, se han arruinado ; consiguiendo ellos, solo con
la unción de sus palabras, solo con las armas de la reli-
gión y el conyencimiento, c[ue los indios trabajasen, es-
tudiasen, etc. ', empresa bien ardua, á la verdad, consi-
derada la natural é indomable pereza, la aversión k una
labor continuada y metódica que se observa en todas las
razas americanas, y muy particularmente en las tribus
errantes pastoras, como eran las del Uruguay, el Para-
guay, y las que se estendian por el inmenso litoral del
Brasil.
XVI.
A las continuas reclamaciones de los gobernadores de
Buenos Aires y Montevideo, sobre los avances y tro-
pelías de sus vecinos, creóse por real cédula de 8 de
agosto de 1776 el vireinato del Rio de la Plata, com-
puesto de todo el territorio que hemos señalado en el
articulo primero. Don Pedro de Ceballos fué el primer
vireyque tuvimos.
Padres por los inconTenientes anejos al modo de dirigir á sas
neófitos, su simple lectura demuestra, contra las conocidas in-
tenciones del autor, la desmoralización, el mal estodo, los vicios
á que se han entregado, la opresión y vejámenes que sufrían los
indios, apenas les han faltado sus doctrineros ; y los mismos es-
tremados remedios que propone para obviar á tamaños incon-
venientes, son un resistible argumento de lo peijudicial que les
ha sido su separación^
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— S8 —
Qabiendo zorpado de Cádiz al frente de una escuadra,
preparada con el objeto de reprimir las demasías de los
portugueses, el 20 de febrero de 1777 se apoderó de la
isla de Santa Catalina ; dirigióse á la Colonia é hizo lo
iQismo, y preparábale para llevar sus armas victoriosas
desde la frontera del Kio Grande hasta la capital del
brasil, cuando vino á detener su marcha triunfal la no-
ticia de otro tratado de paz celebrado en Europa.
Por el tratado de 1777 quedaba España en el com-
pleto dominio de ambas orillas del Plata, inclusa la Co-
lonia del Sacramento, sin mas obligación que devolver
la iala de Santa Catalina.
Pero la ignorancia en que estaban los dos gabinetes
sobre la topografía del país por donde debia correr la
línea divisoria ; las utilidades inmensas que reportaban
los portugueses en conservar lo usurpado, especialmente
en el Paraguay ; la viciosa latitud del tratado anterior, y
las ocurrencias que tuvieron lugar en Europa, con mo-
tivo de la guerra entre España é Inglaterra, todavía hi-
cieron inútiles esta vez los esfuerzos de la metrópoli para
determinar definitivamente la linea de sus dominios éa
América.
Además, los ingenieros portugueses, todas las ocasio-
nes que se trató de levantar planos, tomar medidas, sus-
tituir razonable y científicamente el nombre de un rio ó
lugar por otro, no encontrándose el que §e veía en el
napa, manifeetaron el mas decidido empeño en no ha-
cer nada, en dcgar las coaas como estaban, en paralizar
en cuanto les ftiese posible el trabajo de lea ingeniaroa
españoles ^ prevaliéndose para esto de sufflezas y dispn-
dby Google
— so-
tas de palabras, de estériles controversias sobre cómo
debian entenderse los artículos tercero y cuarto que es-
tablecían las condiciones bajo las cuales había de mar-
carse la línea divisoria ; volviéndose en sus manos dichos
artículos tan flexibles y elásticos que no podían serles
mas favorables (1).
Este tratado, á pesar de todo, fué revalidado en 1778^
y aunque inútil en América, como observa el señor An-
gelis, neutralizó las fuerzas de Portugal , en la guerra
que se encendió poco después entre Inglaterra y España,
aliada con la Francia.
(f) Sobre h cuestión de limites, yide en la coL de AngeUs:
1*" TraUdo firmado en Madrid á 13 de enero de 1750, para
determinar los Umites de los Estados pertenecientes á las coro-
nas de España y Portugal en Asia y América.
2" Carta de don Manuel Antonio de Flores al marques de Val-
delirios, comisario general de S. M. G. para la ejecución del
tratado de 1750.
3** Tratado preliminar de 1777.
4'' Correspondencia oficial sobre la demarcación de limites
por don FéUx de Azara.
5*" Apuntes históricos sobre la demarcación de limites de la
Banda OrienUl y el Brasil.
O" Y sobre todo» el Informe del Tirey don Nicolás de Arredon-
do á su sucesor don Pedro Meló de Portugal y Villena, sobre el
estado de la cuestión de limites entre los cortes de España y
Portugal en 1795.
Este informe es un precioso documento en el que se espone y
examina con un orden, claridad y lógica poco comunes en es-
critos de esta clase, todo lo concerniente á un punto tan deba-
tido, y que aun no se ha resuelto, si bien nuestro derecho es io-
dispuuble como legítimos herederos de los que tenia la corona
de Castilla.
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^•0 —
Oesde «w épo«i tMte espiínoup d siglo yw^ ; priA-
cq^oft44 pr0^e|[40, excepto la ia^aaioa de Im \ng}js&e&^
áB fffk^ va»^ ¿ ofi^mps 4^osegui4a, no saldemos baya
acecido ea el Río de la Pl^ migan suceso notable.. La
eterna disputo entre Espada y Portugal quedó sin re3ol-
yer, y ella ha dejado en pié, después de la emancij^cion
<}e kvs nuevas rep^licae, uoa cnesüon de límites con el
Brasil ; cuestión que si continuamos imitendo á nuestras
jreepectivas ^letrópolí^» lo decimos con jfm^t^ w \iaw
pfaro desenlace que uoa guerra fatal para «1 imperio.
Todo cuanto pudiera decirse respecto ée Portugal en
los últimos años de la dominación española, se halla
compendiado en las sigoientes palabras de don Nicolás
de Arredondo, virey de Buenos Aires.
(( Los portugueses ^e avanzan mas y m^s cada di^ há-
íM A Parú y Monteyídeo ; esta» provincias son ü Manco
á cpiie hcseen su tíro desde principioa del siglo XVI^ sin
que los haya cansado la fatiga, ni saciado d froto que
les ha rendido esta. »
••».•.••
, « Tenemos ^spresa prohibición de defendernos cpn las
armas ; y no se nos permite otra HeeiMiaque la del rosgo,
la de las i^oteeCas y la del remirso á nuestro gabinete :
medios muy honestos y templados á la consonancia de
la buena fe ; pero débiles y desproporcionados para ba-
tir á un enemigo que nos ataca por la fuerza, y pone en
ella la ddTensa de sus iiyusticia#. Es verdad que tenemos
ajustadas eonvendones provisionales que preservan eos
derechos y tos nuestros, mientras se establecen los U*
mites de ambas coronas. Pero ¿ dé qué sirven los pactos
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^AfiHli^re&? {le ^«e^fi pwTte m obaervim 9|toi tralftdM
con la exactitud mas religiosa, y de partn de 1«^» pftrtn*
gveae» st qu^rairtaii á «ada p^sa, am nw peu ipe la
de contestar á la protesta, ó^ al r^uerímienta que le» bftr
eeapveatros c<Mm«arios. » (1)
Y asi 4ebia p^ieeder, ea e&elo, porque en 1792 ae &k*
tuaron tres guardias avanzadas en la frontera de la Baa(i$
Oriental par^ e(i|Qieaer I^ desioanei^ de loa Río^Gran-
dejases, Paidista^ y RíorPardei^eil ; quienes ya solos, ya
0(»aaio GontFabandjfitas^ y^ c^mQ particulares^ io^üdift»
Qoestros campos, peiMr^ban basta nuestra^ estanciai^
y 86 Uevaban todo el ganado Quepodian»
Las medidas ineficaces de los gobernante^ espaüolef)
coartada su eaergia por, las di^po^icioaes de la eórte, ño
sirvieron mas que para a^umentai la audacia de sus p^
lígrosos vecinos; hasta que en }80l, á cof^ou^neia de
la^ guerra que se originó en la metrópoli, recelosos los
españoles de algún ataque por parte de los licítanos, se
s^t^aron al Cerro Imt^ y á Smta T^qla, y al é^ si-
guiente las portugnesos» cons^tantea en su 3i^ma, ^
iq;M)deraron de los siete pueblos de Misiones, sitaqdos aq
la margen izquierda del Uruguay.
XVII.
La estrecha alianza da U metrópoli con Niq^leon es-
citó el antiguo rencor de 1^ Inglaterra, que, según »«
costumbre, empezó las hostilidades sin previa declairdr
(1> Informe <»u4()k
dby Google
^ w —
eioQ de guerra, (1804) apod^ándose tnddoramente en
la boca del Plata de cuatro fragatas, que bajo el seguro
de la paz se dirigian á Espafiá.
* Mas de 3.000,000 de pesos y un precioso cargamento,
fueron el fruto de esta piratería.
En yista de un ataque tan inesperado como ilegal,
el gabinete español le declaró la guerra en el mismo
año.
Tiempo hacia ya que el ojo especulador de la Ingla-
terra, al fijarse en el mapa de las posesiones españolas,
se habia detenido con placer en las dos riberas de nues-
tro rio< Una escuadra con 10,000 hombres de desem-
barco, zarpó enla costa del Brasil con destino á la mar-
gen oriental del Plata (1805).
En junio del año siguiente, doblaron el cabo de San
Vicente, y como Montevideo estaba bien fortificado, se
dirigieron á Buenos Aires.
El 15 desembarcaron en los Quilmes á cuatro leguas
de la capital.
Débil y mal combinada la resistencia, apenas duró un
dia. El 27 entraba triunfante Berresford en Buenos Ai-
res, mediante una capitulación, cuyos artículos violó en-
seguida.
Dice el Sr. Torrente (1) que la opinión pública atri-
buyó aquel bochornoso desenlace á inteligencia de unos
con los ingleses, y á un criminal aturdimiento en los de-
mas: y añade mas adelante, que se debió al descuido de
unos, impericia y flojedad de otrosy y por la sorpresa de
todos,
(i) Historia de la revolución Hispano-AmericaDa, 1. 1, c. i .
Digitized by VjOOQIC
— 03 —
Nosotros creemos que de toda hubo un poco.
El pendón de Castilla, sin embaiigo, contaba todavfa
valientes sostenedores que lo hicieran tremolar victo-
rioso. El capitán de' navio don Santiago Liniers, que al
frente de alguna tropa se hallaba en la ensenada de Bar-
ragan cuando se rindió la capital, pasó á Hoiitevideo
con el objeto de promover una espedicion contra los in-
vasores.
El 23 de Julio saUó delaColonia eoiiuna fuerza de mas
de 1,000 hombres, que recibió un aumento considerable
apenas pisó la ribera opuesta.
iiniers se adelantó audazmente sobre Buenos Aires,
donde Berresfordse babia atrincherado, y le intimó que
ae rindiese.
Fueron desechadas sus proposiciones.
El 11 de agosto tuvieron lugar algunos choques par-
tíales, y el 12 Jtaé atacada la ciudad por diferentes pun-
tos.
Diezy ocho piezas de artillería guardábanlas entradas
de la Plaza Mayor, y las tropas británicas guarnecían las
azoteas, balcones y d^ínas puntos dominantes.
Unos y otros sostuvieron dignamente el honor de sus
armas; pero al fin, después de dos horas de una sann
grienta y porfiada lucha, el león castellano abatió al
leopardo de Albion. La juventud Hispano-Amerícanáy
dice el historiador antes citado, st^lió can sus pechos
la falta de abantrenes de la artilleria.
El altanero Berresford se vio obligado á rendirse á
discreción.
Grande y beUa fué la parte que tuvieron los hijos def
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Uruguaya «itft vieldda, <e«yo «»fiierM remüaeté la 6ór-
le (fe Eej^afia, eonoedlenflo á la duda4 c>« Montevifled el
justo ttUilo 4e recmiqmistaáora^ pemúfiétidole MtoiÉias,
ttaéir ima daíeBa trotada ai eBCii4o de «ub ármás*
Pero M por «8o deairtieron los tegleaei é% mii |Ai«
nos: eioa «rgiMosos insulaireB no abandonan Oiefl MM l i
te idda que «a fez him aoaricMí» : no aoitettoyor
un contraste.
Dos iiwsea4ospaeíS de la re&^dotí de Berreotord) el
ge&enü «ir Home Fopbas, atacaba por mst 4Mo&tevi*
deo, ansioso de apoderarse fle la llave del PMiL
La guanddon contesté Irfcairamenté i su ataque, y
•1 gefife inglés tuvo qnecoolMitirse con bloqn^M^ la em^
dad, arrojándole todos los dias por vía de afectooda intáf^'
nuacion algunos^eentenaree de balas, bombas y grtmadas.
fieeai|laaado Po^an por el general Smtmú Aénmty,
«ite engiero de M07 flesembi^ó >ebtitMute de su^eilft
en \^ punta de Carretas, é intimó la rendición á lapla^
«a. Sos defilMores eotilestaron que t^MI?^ 4 tostarla.
OeseaibaroaroB enlnsoeslos ittgle^es^l resto de su ge»-
te en el JSiMeo, á una legua de Mtatevtdeo, batiwA» 4d
4drejr (pie se adelantó cm intenrion de Impsdir eale no-
^ÉDíento.
Gélrechada la plaza por el enemigo salieron oofiÉm
A 3,oao SMimbres mfeedados por 4^1 brigadier lieooe y
por el geiiend Tiana.
A pesar de los gcandes esftienEos de «estos vaHenteé,
perecieron iBOi^ sBos, y los demás faukienmdevetirar-
se en el mayor desorden.
No 80 dosaniMó la j^aaapor tan duro coátiaate, ai fué
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— #s *»»
meóos Iter^ca Ei ré^tecictai que 0pfam á 1m itpefiios
ataqtie» ct&e la áié el enemigo for espado de etííOftm
días, con tan poca interrupción, que las tropas no tttfto^
ren m mtmotft^ de 4efHs9b9^i
tiéndese etí e^ eónfll«l0, pidk^isrn^od ta tiu^ofw*
^SeABé «iicMkm á ^oeneb A4ires, de i^ayá^^sdad eatterofi
inmediatamente 3,200 hombres á h» érdmiesáeli^
niers.
El liiflipecftor Arce, qae muaétím la vttigiiavdiá, etltró
M MMleTideo éí i de febrero^ pero bábiendcf dido tos
^emiges en la M&m noclte ob asalte Itrertslftle á ái*-
eha plaza, sé pésesionaron de ella en la fiía&ma dri t,
maiogrande por eefte mespertdo tecidcÉUe los nobles •»*•
iberios dé la eepedieion argeala&a (1)«
Esta vietoHa, ttutiqfiie momenltoea^ «eegiiré él trioÉfb
éelas atviás brMnieas : toda la tanda Orí«Mai ei^é en
m poder, fifi vano edié de Sueños AJi^es "cftra eq^edldeii
á las órdenes dej eoi^fnel don Franeiseo iavier Elío* fii^
te bisalto i^Ud fué eomplétam^e derribado doa f«^
ees, y en la segunda obligado á vohacse á Sneiiol
Aires.
XVIH.
Aleiitaáos los Ineses por el buen -éiilte con qué al
parecer se empeñaba la fortuna en secundar sus {ílaíies
ttdinpaaores, deftenslna^on lavar la mentaba de su pása-
-da denota apodertedoee dé la capÜddeWireiiiaíto, imh
'tro de su desdoro y humillación.
(1) Torrenieii. I,>«U.
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-r. 96 —
El teniente general WhHelocke, inteligente y esforzado
guerrero, era el encargado de llevar á cabo tan alta em-
presa.
Lleno de confianza y protegido por sesenta y un bu-
ques, salta con 12,000 veteranos en las playas de Bue-
nos Aires, d^endidas por7,000 hombres escasos, ta ma-
yor parte milicianos.
El valiente Liniers los mandaba.
Heroica fué la resistencia de la ciudad; exacta y bri-
llantemente descrita por el señor Torrente; merecen
leerse las páginas que le consagra. Ciada casaj según la
Gaceta estraordinaria de Londres era una fortaleza^ y
cada caUe unatrineheramiefdo^ donde eran recibidos
los ingleses del modo que refiere el mismo general in-
vasor en su comunicación ai gobierno británico.
« Metralla en las esquinas dé todas las casas, fusilería,
granadas de mano, ladrillos y piedras tiradas desde los
tejados... Cada propietario con sus negros, defendiendo
su habitación ; cada una de las cuales era una verdadera
fortalejui...» (1)
Asi, en las calles de Buenos Aires, regadas con ta
sangre de 2,000 cadáveres, lo menos, fueron por se-
gunda vez arrollados, deshechos, vencidos, obligados ¿
capitular los que neciamente creyeron tardarían en apo-
derarse de ella, el tiempo que gastasen en hacer una
salva triunfal.
Y I oh fragilidad de los Juicios humanos! el 7 de ju-
lio de 1807, firmaba el altivo Whítelockeuna capitula^
(1) Glorias militares de los españoles desde la mas remota an^
tigttedad hasu el presente, t. II, p. 107.— Cádiz 180S.
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tioD^ MlgéüAím ietacoar todo él tenttorto Ifif|^aiu>-
AtioericafiOf y A enlregai' la plaza de Montevideo ea él
nlnuo estado eti queso haOaba al tiempo da aa rendid
don* (1)
. Tal ftiá en este siglo como en tos anteriores^ el resul-
tado de las tentatitas de la Inglaterra^ y este soiobe^
dio es la prueba mas evidente de que aqueiloB palees han
rechazado siempre todo dominio estranjero.
Aquí, propiamente brillando, termifia el prhner perio-
do de la historia del Rio de la Plata, porque los sucesos
á que dio margen la ocupación de las tropas inglesas,
junto con los acontecimientos que se suscitaron en Eu-
ropa; el descontento dé la tropa y algunos gofes, obli-
garon á la audiencia á declarar que habia caducado el
gobierno delvirey Sobremonte (2). Sucedióle Huidobro
(i) El que quiera mas amplios detaUes sobre la espedicion de
Whitelocke, ademas de la historia del señor Torrente puede
consultar el t. 11 de la obra citada (Glorias de los españoles),
donde se baila una descrípcion completa de la heroica defensa
de Buenos Aires^ tal como consta de la Gaceta estraordinaria de
Madrid del hO de setiembre de 1807, la de Londres del 12 y del
Daily Advertiser del 14 del mismo mes.
(2) La conducta del virey en esta ocasión ha sido objeto de
muy agrias censuras por parte de escritores españoles y ameri-
canos ; pero sea cual fuere el valor de las inculpaciones que se
le hacen, debemos advertir que hemos leído y examinado muy
detenidamente la conclusión fiscal y sentencia que recabó en la
causa formada al señor marqués de Sobremonte sobre su con-
ducta militar en los acontecimientos de Buenos Aires en 1806 y
1807, por la cual quedó absuelto de todo cargo, en el consejo
de guerra celebrado en Cádiz en los dias 8, 9, 10, 11 y 12 de
noviembre de 1813. En vista de las pruebas alegadas, el fiscal
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— 98 —
(S7 de febrero áe 1807) que apenas gobernó nn aBo ; á
este liniers (16 de mayo de 1808) qae durd casi lo mis-
mo; y Liniers Gsneros (19 de Julio de 1809), bi^eayo
mando estalló la revolución de 1810 que debia separar
para siempre la América española de su^ metrópoli, ar-
rancar de la corona de Isabel los mas bellos flonmea
que Colon la regalara!
pidió qae se diera al señor Sobremonte, en recompensa de sus
serTícios, un mando igual en la Península al que tenia en Amé-
rica cuando fué depuesto, con el abono de sus sueldos ; cuya
sentencia fué aprobada por S. H., ascendiéndole á mariscal de
campo y nombrándole consecro de Indias. Este documento dija
en el mejor lugar al señor marqués de Sobremonte*
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— »9 —
II.
U REVOLUCIÓN DE 1810
EN BUENOS AIRES
[SEGÜN
LAS ACTAS CAPITULARES.
^■^'
No 68 de nuestra incumbencia historiar los aconteci-
mientos que precedieron á la revolución española y alla-
naron el camino del trono al intruso, hermano del usur-
pador; pero como juzgamos necesario, para formarse
ana idea exacta y marcar el instante decisivo, la época
de transición entre el antiguo y nuevo orden de cosas
en América, recordar al menos la forzada abdicación de
Garlos IV, y su reclamación de la corona al mes siguiente;
la renuncia de sus derechos arrancada á Femando por
Napoleón en Bayona, y la creación de juntas é insurrec-
ción en toda la Península: el lector poco instruido en
estos sucesos hará bien de consultar algunos de los mu-
chos libros que se han escrito sobre ellos ; nosotros no
podemos ni ({ueremos narrarlos. Prescindiendo de nues-
tra incompetencia para tratar con acierto todas las cues-
tiones que abrazan, comprendemos que perderíamos el
tiempo inútilmente, sin añadir nada nuevo á lo que plu-
mas mejor cortadas han escrito. Son hechos juzgados
ya por la historia, y que, por mas descoloridos y descar-
dby Google
nados que se presenten, ocupan mucho espacio y no
deben considerarse superficialmente. Importa sin em-
bargo conocerlos bien para la mejor inteligencia de lo
que vamos á esponer; importa sobre todo tener en cuenta
el gloriosa aUamiento d^ las provyi^igs inicindo por la
de Asturias, y lo» azares dó \% luí^batrabiidapor un pu-
ñado de heroicos y leales defensores del trono castellano
contra el poder colosal de Napoleón, hasta la funesta
batalla de Ocaña, que, sembrando el terror y el abati-
miento por todo el reino, hizo temer que fuese tan aciaga
para la .independencia como la de Guadalete, según la
bella frase del eoodé de Tonmo. Aciaga y fimesta, en
efecto para Eapaüa, no solo en sa recinto, si qoe tambian
del otro lado de lo^ mares.
El 10 de noviembre de 1809 tuyo lugar, pero baabl
jBnes da marzo no se supo oficialmente én América, euyoi
habitantes, haata ese momento recelosos y aterrados por
el mal éúto que hablan tenido lis dos juntas formadaí ,
la una en Méjico el 9 de agosto de 1808, y di^uelta á loa
treinta y siete dias, y la otra en la Paz el 15 de junio do
1809, pereciendo en el patíbulo sus autores, no se habían
atrevido á imitar su ejemplo. Mas llegó lanoticia dd eonf
traste de Ocaña» abultado por el miedo y la distanela»
Sa dijo que todas las flierzas españolas que aun podían
combatir hablan depuesto las armas: que los mísmoa
reyes de España renuneíaban de nuevo solemnemeníte á
Éus derechos, para evitar mas desgracias y eflpion de
sangre ; que en vista de tantos desengaños, las ciudades
y los pueblos inclinaban, porque no les era dado hacer
otra cosa, su orguUosa cenix ante las invictas legionoi
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— 401 —
del cafritan del siglo : ¡ qué no se dijo é inyentó entonces
por los que tenían interés, tanto nacionales como estran-
geros, en qae las Colonias fuesen independientes!
En consecuencia, Caracas tomó la iniciativa, y el 19
de abra de 1810 instaló una junta conservadora. Tam-
bién fué esta la primera sección Hispano-Americana que
se declcffó independiente, y bajo la dirección del ilustre
Bolívar constituyóse en República. Buenos Aires y Santa
Fe de Bogotá crearon sus juntas el 25 de mayo : Quito,
«1 19 de agosto y Chile el 11 de setiembre del mismo
afio.
De este movimiento tan simultáneo y general nos bas-
tará para nuestro objeto examinar la parte correspour
diente al Rio de la Plata. Los que tengan alguna curio-
sidad acerca de los demás países pueden consultar sobre
algunos detidles los primeros capítulos de la conocida
obra del Sr. Torrente, leyéndolos con la debida precau-
ción, pues su autor al hablar de las patriotas no se mues-
tra nada indulgente con ellos, y hasta altera ó desfigura
los hechos cuando asi le conviene*, y los hechos, salvo
algunas modificaciones, en todas partes son los mismos,
y solo varia el lugar de la escena.
En cuanto á nuestro país, cuna de la independencia
Hispano-Americana, el estodio detenido que hemos he*
cho de las actas capitulares de la revolución, publicadas
en 1836 por él Sr. Angelis, en el tomo III de su impor-
tante colección, nos habilita para presentar en su ver-
dadero punto de vista esa revolución tan calumniada,
rectificar no pocos errores y dejar también consignado
sobre bases sWdas é indestructibles el principio, el fun-
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_ 402 —
dinaftto, él pnato de arrAiique de mOfün regenerncion
politiea y soctai; la tradición gen^afriz, la escaniactoa
viva del dogma imperecedero proclamado por ella ; la
paMa y la libertad.
Ya hemos dicho qiie bastará para nueMro objeto oca*
pamos únieameote de los acontecimleotos del Plata, en
el primer período de la emaacipacion del Nuevo Mundo,
porque reasumen y epilogan, y son la eintesíB mas alta
de lo que sucedió en las demás secciones de Amárioa»
eon la enorme diferenda de que en todas ellas fué sofo*
cada la revolución con éxito mas ó menos duradero,
miratras que en las provincias del Rio de la Plata, siem-
pre de pié y siempre combatiendo, llevé á todas p^urtaa
eu bandera libertadora, llegando á ser ln primera, no por
el orden eronológíco, sino por la solidaridad de sus
ideas, por su misión de apostolado y propaganda, por
sus resultados y por su influeneia en los destinos de una
de esas grandes revoluciones, como la califica Humboldt,
que de vez en cuando agitan á la especie humana, y que,
propagándose desde el hemisferio austral al boreal, desde
las riberas del Plata y de Chile basta el norte de M^jieo,
abre una nueva era á 14 millones de bi^itantes.
D. Baltasar Hidalgo de Cisneros , vírey de Buenos
Aires, en el pleno ejercicio de su autoridad, manifesté
oflcíahnente Iq^que todos sabían, es decir, la triste y cr('*
tica situación en que se encontraba la Península, No es
eiLacto que él convocó voluntaáriamente el auxilio deim
cuerpo ddibenmta, al que debian concurrir los repre*
saltantes de la ciudad y de las provioeias del vireinato,
sino muy &SU pesur, y pot toseintomanalAimantes yni«
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— 403 —
ñores fiiniestros que eorriep entre el pueblo» propilaioe
priompalmente por alguno» jóv^es entueiaitae «pie de*
liraben coa la regeneración y el porvenir de sa patria.
£1 cabildo, con fedia 21 de mayü, pasó un ofleio al
nrey pidiéndole permiso a para oQnYoear la prbieipal y
mas sana parte del vecindario, á fin de que, en un coi^
greso público, espresase la voluntad general, y acor*
dase las medidas mas oportunas para evitar toda desgra^
tía y asegurar su suerte venidera^ »
Concedido el pemüso por el virey, se envió un contf'»
sionado al comandante del batallón de Patricios D. Cor**
nelío de Saavedra, para que se apersonase con el cabildo.
El ol)jeto de este requirimiento no era otro que el de en«
eargarle mantuviese el orden y la tranquilidad pábUea.
Pero ya el pueblo se babia reunido y empe^üo 4 gri->
tar que saliese á los balcones el caballero sindico pro^
curador (D. Julián de Leiva), que salló en efecto, y fué
interpelado sobre cual babia sido la contestación que Cjs*
ñeros diera al Ayuntamiento. Contestó Leivaque babia
accedido á sus ruegos, y que actualmente se bailaban
ellos trabajando por el bien públíoo, y que era necesario
que se retirasen á sus casas para no no perturbar el
orden.
Entonces el pueblo gritó con mas fuerza:
— ¡Lo que queremos es la deposición del virey I
Leiva intentó en vano persuadirle que se conservase
tranquilo : en ese intervalo llegó Saavedra^ y después de
conferenciar algún tiempo con el cabildo, asegurando á
éste que él respondía de la tranquilidad pública, si^ló, y
consiguió que ne retirase el pueblo
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— 404 —
Los cabildantes detenninaron que al dia siguiente se
celebrase el cabildo abierto, convocando á la prindpsd
y mas sana parte del Yecindario, como ya queda dicho,
por medio de la siguiente esquela :
« El Escmo. cabildo convoca á Vd. para que se sirva
asistir, precisamente mafiana 22 del corriente, á las
nueve, sin etiqueta alguna, y en clase de vecino, al ca-
bildo abierto que con avenencia del Escmo. Sr. virey ha
acordado celebrar; debiendo manifestar esta esquela á
las tropas que guarnecerán las avenidas de esta plaza,
para que se le permita pasar libremente. »
El acto se inauguró leyéndose una especie de discurso
ó esposicion, ea la que se recomendaba al pueblo la fide-
lidad á Fernando Yll, la moderación y el respeto á las
leyes.... Son verdaderamente paternales y de una alta
previsión los consejos con que concluye, y no hay duda
que si hubiera sido posible seguirlos, ni habrían tenido
lugar los tristes sucesos que pronto ensangrentaron la
revolución, ni producido tan amargos fhitos las precoces
innovaciones de algunos hombres muy patriotas sí, pero
faltos del conocimiento práctica de los trastornos y cam-
bios políticos, y de las nuevas situaciones que ellos crean.
La juzgamos digna de someterla á la consideración dd
lector.
FIEL Y GENEROSO PUEBLO DE BUENOS AmES :
<c Las últimas noticias de los desgraciados sucesos de
nuestra metrópoli comunicadas al público de orden de
este superior gobierno, han contristado sobremanera
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faettfD iiiimo, y os han hecbo duAír de vofitra fiítoa*^
eioD actual y d« waitra «larte futura.
« Agitados de im conjoato da ídeaí que oí ha sujerído
vueBtra lealtad y patriotismo, haheis esperado eon aoik
el momento de eombi&arlas para evitar toda división,
y vuestroi representantee, qne velan constantemente
sobre vuestra prosperidad, y desean con el mayor ardor
conservar el orden y la integridad de estos dominios
hajo la dominado» del señor don Femando Vil, han
•bt^do del Escmo, 8r. virey, permiso franco para
reuníros en un congreso. Ya esUís congregados, hablad
eon tíbertad *, pero con la dignidad que os es propia, ba<*
oiendo ver que sois un pueblo sabio, noble, ddcíly gene-
roso. Vuestro principal objeto debe serprecaver toda di-
visión, mdíear la confianza entre el subdito y el magistra*
do, afianzar vuestra unión reciproca» y la de las áem^A
provincias, y dejar espeditas vuestras relaciones con los
Otros vireinatos del continente. Evitad toda mnovacion
ó mudanza, pues generahnente son peligrosas y espues^
tas á división. No olvidéis que tenéis casi á la vista uo
vecino que acecha vuestra libertad, y que no perderá
ninguna ocasión en medio del menor desorden. Tened
por cierto que no podréis por ahora subsistir sin la
onion con las i^ovincias interiores del reino, y qye
vuestras deliberaciones serán frustradas si no nacen de la
ley 6 del consentimiento general de todos aqueUos
pueblos. Asi, pues, meditad bien sobre vuestra situación
actual, no sea que el remedio para precaver los males
que teméis, acelere vuestra destrucción. Huid de tocar
si^npre h cualquier estremo, que nunca deja deier pelí-*
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— 406 —
groso. Despreciad medidas estrepitosas 6 violentas, y
siguiendo un camino medio, abrazad aqnel que sea mas
sencillo y mas adecuado para conciliar, con nuestra
actual seguridad y la de nuQstra suerte futura, el espi*
ritu de la ley y el respeto á los magistrados. »
Concluido el discurso se leyó el oficio al yirey y su
contestación : enseguida tratóse de proceder 4 la vota-
ción.
Muy fuertes altercados se empeñaron entonces, casi
no se entendían los votantes; para concluir de una vez
se convinieron por unanimidad en fijar una sola propo«
sicion para resolverla respectivamente. Después de re-
chazadas dos, se adoptó la tercera que es como sigue :
« Si se ha de subrogar otra autoridad á la superior
que obtiene el Escmo. señor virey, dependiente de la
soberana, que se ejerza legítimamente á nombre del
señor don Femando Yll, y en quién. »
Para que la votadon se hiciese con mas libertad, el
ayuntamiento dispuso que los vocale» entrasen á la sala
de acuerdos á poner su voto cada uno por si, y que ru-
bricándolo solamente para simplificar el acto en lo po-
sible, lo publicase después el escribano.
Estractamos de la larga lista que presentan las actas
las principales opiniones emitidas por los llamados á
votar.
El obispo dijo : — Que mediante las noticias de la
disolusion de la Junta central, en quien residía la sobe-
ranía, habla motivos para dudar de su existencia ; pero
que consultando á la vez la satisfacción del pueblo y la
seguridad presente y futura de aquellos dominios, opi-
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— «07 —
naba qae dd)!a continuar en el mando el yirey^ sin mas
n(rredad que añadirle dos asociados, todo lo cual debia
entoiderse provisoriamente hasta ulteriores noticias.
El general don Pascual Ruiz^Hnidobro : — Que debia
cesar la autoridad del virey y reasumirla, el cabildo,
como representante del pueblo, para ejercerla Ínterin
formase un gobierno provisorio, dependiente de la legi-
tima representación que hubiese en la Península de la
soberanía del monarca.
El asesor general^ don Juan de Almagro : — Que no
habiéndose recibido hasta entonces documento alguno
oficial que les asegurase la total pérdida de España, era
de parecer que no se hallaban aun en el caso de hacer
novedad alguna *, pero que en el caso que lo Juzgase
así la mayoría, debían asociarse al gobierno aquellas
pefsonas de mas probidad que tuviese por conveniente
el cabildo.
Don-Comelio Saa/oedra : — Que debia subrogarse el
mando del virey en el cabildo mientras se formaba la
corporación ó junta que habría de ejercerlo, que así lo
exigían las circunstancias y el bien del pueblo, y que no
quedase la menor duda que este era el que conferia la
autoridad ó mando.
Nótese como ya se invoca al pueblo y como se le con*-
ceden atribuciones que no tenia ni podía tener por el
sistema de gobierno que hasta entonces le había regido,
lAadiendo él comandante don Pedro Andrés García :
« que la salud del pueblo era la ley suprema^n y el Héc-
tor don Antonio Saez, que había llegado el caso de rea-*
sumir el ^uüAo su originaria autoridad y derechos, etc«
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-T 408 —
Moreno, CUdlaná) Balcitf ee, YMeB^ RiTAdttia, fnm^
Bdfralio, CásteUi, Rddrigoez^ Ta^^é^ Freiidi, Bentí^
LopeE) Alberti, Matouy Larrea^ príodpalet «clorel mA
dMHiia de nuestra tevohicfoii) ae adhirieron al dietáaien
de Hnidobro y Saaredra^ que en el fondo yiene á ser el
miaoio 'j traes ambos opinaban que debía cesar Gisiien»
en el mando y subrogar éste en ei cabfldo»
Don Pedro AtUonio Cervino dqo s ^ Que se formase
una junta de vecinos buenos y honrados ft eleeckm del
eáUldo, cuyo presidente podía ser el yirey^ convo<saiido
á las eíudades interiores para qne entiasen sus Yoeales.
Ademas, irnos, eomo el oidor don Manuel I. de R^as,
f epefian que no encontraban motivo por la subrogadod,
lo que eqiiivaliaá decir que debia permanecer el virey
A todo trance; opinando sin embargo, que si taplu>^
Udad del congreso pensaba de distinto modo se le nom-
brasen dos adjuntos, sin mas atribuciones que las de
ayudarle en el despa<dio del gobierno s otros como el
brigadier don Francisco Orduña y don José Martin de
Zuloeta ] que mientras no se supiese la total pérdida de
la metrópoli debia permanecer todo en el mismo estado;
y en easo de querer innovar, se convocasen diputados
de las demás provincias del vireinato para su seguridad,
y que ademas concurriesen ¿ votar mas de doscientos
Vecinos de primer orden que faltaban ) flnalmwte, aun-
que pocos, otros como el doctor Bivarola dijeron : q^
respecto á no estar instruidos en los datos suficientes
para votar en materia tan ardua obedecian y obedece-
rian á cualquiera que representase la legítima a/utori^
dad de Femando VIL
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— 109 —
Tales son las principales opiniones consignadas en
ks adas : las reducimos á su última espresíon, despo-
jadas de las razones mas ó menos especiosas con que la»
encubrían ms autores, asi como tampoco nos paramos
ft considerar la diversidad de pareceres en cuanto á las
fetsems y al modo como debian formar parte del go*
bienio en unión con el virey, el cabildo, ó en junta es-
pecial. La cuestión capital, dominante, única, decísiya
ajuicio nuestro, era la remoción de aquel y la creación
de una autoridad donde predominase el elemento ame-
ricano como quiera que fuese. Ck>nsideradas bajo esle
punto de vista, nos han parecido secundarias todas las
demás cuestiones, y escusado el perder el tiempo en
examinarlas y debatirlas.
Hemos tenido la curiosidad de contar el número de
los que votaron, no solo para ver si era cierta la supo-
sición de Zuloeta, sino también para conflmar una idea
que nos despertó la lectura de sus palabras ; y hemos
visto en efecto, que apenbs llegan á doscientos veinte y
cinco, habiéndose repartido cuatrocientas cincuenta es-
quelas, según leemos en el úHimo párrafo* del acta del
cmgreso general; y r^rádose, antes de llegarles su
vezy veinte personas, cuyos nombres se espresan en el
citado párrafo.
Esto solo, á nuestro modo de ver, es una prueba indes-
•^ tmctible de lo adelantada que estaba, de l^^ ramificacio-
nes é importancia de la revolución, cuando mas de la
mitad de los vocales faltaron, acaso por vez primera y
en tan criticas circunstancias, al llamamiento de la au-
toridad ; y ya se suponga que si no todos, la mayor parte,
4
dby Google
— m —
estaban iidciados en los planes de los dMdentes, lo que
no es posible, porqae nos asisten fondadas razones para
creerlo asi; ya se suponga que era de miedo y por no
comprometerse ni con ellos ni con el gobierno espalKd^
de todos modos habrá que admitir esta hipótesis : ó los
primeros eran bastante numerosos, teniaa las simpatías
de la generalidad y contaban con el apoyo de los hom-
bres que estaban en disposición de hacer algo para ins«
pirar á los ocultos vocales confianza ó recela; ó aun<pio
reducidos en número, eran bastante inteligentes, auda-
ces y valientes para engañarlos, dividirlos, y en el último
trauce emprenderlo todo y ganar á balazos lo que no
podían pacíficamente. En uno y otro caso, se ven si-
seadas por su base las gratuitas suposiciones del citado
miot de la Historia de la Revolución Hispano-Ame-
ricana.
Nos alejamos involuntariamente de nuestro relato
cuando quisiéramos en esta ocasión narrar simplemente
los hechos, que son harto elocuentes, sin anadie una pa-
labra á lo que dicen las actas. Volvamos, pues, á eUas.
Había sonado medianoche, cuando concluyó la vota-
ción de los que habían acudido«á la invitación del ca-
bildo ; determinóse dejar para el siguiente día el examen
y confrontación de votos, no obstante que algunos de los*
concurrentes pedían que se realizara en el momento.
Reunido el ayuntamiento el 23, leemos en el acta de
ese día : « estando juntos y congregados los señores que'
lo componían, reflexionaron que, »n embargo de ha-
berse fijado carteles citando á los vocales del día ante-
rior para que á lastres de la tarde concurriesen á firmar
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— 441 —
el afits, no eomeoto, por las ocurrausias qae fobr«Yi«'
ni^on el que se Mciese ima nueva reomoiii ni se const*
dmdm necesaria para el fin indicado supaesto que en el
congreso se recogieron los votos rubricados y se publi-
caron lodos, cada uno en el acto de haberse dado, —fin
cuya virtud acordaron corriese el acU ea los términos
en que estaba estendida, sin recogerse las firmas de loa
vocales *, que se archivasen los votos rubricados para
cuidquier duda que ocurriese, y se procediera inmedia'-
tiunente á la reguladon de ellos con el mas prdqo exi*
men, debiendo dos de los señores eapitubures estar
prontos para prevoiir á los que concurri^enquese ie->
tirasen hasta nueva cltadon. »
Hasta aquí el acta. Advirtamos ahora nosotros para
mejor inteligencia, que esa disposición tan intes^eatíva
y falta de tino, no salió del ayuntamiento, sino que le
toé inspirada por Gisneros , aguijoneado por algimos
verdaderos realistas, que con fundamento veian eá su
deposición la ruina del dominio espaHol y el triunfo de
los encubiertos planes de sus antagonistas, los ameri-
canos. Gonoctan instintivamente que su influencia y pre-
ponderancia en los negocies públicos no podía menoa
de serles fatal. Sus justos teniores se traslucen en la me-*
dida adoptada por los caiátulares^ pues hecha deteni-
dam^te la regulación de los votos y resultando de ella
ípluraltdad con esceso que el virey debía cesar m el
manda y recaer este provisoriamente en el cabildo, cev
voto decisivo el caballero sindico procurador general,
bástala creación de una junta que habría de formar el
mismo cabildo en la manera que estimase convaaiente,
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— 14« —
eoyaJunUBeenfiargaria del mando mientras aecoogre-
gasea los diputados que habiaii de con^oearse de las
provineias interiores para establecer la forma de go»
UeiBoque correspondiese; estos seüores, tratando de
eoneiliar los respetos de la autoridad superior cod el
MengoieFal de estas interesanteeproviDCias, dice Ute-
lalmente el documento citado no há mocho, propen«
diendo á su nnion con la capital, y i conservar frmca
la comunicación con las demás del continente, cuyo ob-
jeto Jamas ha podido perderse de vista, acordaron que,
sin embargo de haber ¿ pluralidad de votos cesado en d
BUDido el virey, no ftaese sepamdo absolutamente, sino
que se le nombrasen acompañadas con quienes gober*
■ase hasta la congregación de los diputados del vbret-
nato, lo cual seria y debería de entenderse por una Junta
conqniesta de aquellos, y presidida por dicho señor en
dase de vocal : mediaiüeáque para esto se haUabacoa
Cacuttades el cabildo, en virtud de las que se les confi-
rieron «1 el congreso general.
Oficióse esta resolución á Gisneros, nraibrando para
ponerla en sus manos una diputadon compuesta de loa
señores don Manuel José de Ocampo y don Tomás Ha-
miel de Anchorena (mas tarde ministro de Rosas) encar-
gándoles muy espedalmente el fin que se proponía el
cabildo con semejante arbitrio, y cuanto interesaba á la
tranquilidad y salud pública d que se llevase á efecto ;
quedando abierto el acuerdo hasta su regreso.
Gisneros, como es de suponer, manifoBtó á los diputa*
dos su firme y decidida voluntad de cooperar á ci^^o
tan santo, y hasta no tomar parte alguna en el mando si
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— i43 —
era predso : su contestación i'espira la mayor abn^-
ctoD, lealtad y amor al soberano y ai pueblo conflaido á
su gobierno ; pero dOBConflamos de su veracidad, cuan-
do le Temos insinuar, no aconsejar, mandar, pues asi
traducimos el juzgar por muy conveniente que se tratase
el asunto con los comandantes de los cuerpos de la guar-
nición, respecto ¿ que la resolución del cabHdo no pa-^
recia en todo conforme con los deseos del pueblo mani"
festadospor la mayoría de votos. Es decir, apelar á las
bayonetas para hacerlo pensar de otro modo.
Mas ya era tarde : todos los comandantes no estaban
muy seguros de sus mismos soldados ; y babia ya mas
de uno relacionado con los disidentes.
Mandólos llamar el cabildo, y su respuesta acduS de
confirmarle en que era inútil hacer mas resistencia, y
pretender conserrar á Gisneros en el poder contra la vo-
lontad gffl^eral tan espresamente manifestada. No hubo
mas remedio que ceder. Gisneros se conformó ó aparentó
conformarse con lo que nó podia evitar : y asi adquirió
mayor flierza la naciente revolución , mayores brios
los hasta entonces encubiertos ^motores de la tempes-
tad conjurada contra él virey.
El 24, no obstante, reunióse de nuevo el cabildo, y á
pluralidad de votos y ¿ pesar de todo, decidió que con-
tinoase en el mando asociado ¿ los señores don Juan Ne-
pomuceno de Sola, el doctor don luán José Gastelli, don
Gomelio deSaavedra y don José Santos de Inéhaurregui;
coya corporación ó junta debia presidir d referido virey
toú voto en día, conservando ea lo demás su renta y
altas prerogalivas de su dignidad, mientras se erlgia la
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— 444 —
junta general del Tireinato. No citamos las demás difi-
posiciones concernientes á esta primera Jmita, porque
son puramente reglamentarías; y porque no habiendo
tenido mas que algunas horas de existencia, al tratar de
la que le sucedió, tendremos ocasión de hablar mas des-
pacio de las que se rocen con los sucesos postericwes.
Algunas intrigas se hablan cruzado, entretanto : los
realistas en su agonia, pusieron en juego cuantos recur-
sos les inspiraba la desesperación y el convencimiento
de que ya no les era dado retroceder un solo paso slñ
caer en un abismo. Idéntica era la situación de los pa-
triotas; y mas horrible acaso, porque la voz de traido-
res zumbaba en sus oidos con siniestras ammaazas, byas
de la impotencia y el miedo, mas bien que de la posibi-
lidad de realizadas y el deseo de venganza.
Siguiendo el consejo de CÜsneros, algunos miembros
del cabildo propusieron que se volviese á consultar otra
vez álos gefes de los cuerpos para ver si después de lo
dispuesto se hallaban con ánimo y potestad de prei^arle
su auxilio, á fin de llevar á efecto las resoluciones toma-
das en tan apremiantes como estraordinarias circuns-
tancias; y ¡cosa estraña! esos mismos hombres que el
dia anterior hablan demostrado que era fiaieamente im-
posible mantener al virey ea el poder contra la voluntad
del pueblo a contestaron unánimemente que estaban apa-
rejados y dispuestos á sostener la autoridad que por veto
de él habia reasumido el cabildo. »
Pero oíando supieron quienes debían ftvmar la junta
provisoria, después de algunas disensiones promovidas
sobre la materia, y especiabnente por el comodante
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— 4*B —
-¿ton Pedro Andrés Gareia, sobre que si el cabildo volvía
á reasumir el mando, debería tener voto decisivo el ca-
ballero sindico ; y por don Gomelio de Saavedra, sobre
que debia reformarse la elección de vocal hecha en su
persona y recaer en Leiva^ porque no quena ser censu-
rado en lo mas minimo ; contestes espusíeron que aquel
arbitrio era desde luego' el ánieo que podia adoptarse
en las actuales circunstancias, como el mas propio á
conciliar los estremos que debijom constituir su seguridad
y defensa ; que no dudaban sería de la aceptación del
pueblo, ofreciendo contribuir por su parte á que que-
dase plantíficadi^, y se retiraron reiterando las mismas
ofertas.
En vista de ellas, acordaron los cabildantes se pro- .
cediese en el día á la instalación de la junta, y que al
efecto se citasen inmediatamente los vocales electos para
que á las tres de Ja tarde compareciesen irremisible*
mente en la sala capitular ; que al propio tiempo, pasase
ima comieden compuesta de los dos señores nombrados
anteriormente á prevenir á Gisneros la misma conferen-
cia, manifostarle el fin de ella, y el ceremonial dispuesto
para el caso ; ^ que se convocara igoalmente á los tri-
bunales todos y corporaciones, al obispo, cabildo ecle-
siástico, prelados y gefes de los cuerpos á fin de que pre-
sMidasen el juramento que hablan de prestar los vocales
en manos del alcalde de primer voto, de desempeñar
bien y fielmente los cargos que se les conferían *, conser-
var la integridad de aquella parte de América á Fer-
nando Vli y sus legitimes sucesores, y guardar pun-
taahnei^ las leyes del reino. — Todo lo que se verificó
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— U6 —
al pié de la letra quedando así instaUada la primera
junta provisoria.
Los revolucionarios no se dormían entretanto : desde
que supieron la desesperada resolución del cabildo y el
ningún apoyo, la indiferencia con que hablan sido aco-
gidas por sus compañeros las enérgicas palabras de
García, empezaron á trabs^ar con actividad febril para
que no se malograsen sus planes, y quedase en manos
de Gisneros, por una diestra evolución parlamentaria,
el poder que casi habian conseguido arrebatarle el 23.
Apenas habian salido los vocales de la sala capitular,
la fermentación del pueblo empezó á hacerse sentir : se
oyeron gritos subversivos; la multitud dividida en gras-
pos derramóse por la ciudad alarmando al vecindario.
Gastelli, uno de los vocales y uno de los revoluciona*
rios mas audaces, hizo presente á Gisneros, exagerán-
dolo, el peligro que le amenazaba. El éx*virey tuvo
miedo, se amilanó, no comprendió que le engañaban ;
cerró los ojos para no ver que todavía algunos miles de
bayonetas le formaban una muralla impenetrable y que
á una palabra suya, nada mas que con mostrar un poco
de serenidad y arrojo, se hundirían en el pecho del in-
defenso pueblo al grito ,de ¡viva Femandol fviva d
virey! ¡mueran los anarquistas^ revoltosos y traidores!
como sucedió en Quito. — Nada consideró Gisneros;
solo pensó en huir dirigiendo al cabildo, en la mañana
del siguiente dia, un oficio escrito á las nueve y media
de la noche en el que le decía: que siendo él la cansa
de la agitación que se había renovado, procediese á otra
elección en sugetos que pudiesen merecer la confianza
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— H7 —
del pueblo, cuya medida era de urgentísima necesidad ;
que se reuniese, por consiguiente, sin pérdida de tiem-
po, y se espidiera como correspondiese en la inteligencia
de considerarse con el poder devuelto.
Miedo y terror pánico, inaudito, revela -el oficio del
ex-Yirey, que no tuvo en ese momento decisivo la forta-
leza de alma, el pundonor necesario para conjurar la tor-
menta, manteniéndose firme en supuesto hasta el último
instante, como era de su deber, y sacrificando allí basta
la vida si necesario fuese, en pro de la causa que sostenía
y de la cual era ó debia ser el mas fuerte campeón.
Toda la noche del 24 al 25 la habian empleado los
revolucionarios en tocar cuantos resortes estaban en su
mano, en ver á cuantas personas podían influir en la
reaUzacion de su proyecto; en acometer briosamente
los obstáculos siempre renacientes que nacían de una
situación tan anormal. Porque á escepcíon de unos po-
cos, nos inclinamos á creer que aun no se sabia á punto
^0, especialmente de los que tenían tropas á su dispo-
sición, quienes conspiraban con lealtad y quienes juga-
ban con dos barajas, como vulgarmente se dice. Toda-
vía no ha descorrido la historia el velo que encubre la
parte de gloria legítima y cierta que corresponde á cada
uno de ellos; y si los nombres de Moreno, Gastelli,
Saavedra, Rodríguez, etc., simbolizan el partido ameri-
cano, cuyo objeto principal fué desde un principio, eman-
cipar el suelo que los había visto nacer, no todos tenían
las mismas ideas y elevación de miras, ni todos tuvieron
igual parte en el magnifico resultadjo [alcanzado el 25.
Tal es nuestra opinión, que aunque en pugna con lo que
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— 148 —
generalmente se cree, no por eso menoscaba en manera
alguna la reputación de los que hayan sido en efecto
buenos y leales patriotas, y los sucesos, su posición 6
corta inteligencia no les hayan permitido hacer en
aquellos* dias solemnes, cuanto hubieran deseado en ob-
sequio de la patria. Se nos perdonará esta pequeña
digresión, si se atiende ¿ que esta es una cuestión no
resuelta aun, que ha dado margen en el calor y cegue-
dad de nuestras discordias civiles á los mas duros ata-
ques, aleves suposiciones, y hasta infames calumnias...
Volvamos á las actas.
Hemos visto la conducta pusilánime del virey retra-
tada en su oficio ; la respuesta del cabildo ofrece un con-
traste tanto mas chocante cuanto parece que él, mas
que nadie, debia temer la saña y resentimiento del
pueblo, oponiéndose á su volundad tan espresa y termi-
nantemente manifestada. No contento con decirle á Gis-
neros que no puede desprenderse de la autoridad que él
le confiara ; añade : « que teniendo la fuerza armada
á su disposición, está en la estrecha obligación de sos-
tenerla, tomando las providencias mas activas y vigo-
rosas para contener á los descontentos, y haciéndole en
suma responsable de las funestas consecuencias que po-
dría causar cualquiera variación en lo resuelto.
Apenas despachado el pliego, acudió multitud de
gente á los corredores de la casa capitular, y algunos
individuos, en clase de diputados, previo el competente
permiso, se aper&onaron en la sala, esponiendo que el
pueblo se bailaba disgustado y en conmoción ; que de
ninguna manera se conformaba con la elección de pre»
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- H9 -
sídente hecha en Cisneros, y mucho menos con que es-
tuviese á su cargo el mando de las armas ; que el cabil-
do en la erección de la junta y su instalación se habia
escedido de las facultades que á pluralidad de votos se
le confirieron en el congreso genera), y que para evi»
tar desastres que eran de temer, visto el estado
de fermentación en que se encontraba el pueblo, era nece-
sario tomar prontas providencias y variar la resolución
comunicada á éste por bando : los cabildantes procura-
ron serenar aquellos ánimos acalorados, como los llama
el acta, y les suplicaron aquietasen la gente que ocu-
paba los corredores , en la inteligencia que si ellos
hablan obrado mal, era por creer que estaban faculta-
dos para hacer lo que les pareciese mas oportuno y
conveniente ; que, sin embargo, y ¿ pesar de todo, me-
ditarian sobre el asunto con la reflexión y madurez que
exigía, y que estuviese cierto el pueblo que á su repre-
sentante no le animaban otras miras que las del mejor
bien y felicidad de aquellas provincias. Con lo que se
despidieron los precitados individuos, suplicando que no
se perdieran momentos, pues délo contrario podrían re-
sultar desgracias demasiado sensibles y de nota para el
pueMo de Buenos Aires.
Con estos datos volvieron los cabildantes á tratar de
la materia, y después de varias reflexiones convinieron
en que cualquiera innovación, en orden á io resuelto el
dia anterior, produdria males de la mayor entidad, pues
qne los pueblos del vireinato, y aun los del continente,
entrarian en desconfianzas al observar una tan repentina
variación; y al ver que al gefe de aquellas provincias no
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— lió-
se le dejaba la menor autoridad, serla consiguiente la
división y este el primer eslabón de nuestra cadena (1),
que la insistencia de una parte descontenta del pueblo
no debia esponer á todos á consecuencias de tanto bulto,
y era necesario contenerlo por medio de la fuerza ;
pero que, estando esta á cargo de los comandantes de
los cuerpos, era también preciso esplorar nuevamente
su ánimo, no obstante que en el día anterior se compro-
metieron á sostener la resolución y la autoridad de donde
dimanaba. En cuya virtud acordaron citar á. todos en el
acto para que inmediatamente compareciesen en la sala
capitular.
Presentes los gefes, (2) el síndico don Julián de Leiva
les hizo entender el conflicto en que se encontraba el ca-
bildo y recordándoles su anterior compromiso, les pidió
(i) En las actas redactadas por un acérrimo realista, hay va-
rias espresiones puestas^evidentemente en nn sentido doble, y
esta es una de eUas. Acaso sea torpeza nuestra, pero no hemos
podido distinguir si la frase primer eslabón de nuestra cadena
se refiere á los españoles con respecto á los americanos, ó de
unos y otros respecto á los esirangeros. Hemos preferido ía se-
gunda versión aunque violenta, no obstante que en el período si-
guiente, que casi literalmente ponemos á continuación en el teá-
to, se espresa la idea de tratar á los disidentes como un puñado
de rebeldes y facciosos. (Véase la p. 41 de las actas.)
(2) Comparecieron puntualmente á la hora señalada los seño-
res don Fraqcisco Orduña, comandante de artillería; don Ber-
nardo Lecog, de ingenieros; don José Ignacio de la Quintana^
de dragones ; don Esteban Romero, segundo de patricios; don
Pedro Andrés García, de montañeses; don.Francisco Ant^nioOr-
tfz de Oeampo, de arribeños; don Juttt Florencio Terrada, de
granaderos de Femando YII ; don Manuel Rihz, de naturales;
dby Google
que le dfjes^n franoameote bí se sentiaa dispuestos ó
no á sostenerle. A escepcíon de Orduña, tecog y Quin-
tana, que permanecieron en silenoio, los demás contesta**
nm que el disgusto era general en el pueblo y las tropas
por la elecdon de Gisneros para presidente de la junta»
y algunos que en vano habían trabajado incesantemente
aquella noche para contenerlas : que no solo no podían
sostener al gobierno establecido, pero ni aun á si mis^
mos, pues los tenian por sospechosos. •• que el pueblo y
las tropas estaban en una terrible fermentación y era
preciso atajar este mal con tiempo, contrayendo á él
solo por entonces los primeros cuidados tía detenerse en
los demás que se temían y recelaban*
Estando en esta sesión, las gentes que cubrían los cor»
redores dieron golpes por varias ocasiones á la puerta
diciendo que querían saber lo que alli se trataba. Salió
don Martin Rodríguez^ y consiguió aquietarlos.
Diremos para abreviar, que el resultado del acalora-
do debate con los comandantes, y el giro tempestuoso
que iba tomando el negocio abatieron la arroganda de
los capitulares.— Cedieron y enviaron á decir á Gisneros
con las frases usuales en casos semejantes , que ha-
blan variado de resolución, y si él se convenia, lo hicie-
ra sin protesta alguna para no eooaspm'ar los ánimos^
que ellos en todo tiempo le franquearían cuantos do-
don Gerardo Esteve y Llac, de artilleros de la Unipn ; don José
Merelo, de andaluces; don Martin Rodriguez, de húsares del rey;
don Lúeas Vivas, del segundo escuadrón de húsares ; don Pedro
Ramón Nuñez, del tercero ; don Alejo Gastex, de migneletes ; y
don Antonio Luciano Ballesteros, de quinteros. (Actas, p. 42.)
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cumenlos pidiese y necesitase para su justfficaeior.
Mientras iban y yenian los diputados nombrados al
efecto, cundió con la velocidad de la luz la notída entre
los reYolucionarios del espanto que atfin habian llegado
á infiíndir basta en los mas obcecados y enérgicos ndem-
bros del ayuntamiento, y no se contentaron ya con la
deposición del virey. Con ^1 ardor é irreflexión propios
de la juTcntud, á nombre del pueblo se presentaron en
la sala, esponiendo que para su quietud y para evitar
cualesquiera resultas en lo futuro, no tenia aquel por
bastante que cesase Gisneros en el mando ; ^o que ha*
biendo formado idea de que el cabildo en la elección de
la junta se habia escedido de sus facultades, y teniendo
noticia cierta de que todos los señores vocales habian
hedió renuncia de sus respectivos cargos, habia reasu-
mido la autoridad que depositara en él y no queria exis*
tiese la junta nombrada, sino que se procediese á cons.
tituir otra, eligieúdo para
Presidente vocal y comandante general de armas ,
á don Gomdio de Saavedra.
Para vocales ¿ los señores
Doctor don Juan José Castelli»
Doctor don Manuel Alberti.
Licenciado don Manuel Belgrano.
Don Miguel de Azcuénaga.
Don Domingo Mateu.
Don Juan de Larrea.
Y para secretarios á los doctores
Don Mariano Moreno y
Don Juan José de Posso» .
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— 423 —
No conteiitOB eos esto, impurieron condiciones (1) afir-
mando paladinamente qae aquella era la vohmtad deci-
dida del pueblo, y que nada escueharia que no ftiese en
ese sentido* Uobo todavía, para honor del nombre es-
pañol, quien volviese á la bred&a y afrontase la calera
de los vencedores ^ pero nosotros podemos decir con no
moios orgullo, que no abusaron nuestros padres de so
triunfo, que no azuzíffon al populacho contra los últimos
campeones de un poder agonizante. ¡Sublime y grande
espectáculo! En la mañana de ese dia memorable, por
vez primera se encontró frente á frente la inteligencia en
la Américadel Sur, y luchando brazoá brazo el trono y la
democracia. Alli, como evocados por la varadeunmiyico,
surgienMide repente inspirados oradores, cuya voz elo-
cuente vibraba en todos los corazones repercutida por el
eco de sus propias ideas y sentimientos, y magnetizando
á la muchedumbre, la hacia estremecerse de entusiasmo,
entreabrir sus brazos con arrogancia, prestar el oido y
pasarse la mano por la frente, como si saliese de un largo
y penoso sueño, y le volviesengradualitiente la memoria y
las ideas, mostrándole enriquecido con todas las galas de
su brillante imaginación, un ancho camino rico de glo-
ria, de esperanzas, de porvenir, de felicidad. Era un es-
{i) Las condiciones impuesus por los revolucionarlos, ademas
del nombramiento forzoso de las personas indicadas por ellos
para componer la Junta, se reduelan á que establecida esta> de*
beria publicarse en el término ,de q^iince días una espedicion de
SOO hombres para las proYíncias interiores, costead con la renta
del \irey, oidores» contadores mayores, empleados de tabaco y
otros que tuviese á bien cercenar la. Junta, d^ándoles cóngroa
suSciente para su subsistencia. (P. 43.)
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- 114 -
ptetáéulo sublime, repetimos ; porque si de m» parte
arrancaban frenéticos y prolongados aplausos, basta
ahogar la tos del orador, los principios que se intoca-
ban, las acusaciones Mminadas cont^ ios abusos del
poder, el sentimiento comprimido de un nadarte espirí^
ta de nadoiialidad, que se dejaba traslucir al través de
las fingidas cuanto falaces protestas de adhesión al mo-
narca, no era menos digna de alabanza, no preocupaba
menos fuertemente el ánimo, la contemplación de los úl^
timos representantes de una tradición de tres siglos,
tratando de contener, no ya con un muro de lamas y
bayonetas como sus antepasados, sino únicamente con
la ItattTza de su palabra vehemente y arroUadom, la rui-
na del magnifico edificio alzado por aquellosv sin parar-
ge á considerar que al hundirse amagaba sepultarlos de-
bido de BUS escombros.
La discusión se filé animando por grados, hasta que
negó á un punto que flié preciso cortarla. El cabildo su*
plicd á los diputados, que para proceder con mejor acuer-
do, le representase el pueblo por escrito, lo que ellos
pedían de palabra á nombre suyo (1). En esta situadon,
(1) SI quedase alguna duda sobre el espirilade parciaUdad en
favor de la metrópoli con que están redactadas las actas, se des-
vanecería al ver la tenacidad con que se insiste sol)re estas cir-
cunstancias. En la página 46 al hablar de las medidas para la
instalación de la segunda junta, se lee:
a Y en vista de todo acordaron que sin pérdida de instantes se
establezca nueva junta por acta separada y sencilla, eligiéndose
para ella de vocales los mismos individuos que han sido nom-
brados de palabra en papeles sueltos, y en el escrito presentado
por io$ que haatfimado ¡a voz dol pueblo, archivándose esos pa-
peles y el escrito para constancia en todo tiempo.»
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— i25 —
rectbidseua oficio de la junta annBCiaiuto la dimisión
deCisneros, al que se contestó, qneenatoicionálasajiif-
radas circunstancias y novedades posterionnente oenrri-
das, se dignase lajonta mandar suspender la publicación
del bando, hasta que el cabildo le informase de sua últi«-
mas determinaciones.
Después de un largo intervalo de espera, presentaron
los individuos arriba citados el escrito queofrecieron, fir-
mado por unnúmero considerable de vecinos, religiosos,
comandantes y oficiales de los cuerpos, vertirado en él
las mismas ideas que manifestsuron de palabra.— -Los ca*-
bildantes les advirtieron que cmgregasen al pnebio en la
plaza, pues que ellos, para asegurar la resolución, de-
bían oirdel mismo pueblo si ratificaba el contenido de
aquel escrito : ofrecieron ejecutarlo así y se retiraron.
Dicen las actas «que al cabo de un gran rato salió el
cabildo al balcón principal, y el recaudador general,
viendo congregado un corto número de gentes, con re$-
pecio ataqúese esperaba^ inquirió que dónde estaba el
puebh^ y después de varias contestaciones dadas por los
que aUí se habian apeisonado, y reconvenciones hechas
por el caballero síndico, se oyeron entre aquellos las vo-
ces de que si hasta entonces se había procedido con pru-
dencia porque la ciudad no esperimeútase desastres, se-
ria ya preciso echar mano de otros medios ; que las g<m<*
tes, por ser hora inoportuna, se habian retirado á sus
casas ; que se tocase la campana de cabildo, y que el
pueblo se congregaría en aquel lugar para satisfitcdoii
del ayuntamiento, y que si por ftdta del badajo no se ha-
da uso de la campana, mandarían dios tocar generala,
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— 426 —
y que se abriesen h» coárteles, en cuyo easa sofriiia la
dudad to que basta mitonces se halna querido evitar, y
los señores, añade piadosamente el escribano redactor
de las actas, viéndose conminados de tal suerte, y con el
fin de evitar la menor efusión de sangre que seria una
nota irreparable para un pueblo que tenía dadas tan
incontrastables pruebas de su lealtad, noblezay generosi-
dad, determinaron que pormidactuario se leyese en altas
é inteligibles voces el pedimento presentado, y que los
concurrentes espresasen si era aquella su voluntad. »
Se leyó el pedimento y gritaron ¿ una : «que aque*
lio era lo que pedian y lo único que querían se eje-
eutase*...»
Una vez conformes, es decir, obligados i ceder, ha-
biendo espuesto detenidamente, y como á manera de
condición cuáles serism los deberes y obligaciones de la
nueva junta, determinaron los cabildantes que se proce-
diese á su instalación sin pérdida de tiempo y se publir
case el bando sin detenerse en las. fórmulas que se ob*
servaron en la primera, títándose únicamente á los
vocales, mbiistros, gdes, prelados y comandantes que
fuese posible hab^ en tan limitado tiempo.
Momentos después, don Gomelio Saavedra y sus có*
legas, hincados de rodillas y poniendo la mano derecha
sobre los Santos Evangelios, rq^rodudan d juramento .
de sus antecesores... Era predso hacerlo asi, era pred*
so pronundar con los labios lo que rechazaba el corazón:
para no hundir prematuramente mx la tumba el pensa*
miento colosal que germinaba en su cabeza, para no
complicar mas la eiítica dtuadon en que se encontraba
y Google
— «7 —
la capital^ y dar lugar á que la saagre iinmdafle lasea*
lies de Buenos Airoi, & que se degencadeDaaen de re*
peuté todas las pasiones que aun mantoiia siqetaB el vinó-
culo de una autoridad ante la eual todos estaban acoe^
tumbrados á humillarse. Se les ha acusado de pei;}uros ;
pero no se tiene en cuenta que á ese peijurio se debió
que el pueblo sacudiese con dignidad sus cadenas, y res-
petando ¿ los últimos mandatarios de un poder que cier*
tamente no amaba, no empafiaae con una sola gota de
sangre la brillante página de ese gran dia, precursor de
su independencia. No se tiene en cuenta que á ese per-
jurio se debió que el tránsito de la servidumbre á la li-
bertad no fuese tan brusco y repentino que lo deslumhrase
y enloqueciese, y se reprodujesen en Buenos Aires las
tristes escenas que se han visto en Italia, Franela, Ipglar
térra y Alemania, cuando el pueblo ha recobrado de
pronto sus derechos y sobrepuéstose ¿ aquellos contra
quienes nutria desde largo tiempo antiguos é invetera-
dos motivos de qucg&y res^timiento, mas órnenos fun^
dados, mas ó menos justificables.
De todos modos, se ve por lo que dojjamos espuesfto,
que 6sa revolución, obra de la inteligencia mas bien que
delaftiena bruta, triunfó merced á una audas y verda*
deraevoltt^n parlamentaria, como las que hoy se ven
diarimente en los gobiernos representativos. *-Se ve
que el combate entre los partidarios del antiguo i^égimen
y los innovadores, grande y sublime sin duda, fué purar
mente moral, porque felizmente no hubo necesidad de
quemar un solo cartucho.
Damos aquí por temtinada nuestra tarea, traslad a nd o
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— 12» —
á tratteoaeion por la retareodft que Ueaea coa los suce-
806 que aeatNiínos de narrar, una prodama fecha el 26
de mayo y una cireidar ó maaiaesto eq^dido el 27 por
los miembros de la seganda junta. — AmtM>B docomentoe
solo tienden á radicar mas y mas en la apariencia los
sentimientos de flddidad y adtmíon al cautivo de Va*
lencey, á restablecer la confianza pública, y si no hemos
leido mal, á jusliflcár á los rerolntíonarios de cuanto
haUan heeho en ataidon á los fines que se proponían.
Dicen asi :
I/i junta provisional gubernativa de la capital del Rio
de la Plata
A los habitantes de ella y de las ^ovindas de su su-
perior mando.
PROCLAMA,
Tenéis ya estaUecida la autoridad que rmnueve la in-
certidiimbre de las opiniones y calma todos los recelos.
Las aclamaciones generales n^aniflestan vuestra decidida
voluntad -, y solo ella ha podido resolver nuestra timidez
y encargamos del grave empeño á que nos sujeta el ho-
nor de vuestra elección. Fijad pues, vuestra confianza,
y aseguraos de nuestras intencicmes. Un deseo eficaz, un
celo activo y una contracdon viva y asidua á proveer
por todos los medios posibles, la conservación de nues-
tra religión santa, la observancia de las leyes que nos
rigen, la común prosperidad y el sosten de estas pose-
riones en la mas constante fidelidad y adhesión á nt^tro
muy amado rey el señor don Fernando Yll y sus legítí-
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— 429 —
inos «leesores de la eorona deEBpa&i. ¿Na ma estos
vuestros sentimientos? -— EMos mismos son los objetos
de nuestros conatos. Reposad en nuestro desvelo y far
figas; dejad á nuestro euidado todo lo que en la causa
pública dependa de nuestras facuttades y arUtrios, y
entregaos á la mas estreeba unión y conformidad reci-
proca en la tierna efusioa de estos afectos. Llevad i las
provincias todas de nuestra dependencia y «m mas 9llá
si puede ser, basta los últimos téimkios de la tierra, la
persuasión del ejemplo de vuestra cordialidad, y del ver^
dadero interés con que todos debemos cooperar i la
consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de
un modo estable la tranquilidad y bien graeral á que as-
piramos.
Real fortaleza de Rueños Aires, á 26 de mayo de 1810.
La jwnta provüknal gubernativa de la capital de
Buenas Aires,
CIRCULAR.
Los desgraciados sncesos de la Peniasdá han dado
mas ensandie á la ocupación bélica de los franceses so-
bre su territorio; hasta aproximarse & las murallas de
Cádiz y dejar desconcertado el cuerpo representativo de
la soberanía por falta del señor rey don Femando Vil;
pues que, dispersada de SeViDa, y aensada de nmlveraa-
eion de sus deberes por aquel pueblo, pasó en el ái^
curso de su emigración y dispersión á constttuir sin for^^*
malidad ni autoridad una regencia, de la que nadie
puede asegurar que sea cenlro de la um*dad imeicmal y
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' 430 •--
depóeilo firme dd poder dd mooaica, sin esponer á
mayores convolfliones qae las que cercabas el momento
vieioBo y arriesgado de su iusialacioD. No es necesario
fl({ar la tista en el término á que puedan haber llegado
las desgradas de los pueblos de la Península, tanto j>or
la fortuna de las armas invasoras cuanto por la falta ó
ineertidmnbre de un gobierno legitimo y supremo , al
que se deben referir y subordinar los demás de la na-
don^ que por la dependencia forzosa que los estrechan
al érdin y seguridad de la asociadon, tien^ su tenden*
da á la felicidad presente y á la precaución de los funes-*
tos efectos de la dividen de las partes del Estado, que
temoi con raion todo lo que puede oponerse á la mejor
suerte en los dominios de América.
El pueblo de Buenos Aúes bien derto del estado las*
timoso [de los dominios europeos de S. M. C. el señor
don Femando* YII; por lo menos incierto del gobierno le-
gitimo soberano en la representación de la Suprema
Junta Central disuelta ya, y mas en la regencia que se
dice constituida por aquella sin Kicultades, sin sufragios
de la América y sin instocdon de otras formalidades
que debian acceder al acto ; y sobre todo, previoiendo
que no anticipándose las medidas cpie deben influir en
la confianza y opinión pública de los dominios de Amé*
riea, faltaría el principio de un gobierno indudable por
su origen, estimó desplegar la energía que siempre ha
mostrado para interesar su lealtad, celo y amor por la
causa dd rey Fernando, r^noviendo los obstáculos que
la desconfianza, incertidumbre y desunión de opiniones
podrían crear en el momento mas critico que amenaza^
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— i34 -^
tomandD á la América desapeieiUda de la base aéUda
del g<d>ienio que padíese determinar su suerte en el
continente americano eepafiol.
Manifestó los deseos mas decididos porque los pne^
bloB miamos recobrasen los derechos originarios de re-
presentar el poder, autoridad, y facultades del monarca,
cuando éste falta, cuando éste no ha provisto de regente
y cuando los mismos pueblos de la matriz han calificado
de deshonrado al que formaron, procediaido á susti-
toírle representaciones rivales ^ledisipan los tristes res-
tos de la ocupación enemiga. Tales conatos son intima-*
mente unidos con los deseos honrosos de su seguridad
y felicidad, tanto interna como estema, alejando la anar-
quía y toda dependencia de poder ilegitimo ; cual podia
ser sobre ineficaz para los fines del instituto social,
cualquiera que hubiese levantado en el tumulto y con^^
vulsiones de la Peninsula después de la dispersión y
emigradon de los miembros de la junta suprema cm*
tial.
Guando estas discusiones se hacen en sesiones de
hombres deseneontrados, son espuestas á las consecuen-
cias de mía revolución y esponen á que quede acéfido el
cuerpo politíco', pero si se empeñan por el orden y modo
regular de los negocios gravísimos, no pueden menos de
conducir como por la mano á la vista del efecto que se
desea. Tal ha sido la conducta de Buenos Airasen pro^
pender á que examinase si en el estado de las ocurren*
cias de la Peninsula debia subrogarse el mando superior
del gobierno de las provincias del virelnato, en la junta
provisional que asegúrasela confianza de los pueblos y
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wtase sobre BU conservación ccmtra ciudesquier ase-
dianza, hasta reunir los votos de todos ellos, en quienes
recae la Dacultad de proveer la r^resentadon del sob^
rano*
El escelentisimo ^ildo de la capiUd con anuenda del
escelentísimO' señor vlrey, k quien informó de la general
agitación agravada con el designio de reteñí el poder
del gobierno, aun notoriada que ñiese la pérdida total
de la Península y su gobierno, como espresa la proclama
dd 18 del corriente, convocó la mas sana parte del pueUo
en cabildo generd abierto, donde se discutió y voló
públicamente el negocio mas importante por su funda-
mento para la seguridad, felicidad y tranquilidad gene-
ral ; resultando de la comparación de sufragios la mayo-
ría con esceso por la subrogación del mando del esce-
laatSsimo señor virey en el escelentisimo cabildo, Ínterin
se ordenaba una junta provisional de gobierno hasta la
congregación de la gen'eral de las provincias : voto que
fué acrecentado y aumentado con la aclamación de las
tropas y numeroso resto de habitantes.
Ayer se instaló la junta en el modo y forma que ha
dejado fijada la base fundamental sobre que debe ele-
varse la obra de la con3ervacion de estos dominios al
señor don Femando Vil. Los ejemplares impresos de
los adjuntos bandos y la noticia acreditada en bastante
forma que el escelentisimo cabildo y aun el escelentisimo
virey, que fué don Baltasar Hidalgo de Gisneros, dan á
Vd., no dejan duda á esta junta que será mirada por
todos los gefes, corporaciones, funcionarios públicos y
habitantes de todos los pueblos del vireinato , como
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— 133 —
centro de la tinidad para formar la barrera inespugnable
de la conservación integra de los dominios de América
á la dependencia del señor don Femando YII, ó de
quien legítimamente lo represente. No menos espera
que contribuirán los mismos á qae, cuanto mas antes sea
posible, se nombren y vengan á la capital los diputados,
que se enuncian para el fin espresado en el mismo acto
de instalación; ocupándose con el mayor esfuerzo en
mantener la unión de los pueblos y en consultar la tran-
qiAidad y seguridad individual, teniendo consideración
á que la conducta de Buenos Aires muestra que sia desor-
den y sin vulnerarla seguridad pnede obtenerse el medio
de consolidar la confianza pública y su mayor felicidad.
Es de esperar que cimentado este paso, si Hega el
desgraciado momento de saberse sin duda alguna la pér-
dida absoluta de la Península, se halle el distrito de
Buenos Aires sin los grandes embarazos que, por la in-
certidumbre y falta de legítima representación del sobe-
rano en España á la ocupación de los franceses, la
pusieron en desventaja para sacudirse de ellos; puesto
que tanto como el enemigo descubierto invasor, debe
temerse y precaverse el que desde lo interior promueve
la desunión, proyecta rivalidades, y propende á introducir
el conflicto de la suerte política no prevenida. Cuento
Vd. con todo lo que penda délos esfuerzos de esta junta,
cuyo desvelo por la conservación del orden y sistema
nacional se mostrará por los efectos. Este ha sido el
concepto de proponer el pueblo al escelentísímo cabildo
la espedicion de 500 hombres para el interior, con el
fin de proporcionar auxilios militares para hacer oh-
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— 43i —
servar el orden, si se teme que sin él no se harian libre
y honradamente las elecciones de vocales di|Mitados,
conforme á lo prev^ido en el articulo X del bando
citado, sobre el que hace esta junta los mas eficaces
encargos por su pudtual observancia, y la del arti-
culo XI.
Asi mismo importa que Vd. quede entendido que ios
diputados han de irse incorporando en esta junta, con*
forme y por el orden de su llegada á la capital, para que
asi se hagan de la parte de confianza pública que con-
viene al mejor servicio del rey y gobierno de los pue-
blos, imponiéndose con cuanta anticipación conviene
á la formación de la general, de los graves asuntos que
tocan al gobierno. Por lo mismo se habrá de acelerar
el envió de los diputados ; entendiendo deber ser uno
por cada ciudad ó villa de las provincias, considerando
que la ambición de los estranjeros puede escitarse y
aprovechar la dilación de la reunión para defraudar á
S. M. los legítimos derechos que se trata de pres^var.
Servirá á todos los pueblos del vireinato con la ma-
yor satisfacción, el saber, como se lo asegura la junta,
que todos los tribunales, corporaciones, gefes y minis-
tros de la capital sin escepcion, han reconocido á la
junta y prometido su obediencia para la defensa de los
augustos derechos del rey en estos dominios *, por lo cual
es tanto ó mas interesante que este ejemplo empeñe
los deseos de Vd. para contribuir eñ estrecha unión á
salvar la patria de las convulsiones que la amenazan, si
no se prestasen las provincias á la unión y armenia, que
debe reinar entre ciudadanos de un mismo origen, de-
dby Google
— 335 —
pendoicla é interés. A esta se dirigen los conatos de
esta junta ; á ello los megos del pueblo principal del
vireinato, y á lo mismo se le escita con ñranqueza 4é
cuantos auxilios y medios pendan i su arbitrio y serán
dispensados prontamente en obsequio del bien y concen-
tración de los pueblos. Real fortaleza de Buenos Aires,
á 27 de mayo de 1810.
ComeUo de Saavedra. — Doctor Juan José Gastelli. —
MBgnel Belgrano* — Miguel de Azcuénaga. -^Doctor Ma-
nuel Alberti.— Domingo Maten.— Juan Larrea.— Doctor
Juan José Passo, secretario. — Doctor Mariano Moreno,
secretario.
Estas proclamas y circulares produjeron el efecto
apetecido, y la revolución iniciada por nuestros padres
en la mañana del 25 de mayo de 1810, se llevó á cabo
á la sombra del orden y la legalidad, y aparentando vigi-
lar por los derechos de la corona de Castilla, amenaza-
dos por la codicia estrangera en el Nuevo Mundo y apa-
rejarse para su defensa. Dueños del poder los america-
nos, provocaron la lucha con arrojo, si, pero también
con harta precipitación, y por eso sin duda, no procla-
maron abiertamente la independencia hasta que se tra-
bó el combí^ y la victoria coronó sus armas.
Entonces á la voz de las juntas y gobiernos revolucio-
narios, la Europa vio con asombro ejércitos improvisa-
dos desbaratar alas mejores tropas de la Península, y
llevar su pendón emancipador, precedido por la victoria,
desde las riberas del Plata hasta la cuesta de Chacabuco
y las faldas del Cordonkanki.
Asi el alto y bajo Perú, Chile, el Ecuador, la Banda
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— 136 —
Oriental y casi toda la Amériea del Sur» en una palabra,
convertida eii teatro de los brillantes hechos de armas del
¡Hieblo argentino, ora vencedora, ora vencida, y alentada
y sostenida por las juntas y gobiernos revcrilucionarios de
la heroica Buenos Aires, pródiga del oro, de la sangre y
de la inteligencia de sus hijos, después de una sangrieor
ta y porfiada lucha de quince años, la América del Sor,
repetímos, merced al esfuerzo, al patriotismo é indoma-
ble constancia de todos sus buenos h^os, logró al fin
llamarse libre é independiente.
Digitized by VjOOQlC
— 437 —
IlL
APUNTES HISTÓRICOS DE 1810 Á 1826.
Al llegar á los asuntos de 1810 tuve que contestar,
y el Orden, periódico en cuyo folletín salló á luz
el bosq[nejo histórico que termina en ese prím^ periodo,
publicó con las reservas y protestas convenientes las re-
clamaciones fundadas é infundadas que ora amistosa-
mente, ora invocando la ley, me dirigieron, entre otras
personas, D. Marcos Sobremonte, hijo del virey del mis-
mo nombre, un hijo del general Uniers, y un joven ca-
pitán, pariente del general Huidobro. El comunicado de
este último no se publicó por los términos descorteses y
las falsedades históricas, y hasta calumnias de que venia
lleno. Asi tuve el disgusto de decírselo al autor, el cual,
exasperado y furioso, exigió una satisfacción de su doble
agravio; pueril desahogo de su vanidad ^jada, al que
contesté poniéndome inmediatamente á sus órdenes.
Laego, mejor aconsejado, desistió de su idea, recogió el
comunicado, y conviniéndose en hacer las correcciones
exigidas, no volvió á buscarme dí en mi casa ni en la
redacción.
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— 438 —
D. Alejandro Olivan entonces, y D. Pedro de la Hoz,
director de la Esperanza, me indicaron, en vista de las
dificultades que surgían y que serian mayores á medida
que penetrase en la historia moderna y tuviese que ha*
blar de los actores españoles del drama de nuestra re-
volución, muchos de ellos vivos y residentes en Madrid,
me indicaron que me ocupase de otros asuntos menos
ingratos para la justa susceptibilidad y el orgullo espa-
ñol, humillado con la pérdida del Nuevo Mundo, tanto
mas cuando habiendo yo nacido allí, y considerando las
cuestiones bajo el punto de vista americano, era muy
probable, si quería llevar las cosos al estremo, que ni el
público ni los tribunales se declarasen á mi favor.
Confieso que la opinión de estas dos personas tan res-
petables y autorizadas, unida á la de otras no menos
dignas de tenerse en cuenta, me hizo meditar muy seria-
mente sobre el particular; y como yo, por desgracia 6
por fortuna, no sé escribir sin decir la verdad ó lo que
creo la verdad, lisa y llanamente, comprendí toda la gra-
vedad del caso ; y temiendo, no los riesgos personales,
sino las incomodidades, las impertinencias, las denun-
cias, las citas judiciales, etc*, adopté un término medio
que me escudase hasta cierto punto contra el peUgro que
me amenazaba, y me permitiese ^ la vez continuar sin
una larga y violenta transición, y sin romper el hilo de
los acontecimientos sucesivos, la serie de cuadros que
me propuse bosquejar.
Eso esplica la inserción aqui del siguiente fragmento
de 1810 á 1826, que salvo algunas lijeras modificaciones
de mera forma, está tomado literalmente del Cuadro
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— 489 —
POUTIOO, H8T0RIC0 T ESTADÍSTICO BE L4 AMÉRICA BEL
SUD, publicado en Paris por M. Fermín Didot, en 1827,
si no me es infiel la memoria. Como apmite histórico,
sin estar exento de errores, me parece en general bas-
tante exacto, y creo que llena cumplidamente el fin que
me propcmgo. Hubiera podido añadirle algunas notas,
pero entonces habría hecho un trabijo nuevo, de doble
ostensión, que me llenaría todo el yolíuaien> y me obli-
garía á estrellarme otra vez en el escollo que he querklo
y quiero evitar.
Hé aquí cómo se espresa el autor anónimo (se firma
A. de A.) sobre los sucesos concernientes ¿ la historia
del Rio de la Plata, desde la instalación de la primera
junta revolucionaría hasta un aiko después de la batalla
de Ayacucho, tumba definitiva del dominio espaSol m
América.
El establecimiento de la junta deBuenos Aires, dice, se
tfectuó con mas tranquilidad que en el resto de América.
£1 virey Cisneros informó ¿ los habitantes de los sucesos
déla Peninsula,y desuincertidumbre sobre la legitimidad
de su propia autoridad. El Ayuntamiento, valido de esta
declaradon, reclamó la convocación de una junta de
personas notables, para deliberar acerca del plan que de-
bía seguirse en tales circunstancias. En efecto, su pri-
mera reunión fué el 22 de mayo de 1810, con anuencia
del virey, y comenzó sus sesiones el día 25 del mismo
mes*
D. Juan Passo fué elegido para comunicar esta inno-
vación al pueblo de Montevideo, que se declaró por el
nuevo gobierno ^ pero las tropas desembarcadas de.Es-
dbyGoQgle
- uo —
paña, en uoa espedicton al mando del general Elio, die*
ron ftierza al partido de oposidon que formaban algunos
europeos.
Las autoridades del Paraguay, Córdoba y Ghuquisaea
se opusieron también al nuevo orden de cosas, y trataron
de disolver la junta, apoyadas por el virey, arrepentido
de su condescendencia* Pusiéronse de acuerdo con li*
niers, que organisó 2,000 hombres y asoló las cercanías •
de la ciudad de Córdoba, para impedir el acceso de las
tropas de la junta. £1 virey y los miembros de la audien-
da, declarados cómplices, fueron espulsados á Canarias.
Liniers cayó en poder del coronel Ocampo, geft de los
independientes. La misma suerte tuvieron Concha, últi-
mo gobernador de Córdoba, y los coroneles Allende,
Moreno y Rodríguez, que fueron pasados por las armas
en el monte de los Papagayos.
Mientras que las armas argentinas triunfaban en Cor*
doba, Elíot, capitán de un navio de guerra inglés, se de-
claró contra el moviíniento de Buenos Aires; pero muy
luego recibió orden de no mezclarse en las desavenen-
cias de este pais, de resultas de haberse quejado la junta
ai embayador inglés de Rio Janeiro.
El ejérdto mandado por Ocampo recibió refuerzos om
orden de marchar hacia el Alto Perú, donde se hallaban
reunidos los realistas, á las órdenes del coronel Córdoba.
Balcarce, gefe de Ocampo, los venció en las jornadas de
Santiago, de Cotagaita y Tupiza. Córdoba y Nieto, que
mandaban los realistas, fueron pasados por las armas,
consecuencia de la bárbara ley de represalias.
Asi, el ejército de Buenos Aires se apoderó del Perú
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— 441 —
bastn el Desaguadero, limite de aquel vireinato. Bakarce
leemplazó m el mando á Ocampo, con un aumento de
5,000 hombres. CastelU, miembro de lajunta, seguía al
ejército como gobernador del Alto Perú.
Guando se preparaban á invadir este pais, gobernado
por el Yirey Abascal, se recibieron proposiciones del
Ayuntamiento de Lima para suspender las hostilidades y
tratar de paz. Las bases estaban contenidas en articulea
presentados y aceptados por la junta, y se coadoyó un
armisticio entre CasteUi y el general Goyeneche.
Sin peligro por esta parte, Buenos Aires dispuso de 900
hombres, mandados por Belgrano para marchar al Pa-
raguay con objeto de someterle* Los paraguayos» maor
dados por Tedros, derrotaron & los argentinos en las ori-
llas del Tebicuarí. Belgrano, después, de una conferencia
con Yedros, se retiró sin ser molestado, en virtud de un
acuerdo que sancionó el principio de la separación de
esta provincia, la cual cayó poco después bsi¡o la influen-
cia del doctor Francia, que. la segregó completamente
del trato de los Estados vecinos, sin permitir entrar ni
salir á nadie en su territorio, ofreciendo un contraste sin-
gular entre su organización y la de las demás provbíUas
arrebatadas al dominio español.
No habia ya mas enemigos que temer sino Eiio, que,
alendo gobernador de Montevideo, tomó el titulo de ca-
pitán general. Artigas, rico propietario de la Banda Orien-
tal, creyendo que habia llegado la hora de proclamar la
libertad de sn país, y resentido ademas de un desaire del
gobernador de la Colonia del Sacramento, aband<mó la
causa real en 1811, y recibió socorros de armas y mnni-
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dones para esdtar la rebelión en su pro?taieia, á donde,
por orden de la Junta, pasaron las tropas de vuelta del
Paraguay para sostener las operaciones de Artigas en la
formación de guerrillas. El mando del ejército se confia
rié ¿ Rondeau, oficial distinguido, que habla sido prisio-
nero de los ingleses en Montevideo en 1807. Artigas y
Rondeau batieron en muchos encuentros al enemigo, con
especialidad en la acción de las Piedras, desde cuya ven-
taja los t>atriotas avanzaron hasta Montevideo, y coa
nuevos reruerzos se decidieron á sitiarla.
Habia en la junta dos partidos : Moreno acosaba á Saa-
vedra de abrigar miras ambiciosas; este, al primero, de
gefe del populadlo. Saavedra, para apoyar su partido,
logró que los diputados por las provincias parad con*
greso general tuviesen asiento y voto en la junta. Moreno,
ya sin influjo, hizo dimisión*, fué enviado en calidad de
diputado á Inglaterra, para solicitar la protecdon del go*-
biemo británico, y murió en la navegaeíon.
De estas disensiones partidpaba igualmente el ejérdto
acampado en Guaqui y en Iraicoragua, en tres cuerpos
á las órdenes de los coroneles Diaz-Velez, Viamont y Bal-
carce, general en gefe. Este y Diaz-Velez etm del par-
tido de Moreno, y Viamont del de Saavedra. Goyeneche
aprovechándose de esta desunión, atacó á Diaz-Velez ¿
pesar del armisticio, le sorprendió y arrolló en todas di-
recdones; la dispersión fué total. El vencedor se esten-
dió por todo d Alto Perú, y en consecuenda Puirredon
obtuvo el OAudo dd ejército, quedando Viamont de se-
gundo.
A pesar de estas venti^jas, los realistas no consiguieron
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- 44a —
sofocar la insurrección de las provincias conquistadas.
Gochabamba,Ghayanta ySantaCniz de la Sierra se inun*
daron de guerrOlas que entorpecian la marcha yietoriosa
de sus tn^ns, sin que les arredrase la amdttcta cruel del
general Goyeneche, que hacia pasar por las armas á
euantos caian prisioneros. Saavedra marchó al «jército,
que aumentó y proveyó de armas y oficiales*
El gobierno le depuso dwante su ausaida, acosándole
de ideas liberticidas, y de haber contribuido al destierro
de Larrea, Peña, Posadas y otros patriotas. Conseguido
este paso, sus enemigos solicitaron una mudanza en la
forma de goMemo, disminuyendo el número de los in-
dividuos de la junta que hacian las resoluciones lentas é
Insuficientes en momentos de crisis. En vista de estas re-
damaciones, el Ayuntamimito convocó una asamblea en
setianbre: en ella se decidió formar un nuevo goMerno
compuesto de tres miembros y dos secretarios. La elec-
ción de ios primeros recayó enSarratea, Chiclana y Pas**
sos; la de los segundos en Rivadeneira y Pérez. Por un
reglamento ó estatuto, se fijó el modo de r^ovadon
como sigue :
« La asamblea de los diputados délas munidpalidades
de las provindas debía reunirse cada seis meses para
nombrar el miembro saliente y una junta especial reno-
vada cada año ; estaba encarga(la de proteger la libertad
de la prensa, pronunciando en unión con el Ayunta-
miento, contra las infracciones de dicha libertad. »
Artigas y Rondeao sitiaron á Montevideo, y Ello no
podiendo resistir, imploró la protección del gobierno por-
tugués. La princesa Ourlota empleó su infliiio y envió á
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Elio QD soó6m> dé 4,000 hambres, bien provistos de to-
dos los medios neeesarios, á cuyo efeeto vendió dicha
pnncesa todas sns joyas. El generel Sonza, que mandaba
las tropas, estaba ya en marcha cuando Elío hizo propo-
siciones de paz al gobierno de Buenos Aires, que ñieron
aceptadas en noviembre de 181 !. Los portugueses debian
retirarse en virtud de este tratado^ y los de Buenos Aitai
evacuar la Banda (hriental hasta el Uruguay. Se levantó
el sitio de Montevideo 5 pero los portugueses, lejos de
retirarse, entraron en el territorio de la Plata, come-
tiendo toda clase de escesos.
Á esta sazón, el ejército paviota en el Perú sufrió otro
nuevo descalabro en Rio Nazareno, cerca de Suipacha.
ElgeneraLTristan, que mandábala vanguardia enemiga,
se apoderó de la provincia de Salta. La posición del go-
giemode Buenos Aires llegó á ser muy crítica* carecía
de íherzas para contrarrestar á los realistas y oponerse á
los portugueses. Sin embargo, envió 4,000 hombres coih
tra los últimos, y al general Belgrano, que mandaba en
el Perú, se le previno que se replegase á Tucuman. La
marcha de las tropas de Buenos Aires intimidó á los por-
tugueses, los cuales propusieron la paz, que se firmó el 6
dejiinio de 1812.
Poco antes de la conclusión de este tratado, se descu-
brió en Buenos Aires una conspiración contra los mieiíi-
bros del gobierno y los partidarios de la revolución. Se
hallaba á la cabeza de ella Alzaga, rico comerciante. El
plan fué descubierto, y los principales autores sentencia •
dos á muerte y decapitados.
El general Belgrano se había retirado á Tucuman, se-
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_ 445^
gan laB órdenes del gobierno, y habria continuado, sa
movimiento retrógrado si el pueblo no se hubiera opuesto
armándose y obligándole á hacer frente á las tropas del
Perú. Tristan le atacó el 24 de setiembre de 1812; pero
tuvo que retirarse con pérdida de 1,100 hombres entre
muertos, heridos y prisioneros. El glorioso sitio de esta
batalla fiíé señalado por la denominación de Campo del
Honor.
Entretanto se hablan tenido dos asambleas populares
en Buenos Aires, para la elección de los miembros del
gobierno. La primera, el 5 de abril de 1812, eligió á Puir-
redon, declaró que la supremacía de las provincias del
Rio de la Plata le pertenecia, y propuso alteraciones en la
Constitución ; esta fué disuelta por el gobierno como aten-
tatoria á su poder. La segunda, en 6 de octiAre, eligió ¿
Medrano, y se decidió á seguir los pasos de la primera;
pero el Ayuntamiento, el pueblo y las tropas se opusie-
ron á sus designios, y fué disuelta militarmente. A este
acto se siguió la ccmvocacion de una reunión popular el
8 de octubre de 1812, que depuso á los individuos del
gobierno, sustituyéndolos con Peña, Passos y Ponte.
Ello fué reemplazado por D. Gaspar Vigodet, que se
jactaba de destruir pronto la junta de Buenos Aires. A
mediados de diciembre salió Hondean de aquella ciudad
y avanzó á Montevideo. Vigodet le salió al encuentro el
31, y fué rechazado con gran pérdida. Sarratea se pre-
sentó con nuevos refuerzos á estrechar el sitio de la
plaza : esto produjo disgustos entre los partidarios de
Rondeau, que al fin se encargó del mando nuevamente,
por dimisión de Sarratea. .
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— 446 —
AproveeMadose Vigodet de las ftiérau navaled^qna
tenia á bu disposición, dejando la gaarnicion precisa en
la plaza, con el resto intentó poner el pié en las costas
de Buenos Aires. En efecto, el 13 de febrero de 1813
desembarcó con sos tropas en Is^ márgenes del Parani.
Era so objeto propordonar vif eres á los sitiados, redn-*
eidoe k la mayor estremidad. Noticioso de este desem*
barco el gobierno de Buenos Aires, destacó al coronel San
Martin con ana división de infantería y caballería. Este
intrépido militar aprovechó una llanura, y sin esperar la
infantería, empeüó una acción en que la victoria fiíó com-
pleta, m San Lorenzo.
Belgrano recibió orden de atacar á los enemigos del
Pera, y lo verificó dando la batalla de Salta el 20 de fe-
brero de 1813. Tristan y todo su ejército quedaron pri-
sioneros. Estos dos generales tenían relaciones intimas
desde la juventud; y días influyeron desgraciadlunente
en los asuntos politices : ambos americanos se abrazar
ron y convinieron en que las tropas peruanas volviesen
á Sus hogares. Tristan se retiró al Perú con su ejército,
después de haber jurado no tomar las armas contra
Buenos Aires. Esta generosidad no fué aprobada por el
gobierno : Tristan, reunido á la dWisionde Goyeneche,
se dispuso de nuevo al combate, desentendiéndose de
lo sagrado de su compromiso y de la responsabilidad
de Belgrano. El resultado de la victoria de Salta fué la
ocupación de una parte del Alto Perú.
La asamblea constituyente se reunió el 31 de enero
de 1813. Se componía de diputados nombrados por los
colegios electorales de las ciudades y pueblos del Rio de
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— 447 —
la Plata. Su autoridad ftaé réooüocida; así como el supre-
mo poder ejecutivo. Los miembros que componían esta,
eran i Peña, Pérez yFonté.
El ejército del Perú á las órdenes de Pezuela, sucesor
deGoyeneche y el de Buenos Aires, mandado por Bel-
grano, se encontraron en Vilcapugio al norte de Potosí.
La batalla fué sangrienta, Belgrano derrotado se re-
plegó sobre Ayouma, al norte de Chuquisaca : perseguido
por el enemigo, allí fué nuevamente batido.
Estos dos desastres produjeron un sobresalto estraor-
dtnarib en la capital, donde la opinión vacilaba y el cré-
dito del gobierno disminuía. Los miembros propusieron
concentrar sus fuerzas para aumentarlas. El gobierno de
tres se coúsideró embarazoso para dirigir el timón del
Estado eú momentos de crisis : en consecuencia fué anu-
lado en la asamblea del 31 de diciembre, y Posadas
nombrado director supremo con un consejo compuesto
de siete individuos.
San Martin sucedió á Belgrano, acusado en razón de
É\x última derrota : marchó hacia Tucuman con tropas
7 iñunicionés, disciplinó un ejército que en pocos días as^
Cendió á 3,500 hombres : formó guerrillas que intercep-
taron la comunicación entre las tropas enemigas, y las
privaban de todo gétíero de provisiones. Pezuela aban-
dono ¿Salta, Tarijay una gran parte del Altó Perú. Las
guerrillas de Cochabamba, mandadas pdr Arenales, con-
tribuyeron mucho á estas ventajas.
Al mismo tiempo se creó una fuerza naval para con-
trarestar la enemiga. La flotilla compuesta de dos ber-
gantines, tres corbetas y una goleta con tropas de des-
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— 448 —
embareo, se confió al mando de Brown, comerciante
inglés de Buenos Aires.
Los altercados entre Hondean y Artigas produjeron
el que este abandonase el sitio de Montevideo* San Mar-
tin pidió una licencia para restablecer su salud Hondean
le sustituyó en el mando del ejército, y Alyear pasó á
encargarse del sitio, cuya plaza empezaba á escasear
de Tiveres^ al fin reducida al último estremo, Vigodet
ofreció capitular b^jo condiciones honrosas que Alvear
aceptó. Este tomó posesión ^e la plaza en juqio de 1814,
quedando en su poder 5,500 prisioneros, y 1,100 fií-
siles, un parque completo de artillería y almacenes mili-
tares.
Artigas pidió se le entregase Montevideo, como llave
de la Banda Oriental, cuya petición ñié negada, y para
oponerse á sus tentativas, permaneció en las cercanías
una división á las órdenes de Soler, gobernador de dioba
plaza*
Alvear valido del influjo que le habia propordonado
este triunfo, logró el mando en jeCedd ejército del
Perú, y se puso en marcha con algunos refuerzos ; mas
Ronde^u que contaba con popularidad entre sus sóida*
dos, rehusó recibirle, cuya noticia supo Alvear en Cór-
doba, y retrocedió á la capital, donde le eligieron di-
rector supremo en enero de 1815. La insubordinación
del ejército fué uno de estos manejos de los jefes, y el
resultado inmediato, la división de las provincias decla-
rándose unas por Rondeau y otras por Alvear.
Hacia el mismo tiempo don Fructuoso. Rivera, cau-
dillo de la Banda Oriental, derrotó las tropas de Bu^u^s
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Aires, mandadas por el coronel Dorrego. Soler, des-
pués de este revés tuvo orden de evacuar á Montevideo,
Artigas la ocupó, y resuelto á atacarla provincia de Bue-
nos Aireé, marchó contra Santa Fe, y la rindió. Alvear
envió 2,000 hombres á las órdenes del brigadier Viana
y el coronel Alvarez para contenerlo.
Ponte, diputado por el ejército del Perú para depo-
ner á Alvear, se presentó también, de modo que este no
tuvo otro arbitrio que dimitir el mando para evitar la
guerra civil. Sin embargo, como le consideraban con
bastante popularidad entre los soldados, sus rivales pro-
Tocaron un movimiento popular el 15 de abril de 1815,
á favor del cual quedó depuesto.
En esta reunión pública se anuló la autoridad del di-
írector y de la Asamblea; el Ayuntamiento se arrogó el
mando supremo. Alvear se retiró entre las tropas acam-
padas á una legua, y esparció el rumor que intentaba
atacar la ciudad : ¿ esta vo^ el Ayuntamiento mandó ar-
mar á todos los ciudadanos, publicando la ley marcial ; se
ocuparon todas las avenidas, y en esta situación impo-
nente le enviaron diputados notificándole que, si no de-
ponía el mando militar, seria declarado enemigo de la
patria. Obedeció, y obtuvo el permiso de embarcarse en
una fragata inglesa mandada por Percy, que sirvió de
mediador en este acuerdo.
El Ayuntamiento nombró á Rondeau director supremo,
después de haber formado una junta de observación re-
vestida del poder legislativo, sustituyéndole Alvarez,
mientras se hallaba al IDrente del ejército donde era ne-
cesario.
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— 480 —
Guando los miembros de la administración se deshi-
cieron de sus contrarios, pusieron sus miras en s^etar i
Artigas, dueño de Sania Fe, y enviaron contra él una es-
pedición á las órdenes de Yiamont, que logró pocas ven-
tajas, mientras que Pezuela, reforzado por tropas euro-
peas, venció poco después á Rondeau, ^n la batalla de
Sipesipe, el 29 de noviembre de 1815.
Alvarez convocó los representantes de la provincia \
mas el pueblo sublevstdo le obligó á renunciar el poder
supremo. Balcarce ocupó su lugar, y la administración se
confió á una junta. El nuevo Congreso, reunido en San
Mi^el de Tucuman, procedió al nombramiento de undi^
rector supremo, y la eleccipn recayó en Puirredon, que
tomó las riendas del gobierno con aprobación general;
confió el mando del ejército á Belgrano, y envió refuer*
zps á San Martin, que ocupaba las provincias limitrofea
de ChUe. Este congreso declaró la independencia, del Rio
de la Plata en julio de 1816.
Los egemplos tristes de la desobediencia al gobierno
supremo hablan sido muy repetidos p^ra que pudieren
cicatrizarse de pronto sus crueles vestigios. La anarquía
levantó orguUosamente la cabeza. Artigas libre, marchó
i la Banda Oriental, y la guerra civil devastó aquel her-
moso suelo agitado por los emisarios del Brasil, donde
establecieron algunos gabinetes europeos sus talleres de
desorganización. Santa Fe, Tucuman, Mendoza y Monte-
video se separaron de Buenos Aires. Los indios salvages
interceptaron absolutamente las comunicaciones^ y todQ
el pais ofrecía la imagen del desorden.
En tal estado de agonía, se presentaron descarada*
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- 454 —
mente tes prup^idones de una tnuiaaetioD por medio do
principes estrangeros para gobernarlo. Los portogiiegei
se eoneeptuaban poseedores de la Banda Oriental « 99i la
cuestión se dirigía al otro lado del rio.
La Francia proponía al príncipe de Laca; el Austria
negociaba por el infante D. Pedro. Algunos pattriota» y
la masa del pueblo, descansando sobre su patiiotisiiiOi
la pureza de sus intenciones y las pruebas de un ewth^
tanto valor, rechazando todo convenio deshonroso i la
consecuencia desu independencia, sin influjo estraogarOi
bascaban ansiosos una mano capaz de dirigir con tim
sus generosas disposiciones. Por último» como sucede w
las grandes enfermedades flsicas, acontece en las poUtí-
ticas que se curan por medio de terribles crisis; asi su*
cedió en Buenos Aires en los primeros meses de 1821»
El movimiento fué tan simultáneo como suigri«9ito
para deponer las autoridades civiles, siendo de mas con-
sideración en Buenos Aires, por la mayor escala de
población y la reunión de los primeros corifeos de los
movimientos anteriores. Al fin, después de un sacudi-
miento espantoso, de acpiellos que produce el rencor po-
pular largo tiempo concentrado, nadó la calma que sigue
siempre, como conseqjaencia de una gran tempestad.
Los hombres ilustrados depusieron sus pasiones, y la
administración se depositó en los esclarecidos patriotas
D. BemardinoRivadavia,D. Martin Rodriguez, D. Fran-
cisco Cruz y D. Manuel García.
Estas personas estimables, que por sus destinos en
diferentes comisiones fuera del territorio se hallaban
exentas de las prevenciones que siempre engendran las
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— 452 —
facciones, se dedicaron con asiduo empeño á observar
sus males y á cicatrizar sus llagas, cuyo santo objeto
procuraron conseguir por medio de sabios reglamentos,
tomando por bases los principios siguientes :
a La organización federal del gobierno en sus detalles
dd)e sor obra de lo que manifieste la esperiencia, dese-
chando toda teoría, aunque sin salir de los limites de un
sistema representativo republicano. »
Se declaró la inviolabilidad de las propiedades, la pu-
blicidad de los actos de la administración, el olvido de
todas las disensiones pasadas^ la tolerancia religiosa y el
restablecimiento del crédito.
La creación de un Banco de descuentos en 1822 es uno
de los actos quemas honran á esta administración^ y que
mas útiles y beneficiosos han sido al país. Fué obra del
ilustre ministro Rivadavia.
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— 453 —
DE 1826 A 1846.
UYALU T EL EJÉRCITO LIBERTADOR.
En 1826, filé elegido presidente el esclarecido patriota
Riyadavia, quedeseabaardientemaite llevar acabo la or-
ganización de larepública. Por desgracia, el resultado no
correspondió i sus esf^^zos : triste es dedrio, pero el país
no estaba todavía preparado para las grandes mcgoras
que él se empellaba en realizar. La Constitución redac-
tada por el congreso general, convocado al efecto, encon-
tró una viva oposion en los caudillos de las provincias, y
Rivadavia, que era un verdadero patriota, resignó el
mando y se retiró á la vida privada. Sucedióle provisio-
nalmente D. Vicente López, que fué en breve reemplazado
por el coronel Dorrego.
n La presidencia .nacional, 6 mas exactamente el
hombre Rivadavia, dice el ilustre escritor argentino don
José Rivera Indarte, se revela en la historia contempo*
ranea por convicciones profundas, pero teóricas, por
una superioridad sobre los hpmbres de su época, sin
disfraz, y por consiguiente, irritante. Es un continuo en-
&ayo de sisf^^as sociales de altura eminente, casi si^ospre
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- 45* -
desgraciados, pero qae han dejado profundos surcos en
la sociedad argentina de enseñanza y de progreso. Hay
en ellos cosas que han caído por sf mismas. Otras tan
útiles y necesarias que todos los gobiernos se han visto
obligados á respetarlas* Han »ido obra sublime del po-
der de la mteligencia sobre la fuerza bruta. Veinte años
de guerra y trastornos políticos no han podido destruir
los gérmenes que ella sembró, y que se reproducen bajo
los golpes incesantes de lá hoz de la muerte. »
En 1825, el Brasil habia declarado la guerra á Buenos
Aires con motivo del ausilio que este prestaba á los su-
blevados de la Banda Oriental Incorporada al hnperio en
1823. La batalla de Ituzaingó ganada por los patriotas
el 20 de febrero de 1827, á las órdenes del general ar-
gentino don Garlos Maria de Alvear, obligó al emperador
don Pedro I á desistir de sus pretensiones-, y por mter-
vencion y mediación de la Gran Bretaña se firmó el 27
de agosto de 1828, una convención preliminar de paz,
cuyos principales artículos garantizaban la independen-
cia de la provihcia disputada, dejándola en libertad de
adoptar ta forma de gobierno que creyese mas éonve-
nimite 4 sus necesidades é intereses.
El I"" de diciembre de 1829, sublevóse m Buenos Airea
ana diviftimí del ejército que habia hecho la eampafta
éú Brasil, comandada por Lavalle (1). El gobernador
Dorrego y don Juan Manuel de Rosas, que ya entonces
figuraba ostensiblemente en la polítiea, y era coman-
dante general de las milieias de campaña, huyerop á esta
última y llamaron sus parciales i las armas. LavaUb
toa vendó ^Navane, tomó prisioiiero AOorrego^y
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— 4((5 —
cometió el atentado de mandarie ftuDar en el aeko (S).
Rosar ee asOó i la provinda de Santa Fe, voMó eon el
ejército de esta provincia, y en breve alcanzó en Puente*
Márquez un triunfo completo sobre las fuerzas de su adp*
TO^rio. Celebróse un tratado, y Lavalle se retiré á
Montevideo.
En 1830 fué Rosas elegido gobernador con facultades
estraordinarias y desplegó una conducta demasiado se*
vera. La supresión de la libertad de imprenta y de vbf-
rios institutos de enseñanza datan de entonces.
De 1833 á 1835, sucediéronse en el poder los generales
Balearee y Yiamont y el doctor don Manuel Vicente Maza.
Rosas fdé reelegido con fiícultades estraordinarias, y
desde esta fecha no descendió hasta que lo derribaron
de la silla del poder. Por espacio de 17 a&os suvoluntad
de hierro fué la única ley de la República Argentina.
En 1837) fundándose Rosas en una ley promulgada
diez años antes, quería que los franceses prestasen el
servicio urbano como los naturales. Continuos v€{}imeo
menes por su parte, y continuas reclamaciones de los
agentes franceses, especialmente deM. Á.Roger, obli*
garon al fin á la Francia á volver por su honor vulne*
rado ; y el 28 de marzo de 1838 se declararon en estado
de bloqueo todos los puertos de la Confederadon Ar*
gentina.
En enero de 1839 Lavalle, qoe se hallaba retirado en
Mefcedes, lejos de la política y de los sucesos, flié Invi*
tado por la comisión aigentina que se (ormó en Montfr-
\ideo, para que se pusiere al frente de nnacnuada que
se preparaba contra Koúb.
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LavaUe cimtestó al doctor doa Florencio Várela, co-
nüsionado ad hoc, que nü^tras no supiese á fondo las
intenciones de la Francia, no empuñaría las armas para
ayudar á oprimir á su patria.
Las mas solemnes protestas y satisfacciones le fueron
dadas.
De resultas de esto, pasó Lavalle á Montevideo,
donde esp^imentó muchas y gravísimas dificultades,
antes de verse en disposición de realizar su intento* Ai
fin el 2 de julio con 130 hombres embarcóse con direo»
cion á HartinrGarcia.
Desde alli escribía estos bellos renglones que reflejan
su alma heroica, su corazón tan patriota y americano:
« • . . en cuanto á mi, Vd. me ve en un camino único —
el de la Patria, — y aunque todo el universo se coi^''
rase contra mi yo iria á morir allij porque así me .lo
mandan mi deber y mis compromisos (1) . »
En Martin-Garcia encontrando nuevas dificultades m
los franceses para trasportar su pequeña división al Sur,
y viendo que la venida de Echagúe, general de Rosas,
al Estado Oriental, le dejaba libre el paso en Entre-
Rios, varió su primer plan que era ir á la provincia
de Buenos Aires, y dirigióse á la de Entre-Rios. Logra
desembarcar sin ser sentido, mont& su división y sein*
tema á lo largo del Uruguay. El 22 de setiembre se en^
cuentra en el Yeruá con las fuerzas de la provincia,
mmidadas por el g(d)emador Zapata, en número de
1,600 hombres, que acuchilla y destroza,, teniendo él
(1) Carta á don A. Lamas datada en Martin Garcia el 18 de julio
delS39.
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apenas 400 reclutas, pero si gefes y ofldales esodoites.
Vencedor en el Yeniá, Lavalle envió agentes y entró
en correspondencia secreta con varios ciudadanos de la
subyugada Corrientes, pueblo siempre enemigo de Ro-
sas (3), y el 5 de octubre de 1839, en varios puntos de
esta provincia estalló simultáneamente una revolución
que se logró sin disparar un tiro.
La variación del plan de Lavalle y el entusiasmo cau^
sado por la batalla del Yeruá, hicieron que muchos ha-
cendados del sur de Buenos Aires, siendo el principal
don Manuel Rico, y toda la Juventud que residía en sus
estancias, reunida á sus peones, precipitando la revolu-
ción preparada de antemano, se levantasen contra
Rosas, al mando de Castelli, hijo del célebre patriota de
1810. Al instante reunieron como 1,500 hombres.
Pero por desgracia carecían de todo ; y en vano se pu-
sieron de acuerdo con los buques franceses que vigila-
ban la costa-, en vano por medio de ellos pidieron ar-
mamentos y gefes á sus amigos de Montevideo. Rosas no
les dio tiempo para organizarse.
Contando Castelli con el coronel Granado gefe ene-
migo, que mandaba un cuerpo de veteranos en el Sur y
que fué Infiel á sus compromisos, cometió el error de
presentar batalla en Cbascomús el 7 de noviembre de
1839 con masas inorganizadas y casi desarmadas á las
fuerzas de milicias, de indios y veteranos que el gober-
nador de Buenos Aires, apenas tuvo noticia de su alza-
miento, envió á las órdenes de su hermano Prudencio.
Castelli- fué completamente deshecho como era de espe-
rarse ; pero es indudable que, sin la traición de Granado,
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— 458 —
hibria triimflido, y qae eUa ftié la causa primara de m
derrota.
Vencidos los revolueíonarios en Chascomús, los que
pudieron ganar la costa se embarcaron en buques firan*
ceses, siendo voluntariamente seguidos por mas de 800
gauchos. Llegaron á Montevideo y sin querer admitirla
hospitalidad que se les brindaba, sin descansar de sus
fatigas, embarcáronse de nuevo al cabo de diez dias con
direcdbn al Uruguay. Subieron hasta el Salto, camina-
ron de aUi por esta costa á la altura competente, vádea-
fon^el rio y se reunieron por fin á Lavalle en Corrientes,
en enero de 1840.
Ciertamente no comprenderá un europeo la magnitud
del sacrificio que hacian los gauchos, al abandonar su
runcho y su parejero, para encerrarse voluntariamente en
un buque, donde se ahogan y sofocan acostumbrados á
la vida hiquíeta y vagabunda de nuestros campos, á la
inmensidad del desierto, al aire impregnado de trébol y
suaves aromas que se desprenden de las cuchillas ves-
tidas de flores. El movimiento continuo es ima necesidad
tan vital como otra cualquiera para el gaucho, que vive
y se ha criado oicima del caballo, desde la edad de tres
años, ó mas bien desde que nace hasta que muere. Ifu-
chos hacendados de nuestra campafia, han sucumbido
en la última emigración, no de miseria, no por las fati-
gas militares, sfaio por el cambio de vida, por la tris-
teza, por la postración física y moral que se ha apode-
rado de ellos, al verse encerrados dentro de los muros
de Montevideo, stai un potro, para cruzar, libres como la
brisa que las perfuma, esas llanuras qué divisaban á lo
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— 4S9 —
lejos, y dirigirse como ea días mas fdiees ¿ suspugos^
donde el mate les esperaba en la puerta del rcmeho^ bijo
d Ombé, en \9í estancia veeina, así como el asado eon
cuero en medio de la algazara de una yerraj ó de viaje»
en el silencio de los campos, á la margen de algún ar-
royo, bajo la sombra de los Talas y Sarandies...
Solo asi se comprende fácilmente cuan insoportable
dd)e ser para el; gaucho, aunque sea por algunos inft<-
tantes, la inacción á que se ve forzado dentro de un bu-*
que, y el mareo que le quítalas ñierzas, leespei:ie á I9
risa de los otros, y acaba por desesperarle si se prolonga
mucho tiempo. Solo asi se esplica la aversión instin->
tiva, involuntaria que profesa al mar.
Conviene recordar, ademas, que estos gauchos que tan
espontáneamente iban á buscar á Lavalle, eran los mis-
naos que diez años antes habían peleado contra él en el
Pítente de Márquez y en Navarro.
Algunos meses antes (julio de 1839) Echagüe, después
de haber sometido á Corrientes había invadido la Banda
Oriental, con un ejército de 6,000 hombres, que iba au-
mentando á medida que avanzaba; y el 29 de diciembre
de ese mismo año, aunque logró sorprender al ejército
Uruguayo en Gagancha, fué completamente batido por
la reserva de este, que se componía de 1,200 ginetes.
En esa batalla memorable los orientales p.elearon uno
eontra seis.
Alentado con este triunfo, en marzo de 1840 abrió
Lavalle su segunda campaña sobre Entre-ríos, con un
ejército bisoñe, compuesto como de 4,000 hombres, casi
todos de oabaUeria. En esta provincia Echagüa ooo vm^
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— 460 —
TOS refuerzos de Buenos Aires, babia organizado, des-
pués de su derrota en la Banda Oriental, un nuevo ejér-
cito que constabade 3,000 caballos, 1,200 infantes y 10
piezas de artillería.
Entretanto las provincias de Jujuy, Salta, Tucuman,
Catamarca y la Rioja, al saber este suceso y los anterio-
res, se alzaron, se ligaron, y nombraron de generalísi-
mo, al general Brizuela, gobernador de la Rioja, hombre
que haUa sido de gran vigor y prestigio entre aquel
gauchage; pero que habia llegado entonces á inutilizar-
se enteramente y á embrutecerse con la bebida : copia-
mos literalmente estas palabras de un manuscrito que
tenemos á la vista.
£1 10 de abril de 1840 Lavalle atacó á Echagüe en
don Cristóbal. Las cargas desús escuadrones fueron tan
brillantes que en pocos instantes deshicieron complete-
mente toda la caballería enemiga. Echagüe protegido
por su artillería é infantería veterana, consiguió no sin
gran trabajo, situarse cerca del Paraná en el Sauce Gran-
de, entre la Bajada y Puntagorda.
La fisonomía característica de nuestras localidades^
y su conocimiento práctico han salvado muchas veces
á los que parecían enteramente perdidos. Situado E<Aa-
gúe donde hemos dicho, en lugares escabrosos^ sin ca-
ballería que .le ausiliase, casi sitiado durante tres meses
por Lavalle, habría tenido al ñn que sucumbir, si no
hubiera escojido la posición tan ventajosa de Sauce
Grande, desde donde podía comunicarse con Buenos Ai-
res y pedir socorro. Los 700 hombres que le envió Ro-
sas, al mando de Ramírez, reanimando sus batallones
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— 161 —
abatidos les pusieron en estado de resistir con éxito los
ataques de sus adversarios.
El 16 de julio, Lavalle habiendo recibido ciento y
tantos vascos redutados en Montevideo, armas, pólvora,
etc., atropello con su caballería las posiciones de Echa-
güe. Fuá rechazado sin pérdida notable, y se retiró á
Puntagorda, sin que Echague durante tres dias, le
siguiese ni saliera de sus zanjones. Esta fué la batalla
de Sauce Grande que se festejó en Buenos Aires como
un gran triunfo, cuando en realidad signiñcaba bien po«
co, mientras Lavalle, ausiliado por los ñ*ancese8, embar-
caba en un convoy que pasaba por el Paraná, á la vista
del enemigo, su ejército compuesto de 3,400 hombres.
El proyecto de este era demasiado notorio para que
se. escapase al general Pacheco, gefe de Rosas, que con
1,500 hombres, iba siguiendo el rumbo de los buques
por la costa occidental del Paraná, para privarles de ca-
ballos y ganados, é impedir el desembarco ; pero Lava-
lle, gracias al arrojo y decisión de algunos de sus jó-
venes compañeros, en la noche del 10 de agosto,
consiguió montar una división, se puso á su frente y se
dhrigió al Tala. Pacheco venia en marcha con la idea de
sorprenderle. Era una noche estremadamente oscura,
y Lavalle al sentir la aproximación del «nemigó, mandó
hacer alto y que sus escuadrones, lanza en ristre, espe-
rasen á que se aproximara. El éxito mas brQlante coro-
nó su audacia : la derrota fué completa; Pacheco perdió
allí la espada y unade sus espuelas, indicio seguro del
terror pánico que le acometió.
Uno de los episodios mas bellos y dignos de inspirar
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— ieí -
á un bardo americano, una de las mas altas leeciraes de
devoción y patriotismo que nos ha legado esa javenfxid
^eróiea, qne ha derramado su sangre, y hecho toda da-
se de sacrificios, sin mas lauro ni recompensa que el
santo amor á la patria y el deseo de libertaba, es sin
duda la audaz empresa que dio margen á esta victoria;
empresa llena de abnegación y sublime heroísmo.
Obligados á la brevedad por el plan que nos hemos
trazado, diremos en pocas palabras lo sustancial del he-
ebo que, en nuestro dictamen, los recomienda al apre-
cio y consideración de todos los verdaderos patriotas, de
todos los hombres de corazón que ven en la juventud la
esperanza y el porvenir de su patria. Debemos estos de-
talles i la bondad del señor don J. Maria Pelliza, joven
Argentino, amigo de la libertad, soldado de Lavalle, que
ha peleado también por la defensa de Montevideo.
El 26 de julio de 1840 el general Lavalle hizo llamar
á los jóvenes del Norte (1) y les espuso la situación
apurada en que se encontraba el ejército, preguntándo-
les sí se sentían capaces á riesgo de su vida, de propoF-
eionarle caballos en la provincia de Buenos Aires. To-
dos contestaron que sí :— corria por sus venas la sangre
de los héroes de Mayo!
Una vez decididos, se embarcaron en una goleta, co-
mo eon 250 hombres de tropa *, y cuando estaban en d
(1) Con sincero placer consignamos aquí los nombres de esos
Talientes : merecían estar escritos con letras de oro : don
José Iraola» don Gregorio Güerríco, don iost María Pelliza,
don Mariano Cahelino, don Pedro La Gasa, don Maruno Goll,
y algunos otros jóvenes agregados, cuyos nombres ignoramos.
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— 46a -
costado de la Espeditive donde Be hallaba LavaDe, e&te
los hizo llamar y uno á uno les habló en estos términos:
— Amigo miú^ por la patria e& preciso saerificarh to^
do,., es alta la empresa^ pero grande en sus resultados...
si como V, me promete^ me da solo diez caballos, yoes^
taré con V. á las doce horas de haber llegado ; montaré
esos diez caballos^ me haré de 500 y veremos qué hace
el tirano cuando me vea en la plaza de la Victoria... Les
daré á Vdes.patria^ si me proporcionan caballos /...
£n este lenguaje continuó hablándoles por algunos
instantes, y la unción de sus palabras penetró de tal modo
en sus corazones, que todos salieron de allí resueltos á
morir ó á realizar su empresa.
Todavía, Lavalle, inundados los ojos de lágrimas, les
dijo al despedirse apretándoles la mano : Me parece que
no nos hemos de volver i ver.. . — 5i, mi general^ contes-
taron ellos Qon acento varonil, con la confianza del que
conoce lo que vale y se siente flierte y ci^az de cum-
plir lo que promete.
£1 I"* de agosto á las ocho de la noche llegaron al
puerto de Cabrera, y cada uno de los seis jóvenes que
mencionamos, con 30 hombres, se dirijió por distinto
rumbo á realizar su intento, ó á sucumbir si no le era
posible.
Fuertes partidas enemigas hablan venido por la costa
acechándolos y |pritándoles las obscenas y sangrientas
palabras que forman el primer capitulo del Sistema Am/S"
ricanoy que ha inventado Rosas.
Venían á galope siguiendo la goleta para asesinarlos
cobardemente apenas tocasen en la orilla.
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— 164 —
Figuraos cual seria su situación.
Las olas embravecidas. •• la noche lóbrega y tormento*
sa. .. solos en la playa. • • con el sable en una mano y el
freno en la otra. • . . hundiéndose hasta la rodilla en el
terrreno fangoso y lleno de cañaverales de la costa de
Cabrera. . . sin poder distinguir el camino. . • mientras
el enemigo á poca distancia los buscaba y tal vez se ha«
liaba á veinte pasos!. . .
Horrible situación!
Nos falta espacio, sino narraríamos ampliamente este
suceso con todos sus detalles, que son interesantí-
simos.
Después de angustias y tribulaciones de todo género,
generosamente ayudado por los Casteses y San-Marti-
nes (hacendados del Norte) reunieron 2,000 caballos.
Layalle por obstáculos imprevistos no estuvo en el
pareye señalado en el tiempo convenido.
En fin, el 4 de agosto, con la primera luz del crepús-
culo, pasaron á la isla áelBaraderOy y esa noche, á las
ocho y media pusieron en San Pedro á disposición del
general 1,600 caballos y 800 vacas, habiendo quedado
sumergidos en los fangales de dicha isla, con algunos
soldados, 400 caballos.
' Todo el ejército prorrumpió en vivas al verlos llegar:
al otro dia bajó Lavalle, los hizo llamar y, vivamente
conmovido, les diríjió estas sentidas nalabras : — Mis
amigos j la patria recompensará algún dia este impor^
tante servicio. Vds, han llenado su misión de un modo
que no esperaba. Es preciso que me sigan : con 60 como
Vds. nada mas^ yo realisaria la empresa que ms pro-
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— 465 —
pmgo.-^Vds. han salvado al ejército^ reeibanpar medio
de míy el testimonio de su gratitud...
Al saber Rosas la derrota del Tala reunió activamen-
te las milicias del Sud y del centro de la campaña : llamó
las fuerzas veteranas de la frontera : formó entonces y
fortfficó con 100 piezas y 4,000 infantes, su campamen-
to de los Santos Lugares^ á 5 legaas de Buenos Aires.
A fines de agosto, la vanguardia del ejército liberta-
dor, deshizo con indecible facilidad en la Cañada de la
Paja^ á 18 leguas de Buenos Aires á las fuerzas del cen-
tro de la campaña, mandadas por los españoles Gonzá-
lez y Maestre, que huyeron al amago y sin pelear.
El 5 de setiembre, Lavalle, que habia marchado len-
tamente, procurando aumentar su ejército en el camino,
llegó á 7 leguas de la ciudad.
Son dignos de notarse los siguientes renglones de
una orden comunicada al ejército, al pisar la provincia
de Buenos Ayres : los tomaipos de uno de los manus-
critos que tenemos á la vista :
« Orden General del Ejército Libertador. — Cuartei
general en San Pedrcf^ agosto 9 de 1840. — Art. 4*>..m
Sres. ge fes, oficiales y soldados del Ejército Libertador:
en estos dias se va á decidir la suerte de la República
Argentina y la de todos nosotros. Dentro de pocos dias
nos veremos bendecidos por 500,000 Argentinos y cu*
biertos de gloria^ ó moriremos en los cadalsos del ti-^
rano, ó arrastraremos una vida ignominiosa y miserable
en paises estrangeros, mientras su rabia se satisface en
nuestros padres, esposas é hijos, ¡ Elegid, mis bravos
eempañerost Media hora de corage es bastante' para la
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— 46$ —
gloria y felieidad de la Bepi^liea Ar^eiUina^ y para
nuestra propia felicidad y gloria. El General en Gefe
tieneuna gran confianza. — J. Lávalle.
Nunca Rosas se ha encontrado en situación mas apu^
rada. La Francia bloqueaba süs puertos : las provincias
se habian alsado contra él : el general Paz en Corriente!
organizaba un ejército. El Estado Oriental se preparaba
para atacarlo : süs ejércitos completamente desmoraliza-
dos en el ulterior, huiansin pelear ante los libertadores:
nadie podia socorrerlo* El mismo Lopéz que^ desde lejos,
seguia la retaguardia de Lavalle, era tan impotente, que
habiendo atacado por tres yeees áSan Pedro, donde ha-
bian quedado los enfermos del ejército, fué rechazado
en todos por la escasa fuerza que 1q custodiaba.
Y Lavalle en estas circunstancias, no tenia mas que
estirar el brazo, para tocar <;on su lanza las puertas de
Buenos Aires I
Los masorqueros, cabizbajos y humildes andaban en
la ciudad abocándose con los que ellos llamaban sal*-
viyes unitarios, disculpándose y poniéndose en buen
lugar, — para que intercediesen con el vencedor.
£1 tirano mostró en esos dias cuan pusilánime y men-
guado es : apenas vio suspensa sobre su cabeza la espa-*
da de la justicia se preparó para huir. Su equipaje donde
iba una immensa cantidad de oro, robada á los pueblos
que tiranizábala los unitarios cuyosbienes confiscaba, es-
taba abordo; un buque inglés le esperabaen el puerto; y es
indudable que después de tantas bravatas hubiera huido
cobardemente, si Lavalle, penetrando audazmente en la
ciudad, hubiera prestado su apoyo y el prestijio de su
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— 467 —
presencia á los que alli le esperaban; creemos que os
alzamiento espontáneo y eléctrico habría tenido lugar,
y acaso en los Santos-Lugares también*
Nos hareferido una señora que, en esa época, se halla-
ba en Buenos Aires que era tanto el gozo por la llegada
áA ejército libertador, que los amigos de la causa se
reunían secretamente en sus casas á felicitarse y brindar
por los triunfos y la entrada de Lavalle. Era tal el en-
tusiasmo, que muchos hombres Ueyaban un chaleco
celeste, bajo el punzó que se yeian obligados á usar y se
quitaban desde que pasaban el umbral. Los viejos llora*
ban de placer, los jóvenes bailaban sin música 6 con
guitarra en las piezas mas retiradas de la casa... en fin,
era una especie de alegría loca, de vértigo y delirio
indefinible.
Bien lo pagaron después !
Se dice que Rosas lo supo, y que solo pronunció estas
palabras;— Se dí^j^ran, eh?... Está bien..^ mañanaserá
otro dia.
La vanguardia del €|jército del mas antiguo é impla-
cable enemigo de Rosas, se aproximó hasta divisar las
torres de Buenos Aires; pero de repente Lavalle, sin que
todavía se sepa bien el verdadero motivo, dló la orden
de retroceder. Su estrañaconducta ha dado origen i mu-
chas suposiciones. Se ha dicho que fué para sorprender
á López; se ha dicho que para reunirse ¿sus amigos del
interior y volver luego con fuerza competente. Se ha di-
cho también que Rosas envió un chasque con falsas co-
municaciones y que Lavalle engañado por ellas retroce-
dió. Lacasa» oficial de este úUímo, que hizo con él toda
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— 168 —
la campafia, y que ha publicado en el Nacional de Mon-
tevideo unnotable trabajo sobre ella, asegura que cerca
de 12,000 enemigos venian por distintas direcciones á
cortarle el paso \ pero sea de esto lo que fuere, el he-
cho es que retrocedió y que después de su retirada tu-
vieron lugar en Buenos Aires las tristes escenas de que
tanto se ha hablado en América y Europa.
Lavalle se dirigió á Santa-Fe, cuya capital defendida
por alguna infantería y siete piezas de artillería, tuvo
que rendirse el 29 de setiembre, quedando prisionera
toda la guarnición Junto con sus gefe y oficiales.
Las fuerzas que al mando de Garzón defendían á Santa-
Fe, ascendían á 500 fusileros y 7 piezas de artillería.—
Las defensas de la ciudad consistían : en ocho parape-
tos que cerraban otras tantas calles que terminaban en
la plaza mayor : estos parapetos estaban foseados, y en
todos, menos en uno, había una pieza de artillería. Las
azoteas principales de la plaza y la torre del Convento
de la Merced, situado en una de las casas, estaban guar-
necidas de infantes ) así como el edíñcío del Cabildo,
que es una verdadera casa-fuerte. — En el radio de
una cuadra de la plaza las azoteas principales estaban
igualmente ocupadas por infantes enemigos, lo mismo
que la torre del convento de Santo Domingo. La adua-
na, otra «asa casa fuerte distante dos cuadras de la pla-
za, tenia una guarnición de 150 fusileros : bien defen-
dido este edificio era intomable \ pero su defensa ais-
lada, no se ligaba con la de la plaza.
El 28 de setiembre de 1840, el general Lavalle or-
denó al general Iriarte que atacase la ciudad y la to-
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-469-
mase en el dia, pdrqae el campo que el ejército ocupaba
en Andino á des leguas de la ciudad estaba exhausto
de pastos; estos no se encontraban en una gran dis-
fancte y era urgente eonclnir la operación para que
les eaballds no se aniquilaren^ Solo se esperaba el re-
soltado para marchar á los pastos y aguadas del Cha-
e6. -^ La columna destinada al adaltd de lá ciudad
eonstaba de la dirision Vega 400 hombres de caba-
lleria, la legión Méndez 200 hombres de caballería,
la legión Salvadores 3S0 infacítes y 4 piezas de ar-
tiUeria« Total 1,000 hombres. — Los infantes y los ca-
rabineros de los cuerpos^ que echaron pié á tierra para
él asalto, formaban el total de 6fi0 hombres : 300 lan-
ceros, 100 de la ditiáion Vega, y toda la legión Méndez
permanecieron á caballo en reserva y de observación^
Antes de romper el movimiento se envió á la ciudad
nna mujer con una intimación á Garzón, á la que con-
testó únicamente « dígale V. que tengo pólvora y plomo. »
— En el momento á las 3 de la tarde, las tropas desti-
nadas al asalto se pusieron en movimento y entraron
en la ciudad sostenidas por 4 piezas de artillería, y ocu-
paron á viva fuerza algunas azoteas de que se desalojó
álos enemigos. Pero la noche se aproximaba, y se creyó
prudente diferir el ataque para el dia inmediato, por
evitar el desorden de un asalto en medio de la oscu-
ridad y librar la ciudad de sus horrores.
El 29 se tuvoque esperar un refuerzode 200 hombres
de milicias de Buenos Aires que el general Lavalle anun«-
dé que iba á mandar. Todas las tropas destinadas al
ataque se sobdividieron en pequeñas columnas de 200,
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— 470 —
100 y hasta 50 hombres que se apostaron en las callea
que afloian á la plaza ; se ocupó el convento de la Mer-
cedy y se dio orden que, sin esperar otro aviso, las co-
lumnas atacasen á un mismo tiempo las trincheras al
toque de « k la carga.» Esta orden fué ejecutada puntual-
mente, y este movimiento simultáneo aterró al enemigo
que sufría ya los fuegos desde algunas azoteas de la
plaza, que se hablan tomado de antemano á viva fuer-
za. — Toda resistencia fué inútil, atacados como se
vieron en todas direcciones en el mismo instante. El
Cabildo se defendió mas tiempo, pero al ihi cedió. Garzón
que estaba allí pudo retirarse á la aduana, cuya guar-«
nicíon capituló poco después.
La permanencia en Santa-Fe, fué fatal al vencedor.
Esta provincia tan insignificante por sus medios mate-
riales y personales, ha sido sin embargo, en todos tiem-
pos el sepulcro de los ejércitos, relativamente numero-
sos y fuertes de Buenos Aires, que la han invadido; y
la razón es muy sencilla : todos los elementos de nuéstea
clase de guerra son allí negativos : suma escacez de ca-
ballos; poquísimo ganado vacuno y lanar; aguas salo-
bres é impotables, escasos y malos pastos. Los densos
bosques del Chaco, quejempiezan á distancia dedos leguas
de Santa-Fe, y la mortífera yerba llamada mío-mio, que
los caballos apetecen y los mata á las pocas horas de
haberla provado, son otras tantas causas de efecto tan
sorprendente para los que no conozcan tan poderosos
obstáculos, para los que no sepan que por ellos Santa-
Fe es un pésimo teatro de guerra para un ejército inva-
sor. Pronto podrá el lector apreciar la importancia de
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— ni —
edtas observaciones, cuando hablemos de la jomada del
Quebracho.
Rosas reconcentró sus ñi^rzas en Coronda, y puso
bajó las órdenes de Oribe el numeroso ejército délas
tres armas que reunía en ese punto, y también á Pa-
checo, de quien estaba descontento desde el desembiurco
deLavalle.
En este estado se encontraban las cosas, cuando el
gobierno francés envió al Rio de la Plata ¿ M. Ángel
Rene Armand de Mackau, barón de Mackau, gran oficial
de la orden real de la Legión de Honor, vice-almirante,
comandante en gefe de las fuerzas navales de Francia,
empleadas en los mares de la América del Sud, etc., etc.
Este señor, condecorado con tanto titulo, llegó á
Montevideo el 23 de setiembre de 1840 y el 29 de
octubre del mismo año, firmaba á bordo de la Btmiovir
naise el ignominioso tratado que, en el Rio de la Plata,
ha hecho su nombre sinónimo de traición, como el de
Judas lo es de perfidia en todo el mundo civilizado.
<( El Estado Oriental, los pueblos y ciudadanos Ar-^
gentinos, que tan principal papel representaron en el
drama del Rio de la Plata, han sido innoblemente ven-
didos en este desenlace, que preparó la política impró-
vida jp desleal del goMnete francés.
« Un sentimiento unánime de indignación, de que en
igual grado participan los Argentinos^ los Orientales^
la crecida pobladofi francesa de estas paisas, y — pre-
ciso es reconocerlo — la marina misma, cuyo gefe celebró
el tratado que termina la cuestión, ha condenado seve*
ramente ese acto de ignominia, como contrario al honor.
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- 47« —
4 la dignidml y i la$ interés matemte$ de la Ftmh
cia , como una traición vergonzosa i sus aUodos m §1
Plata (1).}^
La Dota de nuestro minietro de relaeioaee exteriores
fecha 22 de octubre de 1840 (2) y los hechos y razones
alegaéos por el autor del folleto citado prueban (cap* II
y III) que la alianza de hecho y de derecho ewtia entre
la Francia, la Jtep^lica Oriental y el pueblo argentino,
representado por el ejercito del general Lavalle y Ul
^gftaeion de Montevideo : y el art. 3^ del tratado en
que Rosas ofipece 4 los Argentinoa proscritos anmii^a,
olvido del pasado y garaatiaSi es una amarga irrisión,
pn lazo torpemente tendido, que ni siquiera tiene ü
inérito de haber sido preparado con astucia; --* la reati-
laciop de ese artículo nada menos importaba que eui-
tregar i Rosas sus enemigos desarmados para que los
degollase á su satisfacción.
Esto es en lo que respecta i los Argentinos, veamos m
lo que respecta á los Orientales.
Por el art. 4"", Rosas debia de seguir considerasido en
estado de absoluta y perfecta independencia (estúpida
ironía, pues al ingerirse en los asuntos de nuestro pais
atacaba su soberanía) á la Bepúbliea Oriental sin pm^
juicio de sus derechas naturales^ toda vez que lo reelamm
la justicia j el honor y seguridad de la Cottfederaeion
Argentina. Es decir — que podía Rosas en virtud de ese
(1) Sobre la Gonyencion, etc., foU. de i20 pág., por el Pr. F*
Várela.— Imprenta de la Caridad.— 1840— pág. 40.
(2) Documentos oflciales» etc.^foU. de 32 pag. -*-Imp. del
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— 473 —
articulo (como lo hizo), desconocer nuestros derechos,
invadir y talar nuestros campos y ciudades, y degollamos
también, cuando la justicia, el honor y la seguridad
de la Canfederacim Argentina, que, como todos sa-
bemos, eran su capricho y voluntad únicamente, asi lo
En vano el imbécil que firmó esa convención, luego
que se vio interpelado por los mismos que traicionara,
ha querido sacudirse del fango de que se ha cubierto,
negando la alianza de la Francia con los Argentinos y
Orientales (1) *, pero aun cuando eso fuera asi, por qué
relación, por qué vinculo de ios que conoce el derecho se
hacreido obligada la Francia á incluir á la República
en el tratado que ha celebrado, si ella no era su aliada,
ó si lo era, cómo se ha tratado sin su participación (2)?
Este dilema -^ que puede aplicarse ¿ los dos pueblos —
con el que nuestro enviado el señor D. Andrés Lamas
interrogó al vice-abnirante, que nada contestó, reasume
toda la gravedad de los cargos, toda la mala fe é injus-
ticia de ese tratado.
A la verdad, es imposible leerlo sabiendo sus conse-
cuencias sin descargar una maldición sobre el que lo
firmó. Mucho convendría que los pueblos ameñcanos no
olvidasen esta lección*
Por el articulo V de la convención de 29 de octubre,
Rosas reconoció las indemnizaciones debidas á los fran-
ceses. Un poco de dinero, pues, y las serviles adulaciones
del tirano y sus ministros, fueron sin duda lo único que
(i) Documentos oficiales, etc., pág. 13.
(3) Foüeto eludo en la misma p¿g.
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- 474 -
9btii¥o Uac^u en pagq ^ su iprnaniota ; en pü» M
alzamiento del bloqueo, ele la devolueiim 4e la iala da
Martín García, repuesto el material de armamernto quo
tenia cuando (ué toma^da, y dos buquea maa, coa la
misma cláusula — eomo se convino en el art- S^ y
como se efectuó literalmente por el complacieata na0Q->
ciador (1).
AI leer los docmnwti^ do ^a épooa» y al ver el Qiod9
como los gabinetes europeos han copaiderado reoieat^
mente la cuestión d0l Plata, casi erip^mos (pie Mackaii
no ha hecho mas que yecutar las árchim de su gobmnB^
como él mÍ3mo dice : ,.. mongmímmmmU dorhtjévíoi
fait qu'eú^éwter les ordres (2). P«ro así mismo, f( si
ellas le prescribia^^baoer loque ha h^eha^ el ^Imimnl^
jamás debiá emargarse de una misim de deshonor;
debió imitar la conduela del se$íor BaudMy fon^fue f |
brillo que procuran los favores de unsi corte no borren
la negra mancha de una acción indecorosa (3). »
Los hechos por otra parte, debieron abrir los ojos é
M. Mackau, al considerar que todavía flameaba sobre su
fragata una bandera parlamentaria ouando los Argwtinos
y estranjeros eran degollados en las calles de Buenos
Aires : citaremos algunos — Nobrega subdito portugués,
Gándara ingles, Cladellas ahogado en unbaul^ Gonsales
(D. Lucas) españolea, Yarangot faaneés.,. y anterior-
(1) Véase el^tado ; se halla entre los documeiitos ofipialefk
JustificaüvQS del folleto sobre la Gonyencioii, etc.
(3) Documentos oficiales, etc., pág. 30. ^ Nota del barón de
Mackau al señor Lamas.-^ Gap. tiu.
(3) Sobre la Convención, etc., p¿g, ^
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— n6 —
«leiite Bade muerto por el mal trato que ae le daba ea
la cárcel, Buchi asesinado por la mas orea á mediados
del año 39, Dubué fusilado en Mendoza el 21 de agosto
de ia39 y los demás que cita ladarte en las Tablas de
Sangre : todos franceses !
Pero eso qué importaba I Meses después de su llegada
á Paris, Mackau fué nombrado ministro de la guerra.
|Ib las dos cámaras sostuvo luego la validez de la con-
f endon del 29 de octubre ratiflcada por M. Guizot : mas
de una vez ha tratado de hacemos aparecer como pue»
blos semi-salv2úes ft los cuales solo conviene un gobierno
despótico como el de Rosas. — El señor Page, su digno
eo)at)orador, ha escrito con este'objeto sendos artículos
en la Rbvista ds ambos Mundos,
En cambio el señor Bellemare, salió exprofesamente
de Montevideo para ir á poner en manos de los diputados
la protesta que, con fecha 11 de noviembre, les dirí*
jieron los Franceses residentes en Montevideo — ya de
antemano el noble conde Dubouchage, en sus pregun-
tas (1) y el gefe del gabinete en sus respuestas, tádta*
mente, ignorándola, hablan reprobado la conducta de sii
plenipotendario.
Y mas tarde Odillon Barrot, de Siéyes, BiUaut y 96
diputados que forman la lista publicada en el número
121§ del Patriota fkamcbs, asi como el gefe del partido
legitimista, el elocuente Berrier, y el mismo Thiers que
MI plena cámara (2) declaró salteador (brigand) á Rosas,
(1) Sesión del 15 de JnUo de 1840.
(9 86SÍ0B del 15 de nano de 1844.
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— 476 —
han demostrado la inutilidad, desdoro y torpeza de la
convención de 29 de octubre.
A principios de noviembre Lavalle recibió en Calchines
la noticia de la convención Mackau; y una sonrisa de
desprecio, indignación é ira reconcentrada, pero pro-
funda, fué lo único que le arrancó. El 23 se presentó un
soldado prisionero del ejército libertador con pliegos
dirijidos á este último por Mancilla, comisionado de
Rosas : el de Mackau, M. Halley, llevaba la comisión
de ofrecer indemnizaciones en Francia á Lavalle y á los
gefes escluidos en el art. S"* con tal que se adhiriesen
á él...
Lavalle y sus amigos rechazaron con desprecio las
ofertas que se les hacían : prefirieron morir peleando
como buenos á traicionar su causa.
El tratado Mackau hizo tanto mas daño á la revolu-
ción, cuanto algunos días antes, el 10 de octubre, á
consecuencia de haber el general Lamadrid sublevado
la Sierra de Córdoba asi como el Norte con su repen-
tina aparición por la parte de los llanos de la Rioja, la
provinciay ciudad deCórdobase habían levantado contra
Rosas. La revolución de la capital se verificó hallándose
dicho general á cinco leguas de ella en la Ghacarrilla,
por aviso que dirigió á sus amigos de su aproximación,
y de la intimación que había dirigido al gobernador
López.
El 21 de noviembre salió Lavalle de Ascochingas, á once
leguas de Santa-Fe, para reunirse á Lamadrid. Oribe
apenas tuvo parte de sus movimientos, emprendió su
marcha tras él con tropas frescas y bien montadas,
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— 177 -
mientr93 los ca()all08 ie wa eoutrvioa üm cayéad^-i
sele3 por el c^miuo, muprtosi ^6 esteouaeípii} fi4m^
un grví eonfpy de familias tífi^f^ y r4^r<}iit>fi su ipar««
cha.
£1 28 logró Oribe alcanzarlos en el QuebraQho, estaña
do desmontada I4 mit$^d 4e ^u caballerfa. JLayAÜQ vióse
obligado á aceptar la batalla; « El cyór^ito eQ^ij^o diM
el señor Lacasa, constaba de 4|000 caballos, 3,000 in-
fantes y 10 piezas : El portador de 3,000 caballos, 300
infantas y i piezas, pero de aquellos mas de 1,000 esta-
ban con el recado (montara) al hombro, asi es que en-
traron en linea apenas 2|S00 Roldados. » Después de la
derrots^ retiróse LavaUe 4 Céjrdova lentamente y sin ser
perseguido por Oribe.
Bien vengas mal si. vienes solo : el 12 de Enero de
18il por una inconcevible incuria y desmido del coro-
nel Yilela, }a división que mandaba fiíé sorprendida por
Pacheco, de noche, en Sanéala. Hó aqui lo que dice La«
valle acerca de la empresa que lehabia encomendado.
^ Esa ppeoma columna la habia yo destifUido á oeur
par la$ provincia9 áe Cuyo, donde á la saaon el fraiie
Aldao no podia oponerle sino 800 á t.QOO hombresil).
El general Acha operaba entretanto en San-Juw cm
la inteligencia y arrojo que revela el siguiente parte oíi-
Qial,
« El general Acha al mando de la legión Brizuela, es-
(i) Carta del general Layalle al general Ps^z datada en Salta el
3 octubre de 1841. — Nuestro amigo D. Andrés Lamas ha tenido
la bondad de facilitamos una copia de esta carta, de otra que le
luJüa franqueado el genoral D. Ignacio Alvarei.
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— 478 —
CQadron Paz, batallón Libertad y dos piezas de artilleria,
conduda á distancia de 12 leguas la vanguardia del ejér-
cito. (De Lamadrid que iba á invadir las provincias de
Cuyo.)
« La vanguardia habla ocupado la capital de San
Juan] el 13 de agosto y se habla montado perfecta-
mente. Empezaba á reunir lo necesiffio para auxiliar al
ejército, cuando apareció en las inmediaciones de la
Punta del Monte una división enemiga al mando dd ge-
neral Benavides.
« La legión Brizuéla bajo la dirección del valeroso
joven, teniente coronel, D. Crisóstomo Alvarez habia
salido en protección del coronel Oyoela que huía en ese
rumbo.
ft Al llegar á aquel punto se encontró con una y otra
fuena reunida, ordenó la suya inmediatamente, las ata-
có y arrolló en todas direcciones. Un momaito después
se descubrieron los polvos del ejército de Aldaó, que en
masa se acercaba á protejerlos. El general Acha enton-
ces, que con su columna seguia los pasos de Alvarez,
formó su linea y esperó á los enemigos que en número
de 2,200 circularon aquel puñado de vaUentes.
« En este dia tuvo lugar uno de aquellos acontecimien-
tos singulares en la historia. Nuestra división al empezar
dcombate solo constaba de 450 hombres : sucesos impre-
vistos le hablan arrebatado el resto de su fuerza, y hasta
sus dos piezas de artilleria se hablan inutilizado en los
primeros tiros.
(i La sangre corrió durante ocho horas, y el campo de
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— 179 —
Aogaco quedó consagrado el 16 de Agosto por un su«
ceso inmortal, por mil rasgos de un heroísmo ejemplar,
y por la mas espléndida yictoria de la libertad contra la
tiranía.
« El ejército enemigo fué completamente deshecho y
su infantería prisionera con todos sus bagajes y ele-
mentos de guerra.... n
Enseguida refiere Lamadrid la vuelta de Benavides
con nuevos refuerzos y la gloriosa defensa de Acha en
San-Juan, durante tres días (que no transcribimos por
ser muy estensa), y concluye diciendo que solo capituló
cuando $e le acabaron las municiones (1).
El general Acha capituló bajo la condición de respe-
tarse las vidas. No obstante, después que Benavides se
reunió á Pacheco, fué fusilado por su orden el 21 de se-
tiembre en el Desaguadero, y su cabeza clavada en un
palo en el camino que conduce á este rio^ entre la jRe-
presa de la Cabra y el paso del Puente (2).
La sorpresa de Sancalá, desbarató los planes de La«
valle y Lamadrid, que se retiraron á las provincias del
interior. El primero se dirijió ¿ la Rioja y el segundo á
Tucuman. Brizuela no prestó á Lavalle la cooperación
que debiera. En tanto, Aldao y Benavides invadieron la
Rioja : Brizuela nada, absolutamente nada hizo, hasta
que cayó en manos de los enemigos. A principios de
agorto, Lavalle pasó de la Rioja ¿ Tucuman, mientras
Lamadrid se ponia en marcha hada Cuyo *, y el 19 dia
(i) Parle del general Lamadrid impreso en el número 879 del
Araucano, periódico chileno.
(3) Palabras del parte de Pacbeco á Rosas.
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— 480 —
setiembre de 1S41 en los campoft de Fftmálla, el lügei
de la muerte coronó por segunda Ves oofi lauro de vietO-<
rihiaa baüderas de Rosas.
Se ha acusado á Lavalle por esta batalla y creemds
fue sin rason. El bko euanto estaba de su parte para
tritmfar ) pero la negra estrella que le perseguía^ como
ha dicho La Casa, inutilizó todos sus esfuer2os. Cuándo
Begó ó Tucumati , un traidor (Ferreyra) encargado de
Imerle en ese punto caballadas y vaquéanos, estaba de
aenerdo con los enemigos. Oribe venia en marcha, y Lil^
ttiU tuvo que salir inmediatamente de la ciudad^ c[ue
fué ocupada por Garzón;. <« Oigamos al mismo Lavalle :
« Dos dim medité profundamente sobre mi situación,
y mé resoM á atacar al eféreito enemigo^ siéndome
imposible caer sobre taparte mas débil en número qué
era la guarnición de la ciudad. Las razones porqué
me reéolvt á dar esta batalla tan desigual^ tas espon^
dré si algún dia se mé hace cargo del resultado. (1) n
Según esa carta, no tenia él mas que 1,300 hombres
de caballeria, 80 infantes y S piezas de á cuatro : el
^éreilo enemigo^ 800 infantes, 6 piezas de campaña,
ISOO hombres de caballería porteña, y 1000 santlague-
Sos : dé los cuales, descontando 200 infantes^ 400 ca-
ballos y 3 piezas que hablan quedado en la capital dé
Tiicoman á las órdenes de Garzón, siempre quedan
Í4CN) hondires contra 1380 : es decir, casi el doble ,
rin contar la desventaja de la artillería é infantería.
Solo asi es que sabían ganar batallas los tenientes de
(1) Carta citada ai genei^l Paz.
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— 4&4 —
Cinco días después, Lamadríd ñié igualmente
cido en el Rodeo del Medio (provincia de Mendoza). Se
ha pretendido que aun contaba con fuerzas considerables;
pero según resulta de los datos que el mismo general se
sirvió comunicamos en Montevideo en 1845, su reducido
ejército, era muy inferior al de Pacheco. Según sus
apuntes, apenas llegaba á 1,150 hombres de las
tres armas, mientras el de Pachaco se componía de
2,000 infantes, 1,300 caballos y 13 piezas de arUUeria,
mandados por él y Benavides, según el parte del mismo
Pacheco, publicado.
La batalla empezó á las 12 del dia 24 de setiembre,
con la derrota de toda la derecha enemiga y retroceso
de toda su infanleria, que se habia estendido hacia el
ala derecha del ejército de Lamadrid. Por cerca de dos
horas estuvo decidida la victoria á favor de este último :
pero la escandalosa fuga de uno de los gefes, después
de haber desobedecido todas las órdenes que se le dieron
para que cargase sobre la izquierda enemiga, la decidió
al fin á favor de Pacheco.
Lamadrid entró á Mendoza á las 4 de la tarde de ase
mismo dia, con 700 hombres de caballería, y se lanzó
con ellos á atravesar la Cordillera.
En el corazón del invierno, cuando cerrada entera-
mente por el hielo, corrían el riesgo de quedar sepulta-
dos bajo la lluvia de nieve que incesantemente cae en
esa época. A fuerza de amonestaciones y repetidas ins-
tancias, con gran trabajo consiguió Lamadrid que, á
algunas jomadas, se volviesen como 200 hombres. Iban
á morir de hambre y de frío y no quería ese valiente
6
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- l$2 -
fcteraM, qae se «acriflcaaen allí inútilmente, emnáo
podian ann sahrarse y consertar su vída^ para rendirla
mas tarde si él ydvla, ea el altar de la Patria.
Oetenjámooos un kstante.,.* contemplemoa á esa
pequeña, pero esforzada hueste que prefiere encontrar
digna tumba en la terrible Cordillera con su ^iejo adalid
á la eabeza, antes que doblar la cerviz al yugo. Séaness
permitido reproducir algunos versos que eonsagramos á
ea|e hecho tui glorioso como memorable en un largo
canto títulado CRUZADA ARGENTINA.
Lamadrid
alli vencido
Cual centella veloz despareció,
Entre loe pliegues húmedos del mairto *
Que flota de los Andes en la espalda,
Y corona, cual pWda guirnalda,
Las montañas que se alzan á sus pies :
Entre el mar de neblina, que á torrentes
En ondas de zafir, azul y plata,
De su nevada cumbre se desata
Y en nubes convertido cae después.
Seguido de un puñado de valioites,
Lanzóse ¿ atravesar la Cordillera
En el mes de setiembre, cuando era
E) frió mas intenso y matador :
Cuattdo el kiviemo en su mayor ernóza
Cristalizando el aterido sudo.
Alevoso encubría b8\)o el hido
La senda del camino al vb^ador.
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-411 —
Envano por do quiér aterradora,
De sempiterna níeye Inmensa faja,
Amagaba, cual fúnebre mortaja,
Tragarlos en su paso, al ronco sóq»
Con que el sonante casco de los potros
En la escarcha sus huellas imprimía...
La nieve, aunque glacial, se derretía
Al calor de su ardiente corazón!
Adelante! dedan, y á este grito
La atmósfera' en redor se ealdeaba,
Y la sangre eBdos venas eircuIdM,
Y volvía su pecho á palpitar*
Adelante! decían : y sublime,
Disipando la niebla aparecía
La Argentina bandera, que se via
De cima en cima, rápida ondear.
La catarata con su vos de trueno.
Con su áspero I^amido los torrentes^
Con su murmullo d viento y las eorrimites^
Con su lava el volcán atronador,
Saludándola en coro, con terrible
Y salvaje harmonía estrepitosa,
Callaban á una voz cuando radiosa
La miraban pasar, mientra el Cóndor,
Sus resonantes alas sacudiendo,
Al abatir su vuelo, con desmayo,
Cual si lo hiriese repentino rayo.
Se posaba en el asta del pendón;
Y sus ftthntneos ojos enclavando
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— 484 —
Eíi el Sol que en su centro relucía,
Con tremendo graznido se perdia
Del blanquecino espacio en la ostensión!
T ellos siempre adelante, y adelante!
Siempre adelante, con ardiente anhelo,
Resbalando cual témpanos de hielo,
Que furioso desprende el vendabal
De la cúspide azul del Illimani (t),
Cuando el rayo, que pasa de carrera,
Ya imprimiendo en su nivea cabellera
Sus fulminantes garras de metal.
Unos rodaban desde el alta cumbre
A los profundos senos de un abismo,
Y en su postrer, horrible parasismo,
Con sus trémulas manos, al caer,
En las grietas del hielo ansiosamente
Suspensos un momento aparecían,
Y luego, dando un grito, se veian
Al fondo del abismo descender!
Otros rendidos, sin aliento casi,
Postrados por el hambre, por el ftío,
Por las marchas continuas y el implo
Soplo del huracán abrasador,
Paraban el corcel, y reclinando
La cabeza en su cuello, — su bandera
Que se alejaba, — por la vez postrera
Contemplaban con intimo dolor!
(t) El cerro mas elevado de la cordillera después del Sorala.
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— 485 —
Hasta que yerta mano, por sus miembros
Cual serpeador reptil se deslizaba,
Y sus nublados párpados cerraba,
Y oprimia convulsa el corazón*
Hasta que helados, como estatuas mudas
Que un manto de verdura encubre leve,
Sepultados quedaban en la nieve,
O arrogantes encima del bridón !
Y siempre, siempre airado el enemigo
Siguiendo sus pisadas incansable,
Y rompiendo la nieve con el sable
Para sacar sus victimas de alli :
Y enseguida, la punta del acero
Enclavando en su pecho inofensivo,
Deleitarse en las ansias del que vivo
Conoce, al despertar, que va á morir!
Y esta ferocidad atroz horrorizará mas al lector
cuando sepa que era un sacerdote el que azuzaba á los
veneedores para que no diesen cuartel á los venddoe.
Un obispo, Santo Dios ! José Manuel Eufraeio, obispo
de CuyOy al que Rosas congratulándole por sus justas
anatemas contra los salvajes unitarios^ impíos enemigos
de Dios y de los hombres^ le dice : que resalta la verdo"
dera caridad cristiana^ que enérgica y sublime por el
bien de los pt$ebloSy desea el esterminio de un bando
sacrilego^ feroz, bárbaro^ etc.^ etc., etc. (1)
<c Este prelado se colocó al firente del gobierno de San
Juan y en ese doble carácter presidió á las horribles
(1) Oficio de Rosas á dicho obispo 6ae.-*5,483.
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— 166 —
escenas de fines de 1841 \ alli, ca^iá ia vista estaba cla-
vada la cabeza del valiente Acba ^ los enemigos de Ro-
sas bulan vencidos y sin esperanza^ y huyendo del puñal
que los amenazaba, eaian entre los bielos de los Andes
que se desplomaban 6<ri)re éüoA, Sra m espectáculo
tremendo, y ea medio de esta camieería, deboite de
esos desgraciados que knobaban con U^m los rigores de
la fortuna y de 1(^ elementos, el «M^ levmtAba su
báculo gritando : — muerte y esterminio á los venci-
dos!/! (i) n
Valerosos proscritos ! en los Andes^
Teñida en vuestra sangre, habéis escrito
Con vuestra espada en moles de granito,
Gigantesca una página inmortal ;
Que en ígneas letras en su cumbre un día
Mirarán vuestros nietos palpitantes,
Cual vio las tablas de su ley radiantes
£1 pueblo hebreo en Sinaí brlDar.
Al fin tras penas tantas, un sol purp
Rompió las densas nubes, y sereno
Entre las fgjas del pendón Chileno
Con tibio rayo vuestra sien cubrió.
America os aplaude y dice absorta :
« Modelos de constancia y fortaleza,
i< Levantad con orgullo la cabeza,
(( Alta^ muy alta, que os bendigo yó ! »
Pespues de enteles padecimientos, quedando algunos
buyo to. nieve, otros tuUi4oSf otros sin píes y sjn mano»,
(2) Andrés Lanas-^Apiíiiies bMHMi.
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— 487 —
ll«gftitm m eflBcto á Chile á prindpios dé o^id>r6. La
mas generosa protección les fbé acordada por parto d<^
gobernador de loe lüíides O. José Eradmo Jofré, el vecin-
dario de Santa Rosa, el gobierno déla capital, laepmk
dmi Argentina, j ai «dlor D. DbmingU Sarmiento.
El general l^amádrid, en eos fl^ntes, lo recomienda
repetidas veces, al referir los importantes servicioi que
Uso i a y á $08 proecritoa e(H&pañeros deade i{ue wpo
sn aproximacioii. Los que conocen al señor Siaunnieiito
saben que no es este el único titulo que tiene al epve^
eio de BUS compatriotas y de loa uaigos del pmbto 4r*
^ÉVlllItOk
La travesía de los Andes, realzada por las oir^tmi*
táñelas que bi acompañaron, merece ocupar un lugar
al lado delosheobosde armasmasgloríoeoB,y noea vane
decía la comisión Argentina al general Lamadrid en laa
notas que le dinjii con íedba 19 da setiembre y 8 d«
oebibre de IMI*
« Mticho ha perdido la República ArgetUina ; nm le
queda V. E. ^ le quédate sus valientes compañerm de
gloría; le queda mas arraigado el odio á su bárbaro
tirano, le quedan los huesos de sus hijos smnbrados en
los campos para recordarles que es precisa ser libres ó
morir como ellos^ si se ha de llevar el nombre argenUmo
« Hambres eapaces de concebir y ejeetUer taks pm^^
swnientos son dignos de la admiración que inspiran^ y
del lugar que desde luego les reserva la historia para
recomendarlos á la posteridad como modelos de patrio-
tismoy de elevación y de grandeaa. »
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— 188 —
Volvamos á Lavalle, á quien hemos degaáo en Fa-
maUa, eompletameate deshedio.
£1 enemigo persiguió per algunas leguas á los restos
del ejército , y con eneamizami^to al general en
gefe, qpie salió del campo de batalla como con 60 hom-
bres y se dirijió á Salta, donde llegó á principios de
octubre.
tayalle, según la carta citada al general Paz, habia
pensado hacer la guerra de recursos en Salta y no aban»
donar el territorio Argentino, sino en la última estremí-
dad ; pero en ese punto, el 5 de octubre, los escuadronea
de Hornos y Ocampos, no se sabe aun si espcmtanéa-
mentid ó impulsados por algunos snbaltemos, manifesta-
ron su decidida voluntad de atravesar el Chaco, y diri-
jirse á €k)rrientes para incorporarse al general Paz. La«
valle supo esta fatal noticia por los mismos jefes ; y en
la imposibilidad de contenerlos, los dejó partir. En la
noche de ese mismo dia se les incorporó el coronel Sa-
' las, los hermanos Camelinos, y algunos otros.
Este acontecimiento desbsurató los planes de Lavalle,
({ue, con poco mas de 100 hombres se dirijió á Jcguy.
El 8 de octubre llegó ¿ la ciudad á las 12 de la no»
che, y dispuso que se acampase su fuerza á distancia de
tres cuadras de ella en una quinta inmediata, y él con
una guardia de 8 hombres mandada por el teniente AI-
varez, su secretario D. Félix Frias, y su ayudante D. P.
La Casa se retiró al alojamiento que le tenia preparado
de antemano el gobierno de Jujuy.
Esta confianza, este menosprecio de la muerte cuando
estaba cierto que los enemigos venian siguiendo sus
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— 489 --
pisadas, praeban el tempA diamantino de su alma y el
brio inquebrantable de su corazón magnánimo.
En la mañana del 9 de octubre, al amanecer, la casa
donde estaba Lavalle ñié cercada por mía partida de 25
ó 30 hombres* Su ayudante vino á prevenírselo— I^avdle
le j^egunto únicamente qué clase de enemigos eran, y
contestándole La Gasa que eran paisanos :
■^Entonces no hay cuidado (respondió) t;aya Vd,j
cierre la puerta y mande ensillar^ que nos hemos de
abrir paso.
De allí á algunos instantes se oyó simultáneamente el
galope precipitado de algunos caballos y tres tiros.»;
Cuando entró La Gasa y sus compañeros, el primer
patriota de la República Argentina ya no eiistia !
« ün profundo dolor reunió alrededor de sus restos
á la pequeña división y se acordó transportarlos á Bo-'
lifria. (1) »
Cuando pasaron los primeros momentos de conster*
nadon, se colocó el cadáver de Lavalle atravesado sobre
un caballo, cubierto con su poncho. El general Peder*
ñera se puso á la cabeza de la flierza, y empezaron la
marcha.
No habían andado una legua cuando supieron que el
enemigo, por distintas direcciones, fracdonándose en
fuertes partidas, venia á cortarles el paso : pero ello» sin
desanimarse y atrepellando cuanto se les ponía por de-
lante siguieron su camino.
A cuatro ó cinco leguas de Jujuy, el valiente y leal
teniente coronel Mandila, se hizo cargo del cadáver; y
(t) La Casa— iVffd<maí citado.
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— 190 —
4la«ad* y^TMgiddo continiBmaate, «in alfijane «na
pulgada áñ él, estufo tres 6 cuatro veces por eaer m
peder de los enemigos.
. Pero la corrapeioo empeeó & apodeiarse del eadárer
jr en el temer que se les cayese á pedazos, lo desoama*-
ron en Rodero, mas allá de Humabaaea, entre doe meor
tañas, en una quebrada, á la margen de un riadiuBlOy
donde lavaron sus huesos...
Impulsados del víto ínteres que nos inspira tode Je
concerniente á Lavalle, hemos tratado de infonuamoa
de alguno que hubiese estado alli y hubiese visto eon
sus lyos lo iqpie nosotros hemos leido.~FeIi2ment0i el
coronel Dannel, antiguo veterano que ha hecho toda la
campafia con Lavalle, que era su ayudante y ha acom-
pañado su oadáf er hasta Solivia, bondadosamente, eon
la msgor voluntad nos ha referido cuanto podíamos ie^
sear, y hemos visto con placer que su relato coíndde
con lo que ha publicado la prensa de B(dívia y Chil#, re*
produeido por la de Montevideo.
En la persecución, nos ha asegurado el coronel Dmnel
que estuvieron cinco y seis dias sin comer : y cuando
al cabo de este tiempo obtenían un poco de mtíi crudo
en las rucharías de los mdios por donde pasaban» se
«onsíderaban muy felices y lo devoraban sin ma<i pre-
paración.
Los restos del cadáver fueron depositados en la cate-
dral de Potosí.
Algunas partidas del ejército memjgo pasaron tf ter-
ritorio Boliviano persiguiendo á los fugitivos. El genial
Urdimenea, jefe de la fronte ra, les intimó que inmedía-
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— 194 —
tatteiit» sa Forana bo pena de in^Ids como i eae*
mfgos : Oribe furioso y despechado redamó la estmdí*
cion del cadáver , el ooble jefe boUviaiio lleno de iadlg^
naeioii^ ni efquieraie dignó coQfeelarle* (1)
fli no hubiéramos sido tan serios, tan i^rtos que
h^nos apuntado únieamente los rasgoi mas lurta^
blesdecada suceso, según nuestro modo de comppm<>>
dedos, con gusto habríamos consagrado algunas pági-
nas á este virtuoso y digno soldado de Lavalle.
Son rarísimos Iok ejemplos de un afecto tan vehémeiih
to y de3hiter6sado,-*d0 mía fidelidad tan ae«idrada y
constante.
Mancíllaera un indio, gaucho de los que en IBSt pe^
learon contra Lavalle á favor de Rosas. Perseguido mea
tarde por este último, emigra y apenan aupo que su «n-
tiguo enemigo iba á haeeríe la guerra, se puso bajo
sue órdenes y desde que salió de Montevideo leacompafió
fiéhnente en todas sus campañas. Cuando se trató de
salvar el cadáver, se hizo espontáneamente cargo de él
y no lo abandonó por un solo instante : llegó á Bolivia ;
depositó sus restos en lugar sagrado^ constituyóse
guardián de ellos, y permaneció allí por mas de un afio,
hasta que los condujo á Valparaíso con destino á la fa-
milia del General. En Valparaíso, donde hoy esMea,
mnríó este leal y benemérito soldado.
Si algún dia la patria Argentina,^y ese dia ha de lle-
gar — ^recojo los huesos de sus hijos dispersos en los cam-
pos de batalla, ó proscritos en suelo eilranjero, y les
(1) Véase para mas amplios pormenores el articulo Rosas juz-
gado según sus propios documentos.
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— \n -
alza un monumento que eternice su memoria, al lado de
la wna del General LavaUe debe de coloearse la que
contenga las cenizas del Teniente Coronel Bfandlla.
tt Si alguna vez ha dicho á propósito de Rufino Vá-
rela un malogrado escritor, mártir de la ruda tarea que
se impuso combati^do sin descanso á la tiranía ; si al-
guna vez volvemos á esa patria viuda de sus mejores
hijos, le llevaremos la urna que contenga cenizas tan pre-
dosas, capaces de inflamad en niego patriótico á cora-
zones, de mármol. Cerca de ella irán á inspirarse los jó-
venes de una generación venidera, mientras que noso-
tros la regaremos con nuestras lágrimas, la honrarcasios
con. la religión de tan santos recuerdos, y con d olvido
de nuestras malas padones. (1) y>
Así se espresaba, cuatro años antes de su muerte, d
infatigable escritor que ha cooperado mas que ninguno
con su inteligencia, al sosten de la causa de la dvUiza-
cion en el Rio de la Plata. — Pobre Indarte ! cuando es-
cribía esas proféticas palabras muy lejos estaba de pen-
sar que en él empezarían á realizarse.
En efecto, en laórden g^eral comunicada al ejército
Correntino el 4 de noviembre de 1845, encontramos la
¡siguiente disposición de su general en jefe, entonces,
don José M. Paz:
n Art. 2° El general del ejército Imgo que la patria
sea libre del Urano que la oprime^ solicitará del gobier^
no de ella :
V Que los restos de don José Rivera Indarte sean
traídos á su sem^ y colocados con el honor correspondiente
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— -193 —
á sus eminentes servidos en un moimmento pnblieo,{í)vt
l>e8{mes de Famalla y Rodeo del Medio, la heroica ja-
ventad gue componia los dos ejércitos libertadores, end"
gró á los estados limítrofes y derramóse por la Keptt-
blica Oriental, Chile, Solivia y Perú.
Tomemos acta, antes de alqamos con ella de los
campos de batalla, y pongamos^ en paralelo la conducta
observada por los contendientes de una y otra eomnoion
politica. Admiremos el heroísmo, la lealtad caballeresca,
la clemencia y grandeza de alma, mayor en la adversa'
qae en la próspera fortuna, de los campeones de la noble
causa déla libertad argentma, tanto mas admirable
cuanto no hay crimen por nefando que sea, que no
hayan cometido los procónsules del tirano en las mi-
seras provincias que han caído bajo su yugo. Hable
Corrientes, Córdoba, Tucuman, Catamarca, San Juan,
Mendoza. Los libertadores ni fusilaban, ni perseguían,
ni insultaban anadie. Los seides de Rosas pasaban ácu-
diHIo á sus prisioneros : Lavalle les devolvía los suyos
tomados en Santa Fe; Acha respetaba la ^a de los que
se rindieron eu Angaco ; Várela (D. Rufino) defendía,
en una ciudad tomada por asalto, esponiendo la suya,
la vida de los que en el ardor del combate, puestos de
rodillas, clamando en vano misericordia, veían ya auna
pulgada de su pecho las bayonetas de sus airados ven-
cedores.... Ese mismo Várela que después fué tan vil,
infame, y traidoramente asesinado, al ir á entregará
Oribe con bandera de parlamentario á Garzón y demás
jefes prisioneros en Santa-Fe, que le vieron caer bsyo el
(\) Com. del Plata, núm. 53.
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pnBaldeimiSMtfiOytiB i&terpooMe «ntr&ély w li-
berador : sin a<M>rdarse siquiera eomo milittreS) ^e su
honor estaba empeñadoonque estevolviese m)r8éikso á
dar las grftctas di bombre generoso, que tan&oblesiente
habia roto sus prisiones t
Por mas que se reflexione, ha dicho perfe^^amenti el
séftor La Gasa, no se puede ym en los jefes y soldedoe
M ^érelto libertador masque un grupo de falientesq^e
han buseado en toda la esteñsion que se ene&wra Mbe
les Andes y el Plata, el sitio y el diapara eumpli^ su ju-
ramento de vencer ó m(H^r por la libertad de su patria.
89 han perdido una cuestión política en su derrota, han
ganado una cuestión mcnral con su constancia sin par y
con su muerte heroica*
En efecto, la pérdida que ha hedm la Rq^biica Ai^
gentina en esta crusada de jeüra y efldales distíngin-
des, muchos de ellos soldados de la guerra de la inde-
pendencia, es muy notable. Quiaíéranios tener el tienq^
pre<^, para leer detenidamente todos los partes ofl-
dales y consignar aquí los nombres de esos vicjíos
guerreros ^gentinos, que han puesto en la frente de
Buenos Aires una cor<ma de laureles, arrancados ra di-
Torsas regiones, peleando por la independmiGta ameri*
cana ; y han venido después i dejar sus huesos en los
campos de batalla sostenieiido los dogmas deesa rovo*
lucion inñiortal.
En la imposibilidad de hacerlo como deseáramos,
afiadimts algunos nombres que recordamos en este ins-
tante, & ios nombrados enteriormente.
Maciel, tomado prisionero en la frontera de Corrien-
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tes jrfüjyiaclo por orden de Oribe: Vilela,dd8|paeg de Fa*
malb : Grámmer muerto en Chaaeomvs : Mai^rala fax
Haohigasta : Rojas, en Catamare^ ¿ Salvadores» en Man-
do^: Sardina» en Tucoman.,..
¿ Y <iu4 diremos de la bravura y arro|o de la juven-
tud que acQmpaSió á Lavalle? No bay mas qye abrir Iq§
periédicos de la época para eaeonU'ar en eada swei9»
íéUi 6 desgraeiado, unn ó muahps raagos de vator* í^e^
astados eseiuáivamente por eUa.
V es digno de mencionarse que entre tantos ni^odbres
distinguidos el de Alvares es el mas notable.
Retsordamos seis individuos de este nombre (y todl^*
vía hay mas) que todos, menos uno, han sucumbido bi'^
zarramente sin desmentir la nol^esa de su raza»
D* €ri6óstomo Alvares, muerto ea San Juan; el
Dr. don Francisco Alvares, gobernador de Córdoba»
muerto en Angaco; don Zacarías Alvarez, jefe dd ee-
cuadronMasa, muerto en Sauce Grande \ don Eduiirdo
Alvares (hijo del general don Ignacio) muerto en esta
misma batalla; don Ignacio Alvarez, otro hijo del gene<^
ral muerto enFamalla; Alvarez, teniente, unodelosuMS
deeididos defensores del cadáver de LAvalle»
Con la desaparición de Lavalle consúmese la desorga*»
nizaeion súbita y completa de todos bs elementos rea*»
nidos y asestados contrA la tir^nia por el noble mártir
que aeababa dé morir.
En esa época un solo pueblo quedaba en pié : Cor*
rientes; pero Corrientes no hacia mas 9ie seguir el im-
pulso que le había dado anteriormente Beron de Astra-
da : Corrientes como Montevideo, no ha seguido pe-
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— 196 —
leando después, sino por sostener su independencia y
empeñada en la lucha por compromisos anteriores ; y
su principal conato como el de Montevideo, no ha sido
otro que el de salvar su independencia á todo trance.
Mientras la cruzada Argentina y la conflagraci<m que
produjo en toda la República, empezaron y acabaron con
Lavalle. Lavalle es respecto de ellas lo que el punto
céntrico de un circulo, respecto de las lineas que parten
de la circunferencia y vienen á confundirse en él. Si ha-
cemos abstracion de ese punto, las lineas mudan de po«
sicion y el circulo desaparece; Asi, muerto Lavalle, se
apagó con todas sus consecuencias y resultados la re-
volución que habia hecho nacer
(( El soplo de fuego que vida le dio. » (1)
Seriamos, sm embargo, injustos si noreconodéramos
con placer y orgullo que á pesar de todo : « La juventud
Argentina en la proscripciony obligada á ganar el pan
con el sudor de su rostro^ continuamente sobresaltada
por los infortunios de su patria y por los suyos propios j,
hostigada y aun injuriada por preocupaciones locales^ y
por el principio retrógrado, sin estimulo alguno^ ni es-
peranza de galardón, ha trabajado, no obstante cuanto
es dable por merecer bien de lapatria y servir la causa
del progreso. Ninguna desgracia, ningún cwUratiempo
ha entiviadosu devoción, niqu^rantadosu constancia;
y aunque en distinta arena ha combatido sin cesar co-^
mo los valientespatriotas con el fusil y la espada. (2)»
Si, titulo grande y patriótico es sin disputa la lucha
(!) Pacheco y Mitre.
(3) E. Ecbeverria.— Ojeada retrospectiva, etc., pág. 66.
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— 197 —
eacamisadá y no menos gloriosa que la juvHilitd Af-
gentína arrojada de los campos de batalla^ ha sostenido
después por medio de la prensa en el hogar del estraiH
jero. Sus robustos acentos han atrayesado los mares, y
hoy, gracias á ella, sabe todo el mundo civilizado que en
la rivera derecha del Plata, hubo un monstruo, un de-
monio en forma de hombre que se llamó Rosas. Toda
la América del Sud conoce los nombres de algunos de
esos dignos apóstoles, que llevan con tanto honor la
bandera del progreso. Ellos han demostrado ccm el con-
sejo y el egemplo que,
c( No solo es fuerte el que el acero esgrime
Y sabe diestro fulminar las balas.
El que de fiíego al pensamiento dá alas
Puede en la lucha descollar también ! »
Asi se han estrechado los vínculos que unen al pueblo
Oriental y al Argentino, y la libertad ha vuelto á encon-
trarlos juntos en eleamino del honor y de la gloria, con-
tinuando la bella tradición que nos legaron nuestros
padres al morir por la independencia Americana (4).
Tal ñié el desenlace de esta revolución, de este gran
sacudimiento social que conmovió basta en sus mas
hondos cimientos á la república Argentina y los países
comarcanos. Cuna y origen de los grandes aconteci-
mientos políticos que en estos últimos años han llamad
do la atención del mundo civilizado, hemos debido pre-
sentarlos, aunque rápidamente, con toda la conciencia é
imparcialidad de que somos capaces. I/)8 sucesos pos*
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— -IfS —
teriorés toi nAetén i Montevideo, al Brasil, ^ RmgMj,
¿ Gbnleiites y ti Entre-RtoB, estados y t>ro¥áieiai em
las eíialeíi se ha visto Rosas empeftado áptes y despaes
ep nusm» gaerras hasta que una cruzada «utiversal [hto-
mo^da eontra A por el Brasil, amqaiié pera siempre su
poder en Monimmer^y tanzándole á mendigar un asilo
del otro late de los mares.
(1) Ré aquí loft datos que hemos podido recojer acerca de las
campañas de LaTalle. Pocos generales habrán escrito con su
espada, una hoja de servicios tan gloriosa como la suya. Y sin
embargo que no la ofrecemos completa, y desconfiamos que algo
le falte, asi mismo ella basta para calificarle de %ér6e.
El general O. Jiua Lavalte nació el 16 de octubre de 1*^7.
En^ó á servir en 1812 ó 13, en el regimiento de granaderos á
caballo que mandaba el coronel D. J. San Martin. L09 primeros
ensayos militares del joven Lavalle fueron en nuestro pais, contra
Artigas en 1814 y 13; y la primera acción de armas en que se
encontró, el combate de Arérunguáy en clase de alférez. Pasó
deflpaes á Meadoi^ donde se organizó el ejéreito de los Aato á
las órdenes de San Martín; y en la batalla de Chacatmco^ el 12
de febrero d« i8i7, Lavalle que ja era teniente del mismo rai-
miento, empezó á manifestar todo lo que debia esperarse de su
valor. Siempre en el mismo cuerpo, hizo en clase de capitán la
campaña sobre el Mñule, y se encontró en hi sorpresa de C«M0te
ñnyaia el «9 de marzo éa 1818. Asistió á la baUUa de MMipé el
5 iñ tübril del mismo año; y en ella, como en la de ChaaUmco,
se distinguió como buen soldado. Después hizo la campaña al
Sud de Chile á las órdenes del general Balcarce : correspondió á
ISls esperanzas que de él se tenían como valiente en el bloqueo de
Taícahuano y en diferentes combates de eaballeria, que tavievou
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Itgar dttnBte wpHBHb .<8tinpllUu fin «gwfto de «fiO M enOiafcé
con su meginiiento, que b«cia parte M cjárc^td iiijiie<^c¿ooifto y
liberudor del Perú m^ná^áo por Bkn IlaKíA. 86 iMtUó bu 4íIb*
rentes «oiBibates, y mvo uiuí parte activa en la vietoiria del Ce¥tú
de Pcs6«, sirviendo á las éf denes del general ^reoates que bUib*
daba tma diviaM^n qiia iiiaiiiol)raba en la Sienra* Pimnovido 4
sargento mayor de su regimiento, fué poco después, mandanéo
1010 de sus esídiaiiffoiiea, el béroe áéí eombate de Rié Ban^f en
el qw, Tariaa (i^rf aa muy atrevidas que di6, decidieron la vio<-
toria. fin la acción de Pinchinehay Laralle mandó» á las évú^im»
M general colombiaiie Sacre, el contingente de caballería del
ejérciU) de los Andes, y por su brillante comportacion en esa jor-
nada, en que tuvo buena parte, ftié promovido á teniente epr^nel
de su regimiento. Hizo también la dep^strosa campaba de loa
Puertas íntermeéiot; bailóse en Tarata y en Moquáhua el U 4e
enero de i8S3, dimde habiendo sido berido el coronel de su re(Hi.*
miento D. E. Necocbea» se puso á su frente La valle, y combaUó
con tanta tenacidad y bravura que llenó de admiración i ios pa-
triotas y á los realistas. Sin duda fué alli, donde, protejiendo la
retirada del ejército, dié cuarenta eargoi enundiay medio. (Ser-
mi^to« -^ Vida de Quiroga, pág. i94.)
i>ec4)qes de esta derrota se embarcaron en Sama las lueiiMs
salvadas : « 4I b%qvie que conducta los granaderos á caHUo habia
mra4e, de modo que fué preciso d estes saUar d tierra^ y atra^
v^ar dpiéy siu recursos, un grande espacio de arena en donde
corrieron el riesgo de perecer todos dfi sed; pero al fin, salvos se
encaminaban á Lima (Apunt, sobre la sublevación dd Callao de
Urna en 1824 por el general D. E, Martínez. — Gom, del Plata —
245,) No obstante que Miller, en su magnifica descripeion de la
ceata desierta del Pera, diee : {Uemoriae, tom. II, pág. M) ...cerca
deew» eaddveres insepultos, esparcidos por ¡a lAgúbre mansm
del desierto, marcarán por siglos él camino que llevaron^ gp^fp^
tuaréu el recuerdo d^ sus padecimientos. »
En 1823 regresó á Buenos Aires condecorado con el grado de
coronel, después de baber establecido en las campaüas del Perú,
una Mllante reputacápn militar como soldado esfior^^P* J^ l<^
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— áOO —
años de 1826, 27 y 28 hHio la campaña del Brasil : mandó en el
combate del Yerbal : asistió al de Camacud y al de Ituzaingó^
mandando siempre el regimiento de caballería^ número 4, que él
habia organizado. Ya era coronel efectivo. Por su bello compor-
tamiento en Ituzaingó, como gefe de una división de caballería
á que pertenecía el número 4, fué promovido á la clase de coronel
mayor.
Emigrado á la República Oriental espedicionó sobre el Entre-Rios
en 1831 contra el tirano de Buenos Aires, pero tuvo que retirarse,
porque su empresa fUé malograda. En 1836 se unió al ejército
del general Rivera, y se encontró en la batalla de Carpmteria^
que habiéndoles sido adversa, le obligó á emigrar al Brasil.
En 1837 volvió á la República Oriental y peleó con su bravura
acostumbrada en la batalla del Paltnar,,^
Desde aquí se abre una nueva época, una nueva serie de triun-
fos, de rasgos de valor y patriotismo, que empieza con su partida
de Montevideo y concluye con su muerte en Jujuy.
(2) Una de las dificultades, quizáis mas grande que se presenta,
al inteiitar bacer la apología y juzgar á los hombres contempo-
ráneos, es la multitud de eslabones que todavía los ligan] al
mundo. La loza de la tumba cubre susbuesos; pero su nombre
vivo y palpitante, sin el prisma de los años, se ha encamado en
las creencias de la multitud, vive de su vida, y al mismo tiempo
que un himno canta su apoteosis, un eco del infierno, compuesto
de todas las pasiones mezquinas que heredamos de Gain, le arroja
una maldición tremenda. ¿De qué parte está la justicia? Merece
ó no la glorificación ó la infamia?
La posteridad lo decidirá. Entretanto, cada hombre puede Juz-
garlos según le dicte su conciencia.
Podemos equivocarnos, pero en cuanto á Lavalle, tenemos la
convicción profunda que es digno de la mas alta y grandiosa
idealización.
Fué un verdadero patriota y un noble mártir de su altas creen-
cias; magnánimo y generoso hasta en sus errores.
Sin embargo, hay una mancha que empaña sos laureles... pero
él la ha lavado con su propia sangre muriendo por su patria.
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— 204 —
Creemos que la muerte de Dorrego fué un girande error polUíco
y nada mas. No es aquí el lugar de entrar en esplicadones, pero
si Napoleón que era un genio, pudo fusilar al duque d*Enghien
(1804), qué estraño es que Lavalle se equivocase después de la
revolución del i"* de diciembre, en una época tan azarosa como el
año 28? Y en fin, si en el cielo hay piedad y perdpn para el
culpable que se arrepiente, por qué en el mundo impío no ha de
haberla para aquel que, si comete un crimen, tiene la nobleza de
confesarlo, y apenas conoce el mal que ha hecho, cruza los
brazos, baja la cabeza, y, vertiendo sincero llanto le dice con el
acento del dolor : juzgadme! Guando espía su falta con largos
años de sacrificios y patriotismo, cuando cae sin vida al pié de
la bandera de la civilización peleando contra la barbarie y la
tiranía?...
Involuntariamente nos olvidamos que escribimos una nota.
(3) £1 heroísmo de Corrientes es admirable. Seis veces ha sido
invadida : y cuando no se ha ceñido de laureles, ha caído peleando
valerosamente. En la primera invasión (marzo de 1839) fué de-
golUida mas de la mitad de su ejército en la batalla de Pago^
Largo. En la segunda (enero de 1840) López llega hasta el río
Corrientes, en busca de Lavalle, y retrocede espantado al no ver
una sola persona en un radio de muchas leguas; tan espantado,
que ni siquiera se detiene en Entre-Ríos , sino que repasa el Pa-
raná y se vuelve á Santa-Fe. En la tercera (octubre de 1840)
Echagüe, que la habla invadido creyéndola indefensa, la abandona
precipitadamente, al encontrarse con un ejército débil en nú-
mero, pero fuerte en disciplina y entusiasmo, organizado por
Paz. En> la cuarta (setiembre de 1841) destroza completamente
en Caa'gmzú el 28 de noviembre al ejército de Echagüe. En la
quinta (enero de 1843), á consecuencia de la batalla del Arrogó-
Grande, es sometida de nuevo : — pero muy pronto los Mada-
riagas, vuelven del Brasil en donde estaban proscritos, enar-
bolan su bandera y la libertan de sus opresores. Y en la sexta
(febrero de 1846) reduce á la última estremidad á Urquiza, que se
le escapa de entre las manos, gracias á la superioridad de sus
caballadas.
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(4)D60é9 lol primivos cobIbMc» áh la gmna de la ladepen-
deacia los nombres de Orientales 7 ÁrgenUiios kaü diridido les
lasreles y loe infortui^os, en aquella lucba ínmortaK
La aattgrftOvieDtal j ÁrgentiDd se eacueotia neselada, en noa
mlBiBa üa» desde 1810, en las eríUas del Piala» del H^ogiiay 7 del
Paraná 3 y después en los den eampos de batalla q«e se Ihmi
abierto al fné de loa Andes en aqnella gnerra de tHaiPes.
Este magnifice recuerdo de (^etia nacional, eatá oonsignade en
«na de laa eaUe» de Montevideo : el doonnMnlo ofieial dé ees
nomenclatura, uno de los mas bellos timbres de su antor, el seüor
U. Andrés Lamas, lo espresa con las signientes palabras : —
« ¿#f Andes fcc» vitío tiMfte é $w piáB, deiée U$ <me$$a
ée Ckaeá^neo hoita las flAOa* del Chímb^raxo y d§l C^réenkankl,
los mas gloriosos campos de batalla de la guerra de la Mepmf'
deneia Sud Americana, En ninguno de eUos dejarm d$ brtílar
km espadas del Ria de la Plata, y en muy pocos las de su margen
éfimal, » (Nae. ^ Nta. 1335.)
Los Orientales, en efecto, asistieron á ese gvandioso drama, no
snlo como soldados, oficiales y gefes de los ejércitos Argeniinee,
sino también fonoando un cnérpoespecial. El batallón, número 9,
qne salió de Baenos Aires para el Perú en 1^14 al mando del
coronel B. Manuel Vicente Pagóla, y qm sostuvo tan dignamente
rtbonordelas armas republicanas, era compuesto totalmente de
Orientales.
Mas tarde en Ituzaingó, Juncal, Yerbal, Bacacay, Valles y tantos
otros combates de glorioso re(^fórdo,;^Argentines y OríentaleiB
pelearon reunidos bajo un mismo pabellón, ya acariciado por te
brisa de te victoria, ya despedazado por el aliento alnrasador de
te metraUa.
Decimos que pelearon rranidos ba^ el pabellón Argentino, pev-
qne aimque en 1825 el general Lavalleja desembarcó con te
bandera tricolor de 1815 y id, fiíó suprimida poeo despnes : y
baata el i8 de dtelembre de 1838 no tuvimos otra bandera que te
Argentina (Véase élBiario de sesiones de la H. A. €k>naUtuyenie,
Kúmero 13, tom. I, pág. iOi), en que te naf^onal ftié creada por
ley especUl de ese dia.
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- Í0S *-
y en fln, m toda la pretente guerra te han lÁito mexéUOoe lea
nambrei Argentina con los Orientale$ en la lucha santa, en que
la paciencia y el valor te han puesto 4 prueba. Junto al nombre
del general Bivera te alza el M general Paz i al M» éelosde
Medina, Aguiaf^ Luna, Silta, Fletes y tíros^ sé encn^tutn el del
ministro Pacheco y Obes, Baez^ (Havarria, Hornos y otros en el
ejército en campaña. En el de h^ capital : esos mismos nombres
Orientales y Argentinos se confunden, y en el dia que la poesia
distribuya sus coronas^ y vaya cantando las victimas que murieron
en defensa dé esta tierra, encontrará repetidas ocasiones de decir,
que si un dia cayó valiente D. Guillermo Aguiar, no menos bravo
cayó en otro el esforzado D. Prudencio Torres. (Apuntes Histó-
HeMM ^tio4»]fOfttefidt«porD«F.Wri9bmág.9l4^
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— Ui
ROSAS Y SU SISTEMA.
(Publicado en la Ilustración de Madrid el 5 de julio de 18S1 J
¿Qttién es Rosas? ¿Qaé rqNresenta? ¿ Qaé se propone?
Sns parciales de América y Earopa le pintan como un
genio que domina los acontecimientos , los hombres y
las cosaSy como el único eminente politico, capaz de
regir la República Argentina y labrar su felicidad.
Sus enemigos , que no son pocos , le niegan hasta las
mas insignificantes cualidades.
Entrambas opiniones son erróneas á juicio nuestro»
y vamos á probarlo , dando á conocer los medios de que
se ha valido para llegar al poder y vincular la dictadura
en su persona. Su £pioso sistema americano, al que
plumas ignorantes ó engañadas, venales 6 serviles, tan
torpes é inmerecidos elogios tributan, aparecerá en toda
su repugnante desnudez , reflejado en algunos de sus
propios documentos públicos, insertos en los periódicos
de aquel pais y muy principalmente en la Gaceta mer-
cantil de Buenos Aires , el órgano oficial de Rosas y su
jauría de dogos carniceros.
Aun asimismo desconfiamos que se dé entero crédito
á nuestras palabras. Tantos y tan increíbles son los aten-
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— 205 —
tedos , Ifts aberraciones y lod crimeñes de fóe hombre
fonesto , ^e en nuestros diád ha alcalizado una triste
celebridad, porque dotado deí genio del tíial f favorecido
por circunstancias especiales , representando uria farsa
horrible , ha sabido imperar despóticamente por espacio
dé teinte años en el Rio de la Plata, y hace die2,— desde
la famosa cuestión con la Francia, — ocupar vivamente
la atención del mundo civilizado.
Rosas no es un hombre vulgar ; ál contrario, su volun-
tad de hierro, su energía y perseverancia, encaminadas
al bien hubieran labrado la felicidad de su patria ; pero
con stts resabios de gaucho malo (1) con su poca ó nin-
guna instrucción , con su ferocidad inaudita , no es otra
cosa que la encamación viva del principio retrógrado ,
estacionario y estéril del régimen colonial, en pugna con
(A progresista, regenerador y fecundo proclamado por la
revolución de 1810: es la personificación mas alta del
caudillaje , de esos cacicazgos que han surgido de la
anarquía y que mantienen á la América eñ lucha eterna
y en un estado comparable solo con el de los más átr^r
dados pueblos del Asia : es , eñ stuna , la síntesis inás
completa de los odios de raza , de los instintos ciegos ,
fibroces , estúpidos del salvaje contra todo lo que sale dé
la esfera de sus hábitos y preocupaciones; del predominio
dé la fuerza bruta sobre la inteligencia *, del desborda-
miento de todas las malas pasiones que han despertado
y embravecido , en la mitad del continente americano ,
los abusos y males hiherentes á los gobiernos coloniales,
(I) Los gauchoi son los babitanies de la campaña^ j]mmh$
los que se ban distioguido por sus delitos.
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— 206 —
las ambiciones de los caudillos , la profunda ignorancia
de las masas , los estrayios de los partidos, los intereses
encontrados de cada localidad , y la relajación de loe
vínculos sociales por la guerra civil.
No hay un solo hecho de la vida pública y privada de
Rosas que no tenga su esplicacion satisfactoria en algimo
de esos antecedentes.
Los estrechos límites á que por fuerza tenemos que
sujetamos, no nos permiten entrar de lleno en su análisis,
ponerlos de relíevecontodo el detenimiento que merecen.
Entonces probaríamos las muchas inexactitudes y errores
en que han incurrido é incurren diariamente los que
pretenden esplicarnuestrosfenómenospoliticosy sociales
por sus ideas y teorías europeas. Detrás del Altántico
hay otro mundo moral,— campo vastísimo é inesplorado
por la ciencia , — que está aguardando un observador
inteligente que penetre en él y revele ala £uropa atónita
el secreto de la actual sociedad Híspano-Americana, el
desarrollo de su vida , el choque , la asimilación y
absorción mutua de los elementos heterogéneos que
hierven en su seno, y mas que todo eso, la marcha fatal,
inevitable , de sus diversas razas hacia la unidad de
creencias , leyes y costumbres , en medio del combate
tenaz y á muerte de las ideas con las bayonetas , y de
la civilización y la libertad contra la barbarie y la tiranía.
Concretándonos por ahora al Río de la Plata, ¿ nada
dice, nada enseña la desesperada cuanto gloriosa resis-
tencia de Montevideo , que en ocho años de asedio ha
resistido heroicamente á la fatiga, al hambre, ala miseria,
prefiriendo hundirse entre ruinas como Sagunto y
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— 207 -
Numanda, antes que doblar la rodilla al opresor de los
argentinos? ¿ Nada dice , nada' ensefia el armamento
voluntario de esos millares de estrangeros , españoles ,
franceses, italianos , ingleses , comerciantes, artistas, ó
artesanos honrados y laboriosos , que abdican basta su
oadonalidad (1) y prefieren la muerte en las murallas de
Montevideo, al reposo, al bienestar y quizá la fortuna en
Buenos Aires? ¿ Nada dicen , nada enseñan las perdu-
(i) Los estrangeros no habían pensado én armarse hasta que
Oribe espido una circular el 1*" de abril de 1843 á los cónsules
residentes en Montevideo, en la que se mostraba dispuesto á no
respetar sus propiedades ni sus vidas. Guando nos ocupemos de
la defensa de la plaza sitiada, insertaremos ese documento ini-
cuo. Con este motivo, mas de mil españoles y seis mil firanceses,
ingleses, italianos, etc., se reunieron espontáneamente y acudie-
ron al gobierno pidiéndole armas, y el gobierno accedió á su
deseo. —Un cónsul vendido á Rosas y el celebérrimo almirante
M« Massieu de Glairval levantaron su voz oficialmente y decla-
raron que los que tomasen las armas perdían su ciudadania, y no
serian mas protegidos por ellos ni por su rey. Los firanceses que
solos pasaban de 4,000 hombres, no se arredraron por eso. El
cónsul y M. de Glairval intrigaron de mil modos, y hasta tuvieron
la impavidez de convocar á todos los gefes de estaciones navales,
ministros y cónsules estrangeros para recabar por la fUerza el
desarme de las legiones y obligar al gobierno legal de la Repú-
blica á capitular con los invasores. Todas sus amenazas y ten*
tativas se estrellaron en la decisión de sus compatriotas. El almi-
nnte despechado exigió que los franceses no usasen en adelante
IthiaBdera ni las insignias de su nación; doro sacrificio al que,
después de una porfiada resistencia, se prestaron los legionarios.
El gobierno en gratitud los declaró nacionales^ y les concedió
todos los derechos y franquicias que gozan los hijos del país. Este
solo hecho demuestra bien cual era la guerra que hacian Becas y
sus tenientes.
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r^les gmsrr^ deRpsas con 1^ prov}a<ím 4^.1^ «m^
federación y los est^dQ^ vecino^? Lo flúf^mo epn fintrpr?
rio3 que poi^ Corrientes , lo mismo con la Qanda Or^ent^
que con el Paraguay, lo m|snio con Solivia qu£ pop ^
Brasil? j, r*^ada dicen, nada enseñan , ^^ fin , sus eterna
disputas con los gabinetes europeos , y las coAtjpiia^
recliun^cíones de estos en favor de sus subditos, de loi
pactos infringidos y de las promesas que el traidor jjíiiiKriMf
viola descaradamente tan pronto como los ministros
estranj^erosle yuelven las espal4as?...
Anit^ 1^ lógifí^ ififlexible 4€| los bPp))o§ paPsi» If^
sofismas de la impudencia y la calumnia : elijan nuestros
lectores: ó todos esos pueblos y hombres se engañan y
son unos perversos , ó Rosas es un déspota ambicioso ,
^^guimiriQ y feroz , con el cu^ no pueden entep4P^6
ni propipsi ni estraüQs. Has adelante les protoremo^ quft
esta segunda hipótesis es la úi^ca verdadera.
¿ Cómo conquistó ese hombre su ppsidon , cuáles
fueron sus antecedentes políticos?
Hijo de una fai^ilia distinguida , cuando todavía Qg
contaba veinte a&os, espapóse ó fué espulsado de la pas»
de sus padres & consecuencia de su mala conducta , y
anduvo errante largo tiempo en las estancias (1) y
desiertos dfl laHepública Argentinay déla Bao4^ Orient§|x
1^ e^ vida errante y vagamunda contrsgo pstrecbfn
relaciones con los gauchos y los indios , se fámiliarizé
con sus usos y costumbres y adquirió cierta celebridad
entre ellos por su destreza en el caballo, por su liberalidad
(1) Posesiones rurales destinadas al pastoreo, matanza de los
ganados, etc.
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— 209 —
y 8u aire de matón. Luego , favorecido por don Luis
Dorrego, á quien mas tarde declaró salvaje unitario y le
confiscó todos sus bienes en pago de los beneficios que
le debia , lo mismo que al doctor don Vicente Haza , se
encargó de la administración de una de sus estancias y
establecióenellaunáespeciedefeudosócoioniasmilitares,
prestando el mas decidido apoyó á sus antiguos com-
pañeros de glorias y fatigas. Tal fué la base de su influjo
y preponderancia en la provincia de Buenos Aires.
No bien Rosas se conceptuó con algún prestigio, intrigó
para que se formase un escuadrón de milicianos com-
puesto en su totalidad de los gauchos ó peones de su
establecimiento , y gracias á los disturbios de la época,
suideaencontró benévola acojida cerca délas autoridades.
Creóse el escuadrón que se llamó de Colorados del monte,
y Rosas no descansó hasta que le nombraron su
comandante.
£n 1820 aparece su nombre por primera vez en la
escena poUtica : á presencia de los ejércitos de Buenos
Aires y Santa-Fe se compromete á entregar cincuenta
UíL cabezas de ganado á la segunda , empobrecida y
aniquilada perla guerra civil : hace aparecer esta oferta
como un donativo suyo , y luego por medio de un ardid
que no carece de ingenio, arranca al gobierno dncuenta
mil duros , pide auxilio de hombres y caballos para
facilitar la saca y transporte de los ganados, y á fuerza
de astucia y maña se proporciona las 50,000 cabezas á
espensas de los demás estancieros , y sin saeriflcar él ni
una sola res de su establecimiento, sale airoso de su
compromiso , gana DOSCIENTOS MIL DUROS en este
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^saqn^ftloso negocio , y adquiere qmigiM , influeneia 9
Bopu}an4»4 op 1^ prqyipeia 4e S^ta-Fe, m% ie l^i ¡bm
belico^ftp y v^líepte^ d^ la confe^eraciQíi.
Las frf cupiftt^P a6pTe4a<^iftPefl 4p 1Q9 HlvVPi 49 1«
Pa»}pa y el CA<^o Ip babiU^ para propquep p^ep
después al gpbiemo mía especie de teansaeiop gne &
llama ai^^a^'a pa<?í/f(?Q , y qu^ se reduce á pagar á Im
i^im m tributo apual, pp .dinero, licores, manta* ete.
El artero ^ftt«f{^o CQQQce á tq4os los ^cique^ , rfi|on^9
con su Gal)e9a de su fi4elidad , y el gobierno alncipado
por susprotefiftap, epne ep sus maposeste poderoso pe^io
de oentppIlAlir gu for^ppa, su ipSuenda, SU populafiidaá.
AI espirar el aflo 99, LavallOa gefe de ppa di^ilíOP 49l
ejército que bi«o la campafta del fiíiaiU, se subleya contra
PorrfigQ (beripapo de dop Luis) gefedel partido federal,
y eotoncea gobernador de Suepos Aires ^ le bate ep
Navarro , le coge prisionero y comete el desatipo da
«laudarle fusilar cp el acto. Rosai gpe pe epcQptrtS op la
batalla y que ya era comandapte.geperal de Ip núUciai
de campafta , eu ve^ de prolopgar la rei^tap^a , cmia
pudo y debia, ó cobarde ó aleve, huye y ya á asUarsa i
SautarFe.
Hittnbres oscuros del partido fe^erallevantaplabandera
que Rosas ba dejado cubierta de Ifido y siapgra m I09
campos de Kayarro , y luchando con ii^omabla arrcóa
teiuB&uxc^ )a Gma^i^ del mmt^ y en Is^ Visp^u^^im ,
obligas i ratroqedeiF á Lavalle que maicbaba irictariosQ
sobre Sautatffe , y orgapisau la resistepeía, en términfks
que al pieseatarse Rosas con el fjíérdto de aquella pro-
vteeia,doaiueacasi(odala dÉBuenoa Aifps.. UbiaHpear
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— 814 —
flii t^^ batiilla oonwil en p^ellit^ííargmí^ y la ^«toria
se declara á su favor.
L^vallepqede luqhs^r aun-, pero se decide ^ deponer
las furmos, ¡^éyi^ ui^ convenoion 4e pe? Que su en^oaigo
\iol<^ enseguida con insigne mala fe. (1)
En 1830 se bace Rosas elegir gobernador... m^Igesti^
que no pued^ gobernar sin facultades estraordiparias, y
se las qoqceden. Publica un programa del que todos lo
rien : 41os pocos dias prende y fusila siu forma de proceiq
á Gox 9 á Molina , al mayor Montero y 6 otrqs mufdios.
Suprime }a libertad de imprenta, decida abqUdos vastos
institutos de enst|iftU9»ft , se avoca algunas causas csriini-^
nal^s , y las f^Ua según ^u capricho^ jnicii^ la pretensión
(1) Bl srtf«vlo vil de te eenvencion diee d» este mode :
< I)iogan individuo, de c\i^lqu}er^ cl^^ y condícipn que a^m
será molestado ni perseguido por su conducta ú opiniones poli*
ticas anteriores á esta couTencion : las autoridades ^rán ii^exo-
rabies con el que de palabra ó por escrito contrayenga á lo esti-
pulado en este artículo. '
Y el cartaginés Rosas no bien sphió al poder, pid>licó el si^
gi^i^tf 4e6reto:
Art. I"" Todo el ((ue sea considerado pAblicamepte como a^iUor,
fautor ó cómplice del suceso de 1° de diciembre (la subleyacioi^
de Lavalle contra Dorrego) ó de alguno de los grandes atentados
eometldos contra las leyes por el gobierno intruso que se erigió
en esta dudad aquel mismo dia, y que no biibiese dado, ai diese
de l|oy ^n ^df)lapte prueí^s ipeqitivo^p deque mfra coa li^riOB
tales $teata4ps, ^^rá casti^^o copip rep de lebeUoii. f
Si^eñ otras amistosas advertencias por el estilo.
Ambos documentos se encuentran en la Recopilador^ de leyes
y deeretes promulgados en Buenos Aires, etc., tomo II, pági-
naienviW.
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— Í1Í —
estúpida de que los esti'aogeros presten el servicio militar
como los hijos del pais ; espide un decreto sobre estampas
y libros prohibidos, y le da un efecto retroactivo , man-
dando despedazar y quemar en la plaza de Buenos Aires
cuadros y obras, como el grupo de las gracias y las ruinas
de Palmira ; y por últhno , fomenta las divisiones intes-
tinas de los caudillos de las provincias, para deshacerse
de los que le eran desafectos , para mediar en sus con-
tiendas , y establecer su imperio sobre la desunión y el
abatimiento de todos.
Todas estas arbitrariedades, violencias, amaños é in-
trigas empiezan á conmover los ánimos, ¿ esparcir el
terror; familias enteras emigran de Buenos Aires; una
agitación sorda, precursora de la tempestad, se deja
sentir en las provincias. Rosas conoce el peligro y se
apresura á abandonar el puesto. El general Balcarce le
reemplaza;
¿Y qué le importa ? ya ha hecho él su primer ensayo ;
ha demostrado lo que puede y de lo que es capaz ; ha
robustecido su poder, preparando en los últimos úíba de
su mando una formidable espedicion ai desierto con el
objeto aparente de estermínar á los indios, pero en rea-
lidad con el único fin de conservar la fuerza armada á
su disposición. Deja que los pocos hombres que aun
pueden hacerle alguna sombra, se gasten en el gobierno,
en las lides parlamentarias,' en los debates de la prensa,
en los mil escollos del sistema republicano, y él, cons^
tante en su propósito, sin rebelarse abiertamente contra
la autoridad, le suscita obstáculos, crea \m9ísociedadp<h
putar restauradora , llamada mas-horca , su columna
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- m -
mas fuerte (J), ^tiza el fuego de la discordia,. gromueve
motines, naanija asesinar cobardemente al único p^illo
federal que Je supera en valor, en audacia y prestigjpi al
terrible F^pqíJdo Quirpga, llamadla pon r^oa el Tígr^i§
(1) £1 señor Lefebre de Becour, parUdatío ^eclar^dQ 4e H^a»,
encargado de Negocios de Francia en Buenos Aires jurante ágf
anos, y uno de lof colahoradoreB de la incalificable convención
Maciauy se espresa de este modo al bablar de la mas-horca-,
f £1 club de lofi lacobinos en 178d no ftié mas terrible á la an-
tigua nobles 4e Francia; cpmpueata de ima reimiim de perse*
nas sin carácter, mancbgdas If mayor partp pon detitos d9 todo
Ihiage, de la bez del pueblo^ en fin, se sostiene por el terror que
inspira. Se Uama boy la Sociedad popular; pero al principio se
llamd Sociedad de la mas-horca (del marlo ó espiga del maiz
símbolo de la unión). Los asociados pretenden que están unidos
entre si cQWQ los granos de maiz sobre la planta.
« Los crímenes nocturnos que ban desolado á Buenos Abres y
snmido 4 la dudad en una especie de terror e^túpi^Of son ep^^
napipn de ese club; l^a CQinision direptiva resuelve, una band^ da
verdugos ejecuta. Contra el partido unitario» y para estingulrloy
8^ ^ formado esa monstruos^ asociación.». Esa horda-salvage
lan^ b|rgfni408 contra el partido:u&itario y contra los que sos»
pechaba le eran favorables; ella enviaba á sus seides á registrar
las casas, á insultar á las mugeres y á los viejos, á robar y sa-
quear, á pretesto de buscar pruebas para sus acusaciones. G^d^
dia alumbraba un nuevo crimen; ya se encontraba por la mañana
el cadáver de un hombre que y acia en e( barro, desfigurado y
sin cabeza, ya la cabeza de una víctima clavada en la punta de una
lanza ó colgada de la cuerd^ de nn farol. Todos los buenos cin-
dadanps se estremecían de horror; un silencio tétrico, un estupor
mudo reinaba en la ciudad. El puñal de los asesinos hacia jus?
ticia por la noche de una palabra escapada durante el dia en favor
del partido cuy^ mina habia sido jurada. »
Este articulo» eon el epígrafe li^tr«t de Bu$uo9-^yr4s, $x^
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— 214 —
los Llanos ; hace la sitaacion insostenible para todo go-
bierno regular, y antes de tres años de su descenso de la
silla gubernativa, los representantes y las personas mas
influyentes de su partido van h rogarle una y otra vez
hasta que acepta, que admita el gobierno como él lo
quiere, es decir, con facultades estraordinarias, ó con la
suma del poder público, según la novísima frase inven-
tada por él. Esto pasaba en 1835.
Su elevación fué acompañada de sangrientas ejecucio-
nes, de destituciones en masa, de medidas escepcionales
y despóticas r^esde entonces hombres y mugeres llevan,
los primeros en el ojal del frac ó levita, y las segundas
en la cabeza en forma de lazo, una cinta colorada como
un estigma de Oprobio, como el signo con que el estaña
eiero marca el ganado (1) ; un trapo color de sangre, de
dition de la France, etc., firmado por un pretendido oficial de la
escuadra francesa se encuentra en la Revista de Ambos Mundos
de 1° d^ febrero de 1841. La traducción pertenece á don Andrés
Lamas, que acaba de publicar últimamente una obra notable por
mas de un concepto, titulada : Apuntes histáricos de las agre^
siones de Rosas contra la independencia de la R^^Uea OrietUtU
del Uruguay; libro escrito con admirable conciencia, y que nos
ha sido útilísimo, sobre todo en las citas y documentos oficiales
de Rosas.
(1) Con fecha 7 de julio de 1889, escribía Rosas al gobernador
de Santa Fe don Juan Pablo López :
' « No se olvide Vd. de lo conveniente que es hacer generaliiar
en las mugeres y en los hombres el uso de la divisa federal : los
hombres al pecho en el costado ilquierdo, y las mugeres al lado
izquierdo de la cabeza.»
Guando el general Lavalle entró victorioso en Santa Fe, en-
contró en la casa de gobierno esta carta y otras muchas, que se
publicaron en todos los periódicos de Montevideo.
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-^ 245 —
ese color, símbolo de la barbarie, de ese color que predo-
mina en todas las banderas, de los pueblosmas feroces co»
mo el Japón, Siam etc. y que escogen siempre los hombres
ávidos de crímenes y destrucción, como bonos visto últi-
mamente en Paris; un trapo color de sangre, repetimos,
donde se leen las palabras sacramentales del famoso
sistema americano. /// Mueran los salvajes nnita-^
riosü!
/// Mueran los salvajes unitarios !t! palabras tremendas
que se reproducen, mas aterradoras que las del profeta
Daniel en el festín de Baltasar, al frente de los docnmen-
tos oficiales, en los anuncios de las esquinas, en los
avisos de los periódicos, en las muestras de las tiendas y
establecimientos públicos, en las telas, en los muebles y
objetos destinados á los usos mas comunes de la vida,
en los billetes de los teatros, y hasta en las taijetas de
convite á un baile ú otra diversión cualquiera! Palabras
qué repite el sereno en las altas horas de la noche, y
que estampadas en todas partes, pronunciadas de mil
modos distintos, oidas en las oficinas del estado y en las
pulperiasy (tabernas) en el hogar doméstico y en las calles,
al levantarse, al acostarse, y aun en medio del sueño, "
acaban por grabarse como un axioma en la memoria dé
los que las escuchan, sistematiztm, engrandecen y perpe-
túan los odios y rencores entre los hermanos de una
misma familia y los demás pueblos de la. tierra : porque
no se crea que los unitarios son únicamente los antiguos
compañeros de Rivadavia; Rosas entlrade por tale? ¿
todos sus enemigos, sean porteños, orientales, tucüma-
nós, franceses ó ingleses.
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— «16 —
Sértáéediñ^licáciones cóñ Bolivia y algunos disturbios
en la» provincias á eOüsecueiícta de los asesinatos de
Qliirdga, Cullen, ios Reinafés etc., etd., mantavieron á
Héfáas bástante éhtteieúido hasta 193S y Síd en qile tuvo
lugar el Moqueo de la Francia y la cruzada del general
Utalié, á cuya ibt se levantaron contra el dictador casi
todaá las provincias argentinas.
La obra del Nerón americano apareció entonces tal
edmo era. El gobietno francés (Cuizot) abandonó vflmente
á sus álMdos, y Rosas que habia estado á dos dedos de
m ruina, sé levantó mas erguido y terrible que nunca.
Elté1ñ^of, ese resorte de su gobierno en todas ocasiones,
<g€!^dó eñ uüa escala inmensa, aseguró en sus manos
Vacilantes el cetro de hierro que una fácü victoria pudo
baber roto en su cabeza maldita, (l)
Antes babia fucilado en Buenos Aires á centenares de
Indios indefensos *, sus hordas habían pasado á cuchillo á
lo9 pf isSoíieros de Pago Largo, en Corrientes ; con tá
piel de Betón de Astrada su caudillo, se tejió una manea
{Mra el ediállo de Rosas ; la cabeza de Zelárrayan fué
fi) liAvalle^ veiKMor ed el Yeni«, don Gristóiial y el Taia, líegó
kasta d&oo leguas ée Boeooi Aires eon im poderoso egé^O^. 196
babia salvación para Rosas, oslaba perdido» completamente per-
dido; su equipage, repleto de oro, se encontraba ya abordo de
tín buctue inglés é iba á embarcarse, cuando el infierno le inspiró
una idea diabólica, j realizó casi un milagro en su fáyor. Lavalle»
ei^ñado por un cbas({ue(especie de correo) retrocedió creyendo
fue leída á sus espaldas las ftierza» de López; y Rosas, en tanto,
celebró su tratado con la Francia^ intimidó á la* ppblaeloneft
con sus atroddades, y se puso bajo un pié req^etable de de*
fensa.
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escolada y pisoteada por este -, caj^taneó en persona una
cuadrilla de mas^orqueros gue asesinaron en el recinto
de la sala de representantes al doctor don Vicente Maza,
presidente de ella, su protector, y mandó fusilar á su hijo
don Ramón, coronel de infanteria..t; pero todo esto es
nada si se compara con lo que hizo este insigne malvado
eoaiido se retiré Lavalle y la victoria empezó á favorecer
SQsarmas*
liOs degflelloj en Buenos Aires por la mas^horea y la
guerra de esterminio en las provincias, señalan con ras-
gos sangrientos esa época ominosa de su dictadura.
Los sucesos se agolpan, crecen bajo nuestra pluma y
tememos esceder las regulares proporciones de un arti-
culo de periódico. Tiempo es ya de que apoyemos con
algunos documentos lo que llevamos dicho y lo mucho
que dejaremos sin decir; pero que suplirá fácilmente el
buen sentido y la impardálidad de nuestros lectores.— Co-
razones de piedra, que nos preguntáis todavia por qué
combatimos contra Rosas, leed... y avergonzaos... pero
no ; os aplazamos para el próximo número. La multitud
de documentos acompañados de las convenientes aclara-
ciones para su mejor inteligencia, ocuparán mucho lugar
y sabemos que los lectores y sobre todo las lectoras de
Lailustragion, detéstenlos artículos demasiado largos.
VI.
ROSAS JUZGADO SEGÚN SDS PROPIOS DOCUMENTOS.
(Publicado el 12 deiulio de 1851.;
« ¡Corazones de piedra, que nos preguntáis todavía
por qué combatimos contra Rosas , leed y avergonzaos! »
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¡i§% dkiMM>i ti tümimr ouMtio pAmm irtM», y
«iaf«p«tiaioidpfted{4ar elaeguado^yeso dyiuMHry
aio itpetíiDo», porqQ* nos ptr«ot iovawUa qm ia ifa»*
pif }#etora d« loi documontos 4 i|d« im rfferiiM«« ao
«rraiuiaa uoa iwl4icioA v^lie^te y poderosa contra iñ
diotodor y soft aayooes, é todo coraron him puesto^ á
todo hombre que irrigue leatUntentos bmiwoi, y nada
mas, aunque profese simpatías á Rosas, porque no !•
cpQOxea bien, ó por estar mal inforyoado. No se trata
ya di doetoiaaa ni de priocú^io» poUüooa ; ea trata 4a la
humaaidadf da la oiviUsacioo, de labonra y del parva»
nir da uo paabk» qoa pcotarta eoatra esoe edmaaee^le-
vaotiíadoie aada aso contra «u autor, y soeoiobiaiida
haróiaaounta baío las lanzas da les gaMciíat, negras
aScicanos ó mam bnwoi que forman las cobortaa da
RMa|.
Nos duela como americanos tener que sacar i la ?ap-
gfiansa páhlioa el oprobio, el envilecimiento y degrada-
don que revoto una psurta da esos dociunantos; paro
al hacerlo asi, cMunplimos con un deber ¡flKpreseindibta^
ftasaa volverá i repetür que todo as wa ta/aam aateas*
aiia; qf» perteieeamos al saiw^ y a^gneresa taMb
wiitamMiemigodaDioMy de hihorntres^ quaestUBoa
vmdidos al qtq inmumio francés, que nuestro abaalo
era godo y realista acérrimo, etc. Eso repetirá el dicta-
dor, ó su Gaceta y el Defensor del Gerrito^ pero los que
como nosotros prefieren las amarguras de la emigración,
y morirán en tierra estraña antes que ir á vivir en aquel
lodasal de sangre, mientras imperen alli reyezuelos in-
trusos eomo Oribe y Rosas \ los qiie altivos en su Aofi*
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— 2i9 ^
r0da pobreza (pobreza que no han cmoeido hasta que
Rosas y Oribe ocuparan militarmente su pais); los que
en una situación tal, luchando afios enteros con su in-
grata suerte, no han cometido ninguna acción que los
obligue á inclinar los ojos al suelo delante de nadie y
pueden llevar la frente erguida do quiera que se presen-
ten.*, esos tienen derecho, si no á que se les crea sobre
su palabra, al menos á que se escuche con atención lo
que digan y se respeten sus convicciones.
Nada irrita tanto á Rosas y á sus tenientes como Ja
eibibieion de sus doeumentos; ¿por qué?.., porque son
tales que ¿ veces ellos mismos deben avergonzarse de
haberlos escrito y publicado ; porque hablan con tanta
elocuencia que no se necesita mas para juzgar i sos
autores. SupUcanioa al lector que los lea oon dateni»
miento.
Hé aqui como se espresa Prudencio Rosas, hermano
del dietador, al remitir al juez de paz y comandante mi-
litar de Dolores, el 20 de noviembre 1839 la cabeza de
de D. Pedro Castelli, hijo del célebre patriota de 1810* .
c Con U mas gnuta tfttiaiicdon aoompafio áosM la cabeía 4M-
tiaMdr Koragido unálarto saWago Pedro GasteUi, gneral en gefo-
Ululado de los desnaturalizados sin patria, sin honor y leyes, ete.»
para qpe la eolo^tue en medio de la plata á la etpectaeian pih*
bUea*,> la colocación de la cabeza debe ser en rni palo bien alto,
debiendo estar bien asegurada para que no se caiga y permane-
cer asi mientras el superior gobierno disponga otra cosa; debiendo
nsted transcribir esta misma nota á S. E. nuestro ilustre restau-
rador dd las leyes para su satisfacción. »
Desaguadero setiembre ^ de 1841.
« El titulado salvage general Mariano Acha, fué decapitado
ayer |y su cabeza puesta á la espectadon pública en el camino
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— 2M —
qae conduce á este rio entre la represa de la Cabra y el paso del
puente. Ángel Pacheco» » — {Diario de la tarde de Buenos Alies
del 22 de octubre de 1841.)
Acha, según resulta de una comunicación publicada
m el Boletín de Córdoba^ se entregó bajo condición de
que se le perdonaría la Tída á él y á sus compañeras.
El fué degollado y sus soldados fusilados.
Ceibal setiembre 14 de 1841.
^ « Entre los prisioneros de la batalla (del Monte Grande) se
bailó al traidor saltage unitario ex-coronel Facundo Borda, que
faé tfl momento ejecutado con otros traidores titulados ofieitOea
de entre los de eabaUeria é infantería. Manuel Oribe. »— (Diario
dtado).
Santiago octubre 8 de 1841.
« .... Asi como la cabeza del salvage Acha está pnesta sobre oa
palo en d camino de Mendoza, de Igual modo la de los salrages
Avellaneda, gobernador de Tucuman, y Gasas están en la plaza
de Toeuman. Adeodato Gondra. » — {Gaceta Mercantil del 6 de
diciembre de 1841.)
Catamarca 29 del mes de Rosas (octubre) de 1841.
« Después de mas de dos boras de fuego, y pasado d eu-^
chillo toda la infanteria, ba sido derrotada toda la caballería y el
cabecilla solo buye por el cerro de Ambaste; se le persigne, y
pronto estará su cabeza en la plaza, así como ya lo están las de
los titulados mmistros González y Dulce, y también la de Espeehe,
gobernador que puso el Pilon...(l) en fin, mi amigo, la fbena de
este salvage unitario tenaz pasaba de seiscientos hombres^ y to^
dos ban concluido, pues así les prometí pasarlos á cucbillo. Ma*
riano Maza.^^ (GaceU ciuda.)
Nótese et lenguaje tabernario, procaz y verdadera-
mente satánico de Rosas y sus seídes. Fye el lector su
atención en ese afán de llamar salvajes^ desnaturali-
zados^ traidores y sacrilegos á sus enemigos, cuando
(1) El general Lamadrid.
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— 821 —
nadie es mas salvage, mas traidor ni desnaturalizado
que él y sus esbirros. Si alguno lo duda, que pasee sus
ojos por las siguientes lineas que harian ruborizar al
mismo Gain.
« El infirascrito tiene la grata satis&cdon de participar á V. E.
(á Rosas) aguado de ku «mw gratoi sensaeianes... que el íníSime
eaudiUo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido de gene-
ración en generación, quedó muerto en el campo de batalla cu-
bierto de lanzadas igualmente que su escribano José Pino. Ca-
ÍMú Vera. •^(Gaceta del 3 de abril de 1840.)
Caliste Vera era hermano de padre y madre del ge-
neral don Mariano Vera, y no le mató en ningún campo
de batalla, sino yillanamente, á traición y en una em-
boscada!
Se ha hecho un crimen el interceder por los reos, se
han perseguido cadáveres con el solo objeto de cortarles
la cabeza, y se ha llevado la ferocidad hasta el estremo
de negarles sepultura.
ORDEN DEL DÍA.
Erare Bioi^-^Maifú tt de 1848.
Art. 1* S. E. el Escmo señor gobernador de la Provincia or-
dena que el tadividuo ti» escepeian de eUue que pida por un
salvage eufHrd ¡a mkma pena que el reo. — Juan AveUano.
Cuando murió el general LavaHe todo el ejército de
Oribe se ocupó en rastrear sos haesos : los curas parro*
coa e^dieron certificados de que no le hablan dado
sepultura ea sus parroquias (puede verse uno de ellOB
en la Gaceta del 6 de diciembre de 1841): finalmente,
Oribe escribía ¿ Arredondo, gobernador de Córdova :
t( Be mandado hacer activat pesquüas $obre el lugar
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— Mí —
donde está enterrado el cadáver para que fe corten ia
eabeaa y me la traigan/ »
Esta persecución de caníbales dio margen á uno de
los mas bellos episodios de nuestra historia contempo-
ránea, y no podemos resistir al deseo de copiar una
nota de la obra del señor don Andrés Lamas, en cpie ha
consignado un hecho tan memorable y que por sí solo
hace la apología de nuestra causa.
« Una de las acciones mas hermosas de esta guerra dé Quince
añosi tan rica de beroismo y sacrificio por una parte, como de
abominable barbarie por la otra, es la defensa del cadáver del
general Layalle. Es una acción digna de la mas alta y religiosa
epopeya. Pero ante ese puñado de bravos escapados á la muerte
en los campos de Famalla, que se detiene en los limites de su
patria y los cierra con su sangre al paso de cuadruplos enemigos,
de esos soldados que caen y mueren alli sirviendo de «acudo al
cadáver de su general, que luchan con brío indomable y se sacrir
fican con júbilo, solo para que ese cadáver tenga tumba cristiana
en la tierra estranjera que va á servirle de asilo; que ofrecen su
sangre y sus cabezas á la rabia de ans enemigos, solo para que no
profanen la cabeza de su muerto general... ante ese espectáculo
de heroica piedad, Oribe y sus compañeros de crimen no sin-
tieron ni enervado él brazo, ni conmovido el pechó, ni enalteMa
la mente, ni ennoblecida siquiera la palabra..*
» Esto muestra al hombre, lo maestra todo entero. Bs mode
esos hechos que son una verdadera autopsia moral. »
» t!n el momento que supo Oribe que habia caido sin vida el
Vftliénte soldado de Maipú, Ghacabuco, Pasco, Rio Bamba, ^
olüncha, Bacacay, Y^bal, ltuzaingó,el soldftdo dé la independoií*
eia de cuatro repúblicas, mandó peraeguhr wa cadáver cOñ tth
camizamiento,y que se arrancase á la tierra aquella noble cilieMí
si la tierra la habia acogido en su seno ! »
Lfikres los despojos humanos dd general Layalte en tiem bo«
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— IM —
UviMa, por el heroico saeriMo de los ¡MtrioUs que k» eotlOH
diabao (1). Oribe en M despecbo reclamé la eétrtOUi&lkáatiq^
Üos restos. El general Urdí menea rechazó con horror tan alroz
proposición. (Apuntes históricos,— Nota 34 J
Los artículos sigoientes de tres decretos de lod intru-
sos gobernadores de Tucuman, Catamarca y Corrientes
j^onen el sello á este cúmulo de horrores :
El artículo quinto del primero dice asi :
foáes he argentinos eetáñ autoriMaéet á quitar ta Ma á Üm
smpraUHdoa en el amerar ttrñeute (á lot unttMlM, m éMti^ i
lodos los enesDigos do Rosos) m enalpiihr ktgar M isrriloHo
de la República, etc.
£1 segundo es mas esplícito : ved como se espresa :
c Considerando que es un crimen el mirar á los maWados &-
duerósoi con clemencia, etc.
Art- i* Quedan proserltos para Hámpre y fimm da la iéi^^
todos los individuos de uno y otro seio qa» so hallan alistadlo
en las filas de las dos divisiones de bandidos y malvados salvages
inmundos unitarios.
Art. ^ Son comprendidas en el artículo anterior todas las
personas de uno f otro sexo que hubiesen cooperado y prestado
OQ infloencia á los perversos asestadores del órdea aetuit
Art. 3** Será igualmente cmnpreiidido ea ol art i*" todo aqoot
<|M auxiliase, protegiese ó escondiese á alguno de los di^ertoa,
etc., debiendo necesariamente dar parte en el acto que llegaee á
su noticia^ al juez ú oficial de su departamento. »
El de Corrientes afiade :
Art. 3* Todo el que mantuviese correspondencia con los ante-
dichos, ó á favor de estos implorase la elemeicia del foMmOt
ó por aigtm modo u le probase adhesión á ellos, son incursos en
(1) Habiendo ompeudo á apoderarse la oorrapdoa dol cadi-
vor, k> descarnaron y se repartieron sus huesosi que depositaron
luego en la iglesia de Mojo, primer pueblo de BoliviOi donde
llegaron.
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— 224 -
la misma pena. (Véanse las Gacetas del 29 de enero y 20 de se-
tiembre de ÍU% y la del 20 de abril de 1943.)
És preciso remontarse ¿ la época mas ominosa del
terror en Francia para encontrar ejemplos de un en-
cono tan profundo y refinada crueldad, y dudamos que
en los anales de pueblo alguno se encuentren aberra-
ciones tan tristes como las que hemos presenciado en
esos dias de dolorosa prueba á que el Altísimo en sos
juicios impenetrables ha qua'ido «yetamos, sin dada
para expiación nuestra y escarmiento de lá generaciones
venideras.
Entre esas aberraciones hay algunas que nos sofoca-
rian de risa, si no nos ahogase la indignación al consi-
derar la perversa intención \iue envuelven : hihabüitar
al vencido para enajenar sus propiedades ó traspasadas
con falsas escrituras á manos estrangeras.
Tal es la índole del decreto que á cohtinuadon inser-
tamos, decreto redactado por el mismo Rosas, según
pública voz y fama, y puesto en egerdclo por el apóstata
firaüe Aldao (de negra memoria) en ia provinda de Mea-
doza. Su estravagante originalidad nos incita á copiarlo
casi íntegro. Necesitamos probar que el sistema de Rosas
es lo mas absurdo, lo mas inicuo é inmoral que se co-
noce. Dice así el documento sui géneris y clareo del
Patriarca de la mo^-Aorca;
Mendozá mayo 31 de 1842.
El Poder ejecutivo de la provincia de Mendoza :
Considerando qae desde el principio de la lucha de los fod^
rales contra el bando salvage de unitarios, han manifestado estas
últimos un desquicio completo de su cabeza, etc. En uso de las
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- ÍÍ5 —
laculudes ordinarias y estraordioarias qae inviste, lia acordado
y decreta :
Art»l* Es encargado el gefe de policia de disponer una casa
de las del estado, para asegurar á los salvages unitarios que á sa
jnido se consideren mas ftenótícos.
Art 9* Ningún salvage unitario podrá disponer de mas del Talor
de diez pesos, sin previo conocimiento de la poUda, á cuya au-
toridad se les nombra como tutor y curador.
Art 9* Será de ningún valor todo contrato de compra y venta,
danacion y cesión, habilitación, mutuo, préstamo, arriendo de
bienes, sean muebles, semovientes ó raices, que esceda del valor
espresado sin previo conocimiento del gefe de polida.
Art. 4'' El escribano que procediese á autorizar algún contrato
de la calidad referida, sin una constancia de haber sido visado
por d gefe de policia, será penado con la pérdida de su oficio.
Art. 5** Serán declarados salvages unitarios los que resuUen
comprendidos en las listas de clasificación, que con esU fecha se
pasan al gefe de policía.
Art. er Ninguna persona, sea estrangera ó de la ReptU>lica, ten-
drá opción á reclamar sobre cualquier contrato que tenga con
los comprendidos en el articulo anterior, sin que antes haya pre-
cedido el consentimiento de la poUda.
Art. 7*" No podrán servir de testigos en ningún instrumento
público ni privado, asunto ni causa civil ó criminal, escepto en
los casos de grave urgencia en que no se encuentre otra persona
hábil, y después que el gefe de la policia sea certificado por un
fienltativo de confianza, de hallarse en disposición de que su juicio
se halla restablecido algún tanto.
Art. 9^ Sus esposidones no harán fé en juido, sino después de
obtenido el consenso del gefe de policia, é vfartud dd reconod-»
miento respectivo que mandará practicar de su estado y capa-
ddad, etc.
Rosas á pesar de ser su autor, y á consecuencia de los
graves cargos que le dirigió con este motivo la prensa
de Montevideo y Chile, no se ha atrevido ¿ reproducir
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-«fi-
en su Goóeta edte abominable escrito, flnnado por el
fraile Aldao, como gobernador de Mendoza, é inserto
en el Boletín oficial de la misma provincia.
Así por medios indirectos ó direelos ha estaUeoldo
la oonflsoaoiofi, esa ley de loa tiempo» báii)ar08, donde
quieht que alcanza dtt poder. Cuando ha tenido- el mas
ligero pretesto, ni siquiera se ha tomado la molestia
de disfrazar su pensamiento. Con estas depredacione»
ha enriquecido ¿ sus teniente» y se ha atraído las sunp«*
tías de la parte Inculta, viciosa y corrompida de sm
tr^s y pardálas (1). Hé aqui el testo literal de algunos
decreto».
Buenos Aires 16 de setiembre de 1840.
Aít. 1* Séf declai^ail especialmente responsables los bienes,
mUébléS é inmuebles, derechos y acciones de cualesquiera clase
(1) Añtefl 7 tfeftt)üé& dé lá tl(;tor¡á les bá prometido y otorgado
mdgnffleas reeompefisaí á eosta de sus enemigos. A los ▼eitcedo*<
r»s dé Paigo-Lárgo les concedió medallas, Utolos, etc., y adema»
cuantiosos ganados, que representan una suma inmensa : el ejér-
dto constaba de iO,000 bombres. £1 artículo 9 del decreto á que
dos referimos dice así !
« Be lúe haóienáas qué fueron de los éálvages uríumos eñ la
éObfóderacion, se concede al géneriil en gefe de dicho éjérdto
S,000 cabezas de ganado tacuno y 3,000 lanares. A lo» genérale»,
2,500 vacunas y 2,500 lanares. A loñ coroneles 1,SI00 tacnna» y
iJHOQ lanares. A los téniantea coroiiciaa, i^OOOmcuDas | i^OOO
laiMurea* A los mayores, 000 vacuna» j 600 laaarati A lo» ci^--
ianes^ 400 vacunas y 500 lanares. A lot lenitntea, 900 vaceAM y
400 lanares. A los alféreces, 200 vacunas y 300 lanarea* A lea
sargentos, 100 vacunas y 200 lanares. A ios cabos, 90 vaauM» y
180 lanares. A ios soldados, 50 vacunas y 150 lanares.
Ari. 12. Los indios amigos gozarán según $us ciases, de los
óüsmos premios bonoríficos que acuerda esté decreto.
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— M7 —
qm MN^ en la ciadad y eampafia porlMedeatea á loa. tiiidares
saWagc» uniUrios, á la reparación de los q^iebrantos causados m
las fortunas de los fieles federales por las hordas del desnatu-
ralizado traidor Juan Lavalle, etc.
Siguen las mismas disposiciones que en el anterior,
tocante á escribanos, ocultación, etc.
TütotfAN % del mes de ttoiOB (octubre) dé 184!.
il gobernador j capitán general de la protinda de TuMIftii,
eoiisiderando, ate*
Art. i*" Quedan ocupados todos los bienes, muebles, raicü y
semovientes en esta ciudad y campaña, de los salvajes unitarios,
tecinos ó naturales de esta provincia, etc.
Art. 8* Una comisión de cinco individuod procederá i ttottbrar
Mlvldualmente los prófugos y Á aplicarlas la pasa utAbliOlda
«B el artículo anterior.
Art. 3° Esta comisión procederá á la clasificación de loa lál*
vages que con el disfraz de la federación residen en esta ciudad
y su campaña, después de baber cooperado con su influjo y por
Obra á íbmeutar la guerra contra la federación, etc.^((!r9Mto
^1 99 dé enero de 4843).
Y no se crea que estas rauzias revestida» de dierlo
colorido de legalidad, se encaminan únicamente al dM>-
pojo de las posesiones 4 bienes de alguna importancfai.
En los periódicos de la confederación, os muy frecuente
«neontrar avisos como este ;
Ranate por 1. 1. Arrióla, fin la onUa de tajan r iO. Hoy juévas
31 dal corriente a las diez de la mañana, da orden del señor juez
de primera instancia, se rematarán á la mejor postura las exis-
tencias de dicho cuarto, que pertenecieron al salvage unitario
Pedro Ecbenagusia (1). (Sigue una relación de muebles y ropas
4e use que no titea seta Aaravedlaes.) {Q9Cí$a dal 8i de dietom>
imd^iSIO.)
•
(i) Degollado por la mas-horca en las calles de Buenos Aires
el 9 de octubre de laiO.
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— M8 -^
Si Imyendo de la ensangrentada arena de la poMtica,
donde se revuelcan víctimas y verdugos cubiertos de
fango hasta la garganta, nos refugiamos en el hogar do^
mástico, I cuánta miseria, cuánto vilipendio, cuánta de-
gradación!... La muger, su ángel guardador, su divi-
nidad protectora, manchada y envilecida en las continuas
orgias y bacanales del déspota, ha trocado su misión
de paz y consuelo por otra de venganza, ludibrio y bu-
millacion. En las Gacetas correspondientes al 25 de fe-
brero y 25 de marzo de 1843 se registran los nombres
de 32 mugeres, algunas de ellas señoras á las que se han
pagado gruesas cantidades por servicios estraordinarios^
palabras que en boca de Rosas significan libertinage, de-
lación y soborno»
Lejos de nosotros la idea de escarnecer al bello sexo
ai^entino ! narramos un hecho con las pruebas en la
mano. Esas infelices son mas dignas de compasión que
de desprecio. No sabe el mundo todavía cuánto ha tra-
bajado Rosas y con qué brutal tenacidad se ha emptíiado
en poner en contacto á la parte mas rica, mas inteli-
gente y noble de la sociedad con la escoria de ella. Ha*
lagando los instintos de la plebe, se ha conquistado su
benevolencia. El y su hija Manuela han sido los primeros
en contaminar á los demás con su mal ejemplo. En to-
das ó en casi todas las festividades públicas y privadas
se han reproducido escenas parecidas á esta :
«Gran porción de vecinos se reunió en la casa contígua ala
del juez de paz, donde fué servida con abundancia carne con
cuero (1) : concluida la comida, se formó del contento general la
(1) Y alnindante vino carlon, debemos añadir.
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— 229 —
mas federal y republicana danza en el palio de la casa del juez
de paz, adoptando nuestra alegre mediacaña por baile, la que
era tocada por la música restauradora : en esta danza aceptada
unánimemente por todos, no quedó nadie sin bailar, pues todos
entreverados no se conoció distinción. La señorita doüa Manuelita
de Rosas, digna hija de nuestro ilustre restaurador, y la respe-
table familia de S. E. dieron realce con su presencia, etc. (Gaceta
del 10 de Agosto de 1839).
¿T sabéis lo que es la media^cañal.*. una danza nada
honesta que solo bailan en público los negros y las mu-
gercillas de vida airada ; una danza en la que se recitan
coplas por el estilo de esta :
< Al que con salvsges
Tenga relación.
La verga y degüello
Por esta traición ,
Que el santo sistema
De federación ,
Le da á los salvajes
Violin y violón (1).
Caligula se hacia tirar en un carro por mugeres des-
nudas : Rosas ha hecho algo peor que eso ; pero en la
imposibilidad de probarlo, nos limitaremos á transcribir
uno de sus caprichos que se parece bastante al del im-
bécil emperador romano. ¿Quién no ha oido hablar de
las célebres fiestas parroquiales , en que su retrato fué
paseado en triunfo por las calles en un carro ad hoc por
los primeros dignatarios y las principales señoras de
Buenos Aires y colocado en los templos , al lado de la
imagen veneranda del Señor de cielos y tierra ? . . . Ah{
(1) El violin y violón es una frase que significa degollar, in-
ventada por Haríano Maza.
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-f so-
fá cBt parraflto de od largo nstíaúo qm t€a«BM á la
vista :
Luego que el ieñor iaspeclor general difuso la retirada del
retrato f empezó la marcha en el mismo órd^ » siguiendo la co-
lumna por el espresado arco principal y de este por la calle de la
Reconquista basta la casa de S. fi. Al salir de la fortaleza el acom-
pañamientOy se empeñaron las señoras en conducir el retrato de
S. E. TIRAN Bo DEL GARRO que alternatÍYamente hal^ian tomado los
generales y gafes de la comitiva al condccirlo al templo, etc.
(Gaceta ddl 19 de setiembre de 1839.)
Así ha convertido los altares en trípode de sacrilegas
profanaciones : asi han subido al pulpito los sacerdotes
para inocular en el pueblo con su palabra santa la escla-
vitud y el baldón. El impío ha sido deificado por los
mismos que debieran anatematizarlo. Leed, leed:
« Asi que regresaba la procesión al templo subia al pulpito el
padre presidente fray Juan González^ y enseñaba al público la doc-
trina y enseguida predicaba un elocuente sermón, en el que á los
feligreses después que los exbortaba, baciéndoles ver, que si era
justo amar áOios Nuestro Señor, que del mismo modo lo era amar»
obedecer y respetará nuestro actual gobernador, á nuestro ilustre
testfturador de las leyes don Juan Manuel Himas, ete« — (Qacata
del W octubre de ia39.}
) lAtenaatot! -^ esclama el cura vicario de la Guardia del Salto,
refiriéndose á los unitarios en un oficio dirigido á Rosas con mo-
tivo de una farsa ridicula de qué este se valió para bacer creer á
SUS Secuaces 4Ue bábian intentado asesinarle^ -« i insensatos! loe
puébloa btdrópleos de cólera os busearte por las eallaa» en ?»••-
«fas «Mas y ea loa campos, y secando tuestroi cuellos formarían
ima bonda balsa de vuestra sangre , donde se bañarían los pa-
triotas para refrigerar su devorante ira \ — (Gaceta del 24 de abril
de 1^1.)
Gosiido a^ittOB bueno» sacerdote» m han resistido á
secundar su obra de iniquidad, como l(»}esliitas, á quie-
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iie$ él mismo ñamó y restituyó sus contentor , loi ha
hecho insultar por la mas^horca, los ha encarcelado / y
por último los ha arrojado del país. Oigámosle :
«Los padres de la compañía de JesttS... sujetos á lá cbediehda
de un sti|>erlor opuesto á los priutípios políticos del gobierno, no
hati correspoodldo á las esperaníás de la confederacioii, contigo
nadas valientemente en el decreto de su restitución. Su mirclia
de íüsion opuesta ai sentimiento federal , desagradáis altamente
mucho há la opinión pública contenida por los respetos del
gobierno. Pronuncióse después fuertemente, etc. (Mensí^eálá
tOf legislatura.) ^(Diario de la urde del 8 de «néro de IM.)
Pero esto no bastaba : también sus maflos implas se
han teñ'do con la sangre de los ungidos del ScKor.
El 10 de mayo de 1842 fueron fusilados en los Santos
Lugares (i) con otros ciudadanos distinguidos cuatro t«^
nerables edesíáSticos, los seSores cura don Francisco
Solano Cabrera de CórdOva, don Manuel Frias de 61 años
de edad , vicario de la provincia de Santiago durante
<4 afios ; su hermano don Felipe Frias de 56, y don Gre-
gorio Viliafalie de 75. Estos eclesiásticos antes de moHt
fueron desollados en la corona y en las manos y á pte-
testo de degradarlos de su carácter sacerdotal !!t
Rosas niega la desolladura, pero confiesa el hecho.
(<}aeeta del ü de julio de 1843.) Dice que los mandó
matar por crimenes horribles .* lo de siempre, cuando se
vé confundido, cuando no encuentra otra salida, acude
siempre á esa infame calumnia. Y Dios consiente todavia
á ese hombre sobre la tierra !
¡ No mas !. . . la pluma tiembla y salta del papel hON
rorizada . . • bastan y sobran esos hechos y esoa docomen-
' (i) Campamento de Rosas á dnco leguas de Buenos >ires.
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^ 232 —
tos para probar lo que hemos avanzado. El sistema tan
cacareado del eminente político, del Washington de la
América del Sud como le llaman sus torpes aduladores,
es solo un sistema de sangre, de decepción, de violencia
y embrutecimiento. Esos hombres á quienes enriquece
con los despojos de sus victimas, unidos hoy á él por los
dobles vínculos del crimen y la propia conveniencia, se-
rán los primeros que le abandonen en cuanto empiece á
eclipsarse su estrella. — Napoleón que valia algo mas que
Rosas, cuando sonó la hora de la desgracia se vio trai-
cionado por los mismos á quienes habia sacado del polvo.
Los instintos plebeyos del gaucho oculto bajo el uniforme
de capitán general, su mal entendido amor á la democra-
cia, su odio á los estrangeros, encuentran eco en las tur-
bas que do quiera se complacen en huihillar á las clases
opulentas é ilustradas ^ pero á las turbas se las arroja
con la victoria en el buen camino, y se las enfrena como
al mar con sus propios diques : es ley providencial que
el arte domine al número, y la inteligencia á la fuerza
bruta.
Las circunstancias favorables del pais, la violación de
los tratados, el profundo conocimiento de nuestros hom-
bres y nuestras cosas, los mismos errores y desaciertos
de sus enemigos, y la casualidad , el destino, el ángel
malo que siempre ha tendido á Rosas una mano salva-
dora, cuando ya no habia esperanza ni salvación para
él, le han permitido entronizar su despotismo de una
manera estable y deslumbradora para los gobiernos de
Europa, que solo ven el brillo del poder organizado. El
terror que han inspirado sus atrocidades y repetidos
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— 233 —
triunfos se ha hecho universal, y el terror es una enfer-
medad endémica, contajiosa, que obra mas prodigios cpie
la virtud. Ese es el secreto de su larga dominación. Los
pueblos aislados, privados de toda garantía, de todo re-
fugio, de todo apoyo, pierden su natural altivez, se de-
gradan, ó mejor dicho, siguen el torrente de los sucesos
que los arrastran en su carrera, y hasta se baten y mué*
ren poruña causa que detestan en el fondo de su alma.
¿Eran republicanos, eran voluntarios por ventura la
mayor parte de los soldados que formaban los ejércitoa
franceses en tiempo de la convención, cuando la Europa
entera se desplomaba sobre la Francia? ¿Cuando mil
guillotinas se elevaban á un tiempo en todas las ciudades
y aldeas , teñida^ con lat sangre de sus padres, herma-
nos, deudos*y amigos?... Y sin embargo, esos mismos
soldados triunfaban en Jemmapes y en Fleury8,y la Eu-
ropa retrocedía ante ellosUena de asombro y admiración.
Rosas, pues, que ha lanzado siempre sus legiones en
una haz fuertisimamente ligada por el terror y el cebo
del botm, ha vencido hasta ahora á sus adversarios, que
no han sido capaces de deponer en aras de la Patria su
sistema particular, y que en vez de aunar sus esfuerzos
contra el común enemigo, han pretendido ¡ loca ilusionl
hacerle la guerra separados, cada uno por su cuenta y
riesgo. Así cayó Beron de Astrada, Lavalle, Lamadrid,
Rivera y todos los que han luchado contra él. Sus in-
mensos elementos se dispersaron é inutilizaron faltos de
un centro de acción revolucionario. Esta es la verdad :
el individualismo los perdió , y ha llegado el tiempo de
proclamarlo en voz alta.
•
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— M4 -
Por torton IniloB deíaatres haa becbo al fin alwir los
0)0» i lonquii eombatOD el despotiamo absurdo y asüao-
Olal doHoata, ODyoBpodoroaoi rooortos oe ban gaüado
jfftOBOStasaiigrfeilUypcolODgadahicha, yoamypro-
bablo 400 OH la noova orando ^iie la oitilitaoion ba lo*
ftmado eOQtra A, dotafiareieaparftaieBiprodola oaooM
poMttcaydoliiiaado.
Bato 08 lo qoo probofemoa on otros articuloa á la ka
de loa beehoa y do la noon* El reinado del mal no oa
flt puedo sor elonio. Dios oonaionto pero no para siempre.
VII.
LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY: ORIGEN DE LA
GUERRA actual: RIVERA, ORIBE T ROSAS,
{Publicado el 26 de Julio de ÍB81.).
La República Oriental del Uruguay, aunque pequeña
relativamente á otros £stados de América (1), es uno de
aquellos países destinados por la Providencia á formar
una grande y poderosa nación. Situada en una posición
topográfica, como pocas en el mundo, lindando al Nor-
te con el Brasil, al Este con el Océano Atlántico, al Oes-
te con las provincias argentinas y al Sud con el Rio de la
Plata; dotada do un clima meridional, y rica en produc-
ciones de los tres reinos; cortado en todas direcciones
8tt feraz territorio por ríos tan caudalosos como el Uru-
(I) Ttsné 19,000 legoM eliadraéas 7 consu de misire diiMCOi*
menioiy que llevan el nombre de sus respecÜTi^ capitales, á sa-
ber : MonteTideo, Canelones, San-José, Colonia, Soríano, Paj-
sandú, Cerro-Largo, Maldonado y Enlre-Rios, Yi y Negro, qae no
debe eonfundirsé con el Entrégalos, provincia de la Confedera'»'
clon Argentina, levantada hoy en annaa eoatrt ROflls.
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— «35 —
guay, el Yi, el Negro, el DlÜmftD, ü Arapey, el Cebolla-
tif el Cuarehim y m% afluentes, cuya direedon marea,
áifidiendo tus aguas y nuaüflcáudosa ea nmltiliiA debia^
£0S, la Cvehilla-Grafide^ ramal délos Afides y el rasgo
maspreemiüente de nuestro pais, al que onua de N<»te
é%ñá, y que hace mas importantes i eios rios^ todavf ano
surcados por el hombre, pero que algún día esteuderán
su benéfica influencia en propomones colosales á la
agricultura, á la industria y al comercio, --fuentes de
la riqueza púbUeá y privada,*^a República Oriental jEkie**
ra ya un coloso de prosperidad, si el genio de la barbarie
y déla guerra no esterilizase con su aliento las semillafi
fecundas del progreso que espontáneamente brotan de su
seno, despedazado sin cesar, ora por el hierro de sus
propios hijos, ora por la codicia estranjera.
Desde 1810 la sangro ha enrojeddo los campos y lia
ciudades, las llanuras y las montaflas ; el resplandor de
las llamas ha iluminado nuestras glorias y nuestras mi*
serias, y el estridor de los sables, el silbido de las balas y
el trueno délos cañones ha ensordecido la tierra, desde
las márgenes del Plata bástalos confines del Brasil, des«
de el Uruguay hasta, el Océano... £1 periodo mas largo
de paz que hemos tenido apenas llega á dos ó tres anos.
Para formarse una idea exacta de la belleza y de los
imnensos recursos que encierra este hermoso pedazo
del Edem americano, es preciso haber cruzado sus vastaa
soledades, sus canipos desiertos, aunque pobladoá defn^
numerables rebaños, una tarde de enero, cuando el sot
desaparece tras um cuchilla (1) dorando con sus <Utl*
(1) Pequeña moittafia ó serrezaelá.
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— 236 —
mo8 reflejos los bosques del Daiman ó el Rio-Negro que
se pierden de vista, en tanto que la brisa, cuyas alas se
han peritamado en la fragante cabellera de virgeoes sel-
vas tan antiguas como el mundo, agita suavemente kis
ergaiáñs palmas^ los sombríos sauces, laureles y saroñ-
dies que crecen á orillas de los nos, confundidos con
los rastreros membrillales, los aromáticos salsafraee» de
hojas plateadas y copa en forma de bóveda, los espi-
nosos aromas, los seíde» de encamadas flores, los cor-
pulentos guaya/canes, los densos guaviyús^ los frondo-
sos molles^ que ostentan agrupadas como un racimo sus
flores de color amarillento, y el alto y flexible caroM"
Mu, cuya» estremidades están defendidas por largas es-
pinas^sasi tan duras como el hierro; mientras en una emi*
nencia, al pié de un valle, en una quebrada ó al confei
de una llanura, como avanzado centinela se levanta, so«
litarlo é imponente, el jigante de las selvas americanas,
el magestuoso ombú, velado en su daro-oscuro man-
to... Es preciso contemplar esta natoraleza magnifica, al
lánguido fulgor de una alborada^ de una nodie de diciem-
bre, cuando los primeros vislumbres de la aurora ó de la
luna vierten sobre ellasu roció de plata. Nunca una des*
cripcion pálida podrá definirla tal como es. Los sonidos y
las palabras mueren al llegar al oido; nada pintan, nada
revdan, se necesitan volúmenes yhoras enteras para des-
cribir un paisaje, y no todas las veces se consigue; al
paso que una simple ojeada sobre loe cuadros sublimes
de la creación, graba para siempre con caracteres de Ale-
go en nuestra mente su animado trasunto, sus peregri-
nas imágenes, su recuerdo indestructible...
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— «at —
Nos domina el seiktimiento \ habla eloorazoD, y es
fuerza que reflexiose la cabeza.
Para que se juzgue hasta donde llegan los ineslingui-
bles recursos de ese pais, para que se vea lo que se pue-
de esperar de él solo eon dejar hacer ^ vamos á exhibir al-
gunos hechos que, con el fiio y mudo pero irresistible
lengw^e de los números, lo ponen al alcance de todos^
Tomamos estos datos de un folleto publicado en Paris en
1845 (1) y de unos eitados insertos al fin de unos c^prnu-
te» históricos sobre el sitio actual (Uontevideo 1844).por
el señor Wrigh, relativos á las adnúnistraciones de lUve-
ray Oribe.
A fines del año 38, después de una porfiada lucha,
que duró mas de tres años y de la que nos ocuparemos
«n breve, fué vencido Oribe y oMigado á abdicar el po-
der. El general Rivera subió por segunda vez á la pre-
tienda.
Lastimosa, tristísima, muy semejante ¿la actual em
la situación del pais ; agotado el erario, sus rentas em-
peñadas , desvastada la campaña por el ejército legal lo
mismo que por el constitucional ; destruida la confian-
za pública, holladas las inmunidades, monopolizado el
comercio, interrumpidas las relaciones con las repúblicas
vecinas... y sin embargo, bajo la tolerante, y nada mas
que tolerante administración de Rivera, la capital se en-
sancha y dilata hasta fcnrmarse á estramuros una nueva
ciudad que se confunde con la antigua, pues se alzarm
QUINIENTOS DOS KDfficios 5 «1 mcuos de tres años acu*
(i) Le Rio de la Plata, por A. Delacour, fundador y redacior
del Patriota francés de Montevideo.
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dw imimtn$ pteyat Tforricoiei» wl titraiitros; el
pastoreo y las faenas raralest ademas de sidiv^Kf e^w^
davtMMiteálas meendade» mteFiores,eQYia&al este-
rtor stts prodmtos por talor de vsiNTiDoa mbLOiiBa euá*^
TtMinrroe tus uih ma»cmffo$ wtwta y cmo pesos
Aiartei, tres reales» yentcao eala rada deHonteYideo
fioa mt ocffltocoBNfoa v»iitígisgo bncpies i (1).
Los datos suministrados á M. Delaeoor por don Gottr
ftdoHueker, empleado superior de la Aduana de Unir
teiideo (2)vpresentan un resultado no menos satisfai^
toiio.*'«««AIUse prueba con ese mismo Idn^iaje do los
numerosa que son tan aficionados los estaáistaa enroo
peoa, qaeel eamereío de la Inglaterra oon Montovideo,
i pMur de lai triste» eireunstancías aetualea» so elen^
«mudraaote k vBmn lauoiom defiranoos, y el deFtan^
eiaáiiiBCT oqbo (3).
¡Y el paisen que con tales condiciones devida^tit^
binado y aniquilado por la guerra y las disoordiaa dvi-
lee, ofireee tan serprendM^es resultados, as^samentt
<menta 380,000 habitantes!.., MeiM» que cualquiera
^ovineia de E^pafia.
(i) Tal 69 el resultado que de si arrojan los referidos estados
que solo abrazan el trienio de 1840 á 1842 y que se refieren úni-
esmenteá la capital. Su autor el señolr don Juan N. Madero, los
ha foroiado teniendo á la vista los libros de la aduana, de la car
pitania del puerto, etc. Compárense con los que presenta relati.
vos á la administración de Oribe (Est. V, VI y VIH). Y se verJ
eeán infalible es aqoeUa máxiina de los economistas, de que íoU
em Hei9f hacer ^ ééjar pa$ar, se realisan prodigio en kw países
verdaderamente ricos.
(^ Folleto dtado pág. il9.~
(8) Pág. 124.
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-2» —
nido Bueediendo hasta crear ]g ÁtiMieiQi} W 4ü klif
QM tncMtriflKíe.
£1 1<» demttrzQda íUiügmmA úwVUmiú Oñk»
ftié dkgido iffeiidQiite d» tat R^públiet. £1 geswd éa
Frucbíoie Rivera acababa de tenaunar au período cenrtí»
tocional, y preató auleai apoyo y próteceioii 4 Odbe p»*
ra que le reempUuaee.
Ocfte, que aíempra aUmaotó contra él\ioa eaifídja
büja y mili, porque siempre se haUa wiito wipeditada
por eu preetigio ó influeoeia» al poco tiempo deaaeio*
fM¡« al poder^ erey4 eoirreiiieDte d^abaeeiie de io Ifo»
cenas, y con este objeto envió una cuadrilla de naftfi
cfemeaáqueloaaori^aeetteiisa eftonetedelKieN^Bro,
donde se encontraba á la aaxoB.
Bieapado nnlagrosainente per entre la balas de loe
asesime, merced á su proeescía de ájiiiio y arrojo» hin
Msaseasilóá los bosques, y allí si^o que Oribe daiti-
tiáaé sus partidarios, desterraba á mi anugoa (1) )«
(t)Etiltt8tNlHTsAfttia, lo» VardASy ddedsr Alsia* y om^ aHM
etes persoMi soubies, partAaecMsiss «1 partido unitsrie 4fm
se hibim asilado en Montevidso, fueron vioUntameote dester-
rados al Brasil por Oribe á instancias de Rosas, que desde mucho
tiempo atrás, -—desde i830,— pretendía que no se debia dar
hospitalidad á los proscritos por él, atenía la gratitud y lo9 imte^
ra$e$ eómunei i¿ Isi pudflit del Plata, Soa piUiwaa tastualss
de usa nots de su ministro Anchoraw al gobierno oriental foche
20 de setiembre de i 830, publicad» en los periódicos deMonte-
Tideo j Buenos Aires. Rivera se negó siempre á conyertirse en
instrumento de la saña de Rosas, y este es el origen del odio im*
placable que le profesa.
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- 240 —
declaraba traidor, y estaba en secretas negoelaetoBes
eon Rosas ]^a anularle é incorporar la Banda Oriental
á la República Argentina.
Muchos errores y desadertos ha cometido el genial
Rivera en su larga carrera poUtica, y sus defectos no son
poeos; peronadie le negará un patriotismo á toda prueba
y una alma noble y generosa. Ha derramado su sangre
desde la edad de quince años, combatiendo por hi indor-
pendencia del suelo que le ylé nacer, y los leones de
Castilla, los leopardos de Albion, las quinas de Portagal,
las estrdlas del Brasil, y todos los pendones de los Es-
tados vecinos, se han humillado mas de una vez ante la
bandera azul y blanca que él tremol8d)a en su robusto
brazo.
Rivera no pudo ver con indiftoencia ni la ingratitud,
ni los desmanes, ni los proyectos maquiavélicos de Ori-
be, y el 16 de julio de 1836 se alzó en armas contra él
declarándole traidor á la patria y á la Constitución*
Sus fieles gauchos y sus mimerosos parciales de todos
los puntos de la República acudieron al grito de su anti-
guo general, y después de cuatro sangrientas batallas
con fortuna varia, el tercer ejército de Oribe fué com-
pletamente deshecho en las Puntas del Palmar el 15 de
junio de 1837.
De nada valió á Oribe la protección de Rosas; el país
enmasa le rechazaba. Encerrado con algunas fuerzas ur-
banas dentro de los muros de Montevideo, tuvo al fin
que capitular. Celebró una convención de paz á media-
dos de octubre de 1838, abdicó el poder, y se trasladó á
Buenos Aires.
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— SMJil —
Su rentmcia y aceplwáon por ln oBaiublea genmd
emvecada ai efecto, est&ii otoedbidaa en éétos térmiiids :
Coüfcftddo el i»fwtdeiite de 1» Ile|»tiillei qUe ni pcrakiñflÉcili
«9^61 siando es el único obsiieulo cpae se preeenú p^stk velfer
á la misma la quietud .y traoquilidad de que tanto necesita, Tie^
fié Aflte V. H. á resignar la autoridad que como órganos de la
Mdon le habelij confiado. No es en esté instante útil ni decoroso
eitttr «Q li ei[>Ucael<ni dé Ud causas que íe obligan á dar eáté
piae^ y debe bMtards Mber» ccímo lo sabel», que asi le éxi^e el
sosiege del país y la consideración de que los sacriiieios persona-
les son un holocausto debido á la conveniencia general. Dignaos,
honorables senadores y representantes, admitir la irrevocable re-
signación que hago en este momento del puesto que he desem-
piiido, y e4»ieededikie ademas, como á los ministros que quie-
nsk mtgftín^; ilm Uceneit temporal para separarme por algún
tiMMpo d€i paiey que asi le aeomsiia iniestva poficioa. Honorable
asamblea general* — Manuel Oribe*
BlSoiadéylft 0te*ra de represientantei de la Képúblíeü
Orieotal del Uruguay, reunido» e» asaiid>lea genenl, deeretm :
hxLy Admiteshe la resignación que hace del cargo de presidente
de la Repúblicjk el brigadier general don Manuel Oribe.— Art. 3°
Se concede al señor ex-presidente de la República y á los cíü-
dadaoM qtíe han sido sus ministros, licencia para salir del ter-
iMém por el tiempo que lo creyesen necesario^ ete.
MffigdéSé ahora con qoé derecho se fHuIa Oribe prisU
Ú§Mé legal dé la RepAhlica del Uruguay^ el traidor
Oribe que hasta ha dejado de ser ciudadano de ella, por
él art. IV del cap. IV de esa Constitución que invoca,
admitiendo empleos y honores de un gobierno estraño;
y véase también la justicia y buena fe con que su oficio-
so amigo don Juan M. Rosas le proteje. Fuerza i
dby Google
— 242 —
venir que htti naddo d uno pura el otro. Gontinaeinos.
Rosas reeibió muy inal á Oribe: este, en su concepto,
habia tenido poca fibra y no habia querido s^uir al pié
de la letra sus instrucciones-, y en honor de la verdad
debemos declarar que el ex-presidentey aunque antes, en
la guerra con el Brasil, se habia distinguido por algún
rasgo de crueldad con los prisioneros, no se mandió
en el periodo de su mando con ningún crimen. El tra-
to de Rosas y la desgracia le ftaeron fatales : pronto ie
veremos convertirse en el mas sanguinario de los pro-
cónsules del Dictador.
Elegido Rivera presidente por segunda vez, aceptó (1)
la guerra que Rosas le estaba haciendo embozada y tran
doramente desde 1830. Rosas le contestó lanzando del
otro lado del Uruguay el 28 de jidio de 1839 un ejército
de 7,000 hombres; ejército que á pesar de haber sor-
prendido al nuestro en lanutdrugada del 29 de diciem-
bre del mismo año, fué batido y deshecho en los campos
inmortales de Cagancha por algunos escuadrones capi-
taneados por Rivera, por intV quinientos hambres, úni-
cos que no se aterraron en la sorpresa.
El general Rivera, como Artigas y Quiroga, es un tipo
de esos célebres guerrilleros americanos, acostumbrados
¿ vencer á sus enemigos con fuerzas tres ó cuatro veces
inferiores. Pocos cuadros de infantería, aun siendo eu-
(1) a La República Oriental se honra en declarar que ella no
lleva, sino que contesta la guerra : su rol es, pues, enteramente
defensivo, aun en el caso probable de tener que invadir. » —
(Manifiesto de guerra publicado en Montevideo el il de marzo
de 1830.)
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— 243 —
lopea^ han resistido las cargas de sus ginetes: los escua-
drones á cuyo frente se pcme, ó quedan tendidos en el
campo ó triunfan. Su serenidad, su audacia, el entraña-
ble afecto que le profesan sus soldados, y las breves pe-
ro enérgicas palabras que les dirige, antes y en los mo-
mentos de la pelea, les obligan á hacer prodigios de
valor. En Ywmiujá con 700 hombres venció á Oribe que
llevaba 3,000, y la batalla de Gagancha, ganada por ese
puñado de valientes cuando casi todo nuestro ejército
huia en alas del espanto, es uno de los laureles mas es-
pléndidos y bien ganados, de los muchos que ciñen la
frente áA vencedor del Rineonj SmUi-Ana y Guakguay.
No por eso Rosas desistió de sus proyectos : los atpla-
lé para mas tarde. Puso á Oribe b^jo las órdenes de Ló-
pez, gobernador de Santa-Fe, y le envió al interior de la
República Argentina á pelear contra los que él llamaba
unitarios, pero que no eran mas que infelices cpie se re-
velaban contra su salvtyetirania, y tan satisfecho quedó
de este primer ensayo, que álos pocos meses le nombró
general en gefe del formidable ejército que reunió en
Coronda.
Oribe, como todos los instrumentos de un poder san-
guinario y feroz, como Fouquier, Tallien, Gamot, y de-
mas procónsules y miembros de los comités en la época
del terror, correq^ndió dignamente á la confianza del
moderno Robespierre, y si no se escedió en sus instruc-
ciones como aquellos, llenó cumplidamente los deseos
de Rosas. Con cabezas humanas aseguró el trono vaci-
lante de su amo, y con cabezas humanas erigió un mo-
numento de oprobio ásu memoria. Remitimos al lector
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i nuestro segundo articulo. Maza, Gonilra, Padia^,
«tCy eitabaA á aus órdones é fleguiansusiostiruecioiiit.
Lai proviueia» argantina» fuaron asoladaa, la saogra
cof rió á torrentes en los campos de batalla y an las pa-
eifieas alúdales; tres a&os duró aquella desesperada eoi»^
tienda, hasta que los dos ejércitos libertadores, eapita<-
neados por Lavalla y Lamadrid, cayeron para no lavan-
tarsa qoms en Famalla y Rodeo del medio (1841).
El general Rivera cometió entonces la impiudanoiadf
pasar al Uruguay, é invadió la provincia de Entro-Rioa.
El 6 de noviembre de 1843 fuó eampletamente yaor-
ddo en el Arroyo-Grande^ donde todo se perdió menos
el honor. Toda la infanteria, el parque de artillería y los
bagages quedaron en poder del enemigo. Cómoda coa»
tombre, ftieron condenados á muerte todos los prisión^
ros de cabo para arribadla degollación duró tres dias(l).
Oribe, engreído coo la victoria y al frente de 14,000
soldados, invadió la Banda Oriental á principios de enafo
de 1843.
(1) En una carta del coronel don Gerónimo Costa» muy cqbq^
cido en Francia por su ponderada defensa de la isla de Martin
Garda, carta escrita sobre el campo de batalla, publicada en el
Boletín n"* i3 de Mendoza, y dirigida al fraile Aldao con fecba
7 de diciembre, se lee lo que á continuación copiamos :
< fil resultado de esta importante victoria ha sido <üuedar en
el campo de baulla mas de 2,000 salvages muertos y 1,1100 prl«
sionerQs, toda su arUlleria y material del ejército^ siendo eatff
los primeros el titulado general Abalos, coroneles Paez, Uenei^
trosa, Mendoza, sobrino del Pardejón Rivera, Morello el sQcre»
tario de tnascariUa, y mas de ciento cincuenta gefes y o/iciales
que en el acto fueron egeeutados. »
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— 245 —
Pasados los i^rimeróft momentos de estopor, algunos
esforzados patriotas en los departamentos y en la capi-
tal dieron el grito de ¡al arma! El valiente coronel don
Melchor Pacheco y Obes (hoy general y ministro de la
república en París) faé el primero que en el departa*
mentó de Mercedes demostrólo que podía hacerse cuan-
do hay fe, patriotismo é inteligencia en los que com-
baten por una noble causa. Declaró libres á los negros
esclavos, organizó una fuerza de cerca de dos milhom-
bres, y se replegó sobre la capital cuando el enemigo
avanzaba sobre ella á marchas forzadas.
Pronto la capital tuvo un gobierno del que formó parte
este mismo Pacheco, alma de la heroica resistencia de
Montevideo por espacio de tres años. El y sus dignos
compañeros ayudados por el respetable general Paz,
aunque desprovistos de todo, sin dinero, sin tropas, sin
aliados, sin crédito interior ni esterior, organizaron en
pocos días la resistencia con tanta rapidez, que cuando
llegó el menguado teni^ite de Rosas, en vez de entrar
con tambor batiente y banderas desplegadas como es-
eribia á aquel, después de hacer una salva triunfal en el
CerritOy (1) tuvo que sentar allí su^campo, porque se
encontró con una linea de fortificación que cerraba la
ciudad de mar amar, coronada por cíen piezas de arti-
llería y defendida por seis mil bayonetas.
Entonces empezó la encarnizada lucha que no en vano
ha llamado la atención de la Europa,— aunque la Europa
no la haya comprendido, — y que dura todavía después
de ocho años que está sitiada la ciudad de Montevideo,
(1) Eminencia á dos leguas de Montevideo.
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El fiiipflr paaodeOribeía piHTtlteifitoriodi wfa-
trf«, fué arrojar á la eireulacioa miliares de {urodaiMs
revestida» de »u firma» amenanando pasará oiidiiUo A
todos los unitaros'y á los que los protejiesao, si n» depo-
nian ímnediatameote las armas y se somettan 4 m Mt^
ridad, que era la úoiea legitima.
Poco después estableció á imitaeiou deRosaa em^ism^
nea plasific^doroa^ cuyo destino ea el núsmo que ^ d«
laa que este creó en 1830 con motivo de su adveni»
mianto al poder. Comisiones inicuas que no son mas
que una parodia senrU de las famosas comlsionMi elasí«
fieadoraa de la primera república francesa, y de laa que
esos dos Gaines han dado el primer funesto ejemplo en
la Ameriea del Sud.
Enseguida espidió un adieto eeafiseando loa bienea
de varios unitarios, medida que luego amplió á los da
todos (1); mas tarde, otro decretando la introdueeion
del papel moneda de Buenos Airea y au aceptación bajo
pana de la vida; robo manifleslo y escandaloso, pues
nadie ignora que Rosas ha falsificado maa de BMSsank
MiULONES de pesos fuertes, y no contento con estas aspo»
(i) Eftte decreto e^tá eYidentemente caldudo so)Hpe el de Ro«M
que ya conocen nuestros lectores \ dice asi ;
a Ministerio del Interior.
Cuartel general del Gerrito de la Victoria, Julio 28 de 1845.
El Poder ejeoiiti?o de la Repüblloa : considerando los enormes
males (la músioa dé siempre).
Art. i** ¿01 hienei éU loi salv^ges unit§rioi ucimíraé^^ m M$
el territorio 4e la Hefiública se deckiran propieÍM d^ ^«leda*--
(Siguen otros dos artículos haciendo estensiva la pena á los neu-
trales ó indiferentes que no se incorporen á su ejército.)
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— 247 —
HicieMS, Bfeiiti^ átoda elase de eseeMs y violeneits ;
puso los fusilamientos y degüellos á la orden del dia, y
por último, siguiendo siempre las huellas de su maestro,
estableció mas-horcas en todas las capitales de los de-
partamentos ocupados por sus tropas.
Seria interminable nuestra tarea si hubiésemos de ci-
tar el largo catálogo de sus crímenes. Repetiríamos inú-
tilmente lo que llevamos dicho acerca de Rosas. Para
apreciar á Oribe basta leer la siguiente circular á los
cónsules estrangeros :
« Bl presidente legal de la república .
« Cuartel general abril i'^de 1843.
«AI^Sv. Gensül d6.<.
« £1 qm ürma ba sido inlomudo eoii disgusto, que vvám m«
trangeros de los r^ideixtes ^n Montavldeo eiii]^}ean nnes sa in-
flaencia para atraer partidarios á los rebeldes saWajes unitarios»
7 otros toman las armas en favor de los mismos rebeldes,
«Notorio es el respeto que el que firma ha dispensado á las
propiedades. y^ personas de los subditos de las otras naeionesy
pgrqae^ asi se loba» aoo»«ciado Ui eivilizaekiB, la justicia y «ns
propios sentimientos, mientras aqfueUoa. se eonservaae» en la
esfera que les corresponde : pero e8to$ y aquellos le aeonsejan
cifrar en un sentido enteramente contrario y vigoroso contra los
que olvidando su posición, la pierden tomando parte en negó-
qIm que no les perteneoen, 7a sea llevados del interés ó de
cnilquiefA otro estimulo.
« Por . eonsigmen te, el que finna se ve obligado i doclartr qu0
no respetará la ^oMai d« estranger^ ni &^ los bienes ni en l«a
personas de los subditos de otras naciones que tomasen partido
con los infomes, rebeldes salvajes unitarios, contra la causa de
las leyes que el infhíscrlto y las fuerzas que le obedecen sostie-*
neo, sino cf^e serán considerados también como rebeldes safoages
unitarios, y tratados sin ninguna consideración.
Con este motivo el que firma se complace en sahidar al... con
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— 248 —
estima y oonsMeradoD. — Mmmel Oribe. — Por drden de S. E.
Carlot G. YiUademorot.*
Ya hemo» dicho qoe esta bárbara circular promovió
el armamento de los estranjeros que hasta entonces ha*
bian permanecido en espectacion, aunque viyam«ite
alarmados por el terror general que los escasos de Oribe
empezaban á diftmdir en el país. Acudieron & las armas
porque no les quedaba otro recurso : se les declaraba
unitarios j es decir, fiíera de la ley, y ellos sabian por es*
perienda lo que aquellas palabras significaban en boca
de Rosas y sus tenientes. Bastaba para incurrir en su
enojo profesar simpatías al partido contrario, ó usar de
su influencia para atraerles prosélitos. En vano d noble
comodoro Purvis, digno representante de la Inglaterra
en el Plata, humiHó con su pié la cenrlz del insolente
degollador, obligándole á que se retractase y retirase su
nota (1) en él termino de veinte y cuatro horas : los es-
traineros comprendieron que Oribe, forzado por la ne-
cesidad, prometería lo cpie no cumplió ni p«[isó Jamás
en cumplir, y perseveraron en su propósito. La esperten-
cía ha demostrado luego cuánfundados eran sus temores.
Dejando para otra ocasión el examen de este punto
que se liga naturalmente con la política de ios gabinetes
europeos en el Plata, y la heroica defensa de M<mtevi-
deo, que merece un artículo aparte, veamos ahora qué
es lo que Rosas se propone en esta guerra.
(1) Y como Oribe contestase paladinamente que primero se cor-
taría la mano, Pnrvis capturó la escuadra argentina que hU>^
qnealia á Montevideo, y el titulado presidente amonestado seve-
ramente por Rosas, no tuvo mas remedio que cantar la palinodia,
retirar la nota, y prometer que respetarla á los estrangeros.
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— 249 —
Su Gaceta ha declarado que es preciso reducir á Jfo»-
tmieo á su estado normal^ y en el Britüh Pocket (1)
del 15 de mayo de 1841 se enoueotra im articuld que
confirma ampliamente las pretensiones de Rosas á este
respecto.
Reducirá Montevideo i su estado normal, no es otra
cosa que reducirlo 6 la condicioo de provineia que tenia
antes de la revolución de 1810* Mas daro : Rosas quiere
incorporarlo á 1? Confederación. Sumas vivo anhelo,
todo el fin de sus aspiraciones sereduce á reconstruir el
antiguo vireinato de Buenos Aires, que como nadie ig-
norai se compopia déla República Argentina, la Banda
Oriental» el Paraguay y parte de BoUvia»
Montevideo es indispensable.para la reaUzacton de sos
fttturoa planes» La posición geográfica, la riqueza y
(pfiandes recursos de aquel pais privilegiado, ha sido pw
espacio de dos siglos una manzana de discordia entra
las coronas de Espaila y Portugal. Los ingleses también
han querido en varias ocasiones apoderarse de ál; y Ror-
sas no puede consolidar su Urania, ni estando sus conr
quistas y su sistema rojo^ sin clavar aptes alli su lábaro
de muerte. Mientras Montevideo permanezca en pié ,
siempre sus enemigos tendrán un asilo en la rivera iz-
quierda del Plata, el comercio estranjero un depósito y
un mercado sin rival en aquellas regiones, y el contraste
que ofrezca con Buenos Aires y las míseras provincias
argentinas hará resaltar mas y mas el despotismo que
las abruma. Es preciso que Montevideo 6 Rosas sucum*^
(i) Perlódioo inglés que se pnbUoa en Buenos Aires con el único
ol^eto de que circiile en Europa.
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— 250 —
ban ;— no pueden coexistir. Para que las tradiciones de
nuestra revolución se salven, es de absoluta necesidad
que Rosas y todos los caudillos desaparezcan; asi como es
indispensable para que el gaucho consume su obra de
iniquidad, que Montevideo vuelva á su estado normal,
ya bajo el dominio de Oribe, ya bajo el de otro cualquie-
ra. £1 dictador no dormirá tranquilo, no verá realizados
sus locos ^sueños, hasta que cambie su cuchilla ester-
minadora en cetro de hierro, y para esto necesita do-
minar desde el cabo de Hornos al de Santa María. En-
tonces,*; cierre primero la muerte nuestros ojos !— po-
dría imponer la ley á la America y á la Europa. La Eu-
ropa retrocedería ante las dificultades que tendria que
vencer para combatirle con ventiija. El haría creer á ma-
sas inespertas é ignorantes que se trataba de una con-
quista, y hasta las piedras se levantarían contra los
estranjeros....
Es preciso conocer las provincias del Plata, coyas po-
blaciones viriles, guerreras, y las mas intrépidas de Amé-
rica, al dedr de Torrente, han demostrado ya combatien-
do contra la madre patría «a la mitad del nuevo mundo,
hasta qué grado de exaltación llevan el sentimiento de
su independencia (1): es preciso conocer la topografía
de aquel pais, defendido por impenetrables montañas,
ríos, bosques^ desiertos y llanuras inmensas, para for-
marse una idea exacta del carácter que podría tomar la
lucha. La guerra con solo elementos europeos, ha dicho
oportunamente el sefior Lamas, sería un cáncer intratable,
(I) Un solo hecbo nos permiUremos aducir eo praelift de eUo :
los ejércitos españoles yencidos antes en Salta y TncomaD, i
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— 254 —
y Uegaria el caso en que la Europa preferiria abandoiuir
Dttestroft mercados á tener que abrírselos con las armas.
I Y cómo han procedido la Francia y la Inglaterra, 6
mejor dicho, sus menguados diplomáticos, en esta cues-
tión, que no es ya una cuestión política sino humanita-
ria, de honra, de conveniencia propia? ¡ Vergüenza da
decirlo ! provocando á Rosas, poniendo las armas en ma-
nos de los subditos de sus reyes, promoviendo levanta^
mientos, y luego, al menor contraste, á la mas leve prome-
sa del Caimacán^ que no cumple ninguna, desistiendo de
sus pretensiones, abandonando á sus compatriotas y
traicionando á sus aliados ! ¡ Tanto pueden el om y las
intrigas de Rosas I
El tratado Lepredour, que al parecer ha sido aproba-
do por la comisión nombrada al efecto y que pronto debe
discutirse en la cámara francesa, es uno de los muchos
puffs con que nos han obsequiado franceses é ingleses, ii^
gloses y franceses, desde 1840 ¿1851. ¡Dios los perdone!
Felizmente la causa «anto de Montevideo no necesita
ya de la Europa para triunfar. A estas horas las mejo-
res tropas del dictador, á las órdenes de Urquiza, su
mejor general, veinte mil brasileños y doce mil para-
guayos han debido penetrar en la Banda Oriental y en
Corrientes. Tal vez marchen ya sobre Buenos Aires, y
pasaron ia cordUlera de los Andes. Todas las provincias y diH
dades del resto de América se perdienm y reconcpiistaron por
los realistas varias veces : solo el vireinato de Buenos Aires y
su capital permanecieron en pié, desde el principio hasta el fin
de la contienda. Los ejércitos argentinos llevaron su pendón
emancipador á todas' partes, y en todas partes dejaron bien puesto
so nombre.
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il rntastroo que la oprime haya expiado sus crimeneft
en un patibulo; 6 vague por la Pampa entre los indios
lalvi^eay qoe él llama su» amigos, pero que le matarán
sinmitérioordia en cnanto se ponga a precio su cabeza.
La vértdiea Prensé de París y el impdrdal Jowmal des
DebaUj periódicos amigos desinteresados de Rosas,
pueden decir lo que quieran^ y la Esperanza y otros dia-
rios españoles repetiren coro lo que en ellos encuentren.
Loasnceeos hablarán.
En ttD coarto y titimo articulo examinaremos las cues-
nones pendientes entre Rosas y las provincias Argenti'»
nas^ él Brasil, el Paraguay, la Francia, la Gran Bretaña,
y en general con las demás potencias estranjeras. En
este r^ido bosquejo, procuraremos poner á buena luz
las aspiraciones de Rosas y sti terdadera situación en la
adoatídad. Esta faz de su gobierno y de sus actos es
acaso la mas importante y la que exigiria un eiámenmas
deteirid» y concienzudo ; pero la índole de un perfddfeo
HIersrio que aparece de siete en siete dias, no permite
eslendefse demasiado sobre una misma materia. Trata-
ranos, no obstante, de conciliar la brevedad con la ne-
caridad de SJar bien ciertos hechos, y asi completaremos
el cuadro que nos hemos propuesto trazar del sistema
del dictador, de lo que representa y de lo que se pro-
pone* Yaque Rosas encuentra panegiristas m todas
l^esyjQilo es qi» alguno se encargue de rectificar la
^^lon pébHca estraviada, pues coiño ha dicho un ilus-
tre mártir de sus nobles creencias : il primo jíe^ nostri
DOVERI SI É L'aMORE DEUA VERITA t IX VfiOR D( BSUMr (!)•
(1) SiMo Pellicoy Dav. iegU tKwitiit.
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: - 253 —
VIII.
CUBSTIONÍBB INTERIORES Y ESTERIORES DE LA REPÚBLICA
argentina: INTERVENCIONES EUROPEAS: SITUACIÓN
ACTUAL DE ROSAS.
{Publicado el 23 de ago$to de 1851.)
Uemo» manifestado en los anteriores arifculos, cuál es
el eq^triUi y las necesidades del sistema de Rosas : ahora
yamós á ocupamos de las cuestiones á que ha dado lugar
en América y Europa ; cuestiones cs^tales para el por-
venir de aquellos paisas, y que no pueden resolverse sa-
tisfactoriamente, sin que el patriarca de la mas-horca y
del ütíema americcmo rqjo desaparezca para siempre de
la escena política.
La primera cuestión relativa á lasprovinciasargentinas,
versa sobre la usurpación de poderes que Rosas les ha
hecho, desconociendo su soberanía y la igualdad de pre-
rogativas y derechos que tienen con Buenos Aires. En
vano las provincias, en diferentes ocasiones, ora por
medio de sus delegados, ora apelando á las armas, han
procurado reconquistar sus perdidos fueros. Rosas ha
contestado á sus justas reclamaciones fusilando á sus
emisarios, y también á sus gobernadores (1) no bien caian
(1) Debemos advertir que por la ley fundamental de la Repú-
blica Argentina ningún gobernador puede ser juzgado ni senten-
ciado sino por un congreso general de diputados de todas la
provincias; y sin embargo, el proceso del sucesor de López, don
Domingo Gullen, gobernador de Santa-Fe, no contiene mas que
la siguiente pieza :
Arrayo del Medio junio n de 1839.
Al Escmo. señor gobernador y capitán general, nuestro ilustre
• 8
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— «64 —
en sus manos, invadiendo su territorio con fuerzas infloi-
tamente superiores, yUevándolo todo á sangre y fuego(l).
El alzamiento de Urquiza de que tanto se habla hoy, no
es un hecho aislado y sin antecedentes. Como observa-
mos oportunamente en El Clamor público^ al rectificar
las equivocadas opiniones de La Esperanza^ ese alza-
miento se liga con el de Corrientes, pueblo heroico que
en cuatro años ha roto seis veces sus cadenas y seis veces
lia sucumbido, agobiado pbr el número de soscontrarios; y
se ligatambien y tiene el mismo origen que los posteriores
de Córdoba, Tiicuman, Salta, Catamarca, La Rioja, San
J uan y Mendoza, provincias de laConfederacion argentina^
Asi se esplica cómo Rosas desde que manda no ha te«
nido ni tendrá un solo dia de paz : los pueblos <^midos
y vejados, vencidos mil veces se rebelarán, porque bi^o
el despotismo la rebelión es el único recurso que queda
al oprimido contra el opresor.
restaurador de las leyes, brigadier don Juan Manuel Rosas.
Excmo. seilor:
Hecibi del teniente coronel graduado, edecán del Excmo. señor
gobernador y capitán general de la provincia de Córdoba, al reo
de Icsa-nacion unitario Domingo Cullen ; y en virtud de las ór-
denes de V. E. fué fusilado, habiendo recibido los auxilios espi-
rituales por el señor sacerdote de San Nicolás, don Ramón Gon*
zalez Lara.
Dios guarde la importantísima vida de V. E. muchos años.
Excmo. señor.— Pedro Ramos
Mucho podríamos decir de los asesinatos de los gobernadores
Heredia, los lieinafés, Quiroga, etc.; pero tendríamos que entrar
en largas esplicaciones, y nos basta para nuestro objeto probar
con un solo hecho irrecusable lo que afirmamos en el testo.
(1) Véase el artículo VI de los documentos relativos á Cata-
marca, Tucuman, Mendoza etc.
•
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— 265 —
La segunda cuestión es la independencia del Paraguay
que el dictador se empeña en np reconocer, á pesar que
oficialmente lo fué por la primera junta que se formó en
Buenos Aires (1) y posteriormente lo ha sido por todos
los gobiernos menos el suyo. La raeon que alega es cu-,
riosa, pero pueril é irracional, y no merece una seria re-
futación. ¿ Cuándo ni cómo España le ha nombrado á él
heredero universal de todos sus derechos en aquella parte
de América ?... El descaro y la insolencia del gaucho
solo pueden igualar á su ignorancia. Declare paladina-
mente que el Paraguay nunca ha fraternizado con su sis-
tema de sangre ; diga que quiere impedir á los estrange-
ros la navegación del Paraná^ y que aquella rica y flore-
ciente república, sepultada en un rincón de América, se
opone tenazmente á su propósito, porque la Providencia
no le ha abierto otro camino para ponerla en comunica-
ción con la Europa, lo mismo que á las provincias litorales
de la confederación, que el caudaloso é inmenso Paraná^
verdadero mar, que arranca de las montañas auríferas
del Brasil y va á desembocar en el Plata, después de ha-
ber fecundizado en su tránsito centenares de leguas y re-
(1) Asi a^ece del art. Y de la Gosvencion entre las escelea-
tísimas Juntjs^giü^ernatíYas de Buenos Aires y del Paraguay, en
el que se establiy^ que este es independiente de aquella : y en
la Gaceta de Buenos Airea del 3 de octubre de 1811 se encuentra
un oficio de la Junta gubernativa del Paraguay á los comisarios
de la del 1^0 de la Plata, general don M. Belgrano y doctor don
V. A. Echeverría, en el que se dice literalmente :
« La contestación que W. SS. nos citan y ba dado á esta Junta
!a Escma. de Buenos Aires correspondía su carácter de justicia
y moderación, en el reconocimiento 4e nuestra independencia. »
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— 2[56 —
corrido países tan variado^ en temperamentos como en
producciones ; confiese Rosas que no puede consentir
que la industria, las ideas y el moVimiento civilizador de
la Europa penetren con el comercio en los míseros pue-
blos sometidos á su yugo, y no busque pretestos fútiles y
mezquinos para oprimir con la ley del mas fuerte á un
pueblo tan sensato, tan pacífico é industrioso como el
Paraguay. ¿Porqué si algunos derechos tenia, no los hizo
valer mientras vivió el doctor Francia? ¿ Y por qué se
ha acordado de ellos justamente cuando el Paraguay en-
traba en una nuevaera de paz, dé progreso y felicidad?...
La razón es clara ; el doctor Francia, cuyo elogio á fuer
de discípulo agradecido ha hecho el dictador en su Gíí^
ceta, mantenía secuestrado aquel país del trato del mun-
do civilizado, y los nuevos gobernantes siguen otra marcha
muy distinta. Lo suficiente para que Rosas cortase toda
comunicación con el Paraguay (1) ^ prohibiese que nadie,
directa ó indirectamente fuera osado á recibir sus frutos
ni aun por razón de medicina (2), y por último declarase
salvajes unitarios á sus naturales.
Conocidos estos antecedentes, volvamos ¿la razón pe»
régrina que alega para no reconocer su independencia,
« El derecho del gobierno argentino, dice' Kons^ iu Gaceta
del 15 de enero 1845, es coman k los de América /f^^ que ac-
tualmente están en posesión. Tiene el mismo f|ÍtiY^ sobre loa
territorios respectiyos del uti-possidetis de láiMsialh^íones ó pro-
vincias españolas antes de la independencia; es de fundación.»
Y luego en dos difusos y endiablado® párrafos que no
entendería el mismo Merlin, se empeña en demostrar que
(1) Decreto del 8 de enero dé 1845.
(2) Diario de la tarde de Buenos Aires del 17 de abril de 1845.
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— «57 —
8ieado Buenos Aires capital del vireinato español del Rio
de la Plata, su gobierno ha heredado todos los derechos
de la corona de Castilla, sobre todas las secciones que le
correspondían entonces.
Ya hemos dicho que este absurdo no merece los ho-
nores de una seria refutación. Solo es de estrañar que el
titulado demócrata, el americano por escéTencia, el que
grita y hace gritar ¿todos ¡ federación 6 muerte! (y es
mas unitario que nadie ) reniegue del primer principio
proclamado por los emancipadores del nuevo mundo, á
saber : que el cautiverio de Femando VÍI y la ocupación
de España por los franceses, dejaba á los pueblos de Amé-
rica libres para reasumir el poder supremo y adoptar la
nueva forma de gobierno que cada uno creyese mas con-
veniente á sus necesidades é intereses. Si el Paraguay no
puede ser libre, en el mismo caso se encuentran la mayor
parte de los Estados americano^, inclusos los del Norte;
pero el Paraguay sabrá como ellos escribir el acta de su
independencia con la punta de sus lanzas en algún campo
de batalla, y Rosas ó el que le suceda no tendrá mas re-
medio que firmarla. Doce mil paraguayos con el fusil ál
hombro y sable en mano, aguardan hace cinco años que
se les dé la señal de pasarla frontera ; y hoy, gradas al
alzamíento'de Urquizá y á la alianza ofensiva y defensi-
va con el Brasil, van á conseguir lo que tanto anhelaban:
marchar sobre Buenos Aires, ¿ destruir al tigre en su gua-
rida. I Dios bendiga sus armas !
La cuestión del Brasil es todavía mas seria y compli-
eada que la del Paraguay; El Brasil tiene un interés di-
recto en la indep^deneia de Montevideo. El protesto que
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- 258 —
siempre alegó Portugal para justificar sus usurpaciones
en nuestro territorio, se fundaba principalmente en que
las fronteras naturales de sus posesiones en América
eran el Amazonas y la rivera izquierda del Plata. Desde
1678, época en que se fundó la colonia del Sacramento
por los portugueses, hasta nuestros dias, entrambas coro-
nas se han disputado con las armas en la mano el esclu-
sivo dominio de la Banda Oriental, y sus sucesores han
seguido las huellas de sus respectivas metrópolis.
Pero estaba escrito que los descendientes de los espa-
ñoles, emancipados, probasen á los de Lusítania que el
antiguo brio de sus padres existia tan esforzado é indo-
mable como en los primeros tiempos de la conquista. El
poderoso imperio del Brasil que contaba cinco millones
de ahnas, fué vencido por la ^Qqjaeña provincia dspla-
tim (1), auxiliada por algunas tropas de Buenos Aires.
El general argentino don Carlos María de Alvear batió
completamente en Kuzaingó el 20 de febrero de 1827
al grande ejército imperial á las órdenes del marqués
de ^arbace^a, y el 27 de agosto de 1828 por media-
ción de la Gran Bretaña , se firmó una convención
preliminar de paz cuyo tercer artículo dice terminan-
temente t
« Ambas altas partes contratantes (el Brasil y Buenos Aires) se
obligan á defiender la independencia é integridad de la provincia
de Montevideo, por el tiempo y en el modo que se sjustáre en el
tratado definitivo de paz. » .
Esta convención se ratiflcé y ha sido respetada hasta
la elevación de Rosas al poder; pero han sido necesa*
(1) Nombre que dieron los brasileros á la Banda Oriental al
incorporarla al imperio en 1823.
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— 259 —
líos los Últimos sucesos, para que el Brasil compren-
diese , demasiado tarde , — aunque nunca es tarde
para conocer un error,' — cuales eran las intenciones de
Rosas al violar ese solemiíe pacto. El dictador aspira
nada menos que á derribar el imperio, ora promoviendo
sediciones en las provincias situadas al Norte del Brasil ,
fronterizas con la república del Uruguay, ora declarando
en su Gaceta^ que la monarquía es planta exótica y un
escándalo en América^ y que ya es tiempo que ese Empe-
rador "ñk^k^k^ (1) deponga una corona y un cetro car-
comidos. Dueño Rosas de la Banda Oriental, ppente colo«
cado por la naturaleza entre las provincias argentinas y
el Brasil , la conflagración de este último seria inevita-
ble. En la tierra brasilera, como en el resto de América,
nada se ha arraigado profundamente. Las provincias li-
mítrofes con las nuestras son todas republicanas. Hay en
el Brasil veinte negros, mulatos, etc., par^ cada blanco,
y el día que el moderna Atila traspasase victorioso sus
fronteras proclamando la libertad de los esclavos , la
igualdad de derechos y el comunismo en acción, porque
no merece otro nombre el despojo y esterminlo de la
clase ilustrada y opulenta por la ignorante y miserable
(cuyo número es infinitamente superior), el triunfo Üel
sistema rojo seria infalible. El emperador del Brasil , en
vista de los atropellos y violencias de que han sido vic-
timas sus subditos en el territorio uruguayo ocupado por
las tropas del dictador, y de las últimas intentonas de
este en varias provincias del imperio , ha comprendido
(1) Plátano. En el sentido que Rosas le dá, es una palabra al-
tamente injuriosa.
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- j:60 —
al fin su posición y se ha decidido á recoger el guante
que el audaz gaucho le ha arrojado mil veces á la cará^
Las últimas cartas que tenemos de Rio-Janeiro nos ase-
guran que 20,000 brasileros estaban acampados á princi-
pios de mayo en la frontera de Rio-Grande. La lucha ,
pues, ha debido ya empezar, y será ¿ muerte. No hay
transacion posible entre el sombrío despotismo de Rosas
y las instituciones eminentemente liberales que rigen en
el Brasil, el pais de la América del Sud, donde — no va-
cilamos en decirlo— se goza la, mayor suma de libertad.
Si el imperio estuviese solo en la contienda , le compa-
deceríamos de antemano; pero unido á Montevideo , al
Paraguay, al Entre-Ríos y alas demás provincias argen-
tinas que irán alternativamente rompiendo sus cadenas ,
no bien encuentren un punto de apoyo, la victoria coro-
nará su esfuerzo. El imperio para consolidarse necesita
conquistar gloria y prestigio , y gloria y prestigio le es-
pera al fin de esta noble y peligrosa cruzada. Juega el
todo por el todo , y su enemigo no olvida ni perdona!
iVcBvictis!
Tras el Brasil vienen la Francia y la Inglaterra : gran-
des intereses comerciales , tratados existentes, compro-
misos anteriores y razones de conveniencia propia —
prescindiend.0 de otros motivos de honra y decoro , —
mal de su grado las colocan de parte de los enemigos de
Rosas.
Los ministros franceses é ingleses, no obstante, se em-
p^an en desconocer el carácter de la lucha que soste-
nemos. Sacrifican á mezquinos intereses particulares los
grandes intereses de su comercio, de su influencia, y de
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— Í64 —
80 buen nombre en aquellos países (1). No haMamos de
bumanidad : quien transije con Rosas ño la conoce.
¡ Pobres miopes ! . . , No ven ó no quieren ver que la
violación de los tratados, las tropelías dé este y su odio
á los estrangeros, son una consecuencia lógica y nece-
saria de su sistema. El, que nada respeta, no puede con*
sentir que haya dentro de la sociedad indígena esclava,
otra sociedad estrangera libre, que goce de prerogativas
y derechos negados á la primera. El contraste es dema-
siado chocante para no llamar la atención de todos, para
no despertar comparaciones odiosas que redunden én
perjuicio de Rosas , y Rosas por carácter y principios
no tolera jamás nada que pueda perjudicarle. La úáica
diferencia que hay entre los estrangeros y los hijos del
país, es que á los primeros se les mata ó se íes des-
poja con algunas precauciones, y se forma luego causa
(1) Rosas declaró terminantemente que no pagaría los intereses
ni el capital del empréstito hecho á la República Argentina por
' algunos banqueros de Londres, y hoy nadie ignora que solo por
estos y ea (dDsequio á estos el ministerio inglés se resolvió á
abandonar la intervención en 1847.
En una memoria que tenemos á la tísU (Au nom de 18,000
Frangais, Appel d la Franee, etc. París, 18^), dirigida á Luis
Napoleón, en la que se prueba cuanto se dice con docum^tos
auténticos, se encuentra plenamente confirmada esta aserción.
«La «asa de Bareng y compañía ha anunciado hace algunos
diaa que el gobierno de Buenos Aires pagarla mensualme&te
5,000 doUars (mas de 25,000 francos) noticia que« fijada en la
Bolsa de Londres, ha producido inmediatamente en los fon^s de
la Deuda argentina un alza de 8 por 100. Por complacer á una
casa de comercio particular, para facilitarla los medios de reem-
bolsar sus capitales, no se ha vacilado en sacrificar el comercio,
el honor y la dignidad de la Gran Bretaña en el Rio de la Plau! »
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— ?62 —
para averiguar quién ha &ido el asesino, ó justificar él
robo ; pero la suerte de unos y otros es en el fondo
idéntica; sus vidas y fortunas penden de una palabra
ó de un gesto del ilustre restaurador de las leyes, (Así
se titula desde que las ha puesto debajo de su asiento.)
Ningún estrangero alcanza satisfacción de sus agravios, y
pocos, muy pocos, la restitución 6 el pago de sus bienes
confiscados. Todo lo que cuenta la mercenaria Presse y
demás periódicos de París asalariados por Rosas , es
música celestial , farsa y mentira ! Aunque él quisiera
se encontrarla en la imposibilidad de satisfacer todo
lo que debe (1). La codicia de sus condottieros es in-
saciable, y antes que caiga una victima, ya se han re-
partido sus despojos.
La afluencia de estrangeros á Buenos-Aires, á pesar
dé este estado de cosas, se esplica fácilmente. La pobla-
ción que en Europa se desborda y derrama como el lí-
quido en un vaso, acudía hasta ahora poco á los Estados-
Unidos. El aumento escesivo de emigrados ha producido
allí casi los mismos inconvenientesque en el viejo mundo.
La inmigración europea rechazada en el Norte, se ha
visto obligada á costear el Süd de América; y como sus
coatas mal sanas, en general, no la inspiran confianza,
oomo en muchas partes las capitales enciwran un. ^an
número de individuos pertenecientes á las razas negra,
(t) «La sama de indemnizaciones debidas y reconocidas por
Rosas en el tratado de 1840, y las cantidades reclamadas oficia-
mente por nuestros agentes diplomáticos, por espoliaciones ve-
rificadas solo en el territorio argentino, en los dos años poste-
I riores al tratado, ascienden á mas de veinte t cinco hillones de
FRANCOS. »— Atí nom de 18,000 ftanfai4, etc, pág. 11.
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— 263 —
mestiza, etc., que se dedican á la esplotacion de los di-
versos ramos de la agricultura, la industria y los oficios
mecánicos, y las ciudades del interior demandan creci-
dos gastos para trasportarse aellas, la inmigración se
dirije en masa hacia el Rio de la Plata, cuyo inmenso
territorio virgen, cuyo fértil fuelo y suavísimo clima, sin
igual en el mundo, al decir de Azara, la brindan con
fáciles medios de subsistencia y la seducen por todos
conceptos. El que se ve con el dogal al cuello, él que
huye del hambre y de la miseria, solo piensa en salir
de la situación precaria en que se encuentra, é iria ai
Japón si en el Japón supiese que le aguardaba la for-
tuna. La mayor parie de los emigrados, ademas, son
pobres labradores ó artesanos, muy mal Informados
acerca de las condiciones políticas del país donde van á
vivir. Y no obstante, ¿por qué la inmigración desde 1836
afluía de preferencia á la rivera izquierda del Plata y
huía de la derecha dominada por Rosas? (1) ¿Cómo en
pocos años se engrandeció tanto Montevideo que superó
á Buenos Aires en población, en cultura, en comercio,
en industria, en riqueza, en importancia política y lite-
rsufia? (2) Hoy la rica, la floreciente, la envidiada Mon-
(1) « En 1836 apenas se contaban B,000 franceses residentes en
el Río de la Plata. En 1842 habia en la ribera izquierda de 18 á
^,000. Desde i837 hasta fines de 1812, 33,607 emigrados euro-
peos dcttdieron á Qjari^e en Hontevideo. Entre estos áltímos ha-
bia 15,801 compatriotas nuestros, pertenecientes casi todos á los
departamentos del mediodía, y muy principalmente al de los
Bajos-Pirineos. »— Memoria d^pag. 13.
(2) Antes del sitio se publicaban en Montevideo nueve perió-
dicos políticos; seis nacionales; uno de4icado esclusivamente á
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— 264 —
tevideo, aniquilada por el genio de la destrucción, por
Rosas, que envidiaba tanto su prosperidad material^
como aborrecía los principios liberales que proclamaba,
reducida ¿ una plaza de armas, agoniza en un^lento y
prplongado martirio, víctima de sus altas convicciones,
y esperando apoyada en su bandera, la bandera de la
civilización y la libertad, que la Europa ó sus hermanos
del continente acudan en su defensa... Entre tanto el
sol de cada dia alumbra un nuevo sacrificio, un nuevo
rasgo de heroicidad sublime; la flor de sus valientes des-
peda^da por el plomo y el hierro enemigo, cubre con
sus pechos, con los miembros palpitantes de sus com*
pañeros muertos á su lado , la brecha que abre en las
invictas murallas el cañón de los esclavos. Sus huesos
son las piedras y su sangre la argamasa que las une I
¡Muera Rosas I gritan, y al caer se abrazan á la tierra,
cual si al morir peleando,
la tierra asi abrazando
quisieran defender, (t)
Mientras á tiro de fusil en el recinto de la heroica ciu-
dad, venerables ancianos, inocentes niños y débiles mu-
geres, vencidos por la miseria y el dolor, caen y espi-
ran repitiendo también: ¡¡Muera Rosas!!
¿Qué estraño es que la emigración europea se dirija y
se agolpe ahora á Buenos Aires 7... Miopes estadistas
que en esta malhadada cuestión del Plata nunca os ha-
los españoles y costeado por ellos; otro trances y otro íDglés.
ExisUan, ademas, dos semanarios de literatura y varias pubü-
caciones mensuales.
(1) Mitre.
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— 266 —
beis mostrado á la altura de las grandes naciones cuyos
destinos regís, levantad el sitio de Montevideo, tranqui-
lizad el país, dadle un año, nada mas que un año de
paz, y veremos entonces adonde se encaminan y cuál
ribera prefieren vuestros compatriotas.
Las intervenciones europas que tanto nos echa en ros-
tro el dictador, pruebfin hasta la evidencia cu&n fundado
es nuestro aserto. La marcha indecisa, vaga, contradic-
toria, de los gabinetes de Saint James y las Tullerías ha
servido únicamente para ensoberbecer á Rosas y dar á
todos una falsa idea de su poder. Verdad es que la com-
plicación de sucesos en Europa y la torpeza y algo mas (1)
délos diplomáticos estrangeros, ha contribuido eficaz-
mente á prolongar esta lucha sorda y tenaz entre la ci-
vilización y la barbarie, entre el gaucho que no conoce
mas ley que su capricho, y los gobiernos legales de Eu-
ropa y América, que á nombre de sus compatriotas le
piden garantías, orden, paz y condiciones dé existencia
idénticas á las suyas. Rosas, cediendo en apariencia
mientras duraba el peligro , ha vuelto á sus ruines há-
bitos apenas se veía libre de importunos testigos; y á
fuerza de oro, de intrigas y decepciones, se ha burlado
siempre de ellos, los ha humillado y puesto en ridículo.
(1) Cuénuse que el barón de Mackau, negociador en 1S40 del
ominoso tratado que He^a su nombre, no tuvo empacho en ad-
mitir entre otros regalos, una magnífica bajUla de plata, pertene-
ciente al rico comerciante español don Lucas González, degolla-
do en las calles Buenos Aires el 19 de setiembre de 1841 ; y M.
H. Mendeviile, ministro plenipotenciario de la Gran Bretaña, ba
sido durante cinco años visita diaria de la hija única del dicta-
dor, la célebre Manueiita Rosas.
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— 266 —
La consecuencia de todo esto ha sido que la Inglaterra,
y muy especialmente la Francia, distraidas en la actua-
lidad por atenciones mas graves, se han dejado alucinar
por engañosas promesas, y aunque convencidas interior-
mente de que Rosas es un malvado, se muestran dis-
puestas á tolerarle hasta que se presente una coyuíitura
favorable en que puedan sin mengua de su decoro (ó lo
que viene á ser lo mismo, sin grandes sacrificios pecu-
niarios) contribuir t su ruina y apresurarla con sus órne-
nos oficios.
Rosas conoce esto perfectamente y sabe que el triunfo
de su sistema es incompatible con la preponderancia de
los estrangeros. De ahí su tenacidad en resistir á todas
sus exigencias, hasta á las mas razonables, só pretesto
de que abrigan siempre una segunda intención fatal al
honor y á la independencia americana.
En vano le hemos probado que la Inglaterra y la
Fraúcia están solemnemente obligadas á intervenir en
los asuntos del Plata, siempre que peligre la indepen-
dencia de la república del Uruguay.
Por la mediación y bajo los auspicios de la Gran-
Bretaña, el Brasil y Buenos Aires reconocieron nuestra
independencia y se comprometieron á respetarla, y la
Inglaterra se reservó el derecho de intervenir siempre
que peligrase aquella. Ahí están los tratados de 1828;
á ellos apelamos.
Por el art. IV del pobrísimo tratado Mackau, la Fran-
cia en 1840 exijió y obtuvo de Rosas que respetaría la
independencia de nuestro territorio. La república del
Uruguay babia prestado á aquella nación grandes servi-
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— Í67 —
tíos, y por protejer su escuadra y los intereses de sus
subditos, acabó de malquistarse con el dictador.
Ese es el origen de la intervención anglo-francesa.
Estábamos en nuestro derecho al invocarla, y no hemos
sido traidores á la causa americana, como pretende
Rosas. La verdadera causa americana tiene mas puntos
de contacto con la Europa civilizada que con la Amé-
rica salvaje : nosotros hemos aceptado la intervención
porque se comprometió á respetar nuestra independen-
cia*, si no, la hubiéramos rechazado. Asi lo ha declarado
antes de ahora de la manera mas esplicita y terminante
en todos los periódicos de París, cuando el porvenir de
Montevideo estaba en manos de la Francia, nuestro mi-
nistro plenipotenciario, el ilustre general don Melchor
Pacheco y Obes.
Nosotros, es decir, los que Rosas llama unitarios, rom-
peremos á cañonazos. Dios mediante, el frágil dique que
se opone á la libre navegación de los ríos interiores, y
entonces la República Argentina no presentará el triste
espectáculo que hoy ofrece. En Buenos Aires está recon-
centrada la ilustración, el comercio y la hidustria : fuera
de allí no hay mas que ruina, ignorancia, retroceso y
opresión. A la libre navegación de los rios— cuestión
vital para la Europa y para nosotros — se une la funda-
ción de dudades á sus márgenes, la construcción de ca-
minos de hierro, el establecimiento de fábricas en el
interior, etc., cosas todas á que el gaucho se opone en
nombre de falsos principios y de aSejas preocupatíones;
cosas todas que los gabinetes dé Paris y Londres le pi-
den, en virtud de concesiones hechas á sos compatriotas
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en aquellos tiempos gloriosos en que se hizo cuanto nos
honra y engrandecer en aquellos tiempos en qué los
salvajes y traidores unitarios les concedian cuanto anhe-
laban, promovían la colonización, la esplotacion de mi-
nas, la introducción de nuevos veneros de riqueza, la
fundación de pueblos, etc., etc. Escusamos añadir que
este solo motivo á falta de otros, acabarla mas tarde 6
mas temprano por llevar otra vez á la Europa al Rio de
la Plata, si antes los enemigos leales de Rosas, los que
no transijen nunca con él, no se encargan — como de
costumbre— de evitar á sus generosos y consecuentes
protectores la molestia y los gastos del viage.
Vendidos á los estrangeros de Europa, nos llama el
dictador, y los estrangeros de Europa nos pagan con
ingratitud los sacrificios que hacemos por ello^. Por se-
guir sus tradiciones, pojr ampararlos y defenderlos, lo
hemos perdido todo ¡no importa! Ahora y siempre
diremos que fuera de los principios que hoy acatap é
invocan los pueblos libres del viejo hemisferio, no hay
salvación para nosotros; y que el grande elemento de
estabilidad y progreso que tienen aquellos países, es la
emigración europea laboriosa é inteligente. A no ser
por ella, la raza blanca habría tal vez desap^irecido.
El sistema americano hace un horrible consumo de
carne humana (1) , y entre la Europa y el África no puede
ser dudosa la elección.
(1) Según un cómputo formado sobre los partes oficiales, car-
las particularee, etc. y reblando una tercera parte, resulta que
desde 1830 acá han muerto en acciones d« armas y entre enve-
nenados, fasilados y den^oilados inas de 60,000 pe^soi^as solo
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— 269 —
Reasumiendo, pues, todo lo dicho, la situación de Rosas
es hoy la siguiente :
La Inglaterra y la Francia descontentas de su po-
lítica y prontas á secundar cualquiera tentativa seria
contra él.
Las provindas argentinas aguardando con ansia el
momento de vengar sus pasados ultrajes, y de recobrar
el rango que les pertenece y el fin constante de todas sus
aspiraciones: igualdad de derechos con Buenos Aires;
convocación de un congreso general compuesto de di-
putados de todas las provincias para arreglar los asuntos
interiores y esteriores de la república. Destrucción del
sistema sangriento é irresponsable de Rosas, y anula-
ción de todos los actos arbitrarios por los cuales se ven
hoy reducidas k ser tributarias, esclavas, y en todo de-
pendientes de la capital.
Urquiza al ñ*ente de 10,000 hombres, proclama estos
principios en Entre-Rios, y ¿ favor de ellos promueve la
tercera cruzada contra Rosas.
Ocho ó diez mil argentinos y orientales proscritos, de
los 40 ó 50,000 que vagan errantes por las repúblicas
vednas, se dirigen á las fronteras del Brasil, Chile, Bo-
livía y Paraguay para unirse al ejército libertador.
Veinte mil brasileros aguerridos, á las órdenes de un
general valiente y esperimentado, el conde de Gaxias,
pacificador de Rio Grande, avanzan en columna cer-
rada, confiados en la santidad de su causa y seguros de
la victoria.
en el Rio de la Plata : goarismo espantoso atendida la escasa
población de este que no llega á un millón.
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— . 270 —
Con igual ardor y entusiasmo marchan á su encuentro
los libres paraguayos, anhelando escribir con la sangre
de los sicarios del déspota el acta de su independencia.
Al lejano rumor de las salvas triunfales con que estos
valientes anuncian su aproximación , se estremecen los
bosques del Uruguay, del Daimany Rio Negro, y lanzan
centenares de guerreros que han estado allí ocultos
ocho años, prefiriendo la sociedad de los tigres y ser-
pientes al yugo de Rosas y su procónsul Oribe.
En las erguidas cuchillas y en la cumbre de las mon-
. tañas arden desde la copa á las raices, árboles seculares,
como inmensos candelabros que el genio de la libertad
enciende para convocar á sus hijos al combate.
A su ardiente resplandor numerosas guerrillas se or-
ganizan, y disputan el terreno palmo á palmo á los in-
vasores.
La heroica, la invencible Montevideo cubierta de hon-
rosas cicatrices, ceñida la sien de palmas y laureles in-
mortales y envuelta en el humo desús cien cañones que
la prestan su voz gigante para dar el parabién á sus
hermanos, tremola desde lo alto de la muralla su ban-
dera, y el mundo entero se descubre para saludarla con
respetó y admiración!...
La espada de Damoclesestá pendiente sóbrela cabeza
del dictator... unión y perseverancia es lo único que se
necesita para acabar con él : la mina está preparada
debajo del edificio de su tiranía ; solo falta una mano
vigorosa y firme que reúna en una sola haz las haces
distintas que brillan por todas partes y las sacuda sobre
el dormido cráter... El hombre á quien la Providencia
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— 271 —
parece haber confiado esta grande y patriótica misión
es, ¡impenetrables juicios del Altísimo! es el general don
Justo José Urquiza, el mas intrépido é inteligente délos
pocos hombres de corazón que ligados por compromisos
anteriores han seguido las banderas del tirano. El pon-
drá fuego á la mina, y ¡ ojala su estallido sea tan vio-
lento, tan intensas las llamas, que ni siquiera nos dejen
el polvo de los huesos de Rosas I...
IX,
ROSAS Y LOS XI. #
(Publicado élV de mayo de 1852.^
Estábamos esperando algunos datos que hablamos
pedido á América, con el objeto de terminar la serie de
artículos sobre el Río de la Plata que empezamos á pu-
blícsir en La Ilustración, cuando el último paquete nos
trajo la feliz nueva de la caída de Rosas.
Este desenlace, que habíamos .vaticinado con mucha
antelación, no nos sorprendió : los elementos reunidos
contra él en esta nueva cruzada, no podían menos, como
demostramos-entonces, de aniquilar para siempre su for-
midable pod^r.
El resultado ha correspondido á nuestras esperanzas:
merced al arrojo y patriotismo del general Urquiza, y de
sus dignos aliados, Montevideo, Corrientes y el Brasil,
el dictador ha venido á esconder su ignominia en Eu-
ropa. La Providencia, siempre justiciera , ha querido
reservarle este suplicio de condenado. Justo es que ar-
rastre lejos de su patria una existencia envilecida y des-
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-- 272 —
preciable, el que por tantos años fué el azote y oprobio
del suelo que le vio nacer, y obligó á millares de sus
compatriotas á mendigar el pan amargo del destierro.
No era digna su vida miserable que la mano de un hom-
bre libre la sacrificase en el campo de batalla, abrién-
dole la gloriosa tumba reservada tan solo á los va-
lientes.
Conviene que viva para que sirva de escarmiento á
los que quieran imitar su ejemplo. Conviene que viva
para que oiga desde un rincón de' la apartada Europa,
, el grito unánime de entusiasmo y demente alborozo,
confundido con el anatema universal que se levanta con-
tra él desde el Uruguay hasta los coafinés-del Brasil;
desde las riberas del Plata hasta las faldas de los Andes.
En ese inmenso territorio, donde él imperó como amo
absoluto, hoy la libertad, precedida por la vicloria, abre
una nueva era de paz, de unión, de olvido, de progreso
y felicidad. ¿ Qué mayor suplicio para Rosas ?.. Arrojado
del altar, escarnecido y befado por los mismos que le in-
censaron como á un dios, condenado como un reprobo á
presenciar la dicha de los bienaventurados, ¿ no sufrirá
los tormentos de Luzbel, á quien tanto se parece en fe-
rocidad y orgullo, al verse encadenado en el abismo que
sus crímenes le han abierto ? Al considerar que ni en vida
ni en muerte hay redención para él; porque, vivo, sus
hechos son tales, que una vez en tierra no hay poder
humano que vuelva á encumbrarle á la altura de donde
cayó; y muerto, la historia imparcial, que no es olra cosa
que el fallo de la posteridad, no podrá menos de marcar
su nombre con sello perdurable de infamia, y enseñarle
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— 273 —
maldecido y execrado á las generaciones venideras, como
el símbolo mas exacto de todo lo malo que puede engen-
drar la ignorancia, el despotismo y la barbarie.
Hoy pues que su estrepitosa caida ha llamado viva-
mente la atención del mundo civilizado, volvemos á em-
prendernuestra interrumpida tarea, deseosos de aumen-
tar la celebridad de Rosas, y de acabar de darle á cono-
cer en España. ¡ Ojalá nos fuera dado hacer otro tanto
en las demás capitales de Europa, y muy principalmente
en París y Londres, donde plumas venales siguen toda-
vía haciendo su apoteosis (1).
Prescindiendo de la verdad de los hechos, juzgaihos
que en la actualidad todo lo que á él se refiera debe te-
ner doble interés para nuestros lectores de la Península y
de América, y esta consideración nos ha movido á escri-
bir el siguiente paralelo, cuya idea primitiva nos fué ins-
pirada por el motivo que vamos á referir.
No hace mucho tiempo que viendo representar por
primera vez á Valero, á ese eminente actor, el magnífico
drama que lleva por titulo Luü XIj nos pareció notar
algunos puntos de contacto, algunas estrañas coinciden-
cias entre el cará^er y la vida pública y privada de aquel
(1) Aprovechamos esta ocasión para dar las mas espresivas
gracias á la prensa española, y en particular al Clamor Público,
por la manera noble y digna con que se ha ocupado general-
mente de las cuestiones del Rio de la Plata. El Clamor, con un
desinterés y beneTolencia que le honran, espontánea y gratuita-
tómente ha reproducido íntegros, \arios artículos que en refuta-
ción á las calumnias de los agentes de Rosas ha publicado en
Paris y Londres nuestro distinguido amigo, el general D. Melchor
Pacheco y Obcs.
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— tu —
monarca, y el carácter y la vida pública y privada del
célebre dictador deíBuenos Aires, D. Juan Manuel Rosas.
Es muy probable que no hubiésemos parado mientes
en este pensamiento, que nos asaltó durante la represen-
tación si una, circunstancia, ó mejor dicho, una costum-
bre que conservamos desde la niñez, no nos hubiese obli-
gado á fijar nuestras ideas, vagas é indecisas hasta en-
tonces, á coordinarlas, á formular un juicio sobre ellas,
y á establecer involuntariamente una especie de paralelo,
que nos dejó en efecto sorprendidos.
Acostumbramos leer de noche, y siempre que vemos
en la escena un personaje histórico que nos preocupa
fuertemente el ánimo, procuramos tener á mano antes 6
después de la representación, algún buen libro, si es po-
sible el mejor, que se haya escrito sobre los sucesos á
que se refiere el drama ó comedia, y encontramos un
verdadero placer en recordar lo que habíamos olvidado,
ó ilustramos acerca de lo que ignorábamos. Asi conse-
guimos á un tiempo entretener agradablemente nues-
tras continuas veladas, y al cabo de una lectura mas ó
menos detenida, conv.encernos por nosotros mismos de
la menor ó mayor verdad histórica q|^ en el drama tie-
nen los personajes y sucesos que en él figuran.
Con este objeto, pues, la misma noche que vimos re-
presentar á Valero con tanta propiedad é inmejorable
acierto el Luis XI ^ cogimos al acostarnos á uno de nues-
tros autores favoritos, á Chateaubriand, y la luz del alba
nos sorprendió leyendo el tomo iii de sus Estudios his-
tóricos^ que contiene, como s^ben nuestros lectores, el
Análisis razonado de la historia de Francia,
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A medida que leiamos, nuestra admiración subia de
punto. Elsublime cantor de los itídr^^m, al trazar á gran-
des rasgos el carácter y los hechos mas notables de la
vida del tirano francés, sin advertirlo ha trazado con
mano maestra la biografía del tirano argentino. Luis XI
y Rosas son una misma persona. La semejanza, la iden-
tidad es tan grande para el que conozca al segundo, que
no tiene [mas que cambiar los nombres propios ó al-
guna otra circunstancia accidental, para pintarle y darle
á conocer tal como es.
Cúmplenos aquí advertir á los que no nos crean, que
todo lo que vamos á decir respecto de Rosas, lo hemos
ya probado suficientemente con sm propios documentos
oficiales^ ora en artículos parciales como este, publica-
dos en la Ilustración^ ora en un folleto adí hoc^ en prosa
y verso, que dimos á luz en Montevideo á principios de
1846. (1). Hace mucho tiempo que tenemos especial
empeño en contribuir, hasta donde alcancen nuestras
escasas fuerzas, á la celebridad del famoso gaucho-^
malo (2) Juan Manuel Rosas.
(i) Episodios de nuestra historia contemporánea,
(2) Campesinos que usan otro traje , tienen otras ideas
y costumbres que los habitantes de las ciudades : Rosas
por su cuna nada tiene de tal; es nieto de un conde, y su
familia de las mas ilustres de Buenos Aires ; pero por su educa-
ción, por su vida errante y vagabunda, por sus bábitos é instin-
tos, es un gaucho completo, y malOy que es todavía peor. El lo
conoce, y nada le enfurece tanto como que le califiquen de este
modo. En veinte años que ha mandado, y veinticinco que figura
en la escena política^ se ha civilizado algo, muy poco, porque es
agreste, original y estravagante en grado superlativo. Cuando
se incomodaba, lo que sucedía á menudo, solia decir que era
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— 276 —
Con esto y con añadir que las palabras en letra bas-
tardilla son del testo francés que tenemos á la vista, el
lector nos hará el obsequio de no acordarse de la anterior
ligera digresión, y de seguimos sin mas preámbulos en
el rápido paralelo que vamos á hacer entre los dos tira-
nos, y que puede considerarse como el epilogo de los
artículos citados.
Imís XI, dice Chateaubriand, colocado entre la edad
media que moria y los tiempos modernos que empezó^
ban... nacido en una época social en que nada estada
consumado y todo comenzado, siguió un sistema mons-^
truosoy indefinible, original suyo. . .
El ilustre restaurador de las leyes, el héroe del de-
sierto, el padre de la patria, la columna de la federa-
ción, el defensor de la independencia americana, el
Washington del Sud, el principe normando (1), Rosas,
en una palabra, porque estaríamos escribiendo hasta
mañana sin agotar todos los títulos que la adulación y
el miedo han aglomerado sobre su cabeza, hasta el punto
de dar su nombre á uno de los meses del año (2) ; Ro-
sas apareció también poco después de la última batalla
que postró el dominio español en elNuevo Mundo (1824),
y consagró definitivamente los nuevos principios de la
dueño absoluto del honor, vidas y haciendas de sus desgracia-
dos compatriotas, refiriéndose á las facultades extraordinarias
de que se haUaba inyestido por una farsa de representación na-
cional y el YOto unánime de la provincia de Buenos Aires, arran-
cado por la mas-horca á sus habitantes con el puñal al cuello.
(i) Títulos de Rosas : el origen de cada uno de ellos puede
dar margen para escribir un largo artículo.
(2) El mes de octubre se llama en Buenos Aires el mes de Rosas
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revolacion Hispano-Americana. Cuando subió nljpoáet
(1830) nada se hábia cimentado, y toda&la ideas, todos
los intereses, todos los principios estaban iniciados y se
debatian en los campos de batalla, en la prensa, en el
foro, en la tribmia. Su sistema, que él ha bautizado con
el titulo retumbante de Sistema americano^ era tan mons-
truoso^ tan indefinible y original, que necesitaríamos
escribir muchas páginas para esplicarlo debidamente.
En el fondo se reducia á domhiar por medio del terror
y la ñietza bruta á las poblaciones agrestes é uicultas de
la campaña, valiéndose de sus caudillos : neutralizaba
el poder de estos, escitando celos y rivalidades entre
ellos : con las campañas sujetaba á las ciudades, y vice-
versa, estableciendo en todas las capitales y pueblos de
alguna consideración, numerosas sociedades ó clubs que
él apellidaba populares, y que se han hecho famosos ba-
jo el nombre áemas^horeas. Pretendía reconstruir el an-
tiguo vireinato de Buenos Aires, del que se han formado
cuatro repúblicas (la Confederación Argentina, la Banda
Orienta], el Paraguay y Bolivia), y hacia poner alñ<ente
de todos sus documentos públicos, ; viva la federación!
mueran los salvajes jOsqtierosoSj inmundos unitarios! I!
cuando, como se ve, él era el déspota mas unitario y
absoluto que ha existido desde la aparición del doctor
Francia, su maestro. Detestaba álos europeos, y su gran
pensamiento era alejarlos y hacer nula su influencia en
aquellos países, cuando sin ese poderoso elemento de ci-
vilización y de orden, la población, la industria y el co-
mercio habrían decrecido en una progresión igual álos
frecuentes trastornos y carnicerías que hemos presen-
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ciado desde la guerra de la independencia hasta el pre-
sente. Titulábase Pacificador del Plata^ y vivía con la
guerra, y no ba teqido ,un solo dia de paz desde que fué
electo capitán g^erál y gobernador de Buenos Aires.
Repetía que anhelaba la paz átodo trance, y era el pri-
mero en rechazarla cuando los gabinetes europeos, la
necedad de sus enemigos, alguna victoria, ú otra dr-
cunstancia^jfavorable se la brindaban.
Vociferaba que su principal conato se dirigía ¿ afian-
zar la unión y concordia entre las provincias de la Con-
federación, y de esta con las repúblicas vecinas, cuyos
vínculos había relajado la guerra civil, y donde quiera
que interponía su paternal influjo, los pueblos se alzaban
en armas, la-^angre corría ¿ torrentes, y la anarquía, el
odio, las venganzas y ambiciones personales estallaban
con mas violencia que nunca»
Esta contradicción entre sus obras y sus palabras, en«
tre sus pretensiones y sus hechos, esplica la mala fe, la
decepción, el cinismo y profunda inmoralidad de todos
los actos de su gobierno. llosas era un hombre que no re-
trocedía ante consideración alguna, con tal de llegar al
fin que se había propuesto : hombre especial, conocedor
como nadie de nuestra sociedad y nuestras cosas \ muy
poco instruido, pero de gran despejo y talento natural,
en el que se encontraba mucho de la ferocidad de Sila,
de la hipocresía de Crpmwel, de la impudencia y auda-
cia de Catílina, y de la intolerancia sanguinaria de Maho-
ma, sin que tampoco le faltase algo del genio de estos
famosos crimínales.
Séanos licito reconocerlo. No se manda veinte anos,
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ni se hacen las cosas que él ha hecho, con una inteli-
gencia vulgar, ni sin estar adornado de grandes dotes
como hombre de acción y de energía. Digámoslo sin
miedo, en voz alta, porqué de lo contrario nos haremos
muy poco favor los que nos jactamos de sef sus enemi-
gos. Si era él tan inepto y su poder tan frágil é imagina-
rio, ¿ cómo ha resistido tanto tiempo al embate de una, de
dos, de tres coaliciones, en alguna de las cuales figura-
ban naciones tan poderosas como la Francia y la Ingla-
terra?... Dejamos la repuesta á los que suponen que es
un hombre vulgar, favorecido únicamente por la fortuna.
El constante anhelo de Luis XI fitó humillar elor'
güilo de la aristocracia é inmolarla á su odio, como el
de Rosas ha sido humillar á la clase mas decente de la
república, envilecerla y entregarla al furor de la plebe,
de la mas'horca, ó ala efervecenciapopular, como decian
sus periódicos hablando de las célebres saturnales de oc-
tubre y abril de 1840 y 41, al responder á loscargos que
le dirigía la prensa patriótica, por las innumerables víc-
timas sacrificadas en esa época infanda. Buenos Aires ha
visto con escándalo pasear por las calles su retrato en
un carro, del que tiraban esposas de generales, y escol-
tado por ministros, diputados, altos funcionarios civiles
y eclesiásticos... por lo mas granado de la sociedad bo-
narense!
I Y ese retrato fué recibido debeyo depalioy coloeado
en el altar por mano de un obispo !
I Y la multitud se prosternaba delante de él, se descu-
bría, y doblaba la rodilla, como pudiera hacerlo ante la
imagen dd Redentor délos hombres!
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— 280 -
Creemos que este -solo rasgo caracteriza á ^osas.
£o repetimos , el constante trabajo de la vida de
Luis XI y la idea fija que le dominó^ fueron, el abati--
miento de la alta aristocracia y la centralización del
poder.
Hucha sangre y muchas lágrimas nos ha costado;
pero debemos confesar también que Rosas ha sido el
primero que ha abatido la altivez de los cadques de las
provincias, y ha reducido á estas á una obediencia á que
no est(d)an acostumbradas. Los medios han sido inicuos
y los resultados fatales ; pero en el fondo del mal se
oculta un gran bien, que un gd)íemo previsor é hite-
ligento sabrá utilizar en beneficio de la nación» no en
provecho suyo como lo ha hecho Rosas,
En toda la república Argentina, á escepcion de Cor-
rientes, pueblo heroico que sucumbió á sus golpes cinco
veces, y cinco veces rompiji sus cadenas, absoluta y te-
mida acataron todos su autoridad. Los gobernadores de
las provincias, sus iguales según la Constitución, á pesar
de sus fueros y prerogativas, no eran mas que procón-
sules del dictador de Buenos Aires. Quiroga, López,
Cullen, los Reinafes, Beron de Astrada, Brizuela, cau-
dillos de gran prestigio en sus respectivas provincias, y
que oculta ó abiertamente se atrevieron á resistirle, ba-
jaron ¿ la tumba sacrificados por éL Los motines, las
celadas, el veneno y los campos de batalla le dejaron
espeditas las sillas de los gobiernos provinciales.
Los caudillos ^e wn viven, y los que mandaban últi«
' mámente, hablan tenido ^e doblar el cuello ala coyun-
da, ó huir ó rebelarse. Rosas para parecerse en todo ft
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SU modelo, no toleraba i sa lado superioridad de nin-
gana dase. Se deleitaba en pasear su nivel de plomo
por todas las cabezas, y ¡ ay del qae en su presenciase
atreviese á llevarla un poco mas erguida que los de-
mas!
Asi se esplica cómo el populacho de Buenos Aires, y
mía inmensa mayoría de su campaña , amaba y ad-
miraba á Rosas , y la razón es evidente : le admiraba y
amaba, por la misma razón que el pueblo francés admi-
raba y amaba á Luis XI, que tan diestramente saina lU
sonjear la pasión democrática^ el amor á la igualdad:
es decir, la democracia y la igualdad del despotismo,
las que abaten la cerviz del poderoso para que descuelle
la de la canalla, no las que elevan al hombre y le con-
ceden derechos, que si un tirano se los arrebata, ponen
en sus manos el puñal de Bruto y Scévola.
Luis XI, á pesar del cariño que profesaba al pueblo,
le mandaba arrojar al rio dentro de sacos cuando des-
confiaba de él ; y Rosas, para no ser menos, hizo dego-
llar por la mas-horca á una parte del pacifico vecindario
de Buenos Aires, creyéndole en connivencia con Lava-
lie, y convirtió las capitales de las provincias sublevadas
Corrientes, Córdoba, San Juan, Catamarca, Tucuman y
la Rioja, en teatros de desolación y sangre. ¡ Mas de
cuatro mil personas sucumbieron en esta horrible carni-
cería!
Era Luis XI un hombre zorro^ que con gentes despre-
ciabies llevaba d cima grandes empresas; que transfor*
maba á sus criados en heraldos de armas^ á sus barbe^
ros en 7ninistros. al gran preboste en compadre^ y á dos
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verdugos^ de los qufi el uno era alegre y el otro tristCy en
compañeros»
Rosas, con hombres tan nulos, por no decir despre-
ciables, como Oribe , su hermano Prudencio Rosas, el
fraile Aldao, de negra memoria, ha vencido á los guer-
reros mas ilustres de la independencia, á Lavalle, á Ri-
vera, á Castelli, á Lamadríd, á Vilela, y á otros cien que
hat>ian ganado renombre en mil combates, y que ademas
de su valor personal, sobrepujaban á sus adversarios en
prestijio y conocimientos militares. A la voz de su opre-
sor, la culta Buenos Abres, la que de Pradt llamaba Ate-
nas de la América del Sud^ ha visto levantarse del fango
para desempeñar altos destinos , hasta á pulperos (1)
como Salomón, Barcena, Pablo Alegre y otros j y para
que nada falte al Nerón argentino para igualar y esceder
tal vez á su modelo, ha tenido varias veces, y aun tenia
en estos últimos tiempos, dos ó mas locos por compañe-
ros, muy parecidos en su carácter á los de Luis XI : se
divertía con ellos en sus horas de solaz, de un modo que
nos baria reventar de risa si no nos ahogase la indigna-
ción. Generabnente no sobrevivían aquellos infelices largo
tiempo á su infortunio. El mas celebre de ellos, el padre
Viguáy murió no hac^ mucho víctima de uno de los terri-
bles misereres '{% á que con harta frecuencia le conde-
naba Rosas por faltas imaginarías en el desempeño de
sus altas funciones. Hacíale creer que era obispo, gober-
nador, general, magistrado, etc., y luego le pedia estre-
(1) Taberneros.
(2) Disciplinas con acompañamiento de fuelles, etc.
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ebft euepta d^ su coaducta. Tal ha sido por espado de
miMáios años su división favorita.
No en vano hemos dicho que á medida que se exami-
nan los hechos, carácter y hábitos de Rosas y Lds XI,
es tan grande la semejanza, que parecen un mismo indi-
viduo viviendo en dos épocas distintas. Reservamos para
otro articulo esponer los demás puntos de contacto y ana-
logias que se encuentran en aopbos, y que son tan mar-
cadas y características, que hacen dudar si será una ver-
dad la trasmigración de las almas, sea de las personas
á las p^sonas, de estas á las bestias, ó de bestia á bes-
lia, que de todo hay en Rosas y Luis XU
X.
Hemos visto que la época de la aparición de Rosas ,
coincide perfectamente con la de Luis XI , así como su
genio feroz y sombrío, sus gustos estravagantes y su sis-
tema de gobierno contradíctario é irracional , basado en
Ja guerra, en la violencia y la mentira, sistema que pa-
rece mas bien plagiado délas hordas salvajes del de-
sierto, que de pueblo alguno donde se acaten los fueros
de la razón y de la justicia. Hemos visto también que es
idéntica en los dos la manía de centralizar el poder, el
anhelo de abatir á los poderosos, Rosas á los caciques
de las provincias, y Luis .XI á los magnates de la aristo-
cracia; la habilidad para esplotarlas situaciones y sacar
provecho hasta de los hombres mas insignificantes , y
finalmente, su empeño en invertir todas las jerarquías ,
halagando los instintos del populacho , el primero como
rey que no se desdeñaba de confundirse con sus vasallos,
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y el segundo como caudillo popular que participaba de
tas ]preocupacioiies, hábitos é ideas de hiparte viciosa é
inculta de los campos y dudades, nervio principal de su
í)oder
Réstanos ahora , para acabar de poner en relieve la
Intima conexión que existe entre uno y otro tkano, exa-
minar la conducta de Rosas en su juventud, la manera
de proceder con su padre y hermanos, los medios de que
se ha valido para estender su influencia en los países li-
mítrofes, los resortes de su política, su insigne mala fe,
la violación de los tratados, la crueldad sistemada eon
qae ha procedido siempre , ordenando Mámente el de*
güello de los prisioneros y poblaciones indefensas, con el
único objeto de inocular el terror, como el mejor auxi-
liar de su tiranía sangrienta y embrutecedora *, en fin ,
sus alianzas con los salvajes, y el odio mortal contra los
pueblos vecinos, donde reglan principios opuestos á los
suyos.
Luis XI, siendo todavía delfin, conspiró contra su pa-
dre, se rebeló contra su autoridad : Rosas, antes de los'
veinte años, abandonó el hogar paterno, después de ha-
ber reñido con su familia. La causa de este enojo fué un
abuso de confianza, harto reprensible en su corta edad.
Su madre, no pudiendo hacer carrera de él, cuando ape-
nas entraba en la adolescencia , le envió á una de sos
estancias bajó las órdenes de un capataz, y Rosas se
apropió algunas cantidades de consideración, y las inver-
tió no se sabe en qué. Con este motivo fué llamado á la
ciudad y reconvenido agriamente por sus padres : mas
él , cuyo carácter indómito , impetuoso y estravagante ,
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— 285 —
emboba y^ ¿ revelarse, les contestó sacándose el pon-
cho (1) y otras prendas de ropa , como si no quisiera
conservar nada que les perteneciese, y tirándoselas & los
pies, salió, montó á caballo , y desapareció con la velo-
cidad del rayo.
Desde entonces no ha vuelto ¿ pisar la casa de suspa*
dres, niaun después que la fortuna le elevó al primer
puesto de la república.
Hay quien asegusa que en aquella ocasión cometió el
desacato de levantar la mano al autor de sus días; pero
como (pilera que fuese, muy grande debia ser el enojo
de este, cuando á su muerte , en vez de nombrarle al-
bacea, ^^mo de mas edad y representaci(m, nombró á su
hermano Gervasio : público menosprecio que ni en la
tumba ha perdcmado Rosas ¿ su padre.
El que es hijo irrespetuoso é ingrato, mal puede ser
buen hermano. Si Luis XI envenenó á su hermano el
duque de Guyena, el Washington del Sud no hizo lo
mismo cpn el que acabamos de nombrar, porque no le
fué posible ; pero le puso fuera de la ley, é hizo insertar
en los periódicos que no era h\¡o de su padre, D. León
Ortiz de Rozas (2) , sino del capataz d^ sus estancias.
D. Gervasio Rosas se asiló á Montevideo huyendo de
su desnaturalizado hermano. Su injusta persecución fué
motivada por el malhadado alzamiento del Sud (1839) ,
en el que se le creyó complicado. Numerosas partidas
(1) Especie de capa cerrada, muy usual entre la gente del
campo.
(2) Ortiz de Rozas es su verdadero apellido, y él se hada Ha*
mar y se firmaba Rosas solamente.
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de cabaUerf a andavieron buscándole por espacio de al-
gunos días, con orden espresa de matarle donde quiera
qué le encontrasen.
La perplejidad no cabia sino en las numeras de
luis XI y mas no en su cabeza , donde , como él mismo
decia, llevaba todo su consejo.
Rosas unas veces se mostraba alegre, jovial hasta
la locura , otras sombrío y feroz hasta la demencia ;
unas veces se presentaba vestido con todo d esmero y
etiqueta propios de su alta clase , y otras recibia á los
primeros diplomáticos estranjeros, como ál conde de
Lurde, por ejemplo, ministró plenipotenciario de Fran*
cía, vestido de gaucho , en chiripá (1) y ropaó menores.
No seguía jamás los consejos de nadie , sino sus propios
impulsos : tiene una voluntad de hierro, y por mas que
se diga, á ella ha debido principalmente su elevación ,
sus triunfos y prosperidad.
El monarca francés tenia la mania de prestar dinero
sobre las fianzas de provincias y de plazas á los soberanos
de la familia que lo necesitaban^ á fin de tener unpre^
testo, si las circunstancias le eran favorables , para cj-
tendersus dominios, y Rosas por distinto camino conse-
guía el mismo resultado. Sin que nadie le nombrase
constituíase en arbitro y juez de las cuestiones de sus
vecinos ; levantaba y equipaba ejércitos ó fuerzas mas ó
menos considerables, que ponía á disposición de los que
se empeñaba en favorecer, y convirtiéndolos asi en ins-
trumentos ciegos de su ambición y de sus planes , se
(1) Pedazo de paSo ó bayeta que á guisa de saya se enviMlve
aliededoií de la cinUiKa» dcjáadolecaer baala los pies.
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apoderaba de nuevos territorios, ensanchaba y estendía
su influencia hasta donde le abría paso la victoria. Eso
ha hecho con los republicanos de Rio-Grande ; eso ha
hecho con Oribe, con ese moderno conde D. Juliai^; eso
ha hecho con los revolucionarios del Alto Perú ; eso ha
hecho con todos los caudillos y hombres sin corazón ,
que han ido á mendigar su apoyo y á ponerse bajo su
férula , suscribiendo entre otras condiciones á las si-
guientes :
1' A incorporar su respectivo país á la Confedera-
ción Argentina;
T A hacer guerra á muerte álos salvages unitarios^
que eran todos los enemigos de Rosas , fuesen america-
nos ó europeos;
3' A seguir en todo y para todo las instrucciones del
ilustre restaurador de las leyes (asi se titulaba desde que
las puso todas debajo de su asiento}.
¡ Restaurador de las leyes!... horrible sarcasmo para
los que no ignoran lo que esas palabras han significado
Qn él Rio de la Plata !... Baste recordar que Luis XI vio-
loba los decretos , mudaba los jueces en su provecho ,
y nombrat)a comisioms ejecutivas. Rosas decía que las
leyes lashacey deshace el que puede; quilos tratados, las
palabras empeñadas, etc., son trampas para cazar tigres:
y constante en estos principios ha violado con insigne
mala fe todos sus pactos y compromisos con los gobier-
nos de la Confederación, coii el Paraguay, el Estado
Oriental, el Brasil, la Inglaterra y la Francia.
Desde su primera elevación al poder (1830), invadió
las funciones legislativas é hirió de muerte al poder
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judicial, pidiendo al presidente de la cámara de jnstida,
la lista de diez y ocho ó veinte presos que mereciesen la
última pena, y los mandó ñisilar en San José de Flores
por una simple orden suya.
En el proceso (1837) de los hennanos Reinafés
(D. José Vicente y D. Guillermo), gobernador de Cór-
doba el primero y teniente coronel el segundo, Rosas,
por cuya instigación mandaron asesinar ellos al famoso
Quiroga, llamado con justicia el tigre de los llanos, ítaé
delator, fyscal, juez de primera, segunda y tercera ins-
tancia, carcelero y ejecutor. Por último, él ha sido el
primero en América que ha dado el fatd ejemplo de las
comisiones clasificadoras, con motivo de su adveni-
miento al poder; comisiones que no son mas que una
parodia servil, y tan funestas como las célebres comi-
siones de la primera república francesa. Continuemos.
El bárbaro (Luis XI), después del tratado de ConfUms^
mandó arrojar al rioá muchos habitantes de Paris^ por
sospechas de que eran partidarios de su enemigo; y d
prindpe normando, mientras flameaba una bandera par-
lamentaria á bordo de la Boulonnaise, donde un alto
personaje redactaba las notas que precedieron al tratado
que iba á proponerte de parte de la Frauda, escribía á
los corifeos de la mo^-Aorca para que esta asaltase y de-
gollase á la claridad del dia ai pacifico vedndario de
Buenos Aires, solo porque sospechaba que tenia reía*
ciones con Lavalle, como ya indicamos; y tal vez con la
misma pluma, todavía húmeda, con que habla firmado
la orden para esta carnicería, firmó el ignominioso tra-
tado Hackau, de eterno baldón para el torpe negociador
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— 2a9 —
y patfa el aleve i^libinete sin diptidadque ló rMAeó.
(Guiz^ y comparsa.)
Luis XI mandaba á siís genérales que entregasen loék
al saco y lo pasasen iodo á enehiUo^ y qué no kUfiesen
prisi€/neros; exactamente lo mismo (pie recom^daba et
héroe del desierto á los soyos, c<m la diferencia dé que
como eran mas ignorantes y feroces, le obedecían con
mas senrilismo, y no se halló en í$us ejércitos uno soto
que se alf eriese á desobedecerle, como Safait-Andcé á
Linis XP. La guerra que hacia, era una gnerra de ester-
minio, que deshonraría á los mismos estados berberiscos,
para valemos de una elocuente frase del noble comodoro
Purvis. Una de sus máximas gubernamentales era que
los muertos no se levantan.
Pocos tiranos ha habido que hayan hecho morir é
tantos ciudadanos á manos de los verdugos y en sítpti-
eios mas crueles. Para que se comprenda toda la exac-
tilttd de este aserto respecto al padre de la patria, vamos
¿ trasladar á continuación un estraeto de las famosas
TABLAS DE SANGRE, formadas con una paeiencia y un
cek) que demuestran lo que puede el patriotismo y el
amor á una noble causa, por el infatigable y malogrado
D. José Rivera Indarte, el ilustre escritor, digno ^ulo
de Várela hasta en su muerte gloriosa. Sacerdotes de la
libertad y de la civilización, murieron defendiendo sus
principios^ como el valiente soldado al pié de su ban-
dera. Un veneno libró á Rosas del primero, y un puñal
del segundo* Uno en El Nacional y otro en El Comercio
del Plata, fueron los dos enemigos mas terribles que se
han levtMdtado contra su tlrania. Nuestra causa, que es
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li MM de te Uuttflirfdlid y delaoivittuMfan, peidM'ei
ellos tal vez á sus dos mas robustos aüetit. Pok eso
Roaaa los asesinó odMurdeniQiile.
Ssgim ludaite, la» táUas ite la sangre derraiMda per
m óidea, eolo conq^riMideii las tíotiiiiaa imierlas á Ueriti
ú A ftiegOy eonstando asi de los dociniHNitos ofldalea del
iittsaAO dbskador, ó de retaefames dadas por lestigea
<%aes da U. « Ifodiis&naa aarto las qae mntdreiMa^
ailade, y qae no hemos podido averígn»* tm la ineoiM^
nioMioft en qw estamoa con el ifttnrior de Bueno» Aifes
y tos eüam provhidas Argentínas. Ai^m dia ooq nuevo*
y 0i^|ttfes datos mejaniremos nuestfias tablas, como boj
mfjoramoa las EfmMd^ de las oamicerias de Rosas.
No comprendemos los muertos por mls^a, destienroe,
oáfodea, safrimieirtos morales : esto ee Inmenso é in-
avioiguable. InserlbiHios m estas tablas solo los nom*
bres de los que han moefto por opkiioñes poUtieas d
¡Bkaameule; qae á la fas de Dios y de los hombres smi
iaooeiiles.«» para nuestros cálculos nos hemos valido de
datoadiioelaa y predsos : el los hubiésemos he<^ por
ios partes ofldkdes, casi siempre exagerados, loa gm*
rísas^aniantriplemttite mayores. >^
Ahomlilen : estas tablas, en lasqueestftn eonsigna-
dos por Idras, con espresion del dia, mes y año, loe
nombres de lasviétimas y de sus asesinos, la causa de
su muerte y otras otreunitanolas, como Igualmente loi
fusüamtentos enmasa, combine, etc. , etc., estas tablas
<^ haeian bramar de coraje á Rosas, cuando las 1^
por vez primera, y esclamar frenétiee, como otro titano
menos sanguinario que él, paseándose ftiHoso de un es*
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— Uh —
tnsm^k olFodeAigibhiete m PaI«riiio (1) : ¿ Nú habrá
nadie qttemB Ubrédéeste htmbr»? estas taM«9 ofrecen
el sigoleiite espaatofto rasúmea :
fiDveoenadM (iBOhiio el autor de ettai) « 5
degollados. . , ^76ff
Fusilados. . • . . 1,393
Asesinados 722
Muertos en acciones de armas. .*....'... 44^920
Muertos en escaramuKss, Aisiiados y lanceiidos por do-
ssreloii» ente fOBnoAcioB de los divwsos «reitos ^no
han c9mbaüdo desde i829 hasta 1843 (f^pocaque compren- .
den las tablas), debiéndose adver tir^.que Rosas ha estable-
cido ana táctica militar, bárbara'entre las mas bárbaras. 1,600
Estas diversas partidas dan el total verdaderamente
espantoso, como ya lo hemos callñcado, atendida la es-
casa población del Rio de la Plata, de 22,405 personas,
las mas activas é inteligentes de la población, muertas k
veneno, lanza, fuego y cuchillo, sin formación de causa,
y" casi todas privadas de los consuelos temporales y re-
ligiosos con que la civilización rodea el lecho del moribun-
do. No queremos hablar de la emigración de familias en*í
teras, que huyendo de los gobiernos del ilustre restaurador
y sus procónsules, se han asilado á la Banda Oriental,
Bolivia, Perú, Chiley Brasil... pasan de DIEZ MIL lü
En fin, y para concluir de una vez este horrible para-
lelo, Luis XI estableció la uniformidad de los vestidos con
el objeto de humillar á las autoridades señoriales; reci-
bió en su servicio á los suizos, uniéndoles un cuerpo de
10,000 hombres, no para crear un ejército nacional,
sino para formar una guardia qué custodiase su persona.
(1) Magnifica posesioa de IVo8A(» á c<Mrta diaianeia de Buenos
Aires.
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Uevú ala tuipba bu odio mortaliú los flamesoos, porque
en aquel pueblo activo é industrioso reinaba un espíritu
de libertad que era uua sátira muda de su tiranía.
El grande americano, por moti? os sooiejaales niveló
á sus compatriotas con el chaleco de grana^ d bigote y
la patilla federal^ y sobre todo, con el roce de las últi-
mas clases con las mas ilustradas y opulentas. ¡ Vergüen-
za da decirlo ! Las personas mas notables de Buenos
Aires por su cuna, por sus talentos, por susTíquexas y
por su posición social, estaban afiliadas por miedo,
solo por miedo, enla>w¿w-Aorett; y como si esto no bas-
tase á Rosas para su seguridad, como si conociese cu^
efímera y bastarda era su fingida adhesión, se alió con
los indios salvajes del Chaco y de la Pampa, manumitió
á los negros esclavos y les puso las arma& en la mano,
para crearse una especie de guardia pretoriana que le
defendiese contra las insurrecciones del paisanaje y de
sus demás tropas. Aborreda de muerte á las repúblicas
vecinas, que eran un sarcasmo de su despotismo y bar-
barie, y muy principalmente á Montevideo, á ese pueblo
heroico, que como el pueblo flamenco en la prolongada
lucha que sustuvo con Luis XI, desafió impávido el po-
der del nuevo Atila, y acabó por justificar plenamente
lo que anunciábamos hace mas de un año en una com-
posición que vio la luz pública en La Semana^ periódico
literario de esta corte.
¡ Montevideo !... Codiciada joya
Que tres coronas devoraste ardiente.
Siempre en tu seno con amor se apoya
La liberad que eae desfalleciente \
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— 293 —
Foc una causa generosa y noble ;
Por eso lachas hoy con un tirano,
Y tu heroísmo, en la desgracia, doUe,
Antes la muerte clama
Que el yugo de ese déspota inhumano !
Y su poder y fama
Rómpeme al choque de tu hercúlea mano!
Mwced á su indomable esfuerzo, la estrella de Rosas
se ha eclipsado delante de sus muros... sus cohortes,
victoriosas en todas partes, nueve años acampadas en
la falda del Gerríto, esperaron inútilmente que el ham-
bre ó el cansancio les entregase ala ciudad invicta.
¡ Loea ilusión ! Había algo de providencial en la deses*
perada resistencia de ese pueblo, condenado al martirio
tantas veces, porque él, mejor que otro alguno en el
Plata, ha sabido siempre fecundizar con su sangre gene-
rosa las palmas de la victoria, arrancadas en buena
guerra al inglés, al español, al lusitano y brasilero.
Ultimo baluarte donde hizo hincapé la libertad, ven-
oída y proscripta ya en el resto del Rio de la Plata, Mon-
tevideo, al son de las cadenas que le preparaba Rosas,
foijaba el rayo que debía hundir en el polvo su maldita
firente. El denuedo y constancia de sus defensores, le
conquistaron las simpatías de la Europa y de sus herma-
nos del Continente, ün Joven monarca, digno de empu-
ñar el cetro, y un hombre de corazón, tan patriota como
bizarro soldado y buen general, se pusieron al frente de
la nueva cruzada. Pa&ó Urquízael Uruguay, y el ejército
que sitiaba á Hontevideo se disipó como el humo : pisó
Urquiza la margen Occidental del Panmái y de victoria
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en victoria llegó baita los SanU^Lugare»» gUfuM« erkada
de cañones y parapetoi», dopde se babía refugiado el ti-
gre con los restos ¿e kn fbrmídalde poder. Trabóse alli
una batalla tan reñida y sangrienta, qm por espacio de
cuatro horas no se supo de quién seri^ el triupfo. Tal
vez Rosas empezaba á lisonjearse de que la suerte,
siempre propicia , iocUnaria la balansa á su favor ,
orando, I oh justicia y castigo providencial ! una audaz
carga á la bayoneta de lainfanteria deMqntevÁdea, deoi^
dio la batalla ó favor de loa libres.
Cuatro mil hombresimedaron tendido» en elcBmpo(l),
y el dictador, acompañado de su hija, la ctiebre Mano**
Uta, se refugió á bordo de un buque inglés, bajo el pa*
bellon que tantas veces babia insultado.
Montevideo tiene la alta gloria de baber sido el po-
deroso ariete que abrió en el edificio de su tiranía la
aacha brecha por donde debian entrar sus enemigos.
En.sus murallas y en la gloriosa resistencia de sui^ hi-
jos, se estrelló el poder y }a fortuna de ese mandón in-
solente. Montevideo} enseñando á los adversarios de Ro«
sasque donde habia patriotismo, unión y cwrtancia, al
<K>loso podia medirse con la mano, agrupó alrededor de
si todos los elementos que veinte años de despotismo y
desafueros habían ido aglomerando en loa miseros pue-
blos svúetos á su yugo, y en los que le toleraban, y su-
frían en silencio sus nltr^es por debíUda4 ó miedo« A la
(1) Posteriormente hemos sabido que esto no es exacto; per-
sonas dignas de fe que asistieron á Isf batalla, nos aseguran que
Isá tropas de Rotas, eseépto loe b«tall(nieg de negros, anrajahaii
im mm y bujaa m peie^«
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luz de los cañones de la invencible ciudad, broté la llama
que convertida muy pronto ^n un incendio, saltó á la
margen opuesta del Plata, devorando en su carrera
cuanto intentaba detenerla.
Los defensores de Montevideo pueden títSit la frente
aon orgullo : pendido todo el territorio de la república,
débitos ^ número, abandonados de todos, sin mas aliá-
dos ({ue ia desesperación, sitiados por mar y tierra, re-
tteU^mn largo tiempo á tas cuádruples fuerzas que les ro-
deaban, sin otra esperanta que afcamsar una muerte
gtorloaa después de ver reducida á escombros su ^querida
tfudad; perostt causa era santa, y Dios Ui protegió como
ptotef^ó la de los flamencos.
Al borde de la tumba, sintiendo ya rébaslar por su gar^
gantia el cuohilto de los sicarios, el sol de ttuzdngó y Sa-
mndi vino á restañar sus heridas, el genio de la libertad
loe envolvió en su manió, arrancó de su fttüte lá corona
de espinas, y la gloría puso en ella ana triple guirnalda
de laurel.
Volviendo ahor& áLuís XI y su íAh plagiario, dire-
mos para terminar, que una semejanza, una identidad
tan grande eam éstos dos hombres diabólicos, nos hace
esperar que eonladesapattcion del segundo, los acón-
teelmoitos qv^ se sucedan serán de tanta trascendencia
é Inmensos resultados para aquellos paises, como los
que tuvieron lugar m Eumpa después de la muerte del
riAelde byo de Gártoft Ylh
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— á9« -
XI.
«
POLÍTICA EUROPEA W LA AMÉRICA ESPAÑOLA.
La Confederación Argentina y la República Oriental
del Uruguay, ó mas bien, las provincias que formaban
el antiguo vireinato de Buenos Aires, son boy la sección
Hispano-Americana que llama preferentemente la aten^
clon de lá Europa ; y los acontecimientos de que han sido
teatro, su inmenso territorio virgen, su escasa población,
)a bondad del clima, la feracidad del suelo, y losmuchof
é inesplotados veneros de riqueza que esconden en su
seno, esplícan esa marcada, predilección délos primeros
gabinetes europeos.
Por desgracia, estos no han procurado hasta ahora
mas que explotar aquellos pueblos en beneficio de su
comercio y de su industria, sin influir en su política do
una manera digna y conveniente, sin estudiar sus nece-
sidades, sin prodigarles su influencia civilizadora , sin
comprender siquiera los verdaderos intereses de su na-
ción, de sus centros manufactureros y de sos naturales
allí domiciliados *, sin impedir-— nada mas que con la
fuerza moral de su reprobación, y no reconocimiento de
gobiernos que no merecen ese nombre-- que reyemelos
intrusos, como Francia, Rosas y Orive, hayan estado es-
candalizando al mundo afios enteros, con sus crímenes,
y convirUendo aquellas ricas comarcas en palenque
abierto á todas las malas pasiones, en lodazal de sangre,
en vastos cementerios, destinados ¿ servir de tumba ¿
las ideas, al comercio y al movimiento civilizador de la
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- 297 —
Kuropa. H. Mandeville, ministro de ia Gran Bretaña, al
despedirse de Rosas, le decia en un documento oficial,
qus hacia ardientes votos por ei triunfo de su causa; y
el almirante Itackau, plenipotenciario de la Francia,
testigo de las carnicerías de octubre de 1840, tuvo la
€ilta gloria de firmar un tratado (que salvó entonces al
dictador), y defender en las Cámaras francesas al hom-
bre que le arrojó al rostro, mientras con él negociaba,
la cabeza del francés Varangot!
No es posible esplicarse tales anomalías, sino atri-
buyéndolas á la ignorancia en que se está en Europa dé
las verdaderas causas que mantienen al continente
americano en ese estado febril y anárquico, en esa per-
durable lucha que, como el Fénix de la fábula, revive de
sus propias cenizas, y no muere sico para renacer mas
terrible y sangrienta.
Salvo honrosas escepciones, que no pertenecen á los
diplomáticos, ^ino á los gefes de las fuerzas navales, la
política pusilánime, vacilante y contradictoria, cuando
no hostil y agresiva á la buena causa, délos agentes
europeos en el Plata, solo ha servido para añadir com-
bustibíes á la hoguera que nos devoraba, afianzar la ti-
ranía de los caudillos y dar á todos una falsa idea de su
poder.
Esas naciones, tan susceptibles en Europa, han tole-
rado, no un año , sino veiote , que un oscuro gaucho
ínaltratase á sus subditos, les confiscase sus bienes y los
degollase, como vejaba, robaba y esterminaba ásus
propios compatriotas, sin forma de proceso, sin justa
causa, sin otro móvil que su capricho y sus instintos de
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tígre« Los primeros egtadtetae de logiaterra y Francia
han toleradO) que un nuuidatario igoorimte y sin dere-
cho, para tamaño atentado I impidiese^ la libra navega*
cioa da lo» rioa, y cerrase al comerlo, & la iodustria^el
muodo, á la pléctora de población, causa de tantos mar
les en el viejo bemisferio, vastísimos desiertos que solo
esperan la mano del hombre para convertirse en feraces
campos de cultivo, en pingües heredades , en valiosas
fábricas, en ricas y florecientes ciudades*.. Han tolerado
que organizase en ^ércitos permanentes sus hordas de
bffiadidos, y llevase la guerra, la desolación y la muerte
á las repúblicas vecinas \ han visto que hombres nacidos
del otro lado del Occéano, franceses é ingleses como
elloSf se agolpaban bajo la enseña de ios que Bosas Ua-
maba Salvajes unitariosy y amenazados por sus gefes,
antes que abandonar á los heroicos defensores de Mon-
tevideo, preferían abdicar su nacionalidad y cambiar
su bandera y sus colores por ios del país que les habia
dispensado generosa hospitalidad y asilo; ban visto que
ni los tratados, ni las amenazas, ni las concesiones^ ni la
toleranda, llevada hasta el último estremo , eran sufl-
cientes para conseguir lo que anhelaban ; garantías para
sus nacionales, tranquilidad, y nuevos mercados para sus
productos; han visto que los pueblos, vencidos una vez
y otra, no bien encontraban un punto de apoyo, se le-
vantaban con mayores bríos para sucumbir luego trai-
cionados por sus aliados; ban visto que el sistema de
Rosas y sus secuaces, basado en la violencia) en Iamen*<
tira y el crimen, no les permitía tener un dia, un solo
dia do pa»f porque era incompatible con ü reposo y el
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— 199 —
todos lo8 príDoipioft ftmdamentaiea do la MoiédAd i el
roipoto á Ift vida, A la propiedad « A las oréeMfaS) y
esoft emioeotao bombren de tetado que báa wta ttto j
alfo loasi y quesabea ó doblan saber los gwidefl teí»*
reses que allí tíenea mB veipe^livad nadonee, ]sa quelaa
aoii&ideraoi<N3a» de la biioifuiifed , y el beiior nado piMit
ran ea la bdanta, eso» bouibres ban díche i « |M ¿«i
pu$btQ$ Sud-amerieatmáfran 099119 liks mgrús^ fue wh
S0pm(le» gobernar á Migasf9$; fne la 4imrgUia y ei
á09árdm eran en noBOiros un» segunda wUmraleaaf qme
toe GOBIERNOS VVEKtES eranmemartoe eneifmUoe
pmbl9asemrealvaQe$^0k. » ¡Yeatiafecboedebaberdade
cma espUcaeijOii tan cooviiieefite eamo proflmda demie^
tros feDómwos políticos y sociales, so bao ermododo
toasos ante el eq^eolámilo nofaodo I
¡Obt bíerve la saogre ea las v^aa al oir oaprOiéree
de asta manera áiuiAberdeiffi^áiitiGcdsotfáynLiaiDar^
tipo! Porque eLmal exista^ ^u> se lúi ^ eomba^ir} Gi»»*
plot A luDgim boea medicó Jndtoar.mal y oomprripdir
peor una eofennedad detemiinada^ y abandoilar. al pa^
okiKte á sos estragos? Bi loapodwOs cteilliadOs y larís''
tianosi si losqüe se preeiaa da marchar al fewte del
progreso material é inteligente de las naciones no noO
IteodOiralia mAno generosa, ¿¿quién bemos de aflodir?. ..
¿ál emperador de lüirraooOa? ¿A las hordas adf s^oa del
Cbaoo y de la Pampa? ¿No ludíais oido esa pala!»* m<*
^eée eon que anatematizaba al fis^nb. ai^Milbio atados
loe que tenían la desgriola ó la fortmia de na peas»
eoMifrél?... Ptieade eio sotratat doportoooMroÉoiipo»
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— 300 —
riodo nm ó sq^iíoií l^ga á tas tribus en^fluato^ del Asia
6 del AJDtioa, ó. á la gran faoiilia europea.
Loque hay ^1 América, loque ai|ui no ven ó m qu'w*
feofer^ es la lucha, entre el principio velró^do ahsfH
hUiflla, hijo de las IradieíoQes secok^es de la eoioi^,
disfrazo con nombres mas ó menos especiosos, y el
pria^i^o progresista de la revolución prematuramente
tnk»ad|t en 1810. Lo que hay allí^ es la democracia en
pugna cpQ ios mil obstáculos que la rodean : el antago^
nisnio de razas, de mtereses, de preocupaciones, da^d)u-
sosé innovaciones, que ora vencidas, ora vencedoras,
ora ei^eaminadas al bien^ ora despeñadas en un abismo
sin fondo,. caen y se levantiin como heridas de un vér-
tigo espantoso* Las c^tutñbres, las creencias, las ley^,
el ciBurácter nacional, y hasta el idioma , se t^nplan y
modifican en la fragua ardiente de esle gran calacUsaia
sodih Los terrenos cultivados disputan su imp^io 4 los
bosques sombríos, y las populosas ciudades á los soHta-
ríos, campos : la inteligencia aspira á equilibrar el pre*^
domíni^ide la fuerza bruta, las idease los hábitos y tra-^
dicíones. del. viejo hemisferio, sostienen el rudo embate
d& otras ideas, Mbitos y tradiciones, que llamariamos
émeriiSMas, si no les cuadrase mfjor el nombre de^4f-
tarjas.
, La inq^rentay el vap<Hr y la canaüsadontioiden á
abrirse ptMso. al tmvés de los ^bsos bosques^ inmaswira-
bteft üuiiicas y gigantescos ríos, qae se estienden oomo-
una iomensared sobre aquelsuelo privilegiadq; pcaro- el
genio deia Rampa, personificado. ea la profunda igno-
raneia> de las masas, en las antipatías locales , «n la in*'
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— 304 —
dale&cis Dftturat y heredada , m el espirttu estreebo y
mezquino dé los qae no son capaces de lanzar sus o¡tí&
mas allá del menguado horizonte que los rodea, opone á
esos tres poderosos agentes del engrasdéchniento y pros^
peridad de los pueblos modernos, en la parte intelectual^
el atraso y ht manera singular como está desparran»diÉ
la población en un territorio tan estenso, y la careiicia
absóbita de rápidas vías de comunicadon *, y en la parte
fí8i(», las propordones colosales de la obra, la falta dé
paz y de capitales, la casi imposibilidad de llegar á cabd
ninguna empresa realmente grande sin el auxilio de Io8
estranjeros; el temor de crear nuevos motivos de queja
entre la capital y las provindas, ó de estas entre si . ..
En suma, lo que hay en la América espigóla, y en
ninguna parte como en el Rio de la Plata, es la lucha nías
franca é ingenua de que nos ofrecen ejemplo los anales
de la humanidad entre el absolutismo y la democrada ,
entre la civilización y la barbarie, ya se considere en las
cosas, ya en los elementos que constituyen la vida poli-
tica y social de las naciones.
Para poner á buena luz estas proposiciones, necesita-
mos, apoyándonos en los antecedentes históricos consig-
nados en nuestros artículos anteriores, ediar uña ojea-
da sobre el territorio, el carácter y costumbres de los
ptteUos argentinos. Antes de ocuparnos de los hombres
y los aeontedmientos contemporáneos, conviene dar a
conocer el teatro donde han aparecido los primeros, y
reallzádose los segundos. Vestiremos á aquellos su ifaje;
y daremos á/ estos el colorido que les corresponde. Asi
esplicaremos muchos enigmas incomprensibles páralos
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— 3dí —
qu6 solo coiKKMiD aqtttilos panos por IQms esoittoi á
don mil logaas de disttneio, é por 1rf^)erM ton Toridieos
y competentes como Domas respecto de las colas de Efr*
paña. La importancia de estos detalles» qu6 no podrán
ttenos de arrojar una viTe luis sobre los hechos y eaea-
tiones que nos proponemos ventOar, se apreciará mejor
en la aplicación práctica que de ellos hagan nuestros leo^
tores, 7 en las consecuencias Idgteas, f ondosas, indefini-
bles, que se Terán ol^gados á dedutír, al ir reoorrieüdo
ios varios cuadros qua pensamos someter á su otaside-
raeion.
Cada articulo fornutrá un cuadro aparte, en el que pro^
curaremos bosqucgar, porque no es posible otra eoSa, eon
rasgos diracterístieos, los sucesos, los hombres y las cosas
del hemistoío Americano, y muy principalmente de las
dtfs riberas del Plata. Interesa so^emanera h la Metros
poli conooer su verdadera situación en estos momentos.
XII.
TERRnORIO, POBLACIÓN, CLIMA V t>IlOfiÜCaOfíES DEL UlO
Dtt LA PLATA.
El clima, la topografía delpais» la manera de vivir en-
gendran nuevos hábitos adaptados á nuevas necesidades;
y sin que queramos darles la importancia absolula que
algunossupmsn, ya veremoscomo remidosá <^ca8 eansae
no menos poderosas, han influido eflcannmte en el es-
tado actual de nuestra sociedad, yacabado por darlo en
las c^piiiaba^ prjnclpalmenta nn caráctsr propio y pe^
culiar*
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— 3oa —
Seisapoft autos de I4 revolucioo, d vireiMtd de Jiue-
na» Airea «ompjreoáiar 0egun Vomboldi (l) li3,aii te**
giíaift Gua^rfkd^s de 25 al grado, ooii 1 »100,OQO baj^tooti^i»:
seigim los c4l()]idQs d^ Azara t^oia^ 740 leguas de Jiirgo, y
150 á 200 deaoiAo (2)^ y sf«w.Torreiita440 deN« éH.
y 270 de E. á O.
£8|e ultiqío haee asceiider su poblaci<m en 1811) á
3,000,000 de habitantes (3)» residtandp 20por legua ouar<
drada : c^leulo que po parece jügQ exagierado«
Maltebrun, en 1835, concedía 800,000 habitantes ó la
confederación Argentina^ ó sea 6 por legua ouadrada ;
300)000 á la república del Uruffiíay, correspondi^ote
por consiguiente» 13 en el mismo espacio $ y 900)000 al
Paraguay, ó lo que es lo mismo, 30 por leguacuadrada(4)«
Esta población tan ex^'^ua (5), conq»arada con el tem^
torio |de cada provincia, aparece todavía mas insignWl-^
cante, si se tiene ep cuenta la manera como está disemi^
nada en las castas soledades de la Goofaderacion) la
Banda Oriepktal y el Paraguay*
Cada departamento i proyincia, «Igunas tan estensas
(1) Es'sais sur la Nouvelle Espagm, t. Ui pág, 294.
(2) Descríp. é Hist., 1. 1, c. i.
(S) Hist. de la Revolución Hisp.-Americana, 1. 1, pág. 42, inlr.
(i) Geografía Universal: snicalos oorresp<mdi«&tei á Ui cita-
das Rqsúblicss.
(5) Para hacer maa patena esta despcoporoioQ^ xeoerdaieíaos
al lector, que Balbi en su Geografía Universal, hablando de Amé-
rica {Cap. Población), asegura que cada milla cuadrada de esta
parte del mundo solo ofrece 31/2 habitantes, mientras la Cecea-
nía tiene 6 1/2 en un espacio igual, el Afirica 7, el Asia 33, y la
Europa 82.
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— 304 —
coma ÜBpaña, apeáas cuenta una ciudad pó^uiosa, la ca-
pital) y treinta ó cuarenta villas ó pueblo», de los caaled
la mayor parte no tienen 500 habitan tee. El grueso de la
población está desparramado por los campos eú las es^
ian^úiasy posesiones rurales destinadas ala cría y matan-
za de los ganados.
A &ies del siglo pasado, las parroquias^ pueblos, y
hasta las estancias, estaban separadas por cuatro, diez, y
hasta por treinta leguas (]); hoy en eMnterior del pais se
haUan casi en el mismo estado. Apenas se ha levantado
uno que otra pueblo en las villas, cabezas de departamen-
to ; pero « derramada siempre la población sobre nna sa-
perflcíe tan estensa, colocadas las habitaciones á cuatro
leguas de distancia unas de otras, & ocho á veces, ¿ dos
las mas cercanas, el movimiento de la propiedad movi-
liarla no es imposible^ los goces del lujo no son del todo
incompatibles con este aislamiento ; puede la fortuna le-
vantar üRi soberbio edificio en el desierto \ pero el estimulo
falta; la necesidad de manifestarse con dignidad que se
siente en las ciudades, no se hace sentir aUi, en el aisla-
miento y la soledad. Las privaciones indispensables jus-
tifican la pereza natura!, y la frugalidad en los goces, trae
enseguida todas las esterioridades de la barbarie (2). »
Hay mas todavía : regiones desiertas ó habitadas por
pueblos salvages, como las famosas Pampas de Buenos
Aires y el gran Chaco, rodean los países conquistados por
la civilización europea, se interponen entre ellos cual
brazos de mar de muy díñcil travesía, y coa sobrada fre*
(1) Azara. VoyageSy i. II. pág. 29i.
(2) Sarmiento. Vida de Quiroga, pág. 33.
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aitemtta lot» estados Umitaofes se eomuiiieui póc 1«
de tiana apenas desBiCHiladas. Es mas fádt conocer la
Qoofiguracion de las costaa buladas por el Occéuio, qna
la» siiniosidades de ese litoral ii^rk)r> sobre el coal, ía
bart)arie y la ciTilizaeióii, ioipaietrabies bosques y ter^
renos calÜTados^ se tocan y limitan* (1).
El elima daeste país privilegiado es, en geaecai, délos
mas templados y benignos de América, si bien lodos se
eueneiitran reunidos en él ; desde la fría tenqieratura de
la.Gin'dillera, cubierta de nieves eternas, basta el calor
sofooante y abrasador de ios trópicos. Sin duda por eso
asegura Azara, que no hay en el mundo países mas sanos
que aquellos.
. « De todo el país que describo, a&ade el miraio^ casi
puede genersdmente decirse, que es una llanura unida ^
]!Hies.las escepciones que esto tiene, se reducen á cerritos
6 s^rezoelas de corta eirtension, que no tienen 210 varas
de devadon sobre su base, y á las que no se daria so*
mejante nomlMre, si no fuese por la castoUdad de estar en
llaijrura^ (3). »
Podría sefialarse como un rasgo característico de las
provincias Argentinas, las consecuencias de esta prolon<*
gada planicie. Los Andes y sus faldas orientales en 740
leguas de longitud, lanzan por innumeraUes irias natura-
lesy el CMidal inmenso de sus aguas con dirección al E.
para juntarías luego hada el rio Paraguay y Paraná, é
precipitarlas en el^mar.
Campiñas dilatadas, interrumindas de cuando en cuan^
(1) Humboldtl Voyaye aux Hégions equinox., t. IV; pág. 443.
(2) Descrip., t. I, c. i.
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— ao6 —
áoj^r algtuna ma9Mán^JS.yíwatím^ wnmn úm
•quaHMfstocft* Bmdei^biaidii.djvtt, mn/ámOmpor
qlie dlfidfainte S6 posÉl ^oii^aar en rita^9 eft«lg»tt8
prtfripaíis oomo H aariMa^ parte de te de Biie«oe AMm,
la Rioja, Salta y Jiyujr^ apewi taai3r>««g8tíitoe) pefd las
pbatad pttáiitas, l^ñ pi^onaiu^ MMle», eártbae$^ y
nuyatte menuda ^le no ee atea «na Itoea del Melé y
|0 cobre üean uoa alfombra, ee dtoputott átnieiie»^
íéttmúf hiela 9» á taereed de olgmi rio, «iTem óta^
oOfSe etamalgttti eiriado arbusto, algiai e^eoroboé ee*
piBáito ! por el contraiiO) enotirae^ eooio Tatmaiaii) fá
Paraguay, Catamarca, Corrientes, Córdoba, Santa Fe» y
MI los de^ertaatentos de ki república del Uruguay bon-
tericoe al Brasil^ dombia una grandiosa y espModida ▼&-
güaemu ilaybo^qpiesdediiiifiDaioQas^^liamariaiB^
inAudües, ai en Amérioa ao memmese toda la natufajam
eea eaUfiqaaíon^ Vtose #a ellos macbos eipeeies de áibe-
les, todas dlfimofess dotas de fiítfopa» Inaejlos ü^ ó
rejucos (plantas enredaderas ó parásitas) suben y bqati
por el troúcO de los mayores vegetales» pisan da unes á
o|i08,yiosligaayeidiren con una doUe red da flotes y
v#rdura. Afiadid 4eito la projimidad de ciett tíoif igon^
tosoos» oiQro mormullo se p«?eibe á usagran dütawia^
la plicidA ealaa de ao cielo purisimotiioaattfiidsiéra im**
pregaada de elertrioidad y de ios tnoa suaves aromas,
el indefinible encanto de la soledad y el misterio» f aeeso
os fonneis una idea aproximada delasbmnpeas tíerifas
que cruzan y fertilizan el Paraná, el Pilcomayo, el Dia-
mante, el Bermejo, el Tebicuary, el Negro, el Ara-
Digitized by VjOOQlC
— wr —
pay, ei GtboUaU) el Oaimai y üls intl trüwtaiM.
RMBiindo «anaejtalef coBdieiiititsrte tiemi^t ea 9e<-
iiefi4 f«ftiHfliioa» En el Partgosjr^ Taeomaii y Gorriüitesv
son Gfttí 9^QQtÉpieQ$ todos los fimlos de la tona tdttUa»
La yerb^Mnate^ ea^^m^úe té del que se hace un erntriM
coii§amo en ta Amériea del Snd, conetitaye en el prime-
ro de^es paisee el ramo principal de su riqueza agri»^
cola. También se distingue el Paraguay por su eseetente
tabaco, por la idmadancia de yerbas medioinales, y ríeas
niaderas de ebanieteria y de><M}nstrttoeion, notables p>t
su hermoso colorido y siriides. El producto de la yent»
para el esterior de la yerba-mate y el tabaco, pasa de
1,000,000 dedurosanuaIes,y el día (pie tome vuelolalibre
navegación de loa ríos iuteitores, se trlj^kuurá esta smna;
En^e las producciones del reino vegetal, ya se tere-
suelto en las provincias de San Juan y Mendoto el pro^
Mema de encontrar una materia que en pood volumen
encierre mucho valor : nos referimos á la erta áú
guaano de seda. La morera que ha estezado á eultivaiee
desde principios de este siglo, ¿ pesar de los obstáeidos
(^Mitos á.su rápido incremento, sigí» piM>dueie&do los
mas satiefaeterioe resulta4os* En 1844 bebía y* en Men-
éfjM^ al decir de Sarmiento <1), siete millones de more-
ra» y la seda recogida por quintales, taal)ia sido hllada¡»
torcida, teñida y vendida á los comerdantee europeos,
en Buenos Aires y SaidiagOi á cinoo^ seis y siete pesos
libran porcpie la joyante de Mendoza, no cede en brillo y
finura á Ja mas afumada de fispaña ó de Italia*
En el reino ndneral, aunque los geógrafos antiguos y
(i) Vida de Quiroga, pAg. im.
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— 308 —
moéemoB (coinándiMe unos á otrOB) se limMati á eítar
ires ó costra minas, ea todo etterrilorioqpie vamosreeor-
mudo, tas bay^ y se han asplolado y se esplotan en la
aclnalidad, si no todas, la mayorparte; de oro, en la pro^
vioela de Salta, llamadi» de la Rinemáda; de estemfs*
mo metal, de plata y ptoino, en la Rioja, «n los puntos de
San Pedro, Famatima^ Ghitesito y Gnandacol; en San
Jaan, las de Gnandiir, Pismanle, Giiadülan y Fuente de
Oro; en Mendoza, las rizísimas detJspallata-, en San
Luis, las de la Carolina de Oro, de barra y de lavadero;
m Taeuman, las de Aconi^aija, etc.; hay otras muchas
no deseuhiertas todavía, y todo induce á creer que en la
Cuchilla Grande (Banda Oriental), en las sierras de
Amambahy (Paraguay), Córdoba y San Luis, y en otros
ranales de la córdill^a que se desprenden de los Andes
aL^orte, abundan los metales preciosos.
En el reino animal^ el Paraguay és el mas rico en cuan«
toa especies : ya hemos indicado que la mayoría de la^
provincias Argentütias se dedica casi esclusivamenleal
pastoreo y á la cria de ganados.
Antes de 1810, en sus dilatadas llmiuras, énsus esten-^
sos y frondosos valles, y en sus lujosas Cuchillas (f)
rieas de gracia y arromadas flores, como las llama un
poeta nuestro^ hábia tantos rebaños silvestres, vacunos
y caballares, que las vacas y novillos eran del primero
que se tomaba el trabajo de ma^rios (2).
Estos inmensos rebaños, según los cómputos de Azara,
ascendían en su tiempo á 18,000,000 de cabezas de ga^
(1) Pequeñas montaSas y circumbalaciones del terreno.
(2) UUoa. NoUdas americanas, pág. 100.
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— 309 —
n^do vaeuao, y li^s miilcmea del cftbalkr, con basla&teé
ov^as, sia meluir ea este cateóla (muy moderado p<Hr
eteHo) 2^000^000 éB ganado silvestre y las InniimeraMes
yeguadas aleadas ó m dueño (1). Solo de Buenos Aires
y Montevideo salían 860^000 cueros eada a&o (2).
No «n vano nos detenemos ea estas d^s eireunstencias^
al, parecer insigniScantes : la bondad del cUma p)r una
parti3, y por otra la facilidad de vivir casi sin trfSibajQ ni
costo (3), tomada esta frase en su sentido mas eslrido,
han engendrado esa holgazanería y pereza habitual q^^
notan todos los viajeros en la mayor parte de los pueblos
Uispano-Americsmos, y que en el nuestro son la fuente
de no pocos males y obstáculos para el progreso v tas
m^ras materisdes y sociales.
Y esta es la causa de que hayan dicho alguiiQS con
mas poesía que verdad, que la atmósfera tibia y tmhaU
samada del suelo americano ha enervado ó los espántales
y ásus descendientes (4). Toc^pieville, mas profundo,
sin detenerse en la superficie de las cosas, nos descubre
en la naturaleza de ellas, mfts bion (pe ^ las eijrcuiísr
tancias accesorias, que la voluntad del hombre puede
eontr^T^tar y vencer^ la causa. eficiente de un beeho tan
importante. Con la riqueza de colorido y lamájica vehe-
mencia de su estilo preciso y elocuente, nos hace una
pintura tan exacta como grandiosa, de la costa inhospi-
talaria donde abordaron los fundadores de la nueva
<i) Azanu Desciáp., 1. 1, pág.. 305.
(S) Azara. EMS9issurVBUtQ%renat.duParagf^ay,\.\\^i^i%.p^.
. (3) Descrip. t. I, pág. 300.
(4.) Monlesquieu. Espirita de las Leyes. — Chevalier, lettre»
aur VAmérique dn Nord, t. ITl, Letfre XXXÍV,
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— ato -
ii^aliiih; BM uJiÉ*!!! ndire 1a v«rtttate oriental de
loa BMiliB AUai^ianys, aatre el pié d« m» montiAas y
el Ooeéeiio Atiántico una laf ga baada- de rocas y de
«rana, que el mar ¡KUreee haber olvidado al retíratae, y
1108 dice qoo alli ee^ reeonoenlravoii al prindj^o loe es-
toBom delalD^fóMi bmiiana... (l)^ La keUa deiorip-
ebMi de la América del So4, oeuUala muerte tefo eu
mamto krUUmte^ qoe opoM en ooBtraate á aqoella nata*
i«leaa, donde todo «té grave^ imponente^ eeiemne^ nos
da la maa completa idea de la fnfloencda del eliiM y
nos MVela eit su cOQJunto, mas bien que en la atmós-
fera ttitía j embakamada ánicamenle, las causas del
letargo y postración que parecen ser nuestra bereocia,
y que desaparecerán completamente apenas el poderoso
aguijón de la necesidad nos obligue i sacudir nuestra
perexa habHual*, apenas desaparezcan, como van desa*
p»«Hendo poco á poco ^o^ inmemas \mmpi/fkm §f io$
imnensúé ganados qtíe dan pábulo al abandono y desidia
fue no» domina (2), según la respetable opinion'de im
Hnstrado íbudonario que en mas de una ocasión mereció
la confianza de Garios III, el 8r. D« Anl^o de Yiedma.
A pesar del sacudimiento galvánico que nos comunicó
la revohicion, á pesar del choque é impulsión que ban
recibido las masas con el cambio de instituciones, la
guerra de la independencia, les discordias civiles y las
nuevas ideas pue^s en Juego por la democracia, es
cierto que hoy todavía eonaervamos en todo su vigor
muchos de los hábitos y resabios de los attttgoos tiempos,
(i) Démocratie en Am^rique^ t. I, pág. 32.
(2) Descrip. Geográfica y Estadistica., par. 4IU. Angelis, i. IIÍ.
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tura que hmmy Vieáina df lo»habitsiilndaC;odidiioi^
1^ {lHAzAJra»deh)fteii<i«mdelP«ragiiftyy delPiaÉa(iH
y 89¡kiWitíA, de la mudad de TriQiUoy detaé proráudaa d#
Gb(ichi{Ki]F«&y €iiMtaiidM^(3)vpeio Uunbiiii «s doló^
cjpae4iiQmediwl4iBeirauiBtaiMÍaft espwwto^ ratnidisi
o^9»y eoy^ eQM^oioii iHi»lleTttfteiniiy l^oi, hafariM
dQ9i9«rQ^idQ 6 al menos oiedificádcM notaUmnoBls;
PandbraDdQ en el interior de niteeireía eanpoa» eelM»^
osa ojeada «obre las eatweiaa deaparramadaa en ana
vastas soledades, se podrá apreciar mejor 14 n^mUtaá
de este aserta. UA^ia$Híias y to §amk^ awte, pttes,
elawDtodeqae oosoooparemos e«el artfe«toíiifiiedMa«
LAS ESTANCIAS.— LOS GAVOMa (4).
Gomo es m«y probable que la mayor parto do noes-
tro» lectores i^aorea el sentido en que nosotros «sMnoa
la palabra estantía y lo qoo soa^ espMearemoa lo quo
signiflca»
Itaa estañóla es un pedazo do tiorftewMUMOltdo
(4) Obrt oiudi» pámfti 410.
(5) DesorHK 4 BiitOKi»» I. i, pég* a90.
(3) Viases por el Perú, t. U, pág. 209, 309 y 877.
(4) La palabra gaucho se aplicó en su origen á cierta clase de
individuos de malos hábitos y peores instintos, procedentes de la
mezcla de las razas espafiola, india y africana ; pero boy el nso
hk asaersllMdo esta pslabn psra detiolár al bombte que hs la-
cklP sr vive em el csmp», y p«ni«ipa en su «aiÉBlnr, frsecwa*
mnes y eostumbrea, de laa cualidades que distinguen al salv^i^
del hombre civilizado. (Yide Azara, Descrip. t. I pág. 304 á 311,
Armltage-Hist, do Brazil, pág. 139. Sarmiento, Vida de Quíroga,
toda la primera parte.)
dbyGóogle
— 342 —
dds ó tres kgoas de largo y otras tantiis de ancho, oei:*-
padas por aunuirosos rebaftos, vacunos, caballares y
lanares : saele haber hasta 30^000 animales en una sola.
En el centro hay una gran casa de material, donde re-
side el profrietario con so familia, con los peones {gan-
€ho$) y las mi^eivs propias y ajenas de estos-, ó un ca-
pataz, especie de mayordomo, encargado de la adml^
nistración y de hacer ejecotar las faenas rurales. Cuando
la casa es pequeña, como sucede por lo regular, p»rte
de los gauchos vive en ranchos (1) edificados á corta
distancia de ella.
Las faenas de la estancia se reducen, á ciüdar del ga-
nado y á matar diariamente cierta cantidad de reses,
según el mayor ó menor número de las que posee y
necesita el establecimiento.
El trabajo de los peones se limita á enlazar, derribar,
y desollar las reses^ en lo que han adquirido tal perfec-
ción con la práctica, que en pocos minutos las descuar-
tizan y sacan el cuero sin el menor tajo ni partícula
carnosa; lo estaquean, y preparan la carne en tiras
delgadas para el tasajo 6 charque^ articulo que consti-
tuye uno de los principales ramos de esportacion.
Fuera de esto, no se crea que el cuidado del peón
sobre el ganado es semejante al de los pastores en
Europa.. El gaucho se levanta antes que el sol, se dirige
á los corrales, deja salir los rebañoB, y cuando estos se
han derramado por los campos, se vuelve tranquila-
mente á la casa á tomar mate y fumar basta la hora del
trabajo, si hay trabajo^ que por lo regular nada ínas
(i) Chozas de barro y paja.
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— 343 —
tíeúe (|ae haceír hasta 4ué 6aé la ütáé, y é? pféélw, M
&íeíñpl'é, volirer á recoger M gñúM&.
Gomo tiene una inclinación ñiúf f^\9í tü ióM fot
niénte y aquel género de vida lá desarrolla podefóía-
tnenté, como necesita emple&f eñ algo el tiétnt)ó partf
no éonsumírse de tedió, bul^ca en el viilo^ en el Juego,
m tí trato dé stís iguales, un ttíMie de reetéacioiry diif
sot¿(z. Íá pulpería llena todos estos requiBÍtos.
Es la pulpería generalmente un rancho mi96raM«^*
situado á dos, á cuatfd, á seis leguas de la estancia,
donde se espende detestable vino, aguardiente, quesoy
etc. : es el punto de reunión, el rendez-vons, i (¡ae
asisten de diez leguaÉ á la redonda, los gauehOB fMt
cercanos de aquél //a^o ó departamento.
Allí, entre el crujido de los vasos, el estruendo de las
carcajadas, el murmullo de laüi guítár^as^ el run run dé
las chilenas (1) el estridor de los puñales, que se cruzan
con demasiada frecuencia, y no en Táúo,-6e fotman esai
reputaciones colosales, esos hombres dé alto prestigio
entre el gaucfiage, que mas tarde aparecen á ^ flriOiie
é imponen la ley á la sociedad culta é ilustrada d& las
ciudades.
Artigas, Quiroga, Rosas, todos los caudillos se han
apoyado toas de una vez sobre el sucio y grasicnto taoS"
trador de una pulpería, antes de arrellanarle en la silla
del poder.
En estas f euniones se habla de las últimas carrearas, y
se arman otras nuevas, de las Yerras (2), de los animales
(1) Espuelas para domar.
(2) Fiesta para iiuiiN»ir el ganado.
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^itraviados, ie los usesinatos y pendencias que han
tenido lugar en la semana, y de todo lo que es propio
de su vida vagabunda y desocupada.
Siempre hay entre elloa un palladar ó cantor, que
kaee el gasto de la fimcion, sin gastar él nada. En su
lenguaje tosco y desaliñado, pero á menudo muy poé-
tico y vehemente, improvisa, acompañándose coa la
guitarra, cantos mas ó menos largos, cuyo asunto está
tomado de la misma fuente de sus conversaciones, ó de
las desgracias y trabajos de algún caudillo famoso, de los
malones (1), de los indios, ó de sus propias aventuras.
Así el gaucho^ en su estado de peón, es, á juicio
nuestro, el tipo mas prominente que ofrece la sociabili-
dad argentina (2). El que habita en los pueblos como
el que tiene un pequeño patrimonio y vive independiente,
aunque participan de la mayor parle de los- cualidades
que caracterizan al primero, ni tienen su espontaneidad,
ni tantos puntos de contacto como él con los habitantes
de los demás países de América, donde existen condí-
dones de existencia análogas á la suya.
Arrancamos como punto de partida de las estancias,
para que se vea, cómo aislada, sin vecinos, casi sin co-
mercio con el resto de los hombres, cada familia forma
una pequeña colonia ; cómo ese aislamiento detiene é
impide los progresos de la civilización, que no puede
acrecentarse sino á medida que la sociedad se hace mas
numerosa, y los lazos que la unen mas íntimos y multi*
(1) Espediciones contra los cristianos.
(2) Empleamos esta palabra en su acepción mas lata ; no noá
limitamos á lo que boy se llama República Argentina.
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— 315 —
pilcados ; para que se note» de paso, como la soledad
desenvuelve y cimeuta en el hombre el sentimiento de la
independencia y la libertad ; como nutre esa altivez áé
carácter que en todos tiempos ha distinguido á los pue*
blos de raza castellana (1).
Se comprenderá, sin decirlo, que en tan singular aso*
elación, todo orden sistemado y regular de gobierno sé
hace imposible. Existe un comandante general en la
campaña, y un juez de paz en los pueblos ; pero su áu*
toridad no pasa de un radio muy limitado. El desierto
y la soledad hacen ineficaces las mejores leyes y dispo*
siciones, é imprimen en los hábitos y costumbres cierta
rudeza selvática, ciertos instintos bárbaros, propios déla
vida nómada y errante, como lo ha espresado perfecta-
mente el coronel don Pedro Andrés García, enviado por
la primera junta gubernativa de Buenos Aires, pafa
entre otras cosas averiguar y examinar el estado actual
de la campaña, y proponer las medidas que creyebe mas
convenientes para su mejora y prosperidad (2), el cual
se espresa en estos términos :
(( Las mas sabias leyes, las medidas mas vigorosas de
policía, no obrarán jamás sobre una población espar^
dda en campos inmensos, y sobre unas personas que
pueden mudar de domicilio, con la misma facilidad que
los árabes ó los pandas (3). »
Y en efecto, considerando al gaucho desde la cuna, se
ve que apenas puede sostenerse sobre el caballo, es de»
(1) Humboldi-Vdy. aux reg. equinox. 1. 111, pág. 18.
<i) Oido de la janu á Gafci», «edit 15 de Junio ileitlO.
(3) Diario de ud viaje á Salinas-Brandes, p«g. 9. (Ai^p^ i. ffi.)
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— 316 —
oír, 4«949 U«d4d de .5 ó« ii&os, este n» iffui part« &it^
gr^o da su persona; desde que liega á )a pQ])ertad, le
n)8íll4 Qon el sol, y no se desmonté^ ^iuo p^ra comer,
jagar y dormir : jsi como sucede á meuudo^ el dueño de
la estancia donde ha nacido, aunque muy honrado en el
C^u¿Q, es un infeliz cuya raeon no ha podidp ser cu}tí-
va<to« crece y llega á ser hombre, sin tener mas que vm
Mefi i^QDfusa y no muy buena 0e la divinidad : cpmo se
cria doo^tndo potros , degollando novillos , corriendp
«ar rerp sue ^ veces le cuestan la vida, vagando solo en
la inpp^isidad de los campos, sin mas arpms que su
kiWi sys Imff^H) y i^vl puñal ^ cruzando á nado los ríos
«tas eavdalosQS, prendido con uua mano de las crines
de su cprcel, y con la otra nadando y empujápdole
eOQtfa la cQrriente ; como se cria luchando pon los ani-
ipales feroces, y muy especiabneote pon los tigres, que
melé» asaltarle al cru^w un bosque, y con pas frecueu-
ehi eola milrgep de los grandes ríos^ espuesto á las ase*
ibamas de los gqHchqs 9mlo^^ especie de baudidos, ca-
paces de asesinarle por la chaqueta que lleva puesta,
por laa eiipne)a§9 6 p\ poncho *, acostumbrado á soportar
horas epteras los ardientes rayps d^l sol en e) rigor del
f e?ai)0« y los he)adof^ ciera^s del mas frío invierno j á
dormir m todas estaciones ^ la intemperie, bajo uu
(1) El lazo es una cuerda trenzada, dé 10 á 50 fatas d4 largo»
édñ «na arl^olla en el «atraoso, que sirve de ^ntrepeso p^fi Uin-
z«Me; la§ \hM^ §q^ im ^^feras de hierro í¡ piedra, del tam^iío
del puño fujetas á un centro común por cordeles, y que se arro-
jan á una gran dialanatv, eogiende |a mas p^qnefía f lispíeado gi-
rar las otfas dos por eaeiw de h cabeza, ¥»^ inereU))e la fuerza
que Uev^mi lOn^ivpHlso del l^mQ 1 la veUKi^ 4e| palNllWf
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— 347 -
oinbú^ ó una tapera (1); á galopar tires diaf» y tres nb«
ches sin descansar, y ¿alimentarse tbicamente de carne
medio asada, sin sal, sin pan, sin mas principio ni pos-
tre -, el gaucho reúne en su carácter macho de la energía
independiente de la raza gaarani, y mucho de la Torta-*
leza de hierro y estraordinarío valor de los primeros
conquistadores.
La necesidad de luchar brazo á brazo con una natu-
raleza exótica y grandiosa, los peligros siempre rena-
cientes que le rodean, la costumbre de verter sangre
diariamente, el desamparo y horfahdad á que se ve re-
ducido desde sus primeros años, le hacen reconcen-
trarse en su personalidad, desenvolver sus facultades
físicas de un modo maravilloso (2), y adquirir una indi-
ferencia, verdaderamente admirable, para dar y recibir
la muerte.
Como sus necesidades son muy limitadas y le bastan
pocos dias de trabaje para satisfacerlas largo tiempo,
como está seguro de encontrar otra estancia donde aco-
modarse cuando se le antoje dejar á su patrón, por la
escasez de brazos y hombres inteligentes en las faenas
rurales, se acostumbra desde sus mas tiernos años á no
depender de nadie y á considerar á sus superiores de
igual á igual. No le dará el titulo de amo por todo el oro
del mundo: patrón á secas y gracias. ¡Ay! dd temerario
que desconociendo su carácter, y confiado en su caHdad
de señor, le insultase, aunque fuese con motivo, sin
(1) Gasa derribada en medio del campo.
(9) Vid. lo que cuenta Azara de los vaquéanos. Descríp., 1. 1 ,
pág. 310.
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— a4g -
pr»vwlrs9 !.f antes de 9eiii)^v la tm^t m^ c^t% pu-
^íM^ le dejaría f#adída e» ti^rpfij y tos tfem^s coinpa-
finirás foaíimriwíi i^i ^^asínp «i maj^r pa];>allp p&m qne
bupra, $HÍ SQ l»d|l^})«l 9» paraje donde pudi^rft ftk;»Stfar}e
lajofttiaía, .
El gAii^cbOi awque d^^p^jadq, con muy felie§s dispo^
siciones, y también noble y generoso, cuapdp tpd*vto la
dpifgraala no b^ agriado m carácti^r, a» aupergticío^o,
d^soonfl^, piuy r^^^erv^ y ll^no de apt^)atia» contra
a} boiQbra de la ciudad? que tipjie ptras m^era^, otros
bibil08, otraa idpaaí que habla de distinto piQdo» y hasta
uaa Ptro frage. El íí desdeña y menosprecia alt^Tpeatp,
y m Pie t^n^ el trabajo de ocultarlo.
Existe #atre aiubQs una repulsipu íostiutíva ^ involup^
taría^ p9rqae el contraste, en efecto^ qo pu^d^ ^er waa
chocante 5 comparemos un hombre vestido á la e^iropea»
90U frac y pantalones, sombrero de pastor y guant^,
cpjrtada ^u bari?a y cabellera, c^n ptrp cuya larga m^
lena cirpupda su cuello^, da »ua espresíon t^rn Á
^^ tpstadfi ftemblaute y un aire de jwlanpóUpa alfi-
yez á su inirada flja 4 imponente, roíentras cae spfere el
p^bQ su prolcmgada barba, ma^ negra y reluciente qfiñ
elébaw, Veámosle tal como aparecería i nuestros ojost
sí npp tra^iadí'Wmp» á ip^ can^pos de Bu^^np^ Aires,
}ípf^tevi4§9 6 la Rigja-, Cont^mplen^o^ m ^otntrerp d«
copa r^4pn#y «fieha ala, «LdPr^Qdo de algias flpr^s,
prenda 4e a?aor, 4 plumas de pavo real ^ m ClW^ttct^
de grana ó paño, caprichosamente bordada ; su chiripá
(dos ó tres varas de seda ó bayeta) envuelto sdrededor
de la cintura, y ya recogido entre los muslos, ya suelto y
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— 349 —
aguisa de «fayadescepdiendo basta los to])illos, sujet^
por una banda ó tirador^ donde guarda los ayios para^
fumar, ^1 dinero, ^tc., y quf sirve ademán par^ colocar,
atr^ye^a<lp, (sl ei^oripe cuchillo^ cogiunmente de yalna y
c^bo 4^ plata, ^u coippaiiero iQ^ep^rable, qui^ po abaur
dona pn ningu^^ ocasión ni circunst^^qpia» y \m añlado
qm puede un hom^^ afeitarse cm él (1) ; coi^templen^^
su ancho caIzoqcil)Q de lien^^o^ adornado en los estremps
con un gran fleco ó crivao que, resguardando sus pierr
uas, ocqlta á medias unas espuelas de plata colosales,
y las blanquecinas botas de potro, fprmada3 pon la pí^l
sobada de este animal, las cuaIibs, partidas en la punta,
dejan al descubierto }os dedos de los pies para asegu-
rarse fpejor en el estribo, de forma triangular y tan pe-
queño, que apenas cabe el dedo principalr Ecbemos, en
fin, una última ojeada sobre el poncho que se mete por
la cabeza, y que, doblado sobre los hombros de uno y
otro lado para poder jugar los brazos, llega pqr delante
hasta las rodillas, y acaba, junto con él estraSo arreo de
su caballo, que no describiremos porque nos parece
ioútíl perder el tiempo en digresiones puando po i^on
necesarias, acaba por darle un aspecto verdaderamente
raro y original.
En cuanto al idioma, es en el fondo.el español, pero tan
estropeado y diabólicamente pronunciado, enriquecido
en algunas provincias con muchas voces derivadas del
Quechua y Guaraní y otras lenguas y dialecto^ ipdíos,
como Chiripá, Changango (í), pangaré (3), ñaifumtú (i),
(1) Azara. Descrip., t. I, pág. 307.-<2) <}o|49milPi|ll«f
(3) Color de un caballo.— (4) Lechuza, feo.
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— 320 —
Vichará (1), Guano (2j, etc., con otras españolas , pero
que no se usan jamás en ese sentido por nadie que hable
castellano ^ como rancho (3), quiebra (4), nación (5),
Sumida (6), armarse (7), friza (8), gateada (9),* etc.,
con otras españolas y americanas, pero cuya pronuncia-
ción y significación son muy distintas, como Redetir (10),
Ay júna{ll)imnlevo (12), tapera(lS), ap€darse{l4),Ma''
ur rango ii5)^orejiar (16) ^trajinista {17) ^redot a {ÍS)^ mo-
rao (19), guasquearse (20), etc., etc., formando de todo
esto una intrincada fraseología, que nosotros mismos,
los de la ciudad, á yeces no entendemos hasta haber
andado algún tiempo por los campos.
Cúmplenos ahora para completar el cuadro que bos-
(1) Ponchos de lana que se fabrican en Mendoza y San Juan.
(2) Sacar el guano, usar una cosa hasta inutilizarla.
(3) Choza de barro y paja.
(4) Valiente.
(5) Estrangero.
(6) Puñalada.
(7) Hacerse : unido* con otras palabras este verbo, sirve para
locuciones muy usuales entre ellos : armarse ricoj armar una es-
tancia, etc.
(8) Pellejo (sacarlo).
(9) Onza de oro.
(10) Gastar el dinero.
(14) Hidep... ¡voto al diablo!
(\i) Criminal, asesino.
(13) Casa arruinada.
(14) Embriagarse.
(1^ Poco ginete, torpe : también se dice matucho,
' (16) Pasar el tiempo.
(17) Calavera.
(18) Descalabro, desgracia.
(19) Ruin, villano, oobaMe.
(20) Irse, huir.
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— 321 —
quejamo^i m^t^^x como euc^oto ta^ $9 alijja ^1 gm-
etio del hombro civili^do, t^nto n)a^ »a ftcerQ4 aJ salr
vaje, y como en sus instintos, en su trajQ é íde93^
descubro A jui^iQ me&t?o, la^ $ifim4Ade9 quQ )q ligan
Casi sin entrar en mas investigaciones, todo ciifmto
y^mo^áimf ^^ d^duoe de ^us b^itacíop^Sr a Eiitaa sfpn,
por lo gei)§r^l, ui^os rmchQs ó cbo?;as desparramada
por los campos, bajas y cubiertas de paja con las pare-^
iep de pak)3 verti<^les jautas, qlavados ^q tierra y tapa*
dos m» claros ^n barro (1), .» ¿Np veis aqui el primar
9igno, el primer aoUlo de la dilatada padenaqu^ la im^
§1 hombre ^alvAJe? ¿La primea caiis^ d^ )a depK)da^
cien y j^l (li^lEmiíepto de la famiüd, Ubre de toda tr^^i
§111 nep§$idades eomo sin dedeos, la mujer y lo^liiji^f
v^^andp como las plantas, y los hombres vagando d§
pulp^r|4 eupulperta para proppr^iQnayse uoa sp(úedad fa^
ticía de algunas hora» porque el hogar don^stico loa nr^
rc^fi» lpi»ef p^le y le^ pbUga á buscar eu ptr^ parte la distrae
cipa y el empleo de s^ actividad, aunque sei^ para^ maU
ga^rl^ entr)§ tos vasos, )as cernerás de caha)lps y las
pu|}jüad9»7
H^DOíl Indicado ya la e^p^e d§ ínatmtQ de locouip»*
qíqu, que le obliga á no p^mi^ecer mucho tiempo en
un mismo paisaje» y 4 d^ar por el menor pretestp» á ve^
ceswaningmM), la estáñela donde reside ^ parece que
su ahna indiiaúta, ansiosa de liberta, uecpsita Á mepudo
perderse en la inmensidad de lp6 dfsiiertos; parpcp que
baila un miatpfioso deleite inefable en l^. ipledad, ^Q el
(1) Azara. Descnp^ é Hist., 1. 1^ pág. 3p^.
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— nt —
silencio, en el peligro, en los azares de los campos, en
la pompa majestuosa de su imponente, lujosa y gigante
naturaleza.
Asi el gaucho; sin ser nómade, pasa la mayor parte
de su yida errante de estancia en estancia y de pago en
pago.
Recordemos ahora lo que nos dice el autor iela His^
torta de América, sobre los pueblos indígenas que Tiyen
de la caza, es decir, errantes.
(( En primer lugar tienen tal idea de su igualdad é in-
dependencia, que no conocen mas distinciones que las
que resultan de las cualidades personales (1); » y los
gauchos, semejantes á los indios á y los antiguos Ger-
manos en su estado semi-salvaje, qiie elegían á sus gefes
entre los mas valientes, no admiran ni respetan sino 16
que hiere sus sentidos y proviene de esas cualidades :
la fuerza corporal, la destreza en el caballo, el valor, la
liberalidad, el desprecio déla muerte.... para descollar
entre ellos, es preciso poseerlas en un grado eminente,
y ahí están para justificar nuestro aserto, Artigas, Ramí-
rez, Qüiroga, los dos López, Brízoelá, Áldao, Rosas, á
cual de ellos mas bien dotado por la naturaleza, mas
ginete, mas valiente ó feroz, mas audaz y emprendedor^
mas liberal con sus iguales. -^ No añadimos amigo de
las mugeres y del vino, y jugador consumado, pm*qae
se sobreentiende , tratándose de unos hombres que la
mayor parte, han sido peones muchos años y empezado
su carrera de simples soldados.
y> El sentimiento de la independencia es tan natm^al en
(1) Robertson, lib. IV, pág. 2d4 y siguientes.
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_ ása-
los 8alviges> que nada puede apagarle, ni plegar en espí-
ritu á la servidumbre* Acostumbrados á ser dueños ab-
solutos de sus acciones, se desdeñan de obedecer las
órdenes de otro, y no habiendo conocido jamás la coac-
don no pueden soportar que se les corrija. (1)
La guerra de la independencia ha manifestado si el
primer sentimiento estaba hondamente arraigado en el
corazón del gaucho. Le hablaron de una tirania que
punca conoció, de una libertad que no comprendía ; le
niostraron al enemigo invadiendo sus hogares ^ le dije-
ron que venia á hacerle esclavo, esto es, á reducirle ¿ la
condición de los negros, y entonces instintiva é invo-
luntariamente gritó ¡libertad I y peleó y selló heroica-
mente con su sangre en la mitad del continente ameri-
cano los principios consagrados por la revolución de
1810. En ningún pueblo de la Am^ca del Sud rayó tan
alto el amor á la independencia, y ninguno puede pre-
$^tar una página mas gloriosa que el argentino en la
guerra de 15 años contra la madre patria.
« £lsalv(ije, satisfecho de sus ocupaciones y contento
con su suerte no puede comprender las ventajas y utiU-
<^d de una multitud de cosas que los pueblos civilizados
miran como absolutamente indispensables psyra la vida.
Lejos de quejarse de su situación y de envidiarla suerte
de las naciones civilizadas , se considera como un mo-
delo de perfecciones y como el mas feliz de todos los
seres (2). » ,
Justamente es una de laa máximas de nuestro prota-
gonista, qm naide es mas que naide : ya hemos visto
(1) Lib. y pág. cUados. — (2) ídem.
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-5Í4 —
más ahíbd eottio ^e hálittúá desde lá tnfstfiéta á bdsisi^e
& si fftlsidü, á no tolerar qae nadie le falte en lo illas
nifñlino y á ha^éree la justicia por su mano, liemos ÜÉlb
Memas, no solo sü inditteféücia, sfñó también lá anti-
patía 7 6iío proñiüdo qaé profesa á todo ío Qué vlébé
dé lá dtidád, ¿reyeiido en sn ígilonincta que nd hay én
todo el globo tín estado mas ventttróso y envMiabld qué
el ttiyo.
Robertson, además^ señala tbíñú uno dé los r^gú^
cafacterfetlcos de los salvajes, su afición ai juego ylá
embriagué^, la destreza basi increíble de sus sentidos,
su incapacidad é insubordinación |para sujetarse á ün
plan en bus operatíones imlitares, la reSehra que l.es ha-
ce no commiicarSé sus ideas, ni pedirse múlnamente at-
gttn ftivor, de miedo de importunar y Sér gratosos álos
demás (l); cualidades todas qué se relievan en él gátí'*
cho, que jtiéga hasta la camisa, visita diariamente U
pulpería, conoce en una inmensa ostensión dé terrifa^
rio por el gusto de la yerba, las ondulaciones del trnté^
no, la proximidad de un bosque, ó un solo árbol, el eo-
lor de la tierra, la dirección de los rtos y otras causas
que ignoramos, la distancia á que se halla del punto á
donde sedírtge,Iascircunstanciasdelalocaltdadque pisa;
que distingue en las itimensás soledades de la Pampa,
sobre tá menuda yerba que la cubre, las huellas de un
hombre, caballo ú otro animal, que há pasado cuatro ó
cinco dias antes ; que siguiendo leguas enteras su ras-
tro sin perderlo, sabe Calcular, apunto fyo, á una gran
distancia, echándose en tierra y aplicando el oido, la
(i) Obra cit.» pág. 141, 209, 351 y 419.
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— 345 —
CAufta del raido in^re«|^ble que se eseuclla^ y dMhip
gue 8i es de animales ó de gentes, si , son muchos ó po«
oes gineles, si vicnm despacio ó á galope, solos ó perse-
guidos, que no puede m la guerra s^ielarse á los divos
ejercidos de la mUicia, y no es temiUe sino en los pri-
meros choqyes ó en la nurntonera (guerra de recursos),
de la cual las hordas de la Argelia siempre presentes y
siempre intangibles por la superioridad de sus caballos,
su destreza y el conocimiento {Nráctieo del terreno, dan
la mas cabal idea \ que prefiere, en fin, sc^jetarse al tra-
bi^, atravesar un desierto solo, esponerse ¿ la muerte,
antes que importunar á sus compañeros para que re-
medien su neceáidadóse incomoden en acompañarle. \jf
parecería ridiculo y degradante.
. Sí de estos rasgos g^ierales á toda la rasa indígena,
buscamos algunos especiales de las primitivas tribus ó
parcialidades de nuestras provincias, las conexiones se
aumentan á tal estremo, que no hay diferencia alguna
entre ciertas cualidades y hábitos del indio y el gaucho,
con la particularidad que en este último se han desarro-
llado con mas vigor y espoLtaneidad, acabando por so-
brepiqar li su modelo (1).
No es entraño, por lo tanto, que esa inQuencia se re-
vele hasta en su trage, hasta en los arreos.de su caba-
llo, hasta en las armas que usa. ¿Qué otra cosa es el
chiripá que el chamal de los indios? ¿CI testero, lasplu-
(1) Véase lo que cuenta Guevara en la primera parte de su
historia, y Azara (Descrip., pág. 451 hasta 176) de las cualidades
físicas y morales» costumbres y creencias de ios Charrúas, Al-
liayaS) Pampas, etc.
10
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— M6-
nüte tvistoúi) la moMi (l)« m. mb ttM iiiii(AQiM¡jd«
iMpriodit con que aqualk» 6ngalciiaa tus cacGidc»?
¿Qoé otim «Ma •• d itm^ qué otra ooia son las A^of »
Bwqoalot tofiM A<ifa» iatraDladot por loa Patagoaost
BÉgon algimot autOTM, y uBados aatoa da la oooquMa
por laslribui do la Baada Orieatal, laPampay el Cha-
Eslan relloxionoa nos boa sido sugocfdaa principal-
noato por ialsohva douaaobraiMcrila por im Yi^joro
(1) St ttiitré «I ans mpétkii de liéMOo qM m pona «o te
fntím a los OiUstloi» y te mmum qwe slrNí jisiii SHísHrl^ atan*
doaete «a Um pies Manteras» «e «ompono de dos raaiales con un
ojal y botón de la misma piel, sujetos á una argolla de bronce
ó plaU.
(2) Las boUu, digase lo que U 4ttÍ«fS, ióA to^Nttciftt de (60
ittilfM, y aa atagúfti ptrn «e iMia eaosntiada» at Hsf MmoHa
qae IM lUyaaMNlo Mo aasMoi <|as «rao csMoídas asiss de la
oonqidatii es un hecho Aiera de toda duda, fin una oarta inédita
de la colección del señor Muñoz, firmada por un tal Ramírez,
que acompañó á Gaboto en su espedicion, se lee :
< Estos querandis son Un lijefós, tfue alcanzan un v^adó por
piéá, petera ton ^woé y atedMis, y coa anas pgtoli i §é plútm t0^
iMifd» 4mé ons peMi> # fea ^muím eesie ei iMStf* coe aas
cuerda atada que las guia, las cuales tiran tan certero^ que no
yerran á cosa que tiran. »
Y no obstante Azara afirma (Descríp. tom. I, pág. i 46)^ que los
charrúas nunca las conocieron, cuando en nuestros tiempos las
manejaban con singular destreza; y Barco, hablando de ellos «n
su enelelepédlco poema (canto X, pág. iStt) dice leruiosnie-
mente :
« Tan sueltos y lijeros son, que alcanzan,
€onriendo por los campos los venados ;
Tras fuertes atestxtioes se abalsnian
Hasta de ellos se ver apoderados ;
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— «tí —
digBO de gktfiofo nmmbre^ «i umpm ioiBjUiiaiiJi áá
amwxpfem^ tí^mn por «I fator, deiabioD, évpfwit-
Bueoloé íBteUgttMáa ton ipiea^po llewria.4€abo (1)1
moleitiM, fwsM tfa el coraioii de la Pampt^ aocMn^
panado de un corto séijuito, y con muy escasos coaoci^
mieatos de las regiones qae iba4 cBploFar» La parte de
su obra conoeinieiite k las eoettuiAsea y uaos de los ¡a*
dios, se ba eaeoDftvade intacbaUe por loe que han se*
guido sus bueUaa» Reeomendamee á naeitros leeloreala
pftgina33, en que habla del tragada loa Péguendiea*
Laoostombre de eneender graadeabogaeraade nocbe
Ck>ii unas bolas que usan los alcanzan,
gr ten que están ti lejos apartados,
Y ttoea ea la aiMa tal éssiMn»
i^veadertaa «soalaMaen la cabe»* »
81 ana ftalia«o de lo«crooístAi delPlAti,tMtli»y iiertádpida
los sucesos que narra, el alemán UMeríco achmidel, compara las
bolas (cap. viii) con balas de^artillería, pero sin duda se refiere Á
las de mas pequeño calibre; y cuenta, que en la primer batalla
con los querandís, mataron estos con ellas á don Diego de Men-
doza, hermano del Adelantado, á seis hidalgos y á Tétete solda-
dos de á pié 7 á caballo*
Algo mas podríamos decir sobre las bolas, pero los estreobas
limites de una nota, no lo permiten; y tampoco habríamos es-
crito lo que antecede, á no ser por la variedad de opiniones emi-
tidas acerca de ellas, por los diversos autores que se han ocu-
pado de los pueblos pHmltiyos de América, y la necesidad de
probar, siempre ^pie lo jnsgamos conveniente, con hedios y do-«
cumentos irrecusables, lo que afirmamos en el testo.
(i) Don Luis de la Cruz. Descripción de la naturaleza de los
terrenos que se comprenden en los Andes, etc. Buenos Aires, 1835.
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— 3«8 —
m los c«a3po8, en foteoL de dMdo, para resguardarse
de los tigres que andim alrededor bramando y no se
atreven t acercarse mientras dura el fiíQgo, motito por
el cual parte de lagente v^a atizándole, mientras los de-
más duermen, está tomada igualmente de los salva-
jes (1).
Para que resaltase mas y mas la ¿yferencia radical
que existe entre las ciudades y las campañas, quisiéra-
mos establecer una especie de paraldo entre los gau-
chos y los demás habitantes que pueblan los campos del
resto de América. Asi veríamos los mudios puntos* de
contacto que existm, per ejedplo, entre el gaucho y el
guajiro^ tal como le ha descrito nuestro amigo el señor
Andueza, en una escolóte obrita publicada en 1841 (8).
Esa indiferencia y ménosi^eeio hida la mayor parte de
las cosas que constituyen la feUddad del hombre civili-
zado ; esa costumbre de no dejai* el máchele ni d cabrito;
de vagar de ingenio en taberna, y de taberna en po-'
trero, nada mas que por distraerse y no hacer nada; la
facilidad con que vive feliz, ó al menos contento con su
suerte, porlo limitado de susnecesidadesyló reducido de
sus deseos ; y en suma, su afición al juego y á cantar
amorosas décimas al son de la guitarra ó del tiple, re-
velan al hijo de los aventureros españoles, bajo la triple
influencia de la sangre cruzada que corre por sus venas,
el clima en que vive, y los hábitos tradidonales que
han impreso un sello peculiar á su existenda.
(1) Véase á Oumilla, Orinoco ilustrado^ tom. I, pág. SSiS, y
Sarmiento, Vida de Quiroga, pág. 42.
(2) hla de Cuba pintorescas pág. 9 y siguieotes. .
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G9hdaii»mosapiu)iañ(l0 itoa c¡f(siinstaiicia especlalísi-
ma^el eapáct«r español y que ha debido comunicarse ¿
sus d«i0ceadieqtes, tanto nías, cuanto se han ^contrado
constantemente, aimqne por dSstintaB oiusas, en una si*
tuoeion análoga á la de «us abitdos.
« España es el pais del heroísmo y la bravura, ^a
cuanto mas heroico es un pudilo, tanto menos de ho-
mog^eidad hay en él, porque el heroismo supone las
ma& veces unaio^vidualidad fuerte y poderosa. Eq[>ana
es, pues, el pais del individualismo, y este ed su defecto,
porque no existe fuerza positiva mas que en I^ asocia*
clon. Cuando á población!» de este temple se les añade
independencia y Uberlad, no es fácil avezarlas al yugt> y
reducirlas á leyes imiformes (I).»
Las ideas que emitimos en este articulo están en gér-
mra, y como otras iuichas, son susceptibles de mas
án^pUo deearrcdio. Bástanos á nosotroselhaber señalado,
descendiendo desde su origen hasta las circunstancias
al parecer mas insignificantes, e) modo como ha naddo
y se ha desenvuelto ese elemento bárbaro, pero lleno de
vida y esperanzas en el porvenir, asi como su carácter
y la posición que ocupa en nuestra sociedad : elemento
que constituye, propiamente babianflo, la mayoría de
las provincias del Rio de la Plata. «
La mayoría. del Plata, repetimos, que se simboliza en
el gaucho, tal como le hemos descrito; el cual, en me-
dio de su vida aventivera, abandonado desde la infan-
cia á sus instintos y propias fuerzas ; ignorante, audaz,
rebelde átoda autoridad^ mas estraviado.'por falsas ideas
(I) Wei8. Espafia desda el reinado de FeUpe II, pág. 192.
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— 3S0 —
qae corrompido y nudo; aoostmnbmdOv i oiNÜidra en
ios actos nuus trivialtt cono en loe am» soleiiiiies de la
vida, sin el Areno de la sociedad y de las leyes, es el báp»
baroen todo d sentimiento y la espontaneidad de la te*
dependencia individual : es, en una palabra, d hombre
de quien Gni^ot, refiriéndose & sus ideas europeas, dice
qne aetoalmente, en mía sociedad tan regular, es muy
dtfteil concebir (1).
Póngame» ahora en paralelo esta población am«icaitfi
bárbara de los campos, con la americana civilizada de
las ciudades.
Nadie ignomqoe en d recinto de estas, mny espe-
cialmente despoes de 1810, se ocnlta la citiUzadon ba«
jo todas sus fases y relaciones, tal como la cmocemoa
en Europa* Puede decirse que son una oontinoadon de
esta. Las instituciones, losestaM^imleotos de todo gé«
ncro, los mas esquisitos caprichos del lojo y de la moda
tienen allí su teatro y lugar conveniente. ABí se viste,
se habla, se piensa, se vive como en Madrid, en París,
en Londres.
En el nuevo orden dé cosas traído por la revolncimí,
necesariamente debía suceder que esas dos sociedades
diversas, la una elvOisada y la otra bárbara, puestas
una enfrente de otra, y escitadas por su mismos jefee»
naturales antipatías y mezquinos intereses y afecdmies
personales, antes que quemasen el últeno cartucho con-
tra el común enemigo, tratasen de sobreponerse la una
á la otra. Roto el lazo de sumisión que las mantenía so*
(í) Hfst. gen. de la cívílizacioii europea, tom. I, pág. 03.—'
MadriaiSS».
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— aai —
Jetas á EsfMAa, separadas entre sí, y sin oonooai^fiafM^
pía flierza, apenas pudieron abrir los braeoS) se cvay»»
ron con brtos para sofocarse recipreeamenta. La guorra
cítfl como un ftiro sangriento, alaiiibia la encamisada
lueha que sostienen, hasta que trimiíia la ei^isa iidari->
cana bátrbara, y los campos, es dedr, sus eandOUis, Im*'
ponen la ley á las ciudades, basta que bi áirilisaeion
europea-amerieanacaeoxánime y moribioida líos j^iás
ái& Ms caballos de la horda Bahriya«*bÉrbáBa^iamerioaaal
XIV.
LAS CIUDADES HISPUfO^AMBRIGAIfAS.
Si la estiafta asoeiaGion délos campesinos on las esi-
tancÁs^ al eetdlar la revolumon, ofireda gruidas difloul*
tades para orgairisar el país, na eran ni son menos po*
deraaas las que presei^abay presenta id estado de Ifli^
eiadadet.
Nadie ignora que f n la América del Sod se ha formado
la población cruiándose las razas, lo cual si las per*
fseeiona en el orden físico, produce «i al moral gravisi*
mos incontaú^tes.
Lo que vamos lijeramente á indicar, es aplicable en
mayor ó menor escala á todas las ciudades Hispano-^
Americana^, y las cuestiones que abraza son hoy piva
efias de tal importancia, que de su pronta y acertada
raiolucioo depende el reposo, el bioMstar y el porvenir
de aquellos paises.
Las ciudades, á pesar de su atraso y de haber sido
vencidas mas de una vez, ejercen una influencia irresis-
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— 332 —
tibie sobre ios eampo&á quienes al fin subyugna por el
ascendiente providencial de la intelig^eia, de lo» báki-
tos, y de las tradictoneseuroptas. Enlas cafittalea se le-
cóncéntra el elemento ciytt, poUtico, mercanta é jados»
trlal, y desde alli, oomo.un foeo de los, estiende el mo-
vimiento civilizador hasta donde alcansa suaodoB;pero
no bay que oonfiar tanto ea esta, cacmdo i cada paao
se ve interrumpida por continuas revuellas y tfaslonio8;
cuando cada año el eapridio de un nuevo afirortuBado
caudillo, de un vándalo cualquiera, puede reducir las
ciudades á escombros; cuando estas encierran en su
seno mil elementos heterogádeos que pugnan, se agitan
y hiervmi, como la lava en el fondo de un vdcan, pw
brotar á la supei^cie, destruyendo los obstáculos que se
oponen á so esplosion. ^ no hubiwá otras raaones pura
demostrar la conveniencia, ó mejor dicho la neemdad
de que Cuba permanezca ligada á Espada, bastaría
recordar lo que ha pasado en las nuevas reptiriieas á
este respecto. Nuestra heterogénea población es la causa
primera del infortunio que nos abruma.
ElemcúDto Ueño de vida y espontaneidad, que después
de hacer pedazos el edificio colonial debía sepultar b^o
sus ruinas á los mismos que le deseneadeoaron, nada
podría equilibrar en Cuba su tremenda preponderancia*
¡ Ay de la reina de las Antillas el día que ese Océano,
contenido por un muro de bayonetas, rompa sus diques
y salga de madre!... Santo Domingo como un fanal gi-
gantesco en medio de las olas embravecidas, alumbra la
negra página que reserva el destino á su historia.
Echemos una ojeada, veamos la clase de gente de que
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— 3^3 —
seconij^oM la poMacion;de Ids dudades Hispano-Ameri-
calías^ y se comprenderá la convicción profunda que nos
ha ias|i^do las anterknres líneas y todo el alcance que
tienen en nnestro estado aetoal.
I (bienes forman la pobTacíon de las ciudades?
Blancos, indios, negros, mestizos, <^tas interpoladas,
doanidas asi desde el siglo XVI al XVIII portes que de-
bían . conocerlos mejor que nadie, es decir por los vi-
reyes y las autoridades mas respetables y dignas de eré-
dito.
« Los españoles nacidos en América y los venidos de
España... sondecondicíon libre y de natural altivo, ami-
gos del ocio y que llevan mal él rigor ; y la blandura
les daña (1).
fl Los mesüzos, g^te suelta, odosa, y sin respeto á
lajQstida..... (2) van en gran aumento, y todos salen
tan mal inclinados y tan osados para todas maldades,
que á estos y á los negros se ha de temer. Son tantos,
qaeno basta correcdon ni castigo, ni hacer eñ ellos or-
dinariamente justida (a). »
... « Cada uno de estos negros, mulatos y mestizos,
es rayo contra los indios, por lo cual se manda que no
vivan ni conversen entre ellos, asi por él mal trata-
mirato que les hacen, como por las ruines costumbres
qoe aprenden de su compañia. » (4)
(i) Relación del virey Goadalcánr. Gol. de Muñoz, t. XXXV.
(2) Relacioii de. la AudieDeia del Pearú al conde de LenKW Mii-
ooz,t. xxxy.
(3) Apuntes sol>re |>^peles del año de iS54. Muñoz, t. LXXXVU.
(4) Relacioq dpi vj^ey Mpntesclaros. Muñoz, i. XXXV,
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— 334 —
« Y es providencia de Dios la notable desuaiM y de»-
saCecto que reciprocamente se tienen todas las refoiiéas
castas, entre ellas y con los tibios, pues siendo Ion pé»*
sima la inclinación de unos y otros, acabarían 'oon loír
españoles, que es d menor número, el dia qoe les ftd-
tase esta desunión; y es digno de anotar el temor y«n-
berdinacion qáe tienen á k» europeos^ á quienes partee
infunde Dios mas gallardía y espiritu,cuyo teáéko ejaoi»
piar lo manifieiHa su conquista <1)« »
Hoy que los hechos tienen la palabra,, como batidlo
con sobra de chiste ymalieia La Esperansay ^ 'mA^
perder el tiempo en estériles disertaciones. €<mtealteiH
nosy pues, con añadir otros nuevos hechos como conse-
cuencias legitimas y naturales de los primeros^
En unas ciudades predominaban los blancos, en otras
les negrosf aqui los indios ó mestizos, allí los mulatos;
pero en todas su reunioit producid los mas ftanestoa^Ee*
saltados. En unas partes, la facilidad y costumbre, diee
mioa <S), de hacer trabajar á los indios en la cultura
de las tierras, en las minas, en las manufacturas y obsa*
ges, y en ios oficios mecánicos, hadan mimr con el
mayor desprecio á los blancos dichas ocupaciones^ lo
que no sucedía sino en las colonias españolas; y añade
que seria conveniente espedir nuevas leyes pam obUgar**
les á trabajar como en Europa, disminuyéndose asi «1
crecido número de gente vagamunda y ociosa que llena
(1) Descripdott del estado poUUco de la Nueva; Espafia. Esta
obra Inédita que se haHa al fin del tomo XXXV de la eoleccioii
de señor Muñoz, fué escrita en 1735, según la respetable opinión
de este laborioso y nunca bien alabado cronista.
(2) Noticias americanas, pág. 294..
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— Í35 —
eMquMo$ péim^j etc. En otras, existía la misma preeou-
pBoien respeeto de los negros, y se ereia que no podría
ejecutar un* blanco cierta clase de trabajos á que esta-
ban consagrados los eselaYos/.sín deshonrarse (1)*, al
estremo que en el Rio de la Plata, afirma otro eserilor(S)
ni^l mismo vir$y encontraba unlaeayo blanco 4 es-
psfiol, y era preciso que se eirvlera de negros, Indios ó
niQtatosf eiendo lo peor que hombres muy ilustrados,
eomo observa el primer autor citado, por razones muy
Mdles de comprender, aunque las calla, opinaban que
no convenia desapareciese del todo una preocupación
semejante. — ^En otras, \mmeBti\f.o%^ casta odoiaéinú-
tity se entregaban á todos los vicios imaginables^ reu-
niendo á las malas cualidades características de los in-
dios, el orgullo, la hisolenciay el dnismo.— De sus filas
sallan los promotores de los desórdenes públicos, ia
mayor parte de los ladrones, asesinos, etc. (3) semejan-
tes á los negros esclavos que, una vez libres, se aban-
donaban á la mas vergonzosa crápula, ala ociosidad, al
crimen (4).
La situación de las últimas clases, era en extremo
precaria; habia capitales como la Asunción y Buenos
Aires, donde no ei^ístian fábricas de Btogim géntroi y
las artos y oficios, que se reduelan á los mas indispon'^
sables, se ejercían únicamente por ellos Junto con los
que llegaban de Europa estremadamepte pobr^ (d)» Ha-
(1) Viags» por el Perú, 1. 1, pila. §.
{%) Azara* Descrip. é hi«(,, x. I, pág, 99»,
(3) yiage# por h\ Pfr4, U l\, v^. 870.
(4) Ibid., pág. 180. «
(5) Descrip. é iiist., 1. 1, pág. 301.
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— 33<r —
bia muchas ciudades de segundo orden, muchisimas vi-
Has, pueblos y hasta provincias eateras> donde, como
se espresa don Juan del Pino Manrique^ gobernador del
Potosí, en su informe al Qiarqués de Loreto, fecha 16 de
diciembre de 1787 (1), á eseepeUmde las minas y de
una poca y mala agricultura, aumentándose diariamente
lapobladon y no aumeniándose los trabajos en unapro^
porción correspondiente ; y Aenáo por otra parte, aña-
dimos nosotros, muy limitados los ramos en que esas
clases podían ejercitar su industria, en competencia con
los medios, la posición y superiores conocimientos de
sus antagonistas, los blancos ó los negros dirigidos por
ellos, la generalidad no tenia en que ocuparse (2).
Un escritor justamente célebre (TocquevUie) ha dicho
que se necesita una política nueva para un mundo en-
teramente nuevo; y la política que proUbia el cultivo
del olivo y de la viña, mal podía comprender esta ver-
dad. Funesto legado, mas que déla ignorancia de núes-
(1) Gol. de Angelis, t. II.
(2) « La audiencia dé Lima publicó un bando eü 17 de julio de
1706 mandando que ningún negro, zambo, mulato, ni indio neto
pudiesen comerciar, traficar, tener tiendas ni aun vender géneros
por la calle, en atención á que dicha gente tienen poca fe y lla-
neza en lo que venden, y no ser decente que se ladeen con los
que tienen este ejercicio ; y que se ocupe cada cual de ellos ea
el ejercicio de oficios mecáoinos, pues solamente son apropésito
para estos ministerios, y si alguno se atreviese á contravenir á
esu orden, que sea preso y desterrado á Valdivia. • Noticias se-
cretas de América sobre el estado naval, militar y poltíico, etc^
escritas fielmente según las instrucciones del marqués de la En-
senáis y presenimU» en informe secreto d S. M,C, el señar don
Femando fj, pá((. 133.— Londres 1826.
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— 3aj —
tros padres; de las necesidades ó ideas dcrniiñanles en- .
toucea, ella arrojó, sin advertirlo, en el seno de las cíih
dades, desde su cuna, un germen de desunión y anar*
quia en el aislamiento á que las condenaba, y las seve«
rasleyes con que impedía su firañca y libre comunicación.
Asi prevalecieron esas enemistades, esas envidias, esas
preocupaciones ruines de localidad y nacimiento*, asi
nació esa falta de sociabilidad ; así se desarrolló ese
odió que divide las castas mas inmediatas, fuento de no
pocos inales y sangre vertida estérilmente (1).
A estos obstáculos, que brotando espontáneamente de
la naturaleza de las cosas, se oponían al bienestar y al
progreso de las ciudades, venían á complicarse otros vo^
luntarios, hijos del carácter de sus habitantes y de la
imprevisión y negligencia del gobierno, como observa
el señor Manrique refiriéndose á la escasez de población.
y de luces de los pueblos de su jurisdicion»
Hé aquí literahnente sus palabras :
« Pero lo que en mi concepto hace mas oposición al
adelantamiento de estos países, es la tenacidad con que
sus naturales siguen las máximas en que se han criado
y la poca maña y arbitrios del gobierno fwn, inspirarles
otras mas convenientes y oportunas » (2).
Nada diremos de las costumbres de una sociedad se-
mejaaterno salvaremos el dintel del hogar doméstico;
pero los que nos pintan á la América en un estado pa*
(1) Vide— HainlK>lt— Yiage á las regiones equinocciales, 1. 1 pá-
gina 59; Ensayo sobre la Nueva España, 1. 11, pág. 07 y siguien-
tes; y Robertson, Historia de América^ lib. lU, pág. 13.
(2) Descripción de la villa de Potosí, etc., pág. 23. Augelis,
tomo U.
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— as8 —
.tritrcal utMqüeBereYoluoioDaBe» han mentido por es*
0600 de ignoranda d nuda fe. Los hechos, todavía pal-
pitantes, deponen contra ellos. Es proverbial esa fran-
quesademano que raya en prodigalidad; esa afición
dwmedlda aijuego, al li^yo, á las diversiones de todo g¿-
nmi, á los placeres puramente sensuales... que han no«*
tado en las clases mas acomodadas de las dudados,
cuantos han vivido y visyado por la América española :
viejos que, como un virus corrosivo» eomunieándose
desde las prUneras dases hasta las última?, las infició*
nan y pervierten con su ejemplo (1).
El trabüjo se veía con despredo; el culto del oro se
habla erigido en sistema; nadie pensaba en otra cosa
que en hacer pronto fortuna en el menos tiempo posible.
Todos loscaminos eran buenos para llegará ese objeto;
y divinizado el placer, el fausto, los goces materiales, y
reducida la existencia i su mas prosaica realidad, sin un
móvil de altas y nobles, aspiraciones, sin ilustradon bas-
tante, sin prindpios de moralidad y orden para apre-
ciar la utilidad é influencia del trabajo en todas las
éfWMy sitoadones de la vida, el vertigoso hito g»-
(1) Innumerables hechos podríamos citar en apojo de lo que
indicamos en el testo; pero nos limitaremos á señalar al lector
varios escritos, de un carácter oficial, donde están consignados
algofiOB, tan abyectos y odiosos, que ni siquiera los hemos mea-
domde. VétMenlaceleocioAdelsdiorHQftoi (i. UXV), exi»^
tente en la bibUoteca de la Academia de la Historia. Noticia que
$e áeía un vwey 4» México á otro que U $ub$04c ; las R$laeumu
de los vireyes Montesclaros y Velasco; la Jkteripeum M atíada
poUOee ée l# Nueva jei|MMf#, etc.; y ea las Neticémeeereim, las
páginas 4S0, 42S, 490 y 503.
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— 8S9 —
neral, y hftBta los mismoB que habiati atesorado ona for-
tuna con no pocos abanes y desvelos, ó la perdian en^
seguida , ó sus hyos se encargaban de malgastarla a(e«
gremente. El historiador de nuestra lí^voludon cHa im
adajio muy conocido en América, que prueba y con una
condírion admirable epiloga cuanto hay que detír sobre
el particular : padre pulpero, hijo eabatbro y nieto por^
dioiero (1)*
€ontribuy6 eficasmente á mantener y diftandir tales
errores, la poca ilustración de Iba clases mas acomoda-
das y la escasísima de las demás. Aunque és Meo, como
se ha supuesto, que la Metrópoli negase la instrucción
á sus colonos, pues solo &i la provincia de lima, ade-
más de muchas escuelas de instrucción primaria, se con**
taban i fines del siglo pasado cuatro colegios ó estable*
cimientos públicos ; uno para los estudios preparatorios,
y los tres restantes para las carreras de teología, juris-
prudencia, medicina y bellas artes (2); en Santiago y
Córdoba desdé 161$ por una real cedida de Felipe Itl,
se crearon dos seminarios (S) y en esta mama Córdo-
ba, en el Guseo^ en Guatemala y otros puntos exfsfitti
universidades, colegios, corporaciones científicas y lite^
rarias, etc., la índole del sistema coloniíd y los hábitos
contrmdos desde la niñes, hadan inútiles ia mayor parte
de sus ventajas. No podía tener euHola intel^enda donde
le faltaba teatro para egereitar su acción, espaeió para
(i) Torrente. Hist. de la reT. Hlsp.-Americandy t. I, pág. 96.
(2) Viages por el Perú, 1. 1, pág. tlO.
(9^ Oaevam. Ri«t del Paraguay, Ble de ia Plata y Tucaman,
pág. m.
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— 340 —
tender. SUS slas, B^eiitímienfos y creencias nacíenales que
lambiesen cdu su savia fecundante^ y alimento conti-
nuo en sus relaciones con los progresos de la ciencia eu-
ropea, como productos de una civilización nms adelan-
tada.
No existía en las ciudades libertad de acción, de pen-
samienta, de industria, ni apariencia siquiera de vida
púbKca. Dos potestades omnipotentes dominaban i la
veK el cuerpo y el ahna : el depositario de la autoridad
reaLy y el depositario de la autoridad religiosa. Un des-
potismo blando y pacifico en épocas normales, y severo
y t^rS^te en las de revueltas y trastornos, mantenía á
todas las clases en la dependencia y el temor necesarios,
para que con el triunfo del priacipio que representaba,
prevalecieran el orden civil, la seguridad dé lasCíolonias,
y m vaátm á la madre patina.
Los suplicios del mulato Ándresote, el de Tupac-
Amaru, el último descendiente de los Incas del Perú,
sacrificado con toda su familia en 1781 ; y los poste-
riores de León, España, Gual, Rico, y otros revolucio-
narios^ que precediei'on al gran levantamiento de 1810,
grabaron esta verdad en todos los corazones con carao-
teres de sangre.
La conciencia pública se habia formado én esta es-
cuela práctica, y si por una parte, cediendo al instinto
tan naturalfen el corazón humano de sublevarse contra
todo lo que le domina, simpatizaba acaso con los que
anhelaban sacudir el yugo español, también creia en su
ignoranoia, amilanada por el mal éxito de los que osaron
rebelarse contra su autoridad, y los frecuentes abusos
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— 344 ~
del poder á qne esas tentativas dieron zñát^ra, que ]a
fuerza era la ánica ley impuesta por Dios á la humaai*
dad ; que ella todo lo sanciona y legitima, y al que man-
daba, es decir» al que tenia poder para hacer reeq^eto
su voluntad, todo le era licito y permitido.
Esto sucedía en las ciudades; esto sucedía doflde
quiera que intervenía la autmdad pública. El virey, el
gobernador de una provincia, el comandante de cam-
paña, el alcalde de un pueblo, el jefe de un destacar
mentó, partida ó guardia avanzada, todos á una, y cads
uno en su esfera, en su individualidad y ea sus alrilm-'
dones, personificaba la obediencia pasiva, pronta, sin
apeladon, discusión, ni examen, exigida por la antigua
España de sus vasallos de Europa y Ultramar.
De esa manera estaba formada la conciencia púUica^
foco mas tarde de abnegación y patriotismo, como de
tiranía y degradación.
Y así preparada la encontraron los sucesos de Europa^
que al inaugurarse la XIX e^turia, debían cambiar la
faz del Nuevo-Mimdo.
Sonó la hora de la desgracia para España, y la fuerza
de los acontecimientos precipitó la revolución Hispano^
Americana.
Nos cuesta trabsjo decirlo, nos duele disentir de la
autorizada opinión de nuestros primeros publieistas}
pero estamos íntimamente persuadidos que ésa revoln-»
cion fué demasiado prematura. No condenamos á nadie :
narramos los hechos con la historia en la mano.
Desde el último tercio del siglo pasado, una pequeña
parte de la juventud americana, adelantándose á so
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— 342 —
époea, y oteetricada cm la lectora de los escritores déla
revohidon f nmeesat se atrevió á pensar de distinto modo
que sos padres.
El liimno tríonfd qoe hacia algunos años resonaba w
las vecinas playas, donde flameaba victoriosa la bann
dera de la demooraeia, sostenida por el brasobercAleo
de Washington, habla conmovido algonas fibras de su
peeho, y á los mágicos acentos de patria y libertad, vio
desplegarse ante sus ojos mi imnenso horizmite, ilmni-
■ado por la lus de una esperanza demasiado grande y
sedádorapara renunciar á ella ana vez concebida.
Era natural que á una situadon semejante sucediese
la efervescencia de las pasiones fuertemente esdtadap,
y que en la imposibilidad de realizar sus deseos, pro-
curasen alimentarios con la lectura oculta de aquellas
obras, que se adaptaban mas á las ideas que les domi-
naban, y que por lo mismo que les estaban prohibidas
ó incurrían en graves penas si eran descubiertos, debían
apredary desear mas. Todos saben que hasta ahora poco,
España, desde que decayó en poder como en ciencia,
em*--<relativúttente á lo que tai en otro tiempo,-^ el
pais mas atrasado de Europa. Todos saben que el gdnio
español, encadenado en las mazmorras, sofocado por las
hogueras del santo oficio, nbiguna obra notable produjo
ea loe ramos mas importantes del saber humano du-
rante un largo periodo. Rutinaria y mezquina era la
denda, rutinarios y mezquinos sus productos. No era
estreno que los que nacían con amor al estudio, con esa
devorante sed, hya del talento y de la curiosidad y que
ma vez deq^lerta rara vez se apaga, y crece cuanto
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— ai3 -
mas tratamos de ftattsfaoerla, semejfanite ala luz de una
antoi'éha que aumenta sn resplandor á medida ^ue le
arrojamos alimento, tratasen por todos los medios que
e^ban h su alcance, de suplir la instdsa aridez de los
libros españoles sobre ciertas materias, con otros de mas
sustancia y proftmdidad.
£n América, sobre todo, después de la latitud dada al
comercio por Carlos Ilf , se hizo mas fácil y frecuente,
arinque siempre con gran reserva, la introducción de H*
bros estranjeros.
Hably, Rousseau, Voltaire y sus partidarios, de Hot-
bacfa, Oiderot, todos los enciclopedistas, y mas tairde tos
incendiarios discursos de los mas frenéticos demagogos,
conocidos primero de unos pocos y luego popularizán-
dose entre los demás, fueron cayendo en manos de la
juventud, que se empapó en su espíritu, y al lado de al^
gunas verdades, b^id no pocos errores, se llenó de fal-
sas iéeas j tomó en aversión toda forma de gobierno
que no fuese la ultra-republicana, y creyó como verdades
irrecusables algunas teorías tan fascinadoras, como difi^
clles de realizar en la práctica : teorías que á pesar de lo
iesacreditadas que están, contribuyen todavía y contri-
Imirán á que corra sangre á rios en todo el continente
americano.
Hoy que sabemos un poco mas, porque se ban hecho
estudios teórlco-prácticos que antes no era posible, so-
bre las cimicias políticas y administrativas, sobre los
pueblos, las razas, las instituciones : hoy que el ensayo
de los gobiernos representativos ha puesto en evidencia
la fabedad y decepción de muebos principios, doradas
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' 344
tttopiA8 de lóá qae han^uerido constituir las nacioDes
á priori y arrebaiados de su entusiasmo han obrado
como si los pneUos fuesen una masa á la que se puede
en todos tiempos y circunstancias imprimir la forma mas
adecuada para el objeto que se juroponian» como hace
el alfarero con la arcilla; hoy no podemos formamos
una idea exacta del candor virginal con que naeslfos
padres debieron acoger los principios proclamados por
los filósofos citados: generosos errores que debemos
e8cu8ar mas bien que maldecir, nosotros hombres de
ayer, quenada hemos hecho por la patria, ni añadido
una hoja á la corona que ellos^ á pesar de todo, pusieron
en su frente.
Al lado de )a cuestión política se levanta la cuestión
moral, tan grande, tan importante, tan trascendental
como la primera. Se comprende sin decirio, cual deítia
ser el resultado de las doctrinas de la filosofia escéptíca
y materialista del siglo XVlIi, arrojadas de repente,
como una empozoñada levadura, sobre una colonia de
la atrasada Espada, sobre una sociedad tan adnnrable-
mente dispuesta para absorverlas por todos sus poros.
Convengamos en buen hora, como no dudamos un mo*
mentó, que hubiese hombres muy leales, patriotas y
bastante instruidos, que las considerasen solo como un
medio para Munfar, no como la base ni el fin del nuevo
edificio que se proponían levantar. Convengamos que te-
nían bastante fortcdeza de alma, bastante elevación de
miras, bastante fe en el porvenir americano para re-
chazar lo que esas doctrinas tenían de incompleto, aati-
religioso é inmoral; pero al mismo tiempo, fuerza nos
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— 3M -
será reconfl^r qae la mayoría de los lM»nlires'Bamados
& propagarlas las aceptaba en todas sus consecueodas.
Y no podía ser de otro modo ; enervada por los pla-
cares, acostambrada á obedecer, con antiguos resabios
de vasallaje, escasa de instrucción, desnuda de creencias,
cegada por las pasiones y estrechos planes de engran-
decimiento personal é impelida por el vértigo reveda-
donarlo, al iniciarse la lacha se halló, por una violenta
y brusca transidon, lanzada en una pendiente resbala-
diza en donde no tenia bastante discernimiento para
ooniinnar adelante sin estraviarse, ni bastante fuerza
para retroceder algunos pasos, conteniendo y arrollando
á la 'multitud que, como un torrente desbordado, si-
guiendo sus pisadas, venia detras y la empujaba. ¿Qué
hacer en una situación tan critica 7 ¿Qué partido tomar?
Ninguno ; porque ya no le quedaba otra alternativa que
gritar coa ella como los cruzados: ¡Adelante^ Dios lo
quiere! ó ser hecha pedazos por las ruedas del carro
popular...
¿Para qué mas pormenores?... Hemos colocado mfia
enfrente de otra la sociedad de los campos y de las ciu-
dades. Los gauchos del Plata nos han servido de tipo
en lo que atañe á la primera, y en cuanto á la segunda,
todas las capitales y ciudades principales iios han su-
ministrado rasgos, que en su conjunto nos revelan su
faz política, civil y moral, antes y después de la revo-
lución. Con el auxilio de estas premisas examinaremos
en el próximo articulo el estado actual de la América
española^ resultado lógico y forzoso de lo que hemos
dicho y callado^ porque se sobreentiende, ó se ha
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— 346 —
wéi» iQovMixio. Nuestro leal ptoce^ y bi nMOMant
franca y «8pU«ita de ^ipresamos, en oposición oofi xiuir-
chas piíeocapacíoiies generalmente admitidas en AQié-
rica y Espaüa, podrán acaso no agradar á alguno» Afiif
y alUí: pero ^^elan^s al juicio de la personas ^jxií^
tentes é imparciales que conocen á fondo la verdad^
síloacion de ambos países. Josgamos que opinarin Qomo
nosotros, que no se éhbe^ nocoíwieney ni esp^bkií^rh
Inr de i^ira manera.
XV.
firrUÁClON ACTUAL JÜE LA AMÉfnCA ESPAÑOLA.
Hemos apui^tadp en nuestros anteriores artículos las
principales causas que ban preparado el actual óxúm do
eosasi y visto con al apoyo déla historia y el de las auto*
rldades mas competentes é irrecusables lo que eran laa
colonias españolas y el modo como fueron llamadas i, la
emancipación» á la vida pública, á la libertad»
Y ahora que hemos visto y sabérnoslo queeran, trasla«
démonos al instante enque una sociedad, organizada bajo
esas bases, rompió sus antiguos diquesi y menesterosa de
todo, al estampido del canon y al rugido de toda^ las pa^
sion^ desencadenadas, ciega y frenética se lanzó en una
nueva senda que debia precipitarla de abismo en abismoi
hasta caer convulsa'y sangrienta en las garras de imbéciles
mandones*. , Clavemos nuestros ojos entre el sol que toca
ásu ocaso, y la sombra que se enseñorea del cielo ame-
ricano, hasta que venga á disiparla un nuevo sol En
ese momento solemne, en esa época de transición y ruina,
decidnos, si un solo error, si una mala medida, si un des-
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— 3n —
atíflrto ftííüfio ds los que iJmm kis rl«i4a9 del 1
po»ld ocasionar taa gtavos eotisacuenctasi si la fispiitai
por ^emploi Ika pagado con largos afios de oxp^oo y
sangre Is» tenibles reacdOnes del ftmesto deereto dado eo
Valenoia el 4 de mayo de 1«14, i^é eonsecueneias ao
habrán producido tantos estravios» errores, desaciertos «
aititrariedades, diosos y Tíolencta, en fin, como la
Amériea ha ptesencytdo antes, en el momento y de^es
de saemaBdpacion?t ».
üreeaentemente se oos ecba oseara por escritores po-
co gen^^eioi jr menos refleuiosi mmtra fislta de oapa-
détA politicaí ponündonosen paralelo con nuestros lier^
manos del Norte, sin baceíae caigo de estos aniaoeden^
teaiSineonsidMarque, en las instltodones de la Inglaterra
para sos eoloníaa, desde su fendacion 6 poco después^ se
oddtaba el §4nnen de su libertad» £1 voto de los sobsi*
dios, la elección de los grandes consejos púbttcosi el juicio
por jurados, el dereetiode reunirse para tratar y ocupar**
se de los negocios públicos etc. , estaban garantidos en
las cartas eonoedidas desde el último tercio del siglo XVI,
i los trece primitivos Estados que debían mas tarde for-
mar la Union Am«ioana« ( Tuvimos ni pudimos tener
nanea nosotros esa larga escoela te<irtco-práctica?¿Hemod
necesitado únicamente sustituir nombres á nombres, y
fórmulas á fórmulas como ellos?... Y sin embargo,¿por
qué se olvida ó se afecta olvidar que ellos conocieron
tsmilñen la gaerra civil? ¿ que apenas declarada la inde-
pendencia (1774) apaieció un partido opuesto al republi-
cano que se denominó Tory y la Georgia y la Carolina
del Sud, el Connecticut y la Pensilvania, New-York y el
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Maryland, fueren soeesivaiiieate regadas eoii la fasgre
de los americanos disidentes, es dedr, torys y republi-
canos ? ¿ Por qoá se olvida ó se afiscta olvidar que en ese
mismo pueblo, tan recomendable por sus virtudes r^u-
Micanas, á medida que la lucha se prolongábase v^a
reaparecer el egoísmo individual, y no bien hecha lapaz,
cada colonia convertida en una república independiente,
se apod(^ de la entera soberanía, y el gobt(mM> Meni
vio su pabellón ultrajado por las primeras potencias ea*
ropeas, sin recursos para contener á las tribus indias y
pagar el interés de las deudas contraidas durante la guer-
ra de la independencia, teniendo que declarar oflcialmeo-
te-su nulidad? (1) ¿Y qué habria sucedido si los ouebios
no hubiesen estado habituados á ser libres? Si un Was-
hington, un Madisson, un Hamilton y otros ciudadanos
de alta capacidad é indisputable amor patrio, no hubie-
sen concurrido á formar la segunda constitución k coya
sombra debía cimentarse la libertad anglo-america-
na?..
La revolución nuestra, producto de un concurso de
circunstancias favorables á la independencia, aceptada
por instinto mas que por reflexión, tuvo que luchar desde
su cuna con las preocupaciones y vicios, con el estado
{Utellgente y moral de los pueblos que estaba llionada á
orgsmizar.
Era necesario ganarse á la muchedumbre, y pagando
un tributo á las ideas dominantes en la América inglesa ,
en una sociedad fundada sobre la desigualdad de clases,
donde los hombres se diferenciaban hasta en su color,
(i) hémocratie en Amérique, l. I, p. 182.
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— 349 —
stirmliiiró te repAMh» tomo ]a foma d«f oMerno u&ib
1^9 ki rep^bUca eg ya om n^wwiáad para DMotroa, lo
conocemos, y añadimos que todos los anafícaaof que
anta i m patria, cualesquiera qiie mm sus opiniones
iodi viduales, deben procurar a&aniuarla por cuantos me*
dios estén á su alcance. Por consiguiente, podemos datir
sin miedo de pasar por absolutistas, que la repúbUaa, si
no ha d^aer una farsa estúpida y cruel, es la forma de
gobimio maa ooinplícada, la mas di0cil de instituir, la
que debe reunir mas oondictones para establecerte, mas
resortes para pcmene en movimiento, mas garantías para
cimantarse; la ^taa ai^e masbitdigeneia, vm lueesy ab-
nagadon en loa gobamaotes, y may^r uimw> de virtu-
daaaalaagobmuid(^
^ esto «s índudablef to ai íguabzmtaffieeii las repú-
Uiaaa* d<^nde tiene cada ciudadano darcehoa poUtiaosqua
ejareer, deba recibir un grado deínstiuceion que le ponga
en el caso de bacerlo de un modo útil para sí y para ial
demás. Daigraeíadamente les falté tiempe i nuestroa !e-
giiladerea, y ni siquiera aeacordaron de que era pi«ci«o
eduear al pueblo antes dellamarle 4 la vida púbiiea, eemo
se adnaa á un hyo antesde diñarle en aplano goce 4eeu
übertad y fortuna.
Se necesitaban soldados, y se declararon libres A ios
n^gfo^ y midatos ; se organizaron en gueriUas penna*
nentes á los feroces habitantes de los campos y á ia parte
viciosa éiacutta de las ciudades ; y en alganoe pontea ea
acuitaron armas de fiíego 4 las tribus salvajes. Recuér-
dese lo que hemos didio acerca del antagonismo que
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— 350 —
existe mtre estas razas y la blanca de origen espiAoI,
representante de las costumbres y tradidones europeas.
La revolución encontró obstáculos y se hizo militante
y conquistadora.
La fuerza, único medio de propaganda en América
desde la conquista, decidió las mas graves cuestiones
sociales.
A favor de la guerra de la independencia, hecha en
países tan estensos, cortados por impenetrables monta-
nas, bosques, rios y llanuras inmensas, levantóse en ca-
da provincia un caudillo al que todos hubieron de subor-
dinarse. Preponderó el elemento militar, y antes qoe
terminase la lucha con España, los hombres de uiiciativa,
los apóstoles del pensamiento, los que alzaron lá bandera
revolucionaria, los que querían un orden regular de co-
sas, los que redactaban las constituciones y las leyes, ge-
mían en las cárceles ó huían despavoridos de aquel charco
de sangre, ó eran espulsados violentamente de su patria, •
ó entregaban álos verdugos su cabeza de mártires...
Entonces la anarquía como el gigante de Camoéns, de
pié sobre el cabo de las tempestades, alborotó las olas del
Océano popular, y cerró el paso á los que sin inmutarse
por su horrible aspecto, á imitación de los intrépidos
navegantes lusitanos, intentaban seguir su ignorada y
peligrosa ruta.
De este número fué el ilustre Rivadavia, jefe del par-
tido unitario y una de las mas altas inteligencias que ha
producido la América española. Compelido á abandonar
su puestO) al partir para Europa pronunció estas fatídi-
cas palabras : la anarquía os va á devorar.
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— 354 —
Y asi sucedió : hombres oscuros, viborezposá quienes
la patria uo debe un solo día de gloría, t^orque casi todos
surgieron del polvo después que Bolívar, San Martin, BeN
grano, Sucre y otros, aseguraron con sus victorias el
triunfo de la causa republicana, se pusieron al frente de
las tropas indisciplinadas, y protegidos por las últimas
clases de la sociedad, sobre sus hombros, escalaron la
silla del poder.
Reacción del despotismo y la barbarie contra el pro*
gresoy la civilización, otra reacción los derribó del puesto
que habían usurpado , porque su efímero poder no se afian-
zaba en ninguna tradición honrosa, en ningún principio
fecundo, en ninguna necesidad verdadera de los pueblos
que tiranizaban. Rosas, el mismo Rosas, único caudillo
que ha imperado veinte años, aniquilando en su tránsito
cuantos obstáculos encontraba en sü camino, ¿ncí cayó al
fin herido de muerte, mas que por las lanzas de sus ene-
migos por la fuerza irresistible de los prhicipios ? ¿Quién
reunió en una sola falange- á Montevideo, al Brasil, á En-
tre-Rios, Corrientes y el Paraguay? ¿Hubiera Rosas nunca
sucumbido si las demás provincias de la confederación,
le hubiesen prestado su lealapoyo?Seguro desu adhesión
al tratarse de una guerra con estranjeros, ¿no desafió
impávido el poder de la Francia y la Inglaterra ? Los
que insultan gratuitamente al pueblo Sud americano, los
que b^o la fe de parciales ó ilusos escritores le llaman
envilecido y degradádoy que nos espliqueil por qué sesu-
blevadiaramente contra sus opresores, por qué nó se re-
signa á la tiranía, y cuando la ocasión se presenta sabe
reconquistar con un heroísmo y abnegación ejem-
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piare» su» pecdidoa derechos y maneQIadtt gloria?
No la Yolontad, qo la igaaramcia^ sino la nabiralézft
de las cosas y los errores de sn época, hicleroü qné üttM^
tros padres se equivocasen al echar los dmientoa d0
nuestra regeneración política y sociaL laioi no Uaien
obligación de saber mas que lo que saMan y eiistíuiba&
los sabios de Europa. Sus libros, sus instttttCicmes, eoe
teorías, los alucinaron y nos perdieron s J atmqud ei
verdad que ser grande en política consistCf no en estar
i la altara de la civilización del mundo, sino á la attiiri
de las neoesidades de su propio paiS5 dudamos qué ai
mismo eardenal (asneros, Washington 4 Ni^lem, hn*
biesen salido airosos an la empresa sobrehimianay da
reoonatruir da un golpe mía sociedad como la nuastnu
Los emancipadores de América, copiaron a la Fraila
ela repnblicana (i) y á los Estados-Unidos, sin acordarse
que es mny fácil trasladar al papel la letra mn^M da
las leyes, pero no el espíritu que las anima.
Con el ojo de la inteligencia clavado en las e&trafiaa
de nuestra sociedad, se Hubiera resuelto mi¡)or el difl»
(i) Muchas dé buestras leyes están calcadas y hasta tradiid*
das á veces de ios decretos, y disposlcloees de los revolado-'
narios franoeses.-*£& la sesión del A de agosto de ITSOí el arti-
culo en discusión sobre la libertad de imprenta, se adoptó en
estos términos : «La libre Comunicación de los pensamientos y
de las opiniones, es uno dé los derechos mas preciosos del hom^
bre; así todo ciudadano puede hablar^ escribir, imprimir libre*
mOBie lo que quierii salvo la responsabilidad de los abusos (te
esa libertad en los casos determinados por la ley*» Nuestra ley
de imprenta espresa lo mismo, casi con las mismas palabras;
sentimos no tenerla á mano para que se yiesé la identidad, por
no decir la tradttcciou.
Digitized by VjOOQIC
cU problema de su organización. Siempre los primeros
<Hiaayos babrian dejado mucho que desear, pero el
tiempo y la esperiéncia hubieran corregido lo que no
está en la imperfección humana pre?eer ni remediar.
Entre los muchos errores á que dio origen el entusias-
mo por instituciones que no estábamos en estado de so-
portar, los mas ftmestos y trascendentales, sin disputa,
ftieron la lafitud dada al sufragio y la demasiada libertad
otorgada á la imprenta.
En Buenos Aires por ejemplo, la famosa ley del 14 de
agosto de 4821, concedía el derecho de sufragio á todo
hombre libre, naturctl del paisa avecindado en él^ desde
la edad de veinte años^ ó antes si fuere emancipado.
Asi se eoncedían derechos á personas que ni aun leer
sabian-, á personas esclavas de sus preocupaciones, de
su humilde posición y de sus pasiones. Los partidos cie-
gos, y poco escrupulosos sienq^re, se apoderaron con
avidez de aquella arma terrible. Los hombres del pue-
blo, instrumentos de ambición, actores farsáicos en el
drama de la politica, no han hecho ni podido hacer otra
cosa que obedecer al impulso que se les daba.
Guando el abuso de la ley llega á ese lastimoso estre-
mo, es evidente que se buscan hombres, no capacidades,
para formar la mayoría de los cuerpos colegisladores, y
personas incapaces de comprender su misión, los dere-
chos de sus representados, la trascendencia de las me-
didas que adoptan, la importancia de las cuestiones que
se someten ásu fallo, acaso sin pensarlo, dañan tanto
á la causa pública, como sirven al interés individual.
Salvo honrosas escepciones, tal ha sido largo tiempo
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la ysiorla ití siitsma eleotoral y rapitsanteUf o de las
anevaB repAblIcas. Hoy aléeeionadaB en laditfaMWcta
de la «périeneia, hasta^ lan mas teorédid^s ti«taiii dtpo-
ner valladares al torróte que 86 desborda. Meraeáé lea
vielOA de la ley orgáftfea y ftmdtmenlid, el patidoy tt-
ganado, ha poeito el sello de eu sanek» aotíerana i^ to*
do lo Qpié de él se ha etigido, ha íégittínoéh el deepoiia-
mo, y »ue menguados opreioves han ostoAdo i la fka
del mundo la autoridad de que se b^Uaban liiveittdiie
por lai)tyimtúi iuprema ékla naekm, manotada por
voio unéMpié de ius órgaMs le§Uimm^ Gomo si ufl piMk
blo pudiera suicidarse, abdicar sus derechos y entre*
garse atado de pies y manos ¿ déspotas que recuerdan
en sus actos la ferocidad saoguinaria de Mahomav loe
instintos de las hordas satvajes entre qníenes han Tltido ;
que fusilan a representantes en el santuario mtono do
las leyes; que se ábs^onan á los mas repugnantes es*
eesoB, y Juegan eon la vida, con el honor y la fortuna de
dus míseros compatriotas, como no lo haría oon^ sus ee«
clavos un rajáh del Indostan é un reyesoelo del interior
del África!
En cuanto á la desmedida libertad de imprenta, que
acaso sea útil en una sociedad de angeles ó de demiH
oíos, poco diremos. Los resultados que ha produeiéo
en AmArioa y Europa, son fÉtalee : sus vratajas ao eon«
pensansus inconvententes. Nos esplieareeaos*
Si la facultad de comunicar sus ideas es después de Ui
de pensar, el atributo quemas ennoblece d hombre; ai es
el laso, el alma de la sociedad, el medio toAm de perfiso^
clonarla, la prueba ineontestable de su destina d^per-
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fectibilidad y progreso^ iM e^ verdad que ftecnetáfs^
mente se abiM de ella? ¿No es verdad que en paisea
nuetes eomo loe nuestfoB, do&de el pueblo (y los que
ño eou pueblo) en general^ careeeu de eriferio por falta
do teetrueeion, (ftdlmeiiteeeeonftmden la» nociones mas
iftffas y lustas, se arrojan á la voracidad pública alimen-
tos envenenados^ teorías absurdas y peligrosas, y elpe^
rfoffiimo; eátédradoensefiansay fecunda discusión, se
oonvlerte á menudo en el banco de una taberna, desdo
el eual se arroja impunemente el lodo de la máledicen-
da y la calumnia al que tiene la desgracia de no pensar
oomo cualquier quidcm periodista, titulado patriota, que
i>uedesermuy bien un ignorante, un perverso ó un
hotnbre cegado por el espíritu de partido ?
¿No seria posible y conveniente pt^ algún tiempo ha-
cer una ley de imprenta, que combinase una libertad ra*
ciooal con la necesidad de poner un freno á todo loque
impida ipie se arraigue la paz y se afiance el Arden, ese
aEUtigno guardián de la sociedad, como le ItamaSalvandy,
ese protector eterno de la clyillÉaeion, cuyos pasos viene
á encandnar y dirigir la libertad, cuando ya él ha pro-
ducido bastantes progresos para que aquella pueda suf*
glr á su lado y devolverle apoyo por apoyo?.. :
Las aberraotonea de los socialistos hancnizado ya el
Atlántico, y por lo ipie hemos dicho de tas doctrinas sub*
verstvasde la fflosoffa eseéptiea y materialista del siglo
pasado, se comprenderá hasta dMide puede estenderse
el maléfico influjo de esos nuevos génnenes de inmora-
lidad y discordia, arrojados en el seno de una sodedad
ienfen&a ypoetiida por el triple azote de la guerra tívll^
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— 356 —
la aoarqmay laffüla de sóUdas creencias. NaeBtro anie-
go don Félix Frías, uno de loe jdvenes mas lalxNrkMoa
é inteligentes que cuenta la república Argentina, ha es»
^íto sobre el particular una serte de cartas, publicadas
en el Mercurio de Valparaíso, que hemos vislo citada»
con elogio en varios periódicos nacionales y estranjeros.
Recomendamos su lectura á nuestros compatriotas.
Y esto es tanto mas doloroso, cuanto no hay cues-
tión, no hay principio resuelta mil veces, que no hayaa
vuelto á poner en tela de juicio los palabreros 8<^tas y
charlatanes ignorantes. Asi se ha confiípdido la libertad
con el libertínage, la igualdad con el nivelamiento, la
publicidad con el desenfreno, el deseo de que la propie-
dad esté diseminadaon muchas manos (porque asi con.
viene á la democracia, pero que no^asa de un simple
deseo) con el despojo de esta misma propiedad, pMra
angular del edificio social.
¿Para^ué añadir combustibles á la hoguera? En el
calor de la ludia hay siempre hombres candorosos y
poco instruidos que toman el mal por el bien; desgra-
ciados á quienes la miseria no permite reflexi<mar.; per-
versos y egoístas que, conodendo el mal, se enU*egan ¿
él por depravacim, y porque los saca de la nulidad á
que se verian reduddos de otro modo. El buen camino
no es mas que. uno; al paso que el del crimen es tm
numeroso y variable, como son numerosas y variables
las pasi<wies del corazón hummo.
Tal es hoy la situación del Nuevo Mcmdo : escritores
independientes, hemos dicho la verdad ¿.la luz de nues-
tra rasony de nuestra conciencia. U situación es trisiet
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— 367 —
éMj^fdUe, pero no do^esperada. Toneinos fe en el por-
tenfr y en loft gloriosos destinos de la humanidad. Esta
no es mas <}ne nna época de transición, época que ab-
sifirerá la tida de euatro ó seis generaciones ; preciso
é»f«8igñanie y marchar con éUar. El que se queda atrás
e» Considerado como desertor de la causa común ; el que
se adeluita, es derribado, pisoteado, cubierto de fango
p<M* tos que cruzan y pasan sin orden en opuestas direc-
éiones. Pío Vil esoomtilgando á Napoleón en el s^
glo TJX, y el Dante predicándola igualdad, y anatema-
tizando á los tíranos en el siglo XIII, han sido juagados
del ndsmomodo.
Seamos, pues, paso ¿ paso á nuestra patria; descen-
damos hasta ella, si no podemos elevarla hasta nosotros.
POrtentura, ¿sera cierto, como se pretende, que somos
QB pueblo ¿MHÍeúiáo y degradado, coyas Aiertas vitales
se agotan por momentos, y que necesita para salvarse
que venga otro pueblo á romper sos (Ulerlas con su
mano de conquistador, y le inocule con su sangre nueva
vMa, nuevos hábitos y nuevas condiciones de exlstenciaf
No! todavía existe en el pueblo Hispano^Americano
mas vitalidad que la que se cree. Combatiendo se for-
man las grandes, las robustas naciontíidades. Ese des-
orden, esa anarquía, esa falta supbia de capacidad para
gobernarse, es inherente á la lucha entre las nue-
vas y viejas bistitnoionss, entfe las nuevas y viejas
creencias, y entre los nuevos y viíjos intereses, que
tratan de sobreponerse m&tiiameaie, equiHbrimdo su
aod<m las cansas que hemos espnesto. Ese mismo
dMMdeD» en loeMMes coaq^nestaa de elementos tan
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heteregéneos, rey^ elaramentA que exiflB m «Has toda
la fuerza primitiva, toda la varonil fortaleza, toda la
espontaneidad de ana matwia qoe no ba tomado toda*
via forma determinada, y ^e poede preetwse mejw igm
otra alpma á las diversas modiflcacienes quena diesfa^o
artífice sepa y quiera imponerle. Se trata da una^cuefr»
tion de tienq^ y nada mas.
Encontrar el tipo en que dd)a modelarsey.quasea mas
adecuado á sus necesidades, es la incógnita qae..|por
ahora estamos destinados á buscar. Perseveremos ea el
camino en que la Providencia nos ha colocado, y mar-
chemos sin volver atrás la vista, porque en las revolu-
ciones las distuieias se encogen ¿ medida que se ade-
lanta, y á veces se retrocede sin advertirlo.
A pesar de todo, en Chile, en Venezuela, en el Ecuador^
en Nueva Granada, en Centro-América, en el Pera, en Bo-
livia, en el Paraguay, en el Rio de la Plata y en el mismo
Méjico, hay provincias y ciudades tan ricas y floreeieor
tes, qua parece mentira hayan podido prosperar en me-
dio de los fr^uentes trastornos y convulsíones,politicas.
En un período dado, todas con mas ó menos trabayo,
han visto acrecentarse su población, su cultura, su in-
dustria y comercio, y por consiguiente, su riqueza. Los
que quieran desengañarse, no tienen mas que tomarla
estadística actual de esospaises, y compararla con los cál-
culos hechos por Ulloa, Azara, Humbold y otros vm^ro¿.
Este fenómeno se realiza merced á la población y á los
capitales europeots, que todos los a&os emigran á Ainé-
rica.
Perseveremos: los estodios bedios recientemeoto so-
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— 369 —
lire la Mstoria del antiguo hemisferio, nos enselUm ^ue
la condición del pueblo europeo se ha ido mejorando
gradualmente hasta llegar al estado actual ; y que esa
mejora se ha realizado lentamente, de progreso en pro-
greso, por medio de leyes inalterables y que ti«sen su
raiz en la misma naturaleza del hombre, t Podemos por
consiguiente deducir, que sucederá otro tanto al pueblo
sud-amerícano, apenas pase por los distintos períodos
necesarios para una regeneración completa y radi-
cal.
¡ Adelante, pues ! . .. IMos no ha puesto en vano ea d
corazón del hombre esa yaga inquietud, ese insaciable
deseo de elevarse que le arrastra á buscar continua-
mente un orden mejor de cosas, que aumentando sus
goces físicos y morales, satisfaga las necesidades de su
doble naturaleza espiritual y terrena, como un sar-
casmo, como una amarga decepción de su impo-
tencia. A pesar de las vinas declamaciones de.tan-
tos espíritus apocados, á pesar de esa eterna repetición
de acontecimientos, de esas continuas transiciones de la
b*bertad á la anarquía, de la anarquía al despotismo,
y del despotismo á la Hbertad, que nos presenta la his-
toria de todos los países, y en particular la de los pue-
blos sud-americanos, creemos que estos adelantan en mi
camino, y que el soplo de Dios los empuja hacia el Edén
prometido á sus esperanzas. Nos es grato creer queen
el girar de los siglos nada importa ,para el porvenir 'de
América que se estacione ó retroceda algunos allos en
su carrera sin término. Aun cmnio envilecidas y degra-
dados pisásemos el último escaloií del oprobro, aütique
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davia nos mm, auo^e fuésemos borrados dd catálogo
de las nadones, creemos ;qiie se realíwia en todo el
nuevo mundo lo que ba dicho na recomeodaUe egcrit4NP
refiriéndose á la república mejicana* Creemos si, qa«
aun dado ese caso^ « volveria la PreTídeocia i depoa^
tar en el caos el germen de vida de ^pe ba de brotar
esa grannacionah'dad, que no podrá menos de surgir
encima del suelo mas privilegiado que sobre el globo
haya sido preparado paranoblemansion del honibre(l},i»
¡ Bello y profondo pensamiento d^no de un escritor na-
cido en la hidalga y generosa nación ibéricaí y que sean
cuales fueren nuealros mutuos errores, desaciertos y mi^
serias, no olvida que es espaHola la sangre ^ecoxie en
nuestras y eoas!
XVI.
POMUiiaM nsTAfiou M aximeuu -» wioía4sh)n al mo
raULFLATA.
Aunque tal tez útfl en la región de las ideas, ftiera es^
térfl pMi España en el terreno de la realidad y de la,
práctica, todo 16 que llevamos escrito hasta ahora, s!
entrevarías consecüenetas que de los hechos capitales
se desprenden, no hubiese algunas que afectan inme-
tfatamente los Intereses de la península de este y del
otro lado ddAtttnUco.
Qiieda demostrado hasta laevidenda que los males de
la América española dimanan principalmente de su pri-
mitiva organizadon política, de su heterogénea pobla-
(1) Rivero.— Mégica,^a 1348.
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eipii, 4e la ittanftim coa^o «rtá <
soledades, del estado de seianiirbarbaiiftjeB qsé se <
in uaa gran parte de ella, y de ta^ eaisKieuiatmoiQla ée
hábitos, de orden y de tfabsjo. < « . -
La inmigraeioQ europea, laboriosa é i»tel igeftte , es
pues el grande elemeato de estdbiüdaA y pro^ i co fue
tienen sujoellos países.
Cada eolonla que se forme, cada emdad foe se edü^pit,
es on crédito lil^ado en favor de la Europa, « asUio
de la cadaia de la diviUsacion, un eei^i^ desde el ewl
pueden ramifloi^se y estenderse los vfncaloe sociales,
qae la acción directa del gobierao, el espMlu urbano, las
necesidades del comercio y de la iadnslite, y si^e lado
el interés indWidual, timiden iirefluMUeneBle á estre-
char mas y mas cada día.
Por eso todos los t¡rwuelo& de América, eeplotaado
las preocupaciones coloniales, han {M*cierarado feiOóMir
el odio contra los estraajeros, como el medio mas afleas
de cimentar su despotismo. Iil Dr« FrABeta» Roeas, y
últimamente el Senado de Nicaragua, especie de diván
americano, han desenterrado leyes conveniei^es al ré^
gimen para el cual fueron formuladas, pero hi^lúbaiÉP*
das, incon^atibles con el orden de cosas exist^e , é
imposibles de realizarse ; leyes que no tienien otro ob^
jeto que alejar á los estrai^ros» ó erando menos arre*
batarles las inmunidades que disfrutan, si^eltedolos á
la misma precaria condición de los hijos de la tierra.
Puede verse el espíritu y la letra de esas leyes en el
titulo 27, libro IX de la Recopilación de Indias»
Por fortuna, el pauperismo que devora á la Europa la
it
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i Telver . «us^ ijd» él» fkignMii
M ^«ifo mwid^* Los gabisites ewoipMB se
«B hiiHdBaBle y rhtfoito ipe i»-
ciones como la loglaterm y la Rraiicla, per fjeAipU;,
sopoüm «M tesigMMicn fii9 owumw mandataiios,
«mraiBBfdeBcia éonre pats^as con sa ¡gncMintiav piMw
¿ soB compatriotas y á su comercio de Jas teolijas qne
aW «teuntran* EhÍmms i&terpoiieii sa podeMsoin-
IH^ •a^amsMi las^ usías, y si las nsgéeíadoim 4iptah
wÉtieas' M iMurtai, cwBas«sdesieiiq>fe; sino bastaii
Jas éseasasflMnas BáYriss que íRislen 6iiYÍary46mRiia&
el oro, pBoweiB el amMHDento de sus natoralesi mMíh
VMi á laspeblsfliuies del país, se apeyaai' eo-eoalqsier
paflide fwqoiMaaeeuidar sos núsas, nomuyoristía-
ñas á veces, y en cnanto se anablft el borteonte 6 alean^
mk tofM deaealm, ébandoMMí á propios y esfrafies ¿
su hmfíBL^ tMMi estretta, como hieieron con el inforta-
mM genefal Imtíle en 1840, y posterioráiente con k^
hefMsoH libertadores de Montevideo^.
La tiimigraelon europea, sin embargo, á despecho de
lodo, de las proh&íeiones, de la gnerra eívíl, de ia ^e>-
rlasi de dertos gocemos americanos, y del abandom de
los rayos, se dirije en fnasa al nuevo mundo. La mano
de la Providencia la lleva allí i arrojar savia fecunda de
vida y regmeracton, en el seno de una sociedad dilace-
rada p<»r-ctiantos males pueden agoMar á un pueblo en
su iirfánéia. EHa repone con su sangre laque en lucha
sacrilega vertemos nosotit)s diarísñnente : ella, forzada
por la necesidad, se entrega con ardor al trabajo y nos
ens^apráetícammite sos ventilas : ella rasga el seno
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dftlai tiÉrf» fMOtaÉdft eon d sudor desuilMle, y wm
la columna de faego que guiaba á loa iimelitasv arnisi
veáucteDdo loa bosquoa á emum^ cttbtitBdo de ^Ma*
cbteieft las HaauraB^ taladrando las fiooniate^y an^Q&atia
la barbarie huta ¿as ^UÜ^os cofiflneis s ebt doraabré
Biiaif0fi TaneiiOa de riipeta) ignorados fllooM mM útoñ
fua los de oro y plata» poffue en sus manos ad^iieraii
tanto ó doble valoi: que afelios preoiasos metalas t
día sigua el guibo de los grandes, rio» hasta sir Mei^
smeto, se detiene á su m^en^ destíandt 4lai valii%
Irepa i las npiasaltas c^^dUlerasy y noaliabla de los pt^
digios dd vapor y delacanaüzaeion : ^lla sirve deantüf
mural al despotismo, que no puede imprnemento vcgttil^
y obfiga i la Europa á eontribuir mas ó nwiüs dáreeta-
mente á qae se reslaUezca el impatío da la raaon y dé
las leyes : eDa aomentaado anuakoante ios praduetos jp
los consumos en anaprogr«rion astraardiiHulav^^Mt
nuevas necesidades que son otros tasiea poderosea agui^^
jones que avivan nuestra natural ineraia y nos enq^qíaii
Meia el buen canüno : dla^ en &i) eon su actividad in-
cesante, con su energía, eon sus reocmiendables bábilas
y laboriosidad «orna, es un cjanplo vivo, (pié memprn
tenemos á la vista, un e^tittiulo que nos esdta.y biiefa á
cada paso, un libro aMerto donde podemos leer nomlros
dd>eres y comparar su sociedad con la nuesfara« £1 con^
traste choca hasta á los mas ignorantes y preocupados^
y es ley providencial que los pueblos como los individnoi^
sucumban al fin á la acdon lenta pero irresistible de
otros primólos, de otras costumbres, de otras ideas
superiores á las suyi^. En el orden moral copo en ¡el
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fiaioe, lo ftmie, lo bdlo y bueoo, tiimfa sobre lo AfM,
mezquino y loaló.
Entre esa población europea, tan recoinenda3)lé gene-
labnenle, ocupa un lugar muy distinguido la española.
Lahcmradez, la lealtad, la fortaleza inquebrantable del
carácter español, su respeto á las leyes, la fraternidad
que reina entre ellos, los vínculos de parentesco que
unen á muchos con las familias del pais; la igualdad
de idiomas, de rdigion, de costumbres ^ la facOidad con
que se idra^ean con nosotros, pues casi todos se casan
en América, presdndiendo de otras razones dé conve-
ntencia, gratitud y afecto, justifican esta marcada pre-
dilección nuestra.
Los gobiernos americanos deben, pues, fomentar la
iñmigraiáon española, prefiriéndola ¿la francesa, inglesa
é itaüaña, cuyo carácter, hábitos y costumbres difieren
tanto deles nuertras, ó no se adaptan tan fácihnente i
nuestras mas urgentes necesidades. £1 gobierno espiÁol,
por su parte, teniendo en vista las razones que eq^n-
dremos al ocupamos del comercio déla Península con
Montevideo y Buenos Aires, no d^e poner trabas i la
emigración, siempre que se haga cpmo debe hacerse, no
como ahora, fraudulentamente y de mala manera.
Cartas de Montevideo y Buenos Aires, publicadas en
El Heraldo, y reproducidas luego por los principales pe-
riódicos de la corte, han denunciado un hecho escan-
daloso, que ^ene repitiéndose hace algunos años. To-
dos los órganos de la prensa haa clamado unánimes
contra tan grave mal, limitándose á copiar las cartas en
cue^on ; y aunque no dudamos que el gobierno habrá
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— 566 —
ya tomado las medidas convenientes Jazgamos oportuno
decir lo cpie hay solM'e el particular, y lo que podria ha-
cerse, en nuestra humilde opinión.
Con motivo de la prohibición que ha eifetido en va-
rias épocas, de embarcar colonos para América, renovada
últimamente á cliusa de la guerra que ha terminado entre
Montevideo y Buenos Aires, tres ó cuatro casas de co-
mercio de estas dos ciudades verificaban esté iúcito trá-
fico, realizando cuantiosas ganancias.
Después que sus buques despachaban los caiigamen-
tos en el puerto de la Península á donde iban destinados,
dirigíanse á un punto aislado de la costa, y embarcaban
150, 200 6 mas pasajeros, sin pasaporte, shi previo
contrato, sin otra garantía que las palabras del capitán,
y. las ofertas, mas ó menos capciosas, de los agentes de
los consignatarios del buque.
Los principales mconveni^tes qué de esto resultaban
era que los infelices colónos sé obligaban á pagar sobre
cubierta, alimentados y tratados 'sabe Dios cómo, 150
dores por un paraje que á lo sumo valdrá 50, teniendo
que trabajar cinco ó seis años para satisfacerlo, y que-
dando enteramente á merced de sus esplotadores, hasta
llenar su compromiso.
Buques de 120 á 130 toneladas han llevado de este mo-
do cerca de 200 colonos. Figúrese el lector cómo irian y
cómo llegarian (los que Uégasen).
Ha solido escasear el agua y las provisiones y morirse
en la travesía la' mitad de los pasijeros. Los canarios
llegaban frecuentemente Henos de varias enfermedades
berpéticas.
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Arrilmban á Monteviddo ó Buenos Akes^ eaeagüel
cojaeignatario loa que qudriaf y los dentíis, liomhtM»
mujeres y niños , piijeetos en Q&a barraca^ k usnoza de
la que se estila en jos bagres mahometanos, paaabato á
la servidumbre lemporiil del primero que salisfocla el
ifilporle de.su vi2(j6. . « . ^
. Nos faltan palabras para aoatematicar tan ruin pn»»*
der« Por houor del nombre espáfiol, por bonor de mnk
tro propio país, donde se ba tolerado ese escandaloso
a^usoi püptQgido por Rosas en Buenos Aires, y disimu-
lado en Montevideo por las oircunstanolas esoepcioQahs
do la fi^erra, nos iisoit}ea9ios que no volverán 4 repro«>
dudrse^esceuaatan laoniiiitables, Dietoido d gobienm
de Espaüalas provideneiasque esperamios de sa noto-
ria ilustración y ceh>, y eustíendo ya m Hontovtdeo y
Buenos Aires agentes caract^í^doá, podré ostir^orse al
^lal de rai^. No vacilamos en afirmar que si neeesarío
fuose, el^gobiemo ejrgantbu) y el cNri^tal preataráo su
tjsal apoyo á las autoridades espaiiobis, residésates en cfi*
<^a»oapítal«s>.0iea^]ií^que etfén en^l poder hombres ée
medianos alcances pada mas.
,. ljÍa|>iQndo dj9sapani»dQ la eaota que motivó ki pfoU*
bicion para el Rio de la Plata, esta debelcmntvee desde
loftSfh Las dtsfüosieiones sobre el toanspmrte.de. cqloaos
á llamar, y especiabnente las qne la esp^áeneia ha
demostrado ser mas coAvementes p«ra Jas AnlUla& yrFi*
l^iioaa, deben observarse eoer todo rigor. Laa.autorite-
(|#s locales exigirán de los emigrantes las gavaotiaa que
estimen juftos p^a^<gie m s» eaidbecqtten loa que no
hayan cumplido con las quintas, los imposibilitadfiSi'^^
dby Google
yi^ los. capttiiiea ^ buquas, to4«9^ lae c<mdkJm9B de
S9gpn4a4, hjgte&e, eiaUdad y suoui de aUme^tl^a indi»-
p«DaaMes ea.tan lai^o viaja. kiqpi9rta 8o))£eman0m:iiue
wa^oimBioncmpu^tad^tre» ó ;c«atro médicos (tagar
dpft:por el «pn^ignatario, owio /Umíos toa. gaatos que 8^
Qdg^^Qi») pasea bordo y eiamiiie átomos los paiajiffoS'
sipidástodoa de clase 9i persona, uii& W% apta&de ha-
cenase á la vela; y que lo& agentes oonsalarea#n Am^maa^
sa i^uestoep inexorables^, contra todo el que lleve ea si»
biiquB mf» tj»dividuos d^s los que aparecfa ea el loL •don
baceír efectiva la fuerte multa mareada por la ordeoaoza
9Mli dobláxidola según la gravedad del caao, se poA^
im á raya la oodida de los Iraosgireaores^ -
^»Restidbl8ci(to.lapaz» abiertos.de nuevo todos tos^ana^
tes de la ^^ueeiob y el trabajo, y.isiei^. taii:apre-r
mii^.la'nee6$idad de. braaos, ¿eontiemeiiantosfiavanf^
tías, no habrá en. l|oití«video y Boanos Ajurda>ca8aa 4q
coraeráo respetables, empresas particulares, que se dis*
puteo en leal concurrencia^ las utilidades de transportar
un crecido número de colonos, sin las condiciones leani^
nos por que estos infelices , ó engañados ó ignorantes,
sehaa visto obligados á pasar hasta aboara?. •« Cualqiie-
ra-quB sepa el justo aprecio en que alli se tiene á la po^
blacion española, ooolestará que m siqíiíera es rasonar
ble ponerlo en duda.
^ Asilos emigrantes, al abandonar su/patria, al prapi<^
tiempo que irán ^nla confiansa de len^ inmediata-
mente una colocación segura, sabrán que anease de ser
vejados^ que se les ftMe a m contrata) hahiá quimil re-
cbMPe p(^ eao»y tos deflanda. ^
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— 368 -^
Tal ha sido sin duda, ía mente deí gobierno español,
alnoDifirár cónsul en Buenos Aires al señor ¿ambraño,
medida que juzgamos muy acertada en las cli^cunstancias
actuales. El gobierno de S. M. no ignora que hay nias
de TREINTA MIL españoles en las dos riberas del Plata,
y que el comercio peninsular en aquélla parte de América,
después del dé Cuba, és hoy el mas importante para Es-
paña. El gobierno de S. M., lo decimos con placer, sin
lisotija, porque nada pretendemos de él ni de nadie,
animado de las mejores disposiciones, con alta previsión
y patriotismo, k pesar de no estar reconocida la inde-
pendencia de la Confederación argentina, no ha vacilado
en dar el primer paso en obsequio de los españoles álli
domiciliados, y ansioso de asegurar á la vez el porvenir
y ios verdaderos intereses de la metrópoli en aquellos
ricos páises, ayer colonias ibéricas, hoy humildes repú-
búcas, y mañana grandes y poderosos Estados.
XVII.
LOS ESPAÑOLES EN MOJNTEVID^O Y.BUENOS AIRES.
Demostradas las inapreciables ventajas que nos re-
porta la emigración europea en general, y en particular
la española, vamos á manifestar la influencia que ésta
ejerce en nuestra sociedad por su número, por sus cos-
tumbres y por su riqueza : tarea indispensable antes de
examinar las relaciones mercantiles entre España y el
Rio de la Plata.
A la llegada del señor don Carlos Creux, cónsul y
encargado de negocios de S. M. en Montevideo, se ma«
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— 369 -
trkolaron (^etohre de 1845) sdo en taU dudad mas de
5,000 españoles, debiéndose contar im número mayor
en los departamentos y en el campamento de Oribe,
dónde como es notorio, habia dos batallones de vascos
de 1,000 plazas cada mío, compuestos casi en sa tota-
lidad de los carlistas qae emigraron de la Península des-
pués del abrazo de V^ara. Posteriormente pasan de
12,000 los que se han matríodado.
. En la ribera derecha del Plata, es dedr en Buraos
Aires y en las demás provincias de la Gonfederadon,
principalmente en las litorales, no bsúan de 18 á 20,000.
La parte escogida de esta pobladon se dedica prefe»
renteinente al comercio, á la enseñanza pública y ¿ las
artes liberales. Casi todos los profesores y directores de
colegios y escuelas son españoles ; entre los estableci-
mientos, que tienen á su cargo se han distinguido siem-
pre, y ocupan el primer lugar, el de los sabios padres
jesuitas en Buenos Aires, y en Montevideo el colegio de
humanidades fundado y dirigido por el ilustrado doc*
tor don Antonio R. de Vargas, canónigo de Guadix, co-
legio que meredó la alta distíndon de ser inoorporado
¿ las cátedras nadonales por decreto del superior go-^
hiemo de la República. Merecen también un recuerdo
el de los padres Escolapios y el del señor donjuán
Manud Bonifaz. Mucho debe á todos la juventud del
Plata.
Hombres tan morales como instruidos, al par de la
denda que hindia y pervierte cuando no va acompa-
ñada de la religión, con el consejo y el ejemplo inocu-
lan en el tierno corazón de sus alumnos los sublimes
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|i0gNPt0i;M:£HK«tt». Por eso RbaiaiB^priaÉ jsíbmíi*
vfímtA i Jqa priBQiems» á lo» jesuitae, imcoñ siMaerdote»
(|íüí4 m Bueoo» Aires ee reftistieron ¿ ponec <» el altir
^ retrato», y á pcolaaur la eátedra 4el Eepfrita Santo
Ga« leerilega» glor^fioamaiee y^bomlUas infernales, ot^
deoa^ai» qfieialm^to contra los u¡iitAo9y.ifmu0i4^ s^
mtí^."^Mf^io^t'.^f^^niiff9s d4 Dm y á9l9$ hambres. Ja»
jesuítas desafiaron impáyidoa loa álacidos de iamv^
||Ofv»,.de esa obusma ebria de vino y de sangre, que
l^as, para amedrentarlos» eolia enviar á los que se rei^
m^n á Jsofi oq[>rkbos. Loa bijos de Loyala, fieles á soa
tradiciones, antes que humíUarse) antes^ que renegar su
aagradja miwion, prefirieron las amarguras del destierro^
kk cérceU y basta la muerte, si era neoesario (1). Grande
y saludable tai la influencia que su beróíoa conducta
fl^erisió en el ánimo de todos* Nos Gomplaoemos en pa*
gar aqui este débil bomeuaje de nuestra gratitud y apre»
ete á esos esclarecidos Tarones, á quienes tanto daba la
eiviUzacíon americana desde que. pisaron las playea del
Knevo Mundo.
ia mayoría de la numerosa población española en el
Rio de la Plata, aimque compuesta en general de. gente
poco ilustrada, es muy rica^ la mas útil al. país, y la que
Uhra. fiu fortuna del modo mas decoroso y digno* No
éepeeula con nuestros infortunios, no celebra onerosos
contratos con el gobierno; no compra por la vigésima
parte de su precio valiosas propiedades del Estado, islas
y campos pertenecientes al patrimonio de la nación. Loa
(1) Véase el articulo : Rosas juzgado según sus propios docu-
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— »♦ —
fi» m*hmfí3Lá%^^y^ boefia fe» biisowy eneaenlraii el«e-
en^to de doMer y cealoi^lieiir mi <»ieit|ile&' m lft«tf^
üJMtoda d^taeapfciilaQioiiweraDtiLf y hft9la¿lj08 somos
aoQQftodftdQBvdeíMadoiQal tráfico al tmPmWf V^t»
títíí mu? hieratbro, sébriaft, l&bmosoa y eomómkMf ad^
qéíNm pióles f(NnuaaB en breve iíemiiii: iOB eattaft»»
y gaPiego» odlnraQ bi tienra^ le» ealataBeay eastetta&o»
l«B ofleie» mee^uiíCQí^, [loa yaleiifiíaiios y a&daliicea.|^
nfin cigarrevias^ eraSltaia», ete«; y 'los vueaivM apM*
yefizaB todo lo coiusermeiite áia ^¿joloria y edttea*'
ctoD. BUoSi unidoa á los vascos firaiteeses, en moioa de
tres ailoB bao* levantino en los sobturbiea de Soolevtaeo-
una nueva magnifica ciudad que se Confundé ^oa la
«utip»^ y en la falda del Cerril, coarta g^ieral del
qféftcito de RosaS) uiía' Undisima ¥illa> ijue si no Ma^
mlilseqiávoeados^seUamaahorade.ki I/9ii9ft. , .
"Um> 4e los Ya^^ofr earaeteristícos de la pdblatíim eq^*
ñekt, es^fue sos kidifidiios; de euidpter elasa y icendí*
ci«a qae sean, apem realizan algumi gananeia, la.in-^
yierten en bienes rústicas ó larbaao», se casan eon b^as
del pais, y forman faoiílíaa sonericanas. Sus b^os, eria^
dos en la opulencia, reetben luego una esmerada edu-
cadoQ, ocupan el ptimer rango enla sociedad^ y con-
tribuyen con sus bieeit^^con sm rifuezas é influeitcia, á
que se arraigue el orden y lai institudones.
Asi, proteger y fomentaÉ» la poblamn espafiída, dis-
pensándola espontáneamente todas las eonsidénaiones
ó inmunidades que meroed á la fiíerza disfrutan lü» Ai»*
ceses é ingleses, será per parte de los gMmnttjs amari-^
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cjMMB luui eixñ de Üfta ^reshám y j^tfi0ti8ine. CMrb
tdoto d6eiaK>8 del efeaz apoyo ^ue puedey debe Bsfiífila''
dtepeoMr á sus naUírdes tíH domiciiiados. La i^aiig!^'
y toft^ eapitaiee espnlolee que se eooncxmieeo, eertiito
para^seponer el vacíe qae dejan los capitales y la saagre
ameckaM que el.mifiotaaro de la guerra elvil selt^ga
díanMMDle. La lucba á qae edtamos condenados 'devo-r
i^acÉlanvida de algunas gen^aelones, y en eselutérvató
opifine ei eorazem la perspectiva de la pr^yonderanda
qae<pttede- adquirir el rieraenU eslfanjero. ¡Qué al me-
nos itayat^kmpre entre nosotros un plantel de rasa his«-
9«mtj cuyoa vigorosos retoños salven ki nadonalídM,
eiidÍMMis la reHgion y demás gioriosas tradieioiieBes-
pdüMa!...^'
Potfmñmfíi Ufó gobiePfios americanos van compren-
dieDdoestft verdad, y á ella se debe la deferencia ma^
que ae preslftn á salmfeéer las justas redamádenes^ de
los ^gesfes de nneslra antigua metrópoli , corado se
haeeB c0ittt> deben hiKíerse. El gcAlenm tie M4mtevldeo,
en vísperas: <ée recibir on asalto úm\ encmpígo, ¿fostan^
ciaadd'MfitrCreux, permitió qne mo» de 2^000 sol^
dados flspaiHdes depasíenm las armas { verdadero y en-
vidid)le ttitu^ para el referido cónsal y encargado 4%
negocíps en aquellas crükas y apremianles círeniíetatt-^
ciaa. Elgeneral UrquíEa posteriormente, espidió nn de-
creto, eximiendo á los españ^e^ del servieio miHiar; y
no.há mudio^ á ma simple insinuación del s^hor AÜais*
lar^ escribió i asle.ima benévola carta, y manáó-pOMr
eaUMfftad ir vtf io» ee^rnüolee prisioneros en la Altana
bateíta) qne^art^otté para dempre ta tkania de Rosa».
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— ^73 —
.La buena^eaiila anaj^da por ^ ^eAor Crem bs fto-
ducido Jos fimtOB ^p|B enua de «spwane. Sc3>famioa[ in-
justos, Miañamos é^ue&tfo .deber, ai De lo ái^esmne^
y joo le fielkitá»Qi08'por el adeito ea» que eeasonijié
entonces. La . alabanaa é el vknpeiio es^ en easea dados, '
un d^^r impMsdadible. Sa eondulslaliáliil é ioleHgente,
le jQooquistá desde, luego h» simpalias asi de sus eoBipa*
tríoAas comovdetlos MJos <]U^fais, j m ptatím, de eUo
bastari recordar las esplémHdiDks ovadones que redÉió
¿ su Uegada y las que le aeompadarm ¿ ^src^a, puW»
cadas en los periódicos ara^^ieaoos y repHMtecklte ea
Madrid por El HenridOy La Esperanza y otros órganos
de la prensa. £ntre esos testkn^os', (daremos teiea-
mente una esposielon firmada por todos los pro|^etarioa
y comerciantes eq^aüoles residen^ en Blonlwideo, en
la que manifestaron su afeeto y gmtítud al seflorCrem
al.«ad)arcarse para la Benfnsula, justasiente en meiiHMi^.
tos en*qoe ya nada po^an esperar de él.
La poUtícainangiirada entonces, y los.rettdtadosxi^
tenidos^ patentaran la necesidad de en?ter pcrsmas qw
estudi^x y procuren eonoeer á tnodo las neoesidas Urn^
sitorias y las neeei^dadies p^mun^tes 'de aqueles pae«
blos, lo cual no se conse^irá mmca ü cada tres ó eartr^
meses se manda un nuei^ agente.
Equiparados los españoles ^'dareeims con los e^ao*
jeros, garantidos y ampai^os pwr soa rg^oattiras ao«
torida^ desaparecen para ellos la mayor parte de los
ineenvenieales que traen comágo los trastornos poikieos.
Sott' tan ríeos aqodlos países, encrman talea dmnetttoa
de vida y prosperidad, que bastan pocos meses de^'paa
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— 374 —
como piteAe vene en d artienlo ^m tttva per' Btria
MM^áblitíi wimtal del ümffuayj p^üeaéor e& I»
ItJUniuGioit del 16 de juMo de 18ál, es de^, oaattdo
toáttvteiaetiopafrdeiUw&BitfabanáMontovfdecy^^^ '»>-•-
Cd vletr denlos hecbb»«daeido8 en ese artteeloi dig»^
senü 8i4iagri^ittblo iilgiim «b ^aoiériea, Má eteeptaar
]AÍsla^d«GulMi, donde los emigwttes ^[icoentren ínW
viBl^ -paira e8lnbieoei»é,'«ivirnic}or, y {nobafcUiiÉM
déAncer totttia en BMBOS'táeBip<>.
* En la nMffteraqw se dMe pura loe puebles drtPWM;*
espenoaos que su» giAiemos, penfrfradds de la gntf edaA
é importanda de los pitesipios qm hemos expuesto, re-
Mhros á la pcAlaeion y oolonizachm espaüola, de acuerdo^
oan eli^obiemo de S. M., coyas buenas disposidones'Bo
pseden ya ponerse en duda, adoptarán en proveob^
eenuB las prontas y eflcaces medidas qoe susbiencom-
prendidos intereses y su mutua conveniendareelamiai;
Una ée eilasy y úb las mas urgeitíies, serist qaeidiebas
ge p t b K c a s «Aviasen á Espa&a desde luego sus respeoti*'
vesimiBidves» y mientras 4aato se arreglase el eoerpo*
ooMular bfljo tíiejores bases» EstoiOtUno se refiere <ah
eaOMnto á la sep&Uiea del Uruguayí porcpie Buenos
Aires todavía ui siquiera oánsulas tiene ea la Peniosidaí
Si M todos las^conMdadoSy al menos el general deb^ia
dolarse fnmediatamenle con un sueldo decoroso. Asi lo
acMseja el bnoi servietdy et honor de la repiUitícai y^
pasa que no so erea que abogamos con alguna m»a inte»
MMdav diranas que el sogeto que ^etualmente desem-
pato este oaigd en liáiaga, el sebor. áf>n Antonio de
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— 37» —
AJilnub iw fm m^Ms^^ ikmt^ sus iimt, p«r Mt^aetate
ju^y¡0iiai)iQP>.y f«^ la sc4ieitud y iuitel^i coa quelit-pro*
(am^. mmsff^ U^mt toAou» la» ^aúfK»di«» de fm «»•
ptop^Mst^iiew i^Ó«i^ da JUjftintenBaittB^ « dignOvinvr
4ig»o 49 to4o (^Laprecia^ #ili»i«l9 y gmtitud! del «if^rior
gabienio de la rep^líca. Im iiUM»o»imUvoa4{iieD<N^
imf ulw9»^ á elogiar la consta del sofier Omiuif «wr
mueiiea atM)ia reepecto del^ejiDr Aldaba* Ya honoadl*^
che. y repeUn)Q9,jpe..eii,cíertas.(MMieoe4 la aiabao^a^
d vituperie e» un deber impreiCMftdil^^ y el oav^tt^
mieato de iia..debe?t aompie ee Interprete joalipor el
yidgfi, ó las. peryooae iptereeadaa en quejio seoimpV^ .
I^va eaj»i laniaa liaw^
xvnL
REUCIONES MERCANTILES ENTRÉ ESPAÑA Y EL RIO DE LA
PLATA.
Montevideo, capital deJare^Uca oriental detUniPi
goayí y Buenos, Aires» de laeosledmusiim «ge&MDai
situada la primera sobre la ribma isfíiierdadeleaiida»»
l^so rio de la Plata, cuya tK>ca desde^ el cabo^ de Santo
María al de S» Antonio» tiene cuarenta l0gQiie4e aBobe»
y la.segiuida, sobre. ia ribera derecba del misino .rte,
cosechan aUemativameate la^ venti^ de su ewjdiablA
posición geográfica.
El puerto de Montevideo es ¡my w&perior al deJhienea
Aires ; los buques que van á este ultime p«Qta, aaelan
generalmente en los f^UHk^ á siete ú edio iniltie de li^
qapitai; laiadaes|^li0esisin^y t^donLaftaHoeacaft*
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MI tarios fiMifragtoft. A&ádase i estos i&eoMaiiffiles
los que resoltan d» la dut y bi^aád f&ftívaMU^y
seeomprenderi por qué Rosas quma am^iOar i Mon-
tevideo, y porqué en époeas nonnales» todos los. es-
tianjeros sai' dtetisdon {Mr^eren establecerse en esta
ciudad, no solo porqoe iodas las transaeciones se reali-
sta' eÉ n^áMco, y por los ventilas del puerto que Io&
pone ea rdaeión imnsdkte^MB la fu^nsasaval, &i ca-
sos de crisis, revaeNn , sd^tevaeiones de teopa» ¿te.,
sino famMBii, porque aun cuando los precios devota
sMi massuMdos m Buenos Aires de un 5 ó 6 por 100,
• los gastos de carga y descarga ascienden á la enorme
soma de un M ó f7 por 160, mientras qpie eaMoi^evideo
num» pasan del 6 ó el 7.
El comercio de importackm del Rio de la Mataeon
Espafia en 1880 subió^ segim H. Moreau de J(Httiés, á
90,000,000 de reales, y el de esportadon á 120,000,000.
Actuabnenle salen de la Península todos los años so-
bre Tt á M espédicioneB, cuyo Tdlor aproximado es«de
lO'á ISjOOO duróíB cada una« GMipónese su cargamento
de vino (él principal renglón), aguar£«ite, aceite ordi-
nario y refino^ jabón en gran cantidad, papel florete y
frutas secas de IMlaga. Antes de la álttma guerra, se lie-
vtÉbtolambien Mondas de Cataluña, algunas sederías,
rasos y sargas de MAaga, y probablemente re^abkcida
la paz Tcrtrerán estos artículos ¿ figurar entre los ramos
de com^pcío mas sriidtados. De la Habaim satei todos
los afios'tíeii ú ocho buques, con iraUosoe carg^iien-
les de Má 40,000 daros cadaune# De cada diez buques,
sei8 fk^ lo menos cargan de tasajo^ que Uevan i las
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AiitlW^: alli -to-^eftde&v y se mitm de azéiSir, café,
ea<»i0^ ele. » y teUnMDí ¿ la' Peitesite. '
Lft Bafogeidon de loe rios teterioree ha estado seve-
ramenle prohftida por Roeafr hasta ahora poco^ en toda
hí eoniMetiaeiefi arg^iUna; y te puertos detaCMo^
ftfa, Maldottado y Paieeadá» perteneeietitee á kt repú-
blAfta ditrl Umgnniy, oeupeidotf porte tropas 4det áietaier,
'tédt>ifqiiIstaAúiB'y> i^aiMos 6 perder Táiiae^eoes per los
Aftfeiscms #8 mmt^deo^ no hsnofrecido garaotte al
e'omérdo. De modo qiíepor OMMdMM'tfloseMe seha Hay-
fado ásicaiMiite ¿ te dos eaj^tate referidas: Hettle-
Video y Bücnoe Alies*
Se «omprende por tisla UJerfsima risdla, eoál es lA
importancia del comercio peninsidar eon aquella parte
dé Amértca, y si hoe asistiaTtizoa para califlearle del mas
ftí^atif0'paflrfti8'metrópeii> -después dd de Cuba. Exa-
Mhiemos ahora te puertos de E^aBa, te produoeimes
y veuti^ que cada uno de eUos nos ofrecen, é Indique-
mos algo sobre algunas medidas 910 poMan adoptarse
por te respeetíf as repúbHc» del Mata, ¿ fin de estre-
char sus relaciones con la Península y utiliasarte ddde-
mente. También apuntaremos los precte de transporte,
carga y descarga, bandera^ etc«, coaso ttrtetemuy m-
tereaantes pnra el comerdo y para t\ objeto que nos
proponemos 3 y este notidas tendrán tanta ma» autori-
dad, cuanto te tomamos^de los datos directos que se
han servido faciKtamós los agentes consulares de Mon-
tevideo en España, y muy prhidpalmenle et seftor don
Antonio de Aldana, eon su infatigaUe laboriosidad
y acostianbimdo celo en todo lo que se veftere á
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— áta-
te prQflp«Mftd j nufior senrldo dr H rtpttliiM
Desded Cabo Gm» esa €atahdto, htttt Alggatev^»
Amtfétbo dt fiibfilterf Aohigr oiA»|»imto» ente toMa
éeÍJIMit«PéfliBi qae qaiMraiflii cw eL Bti» da teMMs;
^Mi'fiwNtonay'Vamffcmft yAUtegaiSitopií^oriMtil
de JBQ)tf a, «bwda en firotos, caktos, espfrtesvlHiiiiÉP«
Uii.y.iMt^Mto8 de ooodicioiíaB adeeaadits á leiEfíiieraM
doi de iwmtro ftí»* Seadetíenipe iomeioedtf/laiiNMH
teoobmeadri Bate de la PeDíoatda ban sidi» ta» eoH^
ttiea, y tanUtritopBiiaahteaa iinportaehin, qar á^peMo^
deijnlredieba'Bft que ertavbiios eoA la taettéj^i'^
motivos que todo d mundo sebe, ooa luimos pfteiMSM'
4 ^laleiJkioe 4e^ taandaM^eatralaa iqpv) nca^Uevasevai»
preda^^. ^ . r
Hogr q«e afeMuiiadameiite el paMon eaffMol M
vaeNo 4. tremolar en nueetras playee^ se ba renoTade^ef
etoMwio fraiHxi, de buena fe^ bíq traba alguna^ jloi»
baee.^e«uiiir que aeirá aereoenlando ámedida'^nf^a
pai«^ priaem^ csMdiehm del progreso, estieUda en beiifc
fie9 «itaáo t bs íofípAeB de la ri^aesa ptiUiea y piMtdte
1^ w^oAoalQ ^fojSmado, beeho en épocas nemaM;
enkas^ dfthi dUaladagiwfBNqiie blioiiettle ha'terfiáiái^
doi de.ealftt^trea puertos salieron en un afle, eon^^dea;»
tiM alfiio de la. Plata, SO boques, cuyos oBrgamentM
veidiin^ttMe 300,080* pesos^taertes,* «etomando ka infa^
moa.4D0iQ0O cuems, iaq^oftaitea 1,400,000 duroá,^
bolttQfli^.eMe cambio de artlciáoft, hssuHaimteneft'
eíii' á Ja^ iMflialrta> nartoud de 600,000 parames YikN
.< H *0MlraQidiniia aunaento que ba a^uiMdo «taide
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eitMCtt la mvina nusscMite «ip«Mv y teía
blarse las operacioneaiCOiMrcJilaft o» wMiA pié^^sív
oome^ es fie esperar, mt afiomi cL árdui^ y alweiid» |ior
a}§iijpnad&os, ba^enoa «m paiéiiteiíflk^rnailra»QftKni^
aiaiio»toii9a4oQiMloi^. ^: : i :^
Adamad da to^ bwpimlQaiiráfiQridM, bey «tro e»
Qalimu 4e ilMwaa».<e» ^ Kaáiteo^uMM)) ^1 eaol auala»
aalff Cambian alf oaa^ ^ at^adiaíoiiaa marOitaM paral
Mfiatenda^ y Bna^xm ^^ms^^pe^c^ '«aMPiaiida ^ dataa»
por no haber aUi agente consolar) nos abstenemoi d»
avator^las, y sí las ^disamoa, aaaalo iwa^oaaa tan-
gán pfa«^itaa eomo^ uofi fdflra monde Mflslpo Qoaaarp ¡m
con esta. parte de Espafia.
.: Sin:e«togo deaoJiat)f0P.QpÍ4 f^idA coalaaitaM.
ttv^ifa mm fm lO«l. t9?af. Pll^9& OVf9f»¿09« la res¡6ir%
l^ljaa d^l llniguaiir ^tleí^ w ^mmI ^n.lMei^M, :!».
^ftoei^iiipa w TarragP9a..ip jQ^paul ^ Vatoneta, w^
viee-cónsnl en Ahnerfa, y el eqfml^.mwAimi^^.
b^By p4dién4oM<ei;adwK.lQ».49 Valwcia y AlaMriíaao-
mo un liya iweceaao^,. pnes lapiimvajcM^íM juHIs^
V4»».Ba6ptQ 9m la .paUgro^a tuA^^ dal QraO) y la stpipdv
Q^.p99eQ^ina«i articula ^.«spQi$a(íw».«i« vlmm^km»
ipAy4«var|o. . .... i
. jRor dkcwtf^ario» )|i ip)p9cMm«j\a «w.l^Qy oitíl dwdiMA
gobierno español á las Islas balaar^i pvQtfidarn^aiitlli
á j^iailiQürcaí «»pitain y i it^r^jifit,^ Imiml^ytovr'
moso j^fAertade Ma^fHOi^ b^ea asparar fim to<et|uai#Pto^
qnfi sa:Coiiievcio recibiri ^. Iojnimwvo uo^awifwtQ gmñ
sidariible^ JLoa.|««dttctos 4e^6t«a,^tWM «(tUjlMiAMWh
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tros ccMMiBos ee biMMes aaHeolos, porcaya rtuén
creemos confwiéiite á noeslros Intense» mt ctesid m
Páliiur y «n vice-cóBBol en Haihoii.
En la coMla occidental de fSspalla, es decir, desde Ai*
gedras «n el csIreAo de i^bnSlar hasta Aya4liiiite en
la raya de Portugal, y desde el rio Ififlo m el misne
reino hasta Foenterrabiaí, limítrofe ¿ Francia, no hay
masqoedos poeilos de nsoal y aethro eemerchy con el
Rio de la Hala, tales son Cádiz y la Cbmña, en coyas
dos plazas tiene riaesH^ gobierno sos respectivos etin*
sules.
ikíeleii hacerse algmias espedlciones en Pasajes, (Vft-
eaya) y en el Carril, nna de las mochas y hermosas rfas
qne tiene Galicia ; pero en el primer pimío s<m bnqñes
ñfanceses los qoe llegan á tomar vascos solamente, y en
el segundo ya el goMemo espaüol ha dictado las j^rovi^
dencias oportunas para impedir se reproduzcan esas
espedicimies, por el modo clandestino é Inhumano como
se han hecho hasta aquí.
Coruüa esj^de en corto número sus buques para Mon-
tevideo y Buenos Aires, y como scrs producciones, igim*
les á his del Norte de España, tienen poca aceptación
» noesCros mercados, casi siempre hacen sos carga^
menlos en Cádk ; pero retimiando direetameirte los
cueros, é los que dan inmediata aplicación en sos mo-
chas fabricas de cmtMos.
Cádiz, por sos salinas y por loa muchos arttculos que
reG&>e de Sevilla y otras plazas del interior, hace bás-
tanles espedidones mercantiles á nuestro país, embar-
cando tanbtai algwos pasajeros de diferentes provincias
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4«,la Bfüiiaavift. Este {iwrto, poTiopotícioa gMgpáfliM,
tancia oomercial. La ooBfanseDcia.á.él da-todAH tos
pa))alliifie».dal globo, Ja baceo aer además de un pwto
4e ifeoaliida psr4 ^ Madttactá&eo, imai.atalaira aegva
para adqpúrir B^ttdas y pnMfam lie todoa los-nüMados
«spaiUileSk.
De este puerta y la Gondia safi^oa paca el lUade la
Plata eiiim aBe solm 30 buques, cayo valov aseendW
&imoa200,QQO pasos faartes, estmyeado en caaibio de
nuestros produetos, adeiois del sebo, astas, ctíd, ele<,
oqro TalQriiob4»iade iao,Qoadum8, 150,000 eneros
que iiupertaodo uios 46A,000^pataeMe8, uaides á la
auma anterior, di^au de utilidad á uñaste ladastria
37Q>00Q.pagoa; por eooaíieueiidavatraeadO' esiediaett
al que residtó en las opearaaiones oaleiáadas del Médi-
Jtaet^mea, apaieee q^ eloMiercio argentbio y uruguayo
jcou. EspfAa tu?o uabeoefido de 070,000 peaaafiaartea.
Esta demostradon, tomada aproianadamente delos^aaos
tM^ al 4B^ por térmioo medio, noJMtaye.aiiiouu
pequeña parte deJa estracdon detaaajos quelos buques
espaftoles.Gouduceu 4 lasisla»^ de Cuba, .y PueHo Riae,
porgue carecieudo de datos seguros, no aos es posflrie
inarcar .cpa.e»^tud el puffismoque lea cersaspoaude.
Eato^eostos^oetídenteles «aebafta eLOeéano) l»y
puertos de aíguua consideración 8uao€VÜUes.4e«elado*
;[^ursQ4)aanttertn> oomaecie; ttitBeeUo&sa-aueniUiSan
SebaslÁWd) 3ilbao, SaintaaMto y*Vjgo : lesidas friÉOMs
PQr sus pasajeros y.depósitpa^d^lereeffo.pap.8iMi'haeiMS,
que tan luego como itímlen sus «asteatde Mti^mkmj
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MM|m«»tted«iav'iMado6-ad<l<>&« fléf«fifr¿f«ítait8
ftm iNMaivO'MDsaiBio/BegiiD ^ isíttm iMo^pwFltti
«riM«ÉB«5roá hechos ft «Bta «MAi; y el «tltad, pi^i^^
4 taaMto mejor- y mes ceaeuAMo del (Deétttio. Ebrio
iHRMfTO fXigirá«Besti0 intoite ocáner cM im t^ee^niÉil
eÉMMhEiAer 5 oMo «I ¥igOi
Las islas Canarias, como adyacentes á Esptfia m-^H
'deáaiio, y de tan conocido ítáBtés á nuestra ^afs por
MSfMdfloos y tAortoMS'toKhios, carecen tambiende
agentes conmlirai. Esla fWtta es tasto mas 'seiiMiM,
eamto boyal ^Memo de S* M., que tantas y ian im-
^rtantes medidas de interés genenl está Uevandeiá
<ealio^ ha declaMio puertos fraifeo» á. Satita^tlrai^de Te-
iMife, Orfiftlmi Ciudad Real de las Palmasv Sttit&CrQE
lie Ut FWma, ámM» de Lansaroté, Poerlo ^e^Oabrüs
y Stm ^bartiattVBsi) es (fe creer que en breve üenifo
«Mehaalslas seván uno* de tos mi^es pattes de eseafei
peAirla BBivigacloiLdM Snd en general^ : pw comiente,
Mmentados-losTe&onoe^^ m ciM^etcio, M seria es-
tnfio que mestras reiaiciimes coa este pequeño aAsM-
fUmgo tenaaeen tndtii» mayores proporcioiies. Aunque
asi no ftiese, Jusgamoe qee son bastantes las que hoy
eaielcn para qfoehnMese en Santa Cruz un cónsul nuestro.
Gen las AntUias españolas y las Fflip&ias no hemos
teúide hasta ahora; grande intimidad comercial; con
todo, convendría un eónsul en la Habana, en donde se
observa dgun. movinritínto mercantil respecto del abun-
daste consumo que se hace áM de nuestros tasajee y de
la coetambre que vaau>s adquiriendo de gastu ras asá-
caos ytabaete.
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— 3S3 —
. isnt.poodptfps M h» do» ribeiftl del ftrto «le con
iWAAoeptaoio& se íatrodueesen la PeniíHnilay son los
4am(» v80Qt&9t Becos<y «alados : loa frfixiwroft 4» ailft-
qiaeo.aaehOr pelo cortos bi^n deaeaimídoa'y |iiQpiaÉ4e
^gmBBij cabesa^ l«riaaoa qua no eseida m^peao da^ii^
23 libras castellanas. Los de toro de igual estaqpuo^ dt 96
<óao libraadt peso^ Uamadoa aqai alhacqiiei«|4 Los de
J9ü0QrfQS) nmiatos j bagteles. fil sel^i an ma^faetaé,
ha principiado á. tener estimaoton» desde tpa en Mtiígti
jF otaeas. j^leíae te hm eetaUeódo Cttiicas deireta^es-
«tol^i^as* Algunas paftidas de lana lavada selianifwdido
ÍH&i ea Bar cdona^ C&diz y Málaga ; pero este art^o no
siqmpre encuentra Untadores por les eseeaivfts éumbm
que paga. Lo mismo ha sucedido em vár^paeetilüs
)áe ptauoas de avestniE y cueros édnntrsa;;^ Las aelas de
iy^^ft y novIHo^ Iñen en su estado naluiiaiy como en»ftal-
4¿lmi^ ó las puntas solaasente, sieaq^re. ion wadiUis
pi^rstiaplieacioBnsnal'y per la eatraeeéon (píese haee
ea Cádiz de las {dandias y puntas pura A Skarte len-
Los derechos qae pagan estos ariteulos pqr el iMnosl
español, con distinción de bandera, son los siguientes :
Ett bandera En bandera
española. estrai4/&ra.
Rs. Cent Rs. Cent.
Cueros secos en general 14 51 ql. 37 25 ql.
Ídem salados. ........ 7 95 3o' 74
ISebopwificádo I{l » 48 ^
Lana lavada 120 » «. 160 » » ...
Astas en general 1 50 ^ . " ,
Y además, el 6 por ciento de arbitrios de recm'go»
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PMftte vtíflte4e tos cueros seeos, no ba^ rogataritM
OQ los moceados, pues en.algiifios ise bftceíi cmeo dasí^
fleadoíies de picadcuras, como en Cádiz; tres en Bar-
eeloika, y dos en Málaga; coya eosUiiid)re altera los
ptetíMy segon losi^rjukios que se han de inferir en su
eíyéadiclon.
Las operaeiOMs de Banca, que enlaiaii los intereses
de ambos países, uo son usuales, porque cambian regu-
lannetite nm«aderias pormerc^arias.
Con todo, sucede á veces pedirte retornos enletaa,
y como estas han de ser sobre Londres, y está «qeto
dicbo papd á un incierto corso, no seria fácil determinar
con exactüad en cual de los paises quedan las uMUdades
de esta negb¿iaei<m.
Cmno los cargamentos que comunmente se haeen en
Boicdona, Tarragona, Málaga, Cádiz y la Coruña para
Montevideo y Buenos Aires, son por cuenta de les arma-
dores, no se piede regularizar el val<Hr de los fletes;
sin «nbargo, lo que mas se ha visto basta ahora en
Los seguros que hacen estas compañías de buques y
efectos, para el Rio de la Mata, por lo regular no cíí-
ceden de uno y medio á dos por ciento, según estación,
bandera y buque.
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algunos embarques por
de estos especidadores.
cuenta de esos
es lo siguiente :
comerciantes, y
Ps. fs.
Capa.
De Barcelona á Montevideo.
» Málaga á
» Cádiz á
» Corana á »
... 8
. . . 6á7
. . . 5á6
... 7
40 p. 7o en lM>i.
»
»
— 3«5 —
LttiMblPétKülá qcíe hift^ éfttre 1á fiáédéríí M^ftM'y la
estranjera, para el paga de tos nttéVós defechos de puerto
y riategacíon, es la siguiente :
Battdera Bandera
española* . asUraijeM,
Por cada tonelada táyt9,€ají;ari^ ^^^^
^omo lleirada. • • ^ i reaU . 2 Tf ajes.
Cada quintal de peso que se introduzca
' Oestralga» ; •' . .' .' / / .* .' 'í/ñ id. 1/4 id.
Cada i a arine ro por coBsamo diario. . 6 mrs. 6 mrs.
. Sobre estos deredios se hacea algunas modi&caeiones
«egun entra el buque cargado y sale en laFtre> ó al
contrario.
}jOs gastos de piloto ó práctico y apcorifje.» sop. co-
munes á todas las banderas, hiendo e^tps ; i. . . .
Porantrada. • . . / . . . . . . Rs. 112
. Amana en andana^ //..'...., » 60
Cada bote que presta el práctico. ... » 30
I I i I -I- ir n
Total. ... Rs. 202
Respecto á los derechos de puerto y navegación ya
dichos, el gobierno español concede á la bandera estran-
jera el privilegio de nacionalidad siempre que sus
respectivos países den á la española la misma recipro-
cidad, es decir, que aquellas naciones no llagan pagar
mas que lo que aqui se cobra : esta diferencia se com-
prenderá mejor con los ejemplos siguientes í
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ünímpie Htnmjm é» MO UntMat y 12 hombre$.áe MptOmm
pofa en Un puerioi 4ip§ñoks.
IH>r 900 toneladas de entrada á 2 reales una. • ^ ps. &.
Por 4,000 quintales de peso de carga de entrada
ái/4rs 50 »
Por 300 toneladas de salida á 2 reales . . . • 20 »
-Por 4,000 quintales por carga de idem. ... (90 »
Por eo dias de estada á 6 maravedis diarios oada
uno de los 12 marineros • 6 i/2 »
Patente de sanidad, etc 4 iy2 »
igjl ps/fs.
üu Imgue etpañol de iguales condiciones.
Por 200 toneladas de entrada á un real una. . . 10 ps, &•
Por 4,000 quintales de peso de carga de entrada
á i/8 de real 25 »
Por 200 toneladas de salida á un Mal 40 •
Por4,€0Oquialalesde'cargaid. ái/SdereaU . 25 »
for 00 díat de estada á 6 maravedís diarios cada
uno de los 12 marineros. ......•• 61/2 »
Patente desanidad, etc. . . .' .' . . - . '■11/2 »
Esceso contra el estranJeiN). . ..'.'. . ' . *tO ' ps. fe.
Esta diferencia ha escitado el interés de machas na-
ciones que han reclamado la nivelación; y habiendo
probado al gobierno español, que sus respectivos go-
biernos la han adoptado, les ha sido concedida la referida
nacionalidad.
Juzgamos que basta lo dicho para que se comprenda
. ouál es hoy la importancia de nuestro comercio con
España, y nos lisonjeamos que ios cálculos anteriores
fundados principalmente en las espediciones de 1846 ¿
1848 llamarán la atención de nuestro gobierno, á fin de
que beneficios tan positivos y de interés tan vital para Im
prosperidad de aquellos pueblos, sean sostenidos por
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— 387 —
■Mái^^ la bQ«iia iataUgeaeia y estreohas retadoaes
con el gobierno de S. U. C.
XIX,
ESPAÑA T AMÉRICA.
La pérdida de las colonias no ha sido una calami-
dad como toda;f ia creen algunos, sino por d coiitcario,
ungran benefido para Espa!la.
Calamidad y no pequeña ha sido eld>andonO'¿ in-
dffta con que hasta ahora han dejado los gobiernos de
la metrópoli que otras nadónos esplotasen solas la rica
mina dercomercio, y adquiriesen alli mas influenda de
la que conviene y seria de desear.
España debió reconocer la independenda de la Amé*
rica insurgente desde que se convendó que era imposi-
ble sqjetarla por las armas: asi habría reoonqmstado coa
vent^iosos tratados de comerdo, con franquidas y con-
eedones, que las nuevas repúblicas se hubiesen apresu-
rado abacería, ¿trueque de que las dejara libres, tan-
tas ó mas utilidades que las que le reportó en ohro
tiempo su paciflca posesión. Por desgrada no se hizo,
y bien caro paga España su error ó su desidia.
Que ha sido un bien para la metrópoli la pérdida de
las colonias, es hoy una verdad vulgar para cualquiera
persona medianamente instruida.
España no era sino el canal por donde se derramaba
en Europa el oro del nuevo mundo; y en medio de tan-
tas riquezas como pasaban por sus manos, ¿ quién diría
que su comercio, su agricultura, su industria, su ha*
denda, yadan heridas de muerte, y que era preciso
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- 3»^.
prodiiSAí ese <Hro tan eodiciado «le^^Hiiú^Qoi fín:mi§L
acudiese al sosten de sus^)a9.WgBQt^».:QIK^I)líifi^fift.?
¿ Quién diría que soberaiHi on América y tributaria en
Europa, los tesoros del imperio de Motezuma y de los
Incas, eran insufltSentes para compensar las pérdidas
que le ocasionaba aqueUa7.it. Amacgn tevifA qtte^jpil
hechos pateBtixan basta la^videncia. EadasQ«í>iiíiiteidQ^
la conquista, la colonizadou y p<d)lapi9& i» Amérkt^
costaron á la Peninsida, según los c4li6uk)s de W«s y
VorMQ de Joim4s, sobro troiDtaniUlwos da baMdoHta»^
y los dutfttos do los riquí«moa miqwA^^ do M^m y 4
Perú» so vieron obUg^dos á valerse en ime do uni ooa«
síon, del triste espediente, queee el álltimo vetwiQ . dn
los £$t«dos erroimdoft ; eiterarm 1^ rooneda y Inieta
diermi le de cobro el valor de la. plata- fiQ ep^isam
Qélebre pid>U<}ista ba Uani94p al eppaüQi el Mí4as de liie
colopias, oompartodQle.eouaoüel ^eiveRtura^orey qne
conyertia em oro cuantío tocaba, 3f f» Q^etía di b¿»bi«
en m^díQ de sus riqueza»*
Hoy sinser dueQo de dos mnndos, sin que.el sol ^e poo^
ga nunca w su» dooiinioi^, ni el mar donde qvlera qstf^ fe *
vuelva sus pías, eucuentre payas ibéricas que enfirenea ^^
ira, el puebloespaüol, comparativamente, e^aicierra^-
tro de suslin^tepinatttrales masf elementos de vlday próft»
peridad, es mas rico é industriosp, y cuenta una pobla-
ción mayor que la que tenía quando, el decir de los poetas,
Isi tierra, el sol y la$( opdas le rendían bomenaj^ .
La razón de e^to es demaaiadQ obvia para que nos de^
tengamos á esplanarla ; perdidos aquello» raudales 4a^
oro y (ifkta que iFenieii de América, encareciendo taii
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— 389 —
proda6done8 itídigenaií y estfanjeras, y fomentadü la:
natural indolencia de un pueblo meridional, pródiga*-
mente dotado por la naturateza, España tuvo que bus-
car dentro de sí misma recursos para hacer frente á sus
necesidades. Sujeta k la dura, pero fecunda ley del tra-.
btyo, ley impuesta por Dios asi á las naciones como á
los individuos, la agricultura, la industria, el comercio y
las mejoras materiales, luchando con los obstáculos que
todos saben, ftieron paulatinamente desarrollándose; y
hoy, por mas que se diga, la situación de la Peninsula
ha mejorado notablemente, mejora dia por dia, y en
muchos puntos, sino en todos, fuera de la preponderan-
cia política, nada tiene que envidiar á las épocas mas
brillantes de la monarquía desde Felipe II hasta Gar-
los in. No queremos decir con esto que se encuentre á
la altura de Inglaterra ó Francia, pero no es tanto el
atraso como se supone, ni el pueblo español marcha tana
retaguardiade la civilización como se pretende. Entrepro-
pios y estraños se ha hecho moda el hablar mal de España.
Y sin embargo, como hemos dicho en otra parte, el
pueblo en cuyo suelo privilegiado desde remotos tiempos
se han resuelto todas las grandes cuestiones políticas
de Europa, disputándose en su recinto el imperto del
mondo, Roma y Cartago, Julio César y Pompeyo, la
Cruz y la media luna, la reina de los mares y el capitán
del siglo. .. el pueblo que con el descubrimiento de Amé-
rica, abrió una nueva era á la humanidad y legó otro
mundo virgen al cristianismo, ala política, á la filosofía,
á la historia, al comercio, á la industria, á todas las
profesiones, ciencias y artes ; el pueblo que elegido en-
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tré rfétifo p6f la mni«i toirtriftiQ jM*A|ttiÍfiicr tiivi Wlm
miieiito'BOcMistá rfau^safiHavIii,' para Tkuiretar á'-w»
flnratey eoipttjHr al imeto y vhjjo miÉidd eri ioikiitie«»
senda, tap'dlSÉtada élmiiienia, tan «&p^tíét éMx^ M^
dttloy prevhioB, cnonó la perfMtüiWdád y d* pn^rttiMí
de que eg sáftceptible lá humanidad an él giilar da lo»
a%lo8$ 'etepuflbtoha hecho utas por Nt'dvittzadeta y al
pprveitfr da la Europa y del nlundo^ que tpdos loaipnr
96 han engrándeddo con sus despejÓB, eon su oroi om
sn s^gre y m jsMlgmtfxL !
• Felipe II, al saber el desasiré de la iüvenolble aroiMa^
pronuneíó estas l)eHBS palabras : m ha oortadú uHará^
ma\, pero él árbol está hsanó y voheri á trotad : eto
decimos^ nosotros de la jáven Esp^stña* M ¡ffitebtoqttfitw
bsígnes pruebas tiene dadas de lo qnepoede y es capas
éuando'saben' dirigirlo, v<riyer& á eonquistar su perdld»
rango entre los primeros de Europa; si los hombres i
quienes d destino eonfia lá idta itosion de goSsff sas pa>t
EOS nti malgastan estérilmente su aotividad, su ehergia
y sus ro^rsQs, y dirigiendo el espíritu páblioe Iiáei^
empresas de utilidad general, respetan y eontinásn la
Obra dbsus predecesores siempre que redunde en behe**
ftéio del país;
Desearíamos sobre todo, que hubiese unidad m los
hombrea que SttoeKiyamente ingresan al peder« Désela*
riamos, si fuese posible» que imilasen m esto &los ing^
ses; cualesquiera que sean las opiniones de los que se
suceden en el mando, wigs.ó torys, secundan lasmiAs
de sus antecee^ro», si ym encaminadas al engrandeció
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«iiota sr, prQwefho i^ )a nacaos m Utosijed^pfe d»
f9iap9M^tíqfiC9«tQ9i)H'e5m^^ pwflipitoi cama»
4 .q^Q (toba 4u pro^»0vidadIft.OiwBrataaa,iiaaefrB«
(^ CfolQs 11^ al r^aavar al tratada da camaroio teclm
<aH^,Portn(a^ ao I6if2 jK»(je};asaaia«si|LlMidM. .
.JUq Qunple 4 j^«a9tr<^ Ql^jato jB9tri9* an alaoéliilaila
la» varías caww 911a podriap cootrUnnir 6 «la la idiruun
Quia e&paftola, roarcbwdo deaambara^ada por laa iriaa
dal progc^, anilma 4»iantQ aoteB al témiM de ana de«
^Qs ; bástanos indíoarque el comercio y laa estraehaat
intima» relacionea entra Eapatoy aus antignaa oaloniaay
aa una de aoa maa urgentes y grandes necaaídades. ÍUM,
del otro lado del Oioéano, en las riberas del Pl«ta yf
del Paoiflcoi m la^ fisldaa auríferas de loa Andes, desda
^ eatracbo de Ma^aUjunei^ bas^el golfo m^icanot dasi*
de el IJm^^y hasta las margenes del l^ Lpr^mo, aa
^ulta el narvio da su pod^r en lo.f utmro^ los fluidos vi«
viñeantes que han de restaurar su caer(^» anflaqneaida
y débili el robusto apoyo que tal n^ ineline la balansa á
su favor en Europa« si amo ^speraoiom triunfa^ al fin
}f^ buenas ideas, y toijas la^ repúblicas americanas, am^
vencidas de que la unión constituye la fuer¡(a, y is^(^
dadia s^ baca maa uri^pta la necesidad de pon^r un
dique ala insaciable codicia de sus rapaces veauíos, loa
modernos oartaginasa§ del Norte, forman cansa común
9PP la metrdpoU, y la dim y reciben da aUa los auailJa»
qua los pu/^blos hermanos se prestan en sus horas da iih
fortunio... ¿ Quién puede preveer hasta dónde podrian
e^tendevie las ventajas de semejimte.aUansa?! Quién
sabe dentro da vm sigla i dosy qaé forma daiiobiaiM pre-
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iféieekA dMSnftiVatíiente éa Améticá, y éfa todo caso
cpuéa mejor qué España puede ayudamos á reanudar el
hilo de nnesteas imperecedei^ás tradiciones ; impereeede-
vaé, 8iy porque, origen, idioma, religión, leyes, costum-
bres, son vincidoa que no se rompen ni por ódíos mo-
mentáneos, tii por los estravios inherentes á una san-
grienta y porfiada lucha, como fué la guerra de la inde-
pendencia, ni por vanas declamaciones de escritores par-
ciales é ignorantes, ni por el afectado desvio de los que
ceden á sus pret>cupaciones sin examinar él fundamento
en que apoyan ! Hay un momento en la vida de los pue-
blos, en que estos vuelven sus ojos con avidez á todas
partes, buscando una bandera, un principio, uñ hombre
que los salve, y ¡ay I de España si al Itegar ese ins-
tante, no se encuentra alli para abrimos sus brazos y
Cubrir con su manto imperial la codiciada presa que
otros acechan y se preparan á despedazar, no bien se les
presente uúa coyuntura favorable !
Acaso sean estos delirios de nuestra imaginación en-
ferma, acaso jamás nos veamos reducidos á tan duro
trance ; pero ¿ no cabe eso en lo posible ? ¿ la historia no
nos ofrece ejemplos parecidos 7
El tiempo Resolverá tan'dificil problema : entre tanto
dejando las profecías par^ mejor ocasión, decunos una
y otra vez que la emigración y el comercio son en la ac-
tualidad los dos medios mas eficaces que tiene España á
la mano, para asegurar su influencia y su porvenir en
aquellos países.
tas lineas de los vapores ingleses dé Southampton y
Liverpool, ofrecen desde luego el medio oías fácil de es-
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gc^iemofrvicég puede aeryír 4^. aorma a) 4W^lf
derads^. tod^yto pqr jla, int^g^a, eur^pe^ coma lo M
ai tiendo de ^ de$cú})^9P^tQ, ; QO^^ wjtm todo f^
cimdq eaproduqoip^^ ^Tut»»^ iw eUa.ppr algww «iglM
íp^\er4 o^Üg^da abocar pQ)^gr^Q.d^»T6atqíapqp^toftiHN
te/aQtQSt.n^tf^ttfaf^^.^ y surtieulos de cc^sumo dal víqo
hemisferio : como mi vasto mercado, manaatialpiupsM
^f fjtf^ie»!) J^iQ^to ^py. 4 1^ esp^tacipu \uiiv«?9a|:fin
Í^traba3 qi9A la i^^fíiflA va», prmit|Y<M^ dm9fLWi
! SpQ xnuj cansiderakes la» utilidad^ que de^ ^Ja^
Fpanda ^u comercio coa ^anto P9mU3i8a y Q^G9pa44liü
gracias al &uyp, la Inglaterra se ba reiategrf^ d^,lfi pi^
didadelo^^tados-Vmdp^se ahorra, todp^jíqitea^ite
admim$^traciiP^ y coatodia, y percibe m«^ppr^^t9liiflM»
que, Wte» por xeam de &u ^oberap(a» K<^ l^ítbai.iítoé
OAtramb^ meptoafruclifarQ 4moí»m eoA.eljrwtiK^te.
América* Sn casi todos los 9u«v0sEata4o9,.eliii^ fin
gura ea primar t^rmmpí aifi^^ el ívmM^ hmaomii»*
^ra ó cuarta líuea aparece el eapafioU ;
No se uoaocoltaiilaflppdBrosa» eawMia qiia«ooti^
Cj9nti%írito ^ que a»i suceda por mujsho. tien^ ; ¿pn »
pqr. eso ^ lefi ha de aban^l/aw lil>re]9e9ti|;^ onq^o 2 iLoa
arteffLQtas mp^olep tieueu ea ^iropameroadoa fu^Sida
la Península? ¿Pueden sostener la eoQip^t6i|4ÍafiOitJi)*
ii)gle$ie«i, conloa franoeses ni ami coa loa helgaa.;? El
i^tcaso de América» por el contrario» y la oifiíida abftBfate
4e fáhricaa AO la obUcan & menudo & wrtbie del pañpM*^
cq gia U«g»á W3 pnertaa? Loa yinoh el^oaite, alJalMiy
dby Google
— 391 —
lasfrálos dékiPieiiiiisria^ autíqne mascaros, ¿no senpréfth
ridosi los^straii^os, earazcn á qoe teniendo maseuerpe
rtristen me|9r los calores ü» la linea y no llegan déte*
rioradM? ¿No les dan la preferencia por estemottvo hasta
ka misBiaBeBlraiYieros ^e pueden pagarlos ?..••¥ sieuh
do EspaSa im pais eminentemente agricultor, todo 16 qué
tienda al desarrollo y fomento de su agricultura ¿no debe
riiimrse oon mareada predileoclon por parte del ffiblerM
espriiol?
Eñ cuanto^ á pobtecion, bien sabemos cpie España n»
participa de las condiciones del restó de Europa r aqnf
todavía, á Dios gracias, sobra tierra y fdtffli brazos :
asimismo ya empieza á notarse en algunas capitales la
desproporeton que existe entre A reducido número de
oatrerason las ciencias, en las artes, en la industr&i y
el OM^did^de dar ocupadoná esa multitud de hombres ^e'
«Breúen de^trabigo ó no pueden mantenerse con los exi*
gsos' recursos ^e sus respectivas profesiones les sumí-
nis^an. Esta desproporción se traduce por la plaga
Itaasada voigacm^te empkamama. Las beses sofare las
eoales se apoya la nueva organiaadon de las sociedides
tiendim írremediableBiente á aumentar esternal. La Amé-
fiea ofipeoe un vasto campo para tetíbir esta exuberancia
da hitisHgeneia que se nota ya en varias capitales de Es-
pada y que á nuestros ojos es la causa eficiente del mal-
eslar que aqueja á la Europa.
. Espada, ad«más^ podrá siempre por la fecundidad de
misuelo^porsttapacíblecUmayporel ckrácterdésus hijos,
p6opoDei<maarBe na ereddo númwo dd agriadtores del
Norte de Europa^ oomo los que traten idloradoodóiiK
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— ai» —
jfUA nosotros ; la primea» poique Issimis 89 perfeenio-
nm cmzáodofie, y nosotros ¡loxipao^asi será aiyor. el:9ih
.mwp de españolos qois» sia peijnieiodfl lanMtn^oli,
ptiodan emigriv á Áioáriea. Tweoios que^entiM Ja nndtt-
tad de ftrtrawy ros floe .acndwi & aueiteas ftlayas todos
los años, guarismo que seguirá probabiemeate la pro-
gresión eq^aivkoea que Ue?a en los Estados-Unidos, la
raza eq^ola, débil en número y aniquilada p(»- las di-
aensioníes^ciiaeaj en im perioda masó menos largo^ se
InoorpcHre y anaalgMiie con laptddaeioa astrai^sra hasta
elputtto de ser absorvida completaaiente»
Algunas penoáasy un embargDvxdegBQ la convele»-
oia y se oponen tenauneale á estaaeoii^aeicMies, por
jeremías peijudidries' á los inleieses de fispaia; pero
Jas raiones en que se fu»lan no pueden soportar «eineo
axbiulos ido análisis y eriÉica..ileote deoir que quinientos
•proletarios españolea m América, consumen tantofrpua^
doetospeitíBsularefty mantiaien ev' dveuladon un capí-
•lal'eqittTaleBto alque^gastarian dnco 4se¡s mil en Espdla
1)190 ig«des eoa^eioíies. ¿ Cémo ?... Porque los Jómalas
sonallinMyereefaMsylespormilen iMreon mas dea-
láiogoy disMitar algo masque en Bvopa ; porque mu-
ehos de ellos envían annalmente á sus fam&las soeorros
mas ó menos coanliosoB, y ya eemoartosamas ó nego-
ciantes, siempre consumen de preferencia lea prodtfeíos
«spafioles. Otro tanto paaa eén los franoeses é ingeses
réspede de tossojfos, y asi se esfOiea oémo dudadas,
eu]^ poUadon no eseede de ocbe á 4kz vA átmas^ tia-
m»i inf«moyilBieBlonvBi!e8Rtil y baoen ptíAám {guales
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^IM^B m €ldhtd4e cuarenta sapm^shL nrilm ftdfií-
-pk. La adnuia Bdla de Moitte^léeo, eittdád mftí ptítk^
mn ttoMé mÁ baja c^Ufiiaéirablé á coiñecaeiicla del iMo
9» I« pas^Rósati, queckiida rédttddá á "rntete y doeo
«fil hdtfauMs, él afio dé Íd46 prodi}$á nieiiftüalmefltá
w ttiHdfi ^ jMÑi(K)fie^, 6 BeanirfAMe ttiflMieft de feaies.
▲1 tarminiur eita leñe de aírticidos qtB ánlMmDla al
amor 4 la paláa y un aentíiiiieiito da gratUnd háofa fia-
iptíkky n>8 imputaÉf oti á $acxMc, al par que kmsmnK
ardientes votos por la unión indüetaibie da los daa |Ud-
4il<l»^ rogamos que ño aa iirtMrprete mal lo qoe no liafatnoB
podido óaabido eflpreaaraceitedeflUBinasaaroBiBÉeveaea.
14» que bonos ficho y suatoilado, es fmto del eetndio y
ide ainaan» aonviedoneB. Loe errores en qcieliafaian
jQiNiikído (no atMrigamoa-la pr^easiiMí da e^ew qnaií
naestra edad se sabe todo y seactaita aTeBipr^f sarán U-
jos de nuestra manera da ver laa oosas, no dd cákida,
o! de falla deamolr alsuelo qoeiiQs viénaaer» Loa iafoi^
timios de una generación^ de una fiamiUa, de un tembre,
i tpié son mte el bien y progreso de la bamanídAd ?• . . ¡IM
greoo de arena^ ima lágrima airolada mx bk inmensidad
dalOcéaBoI
Jóvenes todaTia, contemplam«>s el porvenir oattrfNnIe
aerenai y la ola de la revolueion, bastante poderosa p«a
«rmneai^s de nuestros bogues y aitoíanios en estra»-
>nm^ playa» né alcanaa ¿ desviarnos una sola línea de la
senda que nos, traza el deberyBoesIraacotttioemBos.
Aquel y estas nos ordenan Ueiw mtóstro pebre oim-
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~ 397 —
lingente de acción al palenque de la lucha; ya' que al fui
prevalecen nuestros principios.
Por lo tanto, cualquiera que sea la suerte que el destí-^
ntí nos reserve, regresaremos á América : si ya no esta-
mosBlU, es por causas independientes de nuestra voluntad ;
l^ro iremos, Dios mediante, y proclamaremos las mismas
doctrinas en la prensa y la tribuna, si algún día merecemos
el honor de que nuestros compatriotas nos honren con sus
sufragios ; y cuando no haya ni prensa ni tribuna , pro-
ctRuremos imitar el ejemplo de Avellaneda, Alvarez, Mu-
ñoz, Várela y otros jóvenes escritores y poetas distinguí-
A>s, tpxe cayeron al pié de la bandera de la civilización
peleando «contra la barbarie y el despotismo. Antes de
fnnflBzarse para supais emigrando, ó apurar gota á gota
él amargo eáifz dd destierro, mientras haya una enseña
terantada enel patrio suelo, es dé cobardesno cambiarla
pluma por la espada. Con el pensamiento y la acción, con
él braw) y la {Qteltgencia dieron lastre y renombré á su
patria el Dante, Ercilla, Garcilaso,Calnben8, Cervantes,
En époeas y patsésí como d nuestro, cuando suena la ho-
radél infortunio y los acontecimientos ponen á prueba
el patriotismo de cada uñó, él primero y sagrado deber
de laJuventtídHispanó-Ámericana, insiruida 6 ignorante
es ocupar un lugar en la filas de los que combaten por
los dogmas imperecederos consignados en el acta de
mresfra independencia. Asi únicamente tendremos pa-
tria, instüucioües, libertad : y asi únicamente lograremos
oponer una valla inespugnable al incendio que amenaza
devoramos, y decirle como Dios al mar : ¡ De aquí no
pasarás !
12
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- a&8 —
XX.
BASES Y PUNTOS DE PARTIDA
PARA LA ORAANIZACION POLÍTICA DE LA REPÚBLICA ARtGENTINA^
Por el Dr. D. JUAN BAUTISTA ALBERDI(i), .
{Puplicaéo en el Eco de Ambos Mundos el i^ de diciembre dei^^)
La grande obra ¡oiciada por Colon al doflcuhrir y le-
gar un nuevo hemisferio al cristianismo, ala poUti^^a, á
la historia, al comercio, á la indostria, á las ci^ciifó y
artes, á la civilización del mundo, en una palabra, que*
daria incompleta, silos pueblos Hispano-Amerieaiías «s^
tuviesen condenados á no salir jamás del estado preea^
rio en que hoy se encuentran, si la ley del progresso á
que fatalmente obedecen todas las sociedades buq^anas,
no debiese convertirse para ellos en una hermosa y f9*>
cunda realidad, merced á los esfuerzos combinados de
los gobiernos y de los individuos, de la iotellg^Micia qw
concibe 'y del brazo qoe ejecuta, de los principios qxm
lleva en su bandera el siglo XIX y de las nocQgidadw
que traen consigo las tendencias de cada ápo<^» los eua^
bios políticos, los desengaños que se tocan y las trístoa
lecciones del mismo infortunio que nos abruma.
La prensa de Chile acaba de dar á luz un litHH) nota^
ble, debido á la pluma de un célebre jurisc^sidto y há-
bil escritor, conocido ya por otros trabajos análogos. Et
libro del Sr. Alberdi, que, — no vacilamos en deciriO) —
hará época en la historia de la revolución y da la iHera-
tura argentinas, presenta en jelieve, y da, en nuetíro
concepto, la solución mas acertada, atendido miestro
(1) Un tomo en 4* de 260 páginas.—Vülparaiso, 1882:
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— 3^ — *
estado actual, á (odas las grandes cuestiones que hoy
dividen á la América española.
Los intereses que en él se ventilan afectan no solamen-
te á la confederación argentina, sino también á todo ei
nuevo hemisferio* Para tratarlos con el detenimiento
cpie merecen, necesitariamos recorrer con el autor el di-
latado horizonte que nos presenta. Grandioso cuadro
que no cabe en losestrechos limites de un articulo de perié-
dieo, donde apenas podemos disponer del espacio indis-
pensable para dar una legera idea del libro que nos ocupa.
Pocos escritores americanos han hecho un estudio tan
profimdo y detenido de nuestras cuestiones políticas y
sociales como el Sr. Alberdí. Quizá ninguno reúna en tan
aUo geado el esp^itu investigador y filosófico, la facul-
tad metafísica, la percepción sintética, la fuerza anaU-
tiea y lógiea que revelan sus Bases y proyecto de cons^
iitudon parala república argentina.
Por eso, el Sr. Alberdl, elevándose á la altura del
asunto que trata, busca nuestra primera condición de
Misteneia en el progreso humanitario. Conquistada
América á la civilización por la Europa, ve en este he-
cho providencial la mejora indefínada de la especie hu-
Bftana por el cnaamiento de las razas, por la comunica-
doa de \m ideas y creencias, y por el cambio de los
productos diversos dd arte, la industria y el suelo.
Eijos de la Eurof a, j.nq^ de, los infortunados hombres
de eol<^ cobrizo, unesfoos instintos,' nuestrds hábitos,
Boeatras necesidades, iasai^reque corre en nuestras
venas nos impelen á marchar irremisiblemente por la
sendaen que nos ha puesto la voluntad del Todopoderoso.
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— 400 —
Seaj»os am^rieaQos, si, pero aolos seamoa h(»id>re»
civilizados, h¡jo3 de la cruz, herederos de las bellas t$9h
dicioaes europeas, á cuya sombra se han leva&tado. co-
losos como la uaioa Anglo-Americaiia : teogamos imtí^
tuciones, orden, amor al trabajo, que esa es la verdadera
democracia^ busquemos en los elementosquenos rodean,
en los dones que con mano liberal derramó Dios eo
nuestro suelo, en los prlncipiosque invoca y acata la eiea-
cía moderna, la savia fecunda que ha de nutrir y des»
arrollar el árbol naciente de nuestra libertad* Miremos
á la Europa, no al desierto : siguiendo á la Eij^pa^iealo
que podemos seguirla sin m^^giaa, tepdremos con ta
paz, primera condición delprogreso, el saber, lariqnesa,
el poderío : — humillándonos (mte el genio dd disrieilOy
ó sea el americamsmp salvs^e é insociable, cosecta*
remos por eterno patrimonio guerra, ignpraneia, retro-
ceso y miseria!
Tales son las consecuencias que se desptend^ de la
simple lectura de las primeras páginas del libro del Sr.
Alberdi : asi el autor echa por tierra una de las mas fu-
nestas preocupaciones y que raices más hondas tíene en
el hemisferio americano : nos referimos á ese mal ^i-
tendido patriotismo que se subleva contara todo lo qnei^
comprende ó no puede apreciar, y mira con prev^ieion
hostil, por no decir odio, cuanto p^leneee á la Europa.
La revolución llevada áeabo por nuestros padres, la
independencia proclamada fot ellos, no podía tampoeo
tener otro objeto que ponemos en o(xiuÉúcaGkmdireetn
con el mundo para ineiK>rar nuestra em^ian y coasti-
tuimos como nadones grandes y poderosas, haciendo á
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— 104 —
Qjuesiros paeUes mas niimerosoB, maft ricos y felfees.
Los. que cortaron ei cable que dos siig«taba ai ancla
metropolitana, jamás pudieron imaginarse que sería
para permanecer estacionarios en el mismo punto; y
DO obstante, ei bajel revolucionario vagó sin brújula ni
timón en el océano de nuestros desaciertos políticos, y
iQientraa su trifAdaoion por im lado defendía heroica-
mente el puente contra el abordaje de la España, y mo-
ribundo y sangriento, arrojaba á sus nativas playas al
temido toon castellano, disputábase en la parte contra-
ria, espada en mano, quién mandaría, cómo se arre-
glaría y qué rumbo seguiría el frágil esquife que lleva-
ba su fortuna. Asi, antes que el bajel tocase la ribera se
le abandonó al furor délos huracanes; antes que lase-
ndlla brotara^ se pensó en recoger sus frutos ; antes de
Xmet patria y libertad, las ahogamos en lucha fratricida
y nos enagenamos su porvenir.
Lo gue entonces pasó en Aínérica, era una conse-
ciünicia necesaria de la situación en que se encontraba
el pais^ de sus condiciones físicas y morales, de las
ideas dominantes, y, preciso es confesarlo, de las
malas pasiones propias del corazón humano en épocas
de vértigo y fiebre revolueionaria; de la imprevisión ó de
las exigencias del momento. Las leyes orgánicas y fun-
damentales que debían echar los cimientos del nuevo
orden de cosas, estaban muy lejos de llenar las condi-
dones que exijia el progreso inaugurado en mayo, en
relación con la democracia improvisada y los intereses
mas vitales del continente Sud-Americano»
« Todo el derecho constitucional de la América, aiites-
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e^ilola, dice con mucba oportaDidadel Sr. Alberdi, e»
iocompleto y vkíOBo, en cuanto á los medios mas efieaees
de llevarla á sus grandes destinos.»
Y mas adelante :
c< Dos periodos esencialmente diferentes comj^ende
la historia constitucional d« nuestra América del Sud :
uno que principia en 1810 y concluye con la guerra de
la independencia contra España, y otro que data de esta
época y acaba en nuestros dias.
u Todas las constituciones del último periodo, son
reminiscencia, tradición, reforma, machas veces teitual^
de las constituciones dadas en el periodo anterior.
ií Esas reformas se han heeho con miras interiores,
unas veces de robustecer el poder en provecho dri dr--
den, otras do debilitarlo en beneficio de la libertad; air
gunas veces de centralizar la forma de su ej^cldo^
otras de localizarlo, pero nunca con la mirado suprloaír
en el derecho constitucional de la primera época, lo que
tenia de contrario alJengi;andecimi^lo. y prf^reso da Im
nuevos Estados, ni de consagrar los medios conducen- -
tes al logro de este gran fin de la revolución americamu
En prueba de esta verdad, examina el Sr. Alberdi, L11&
varias constituciones dadas en distintas épocas en toda
la América española (menos Centro- América: ) es decnr.
las de Buenos Aires , Montevideo^ Chile, Pe^, Bolivia;
la de los estados que formaron la República de Colooír
bia, el Ecuador, Nueva-Granada j Venezuela : las drt
Paraguay, Méjico y California'; y de sü rápido. «laUsis
deduce la siguiente importantísima consecuencia, apli^
cable á todas menos á la última.
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— 405 —
« El derecho constitucional de la América del Sud está
en oposición con los intereses de su progreso material é
industrial, de que depende hoy todo suporvénh». Espre-
sion délas necesidades americanas de otro tiempo, ha
dejado de estaren armonía con las nuevas exijenciasdel
presente. »
« Nuestros contratos ó pactos constitucionales en la
América del Sud, deben ser especie de contratos mer-
cantiles de sociedades colectivas formadas principal*
mente para dar pobladores ¿ estos desiertos que bau-
tizamos con los nombres pomposos de repúblicas; para
formar caminos de hierro, que supriman las distan-
cias que hacen imposible esa unidad indivisible en la
acción política que con tanto candor han copiado nues-
tras Constituciones de Sud- América, de las Constitucio-
nes de Francia, donde la unidad política es obra de odio^
cientos años de trabajos preparatorios. ?>
Estamos completamente de acuerdo acerca de los me-
dios que recomienda el Sr. Alberdi para despejar la in-
cógnita de nuestra sociabilidad : la educación del pue-
blo, operada mediimte la acción civilizadora de la Eu<-
ropa^ es decir, por la inmigración, por una legislación
civil, comercial y marítima sobre bases adecuadas; por
Constituciones en armonía con nuestro tiempo y nues-
tras necesidades; por un sistema de gobierno que se-
cunde la acción de esos medios.
La inmigración, sobre todo, es una de las necesida-
des mas vitales y urgentes de América. Véase lo que con
este motivo decíamos en julio de 1852 en el ORDEN, pe-
riódico de Madrid, hablando de la« prohibiciones y tra-
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— 404 —
bas qae una mezquina política le opone todavia, de
este y del otro lado del Atlántico (1).
Alli demostramos de una manera irrecusable hasta don-
de puede estenderse la acción civiUzadora de la Europa so-
bre la América, por medio déla inmigración, y cómo esta
.es el agente mas eficaz y el grande elemento de estabilidad,
de progreso y de cultura que en la actualidad tenemos.
Nos parece por lo tanto muy natural, salvo algún
pmito en que disentimos, que el Sr. AÍberdi abogue por
ella, y pídala reforma de leynuestrases políticas, dvile»
y administrativas, en sentido favorable ¿ su afluencia y
adimalacioQ en el territorio americano. Esa reforma en-
vuelve en sí y ofrece garantías ¿ la verdadera democra-
cia, al régimen representativo, ¿ la educación popular,
al desarrollo de los valiosos gérmenes de nuestra pros-
peridad material , á la libre navegación de los rios , al
comercio libre, á la supresión de las aduanas, á la liber-
tad de la industria y el trabajo, á la creación de grandes
sociedades, ala construcción de ferro-carriles, canales,
puentes, etc.; eslabones de una misma cadena, que sur-
gen espontáneamente délos prindpios sentados por el
autor en toda su obra, y que se relievan especialmente
en los capítulos xyi,XVUy XIX.
Con el auxilio de estas premisas, entra luego á exa-
minar las bases y puntos de partida parala Constitución
de la República Argentina, cuya idea dominante se en-
cuentra formulada en estas hermosas palabras del ven-
cedor áe Monte-Caseros : CONFRATERNmAD Y fusión ok
TODOS los partidos poutigos.
(1) Emigración españ^^ ti Rio de U PIau, pág. 30^3-64.
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- 405 —
Bl 8r. Albeirdi, después d^ examinar los antecedentes
unitarios j federales que cuenta la República, no se
decide ni por la simple federación ni por la anidad como
la entendían Rivadavia y sus amigos.
El nos pone en evidencia la imposibilidad de plantear
ia una sin el auifUo de la otra, y nos manifiesta que
ambas formas han coexistido y coexisten constituyendo
dos fuers^s iguales, dos elementos tan identificados en
la actualidad con la vida del pueblo argentino, que la
muerte de nno arrastrarla en pos de sí el suicidio del
otro, como se ha visto l»ajo la presidencia de Rivadavíá,
respecto de la unidad , y bajo el despotismo de Rosas,
eon la federación.
Encontrar pues, el tipo en que han de fundirse ambas,
debe ser por ahora el principal objeto de los legislado-
res argentinos. La esperíencia de tantos ensayos infruc-
tuosos, \oÉ hedios consumados, las dificultades bisupe-
raMes les'están señalando el derrotero que han de seguir.
Por poco qué se mediten las Juiciosas advertencias que
hace sobre el parfíoikur el autor de las Bases, 6 muy
preocupado ó muy torpe debe ser el que no comprenda
qne fuera del caínino que indica, en el estado á ^ehan
llegado las cosas, no hay mas que obstáculos invend-
Mes, laehas estériles entre el gobierno supremo y los go-
biernos provinciales , entre el espíritfí ciego y esclusivo
de l(M^idad y el principio absórtente y k veces opresivo
del poder central.
Obligados á condensar en muy reducido espado las
luminosas teorías del Sr. Alberdi, no nos es dado se-
guirle en todas las induceiones y deduedones que se
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— i06 —
despresden do Jos hechos capitales en que las apoya.
Este articulo se baria interminable , si hobtésemos de
examinar el origen y causas de la descentralización del
gobierno de la República Argentina, la clase de federa-
clon que le conviene, la manera práctica de organizar
el gobierno misto que el autor propone, tomado de los
gobiernos federales de Norie*América, Su-za y Alema-
nia, la cuestión electoral , los objetos y focultades del
gobierno general, el carácter y misión del poder cje^-
tívo en la América del Sud, la ciudad que está llamada
por su posición topográfica , por su cultura, por m po-
blación y riqueza á ser la capital de la República Argen-
tina; la respuesta á las objeciones contra la posbílídad
de dar á ésta una constitución general; la política in-
terna y esterna que le conviene antes y después de esta-
blecido el nuevo código constitucional ; la necesidad de
que este solemne pacto esté garantido contra le^^es or*
gánicas que tiendan á destruirle pe»* escepciones, cerno
acontece en Boiivia: y finalmente, el proyecto de Consti-
tución concebido según las bases desarrolladas es eiJíbro
que tenemos d la vista.
. Ya lo hemos dicho : en este vastísimo cuadro están
comprendidas todas las grandes cuestione», (gm afectan
al presente y al porvenir de América ; él nos enseña el
camino que ha recorrido hasta aquí, el punió m que se
encuentra y el blanco á que debe dirigir siis.esftienoe ;
la solución , en una palabra, del difiqU problema de
nuestra organización política y social y de la civiiiaaeion
Hispano-Americana.
Kl espiritu y lad tendeRcias del libro del Sr. Alberdi
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— 407 —
se reasumen en el proyecto mencionado. Copiaremos de
él algunos párrafos como el mejor testimonio de la bon-
áñá de sus doctrinas.
ff La República Argentina se constituye en un estado
federativo, dividido en provincias que conservan la so-
berania no delegada espresamente por esta Constitución
al gobierno cotral.
« La Constitución garantiza los siguientes derechos á
todos los habitantes de la eonlMeraeiM, sean naturales
ó estrangeros:
La libertad detrabi^ary ejercer eaálqoiera industria.
LalB>ertad de ejercer la navegación y el comercio de
todo género.
La libertad de peticionar á todas las autoridades.
La libertad depublicar por la prensasin censura previa.
La libertad de entrar, permanecer, andar y salir del
territorio sin pasaporte.
La libertad de disponer de sus propiedades de todo
género y en toda forma.
{ ;La libertad de asociarse y de reunirse con flned lícitos.
La libertad de profesar todo culto.
La libertad de enseñar y aprender.
En cuanto ala igualdad, la ley no reconoce diferencia
de dase ni persona. No hay prerogativas de sangre ni
de nacimiento ; no hay flieros personales ; no hay privi-
legios ni títulos de nobleza. Todos son admisibles á los
empleos. La igualdad es la base del impuesto y de los
cargos públicos. La ley civil no reconoce diferencia en-
tre estrangeros y nacionales. } :• incroít Libittfy
La propiedad, ese derecho vubierado en América con
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baria frecoeocia, e»^ deroebo, piedra angular dei edi&eio
soeial, está ganmtido «n térmiaoa tanioecpiivoeiM aomo
estos :
La propiedad fe javiolabte. Nadie poede ser privado
de día eteo ea virtud de ley<^de senteiMáa&iidada ea ley.
La espropiax^oii por causa de i^ublieaiitUidad debeaer
calificada por ley y previamente indemnizada. Solo ai
Congreso impone cofitrU)u(»o»es« Nóogon servicio pecso-
nal es exij ttde mo en virtud de tey 4i dfC soitencia ftia^
dada en ley. Todo autor ó inventor goza de la propiedad
eseluaíva de su obra i d^scubrjiaoíento. La coAfiscacíon
y el demadso de bienes a^n abolidos para aiemiire.
Ningún cuerpo armado puede hacer requisiciones vi
exijir agimos. Ningún partíoular puede ser obUgadp k
dar alojainiento en su casa á un militar.
Éntrelas garantías individuales y púd)Uaas9 figuran
prescripciones tan recomendables como estas :
El derecho die defensa judicial es inviolable*
£1 tormento y los castigos horribles son abolidos para
siempre y en todas circunstancias. Son prohibidos los
azotes y las ejecuciones por medio del <2uchiUo ^ de la
lanza y del fuego. Las cárceles húmedas, oscuras y mor-
tíferas deben ser destruidas. La infamia del condenado
00 pasaásu&miUa.
Las leyes reglan el uso de estas garantías de derecbp
pública : pero «1 Congreso no podrá dar ley que con
oenaion de rcgiameptar ú organizar su ejercido, las dis-^
minuya, restrinja ó adultere en su esmicia.
La Constitución asegura en beneficio de todas las cía*'
ses del estado, la instrucción gratuita, que sera soste-
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— 409 —
uida €on fondos naeioiíales destioados da ub modo im^
vocable y especM á ese objeto.
La navegación de loa rios interiores es libre para to^
das las banderas.
Las relaciones de la Confederación con las tuiciones
estranjeras respecto á comercio , navegación y mutua
frecuencia, serán consignadas y escritas en tratados que
tendrán por base las garantías constitucionales diferidas
á los estrangeros. £1 gobierno tiene el deber de promo-
verlos. Las ley esorgánicas, que reglen el ejercicio dee^s
garantías de orden y de progreso, no podrán ser dismi-
nuidas ni desvirtuadas por escepciones.
£1 derecho público diferido á los estrangeros no puede
ser mas liberal : tal vez peque en alguno de los puntos
que abraza : pero la necesidad apremiante de Henar
nuestros inmensos desiertos y de atraer la población eu-
ropea á todo trance, asegurándola cuantas ventajas y
garai^ias pneda apetecer, á fin de identificarla con la
nuestra, han influido sin duda en el ánimo del célebre
publicista, no dejándole ver en niiestro humilde con-
cepto algunos de los gravísimos inconvenientes que en
el porvenir pueden acarrearnos el abuso de dos conce-
siones esencialísimas que les hace. Mas adelante espli-
caremos nuestra idea.
En la Ckm$titucion del Sr. Alberdi ningu» estrang«ra
es mas privilegiado que otro. Todos gozan de los dere-
chos civiles inherentes al ciudadano, y pueden comprar,
vender, locar, ejercer industrias y profesiones, darse á
todo trabajo^ poseer toda clase de propiedades y dispo-
ner de ellas pn cualquiera forma ; entrar y salir del pais^
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— 440 —
ooQ ellas , f i^cueniar eaa sus buqpies los puertas de la
República, navegar en sus ríos y costas. Están libres de
empréstitos forzosos, d^ exacciones y requisiciones mi-
litares. Disfrutan de entera libertad de conciencia y pue^
dea eoQ^niir capillas en cualquier lugar déla República.
Sus contratos matrimoniales no pueden ser invalidados
porque carezcan de conformidad con los requisitos reli-
giosos de cualquier creencia , sí estuviesen legamente
celebrados. No son obligados á admitir la ciudadanía.
Gozan de estas garantías sin necesidad de tratados^
y ninguna cuestión de guerra puede ser causa de que se
suspenda su ejercicio.
Son admisibles á ios empleos , según las condiciones
de la ley, que en ningún caso puede escluirlos por solo
el motivo de su origen.
Obtienen naturalización, residiendo dos años conti-
nuos en el pais^ la obtienen sin este requisito los colo-
nos, los que se establecen en lugares habitados por
indígenas, ó en tierras despobladas; los que emprendan
y realicen grandes trabajos de utilidad pública : los que
introducen grandes fortunas al país; los que sereco^
mienden por invenciones ó aplicaciones de grande utili-
dad general para la República.
La Constitución no exige reciprocidad para la conce-
sión de estas garantías en favor de los estrangeros de
caalquier país.
Las leyes y los tratados reglan el ejercicio de estas
garantías, sin poderlas alterar, ni disminuir, al estrema
que el autor coloca entre las garantías públicas de orden
y de progreso la circunstancia de que la inmigración no
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— 4H —
pueda ser restringida, ni limttada de ningún modo, en
ningún caso, ni por pretesto alguno.
Estas son las doctrinas, estos los principios del libre
del escritor argentino^ doctrinas y principios que acep-
tamos, si bien, creemos oportuno al terminar este arti-
culo hacer algunas breves reflexiones acerca de la liber-
tad de cultos y del peligro que en época no muy lejana,
á seguir las cosas su curso natural, amenaza nuestra na-
cionalidad de raza.
Católicos, juzgamos que todo lo que pueda amengnar
la unidad de nuestras creencias religiosas nos será al fin
perjudicial. La libertad absoluta de cultos implica la U*
bertad de hacer prosélitos y de atacar las creencias
agenas, y cuando en Inglaterra, y en los mismos Esta-
dos-Unidos el catolicismo frente á frente del protestan-
tismo gana terreno diapor dia, no nos parece prudente
ni necesario proclamar la libertad cuando nos basta la
tolerancia. Si la religión católica es la forma que mejor
se adapta á los üistintos morales de la humanidad ,
deber nuestro es dispensarle la preferencia y el apoyo
que merece. La razón pura, última fórmula del.protes-
tantismo, conduce á la impiedad. El hombre necesifa
inclinar la cabeza delante de ciertos misterios que no
comprenderá jamas. En los Estados-Unidos, cuya rapa-
cidad, cuyo proceder agresivo é injusto con Mégico, el
Perú y Cuba está muy Iqos de merecer nuestras simpa-
tías, empiezan á notarse síntomas que inspiran serios
temores á los que penetran en el fondo de las cosas tía
deslunibrarse por el oropel que las circunda. Altiva ^on
su portentosa prosperidad material, la Union no ha
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— 442 —
ealtívado cQift igual éxit<> loe stíntimi^ntos morales, y acase
DO está lejos el día en qoe se rompan los víneulos que la
sujetan, adulterados por la eodicia y el egoísmo los sa-
nos principios que le sirvieron de base : ¿y quién puede
calcular hasta qué punto* habrán influido en ese resul-
tado las Btíl sectas y la total indiferencia que en materia
de reli^on se observa en la patria de Washington y de
FraaUús?
Toleremos, pues, á los que profesen diverso cufto ;
pero no los autoricemos para que se conviertan en ene-
ütigoáimplaeabl^del dogma católico, y se entreguen á
las abeonraciones qae en todos partes atestiguan la este-»
rtUdad y orgullosas tendencia&jdel protestantismo.
Tampoco estamos de acuerdo en el breve plazo mar-
cado piara alcanzar la ciudadanía y tener opción á los
MTgos pí&lioQS. Esto ahora seria una ventaja inapre^
daible, pero dentro de emcuenta ó cíen años, si la inmi-*
gracóen <^6ce eñ el sud de América, como acontecerá
apenas haya algunos años de paz, y se le abran todas las
puertas como debemos hacerlo^ la misma progresión
e9p€mtosa que lleva en los Estados-Unidos, tememos
<pe la raza española enflaquecida y débil, en un período
mas ó menos largo se incorpore y amalgame con la es^
tiiai^ra, hasta el punto de ser absorvida por esta. Todo
lo que el autor dice en el cap. XVI, p. 83, no nos con^
vence. A la vuelta de poco» años, lo? estrangeros serian
\ñXí preponderantes por su número, por su riqueza é ilus-
tración, que el idioma, las coiAumbres, el carácter na-
cional, todo desaparecería; y nosotros apreciamos en mu-
cfao nuestra nadonalidad de raza, nosotros creemos que
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— u¿ —
ese hidalgo pueblo español tan calamaiado, no eede é
ninguno en virilidad, ni carece de aptitud para nada
cuando saben dirijirlo. ¿Porqué, pues, se le muefilra
tanto desvio ?... Las provincias Yaseongadas, Amgoñ,
Cataluña, las dos Castillas, pueden enviamos colonea
tan buenos ó mejores que los ingleses y franceses. Esto»
acudirán siempre en sobrado número para incliiutr la
balanza á su favor, al paso que los primeros nos son in-
• dispensables para mantener el equilibrio y para que haya
siempre entre nosotros un plantel de raza híspsoim
cuyos vigorosos retoños salven la nacionalidad, el idio-
ma^ la religión y demás gloriosas tradiciones españolps^
Mezclemos nuestra sangre con üa estrangera, ya quee3a
es la ley constante de la humanidad, pero no rexftogiie-
mos nuestro origen primitivo, no nos condenemos vídiu}'*
tariamente al ilotismo, no les entreguemos el ceÉro qu4
el destino puso en nuestras manosw Que nos comunir
fuen su flebre de mejoras, de bienestar y engsandeci'^
miento, que nos iluminen, qve nos lancen y nos gmen
por el sendero del progreso; pero que no se conviertan
en stores, y por la fuerza inevitable de las cosas imi-
ten el ejemplo denlos anglo-amerioanos con los franceses
del Canadá.
Tal es nuestra opinión, opinión tal vez errónea, pero
hija de- leales y altas convicciones que el señor Alberdi
tiene demasiado talento, ilustración y buena fe para no
apreciar en lo que valgan.
Su obra, de la que se han hecho en Valparaíso dos
ediciones en breves dias, y que ha merecido el alto
honor de que el Cftib argentino en Chile^ sociedad pa-
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triótiea compuetita de personas dignas de consideración
por sus honrosos antecedentes, por sus luces y el noble
ol^eto que se propone, la recomiende dentro y fuera de
América como el Credo de su comunión política, que es
hoy el verdadero partido nacional, será consultada por
tos actuales legiadadores en el Congreso que va á inau-
gurarse.
Esperamos que ese libro realizará sin derramamiento
de sangre ni violencias una saludable revolución en las
ideas.
£Í proceder del Club argentino^ su patriotismo y zelo
le honran tanto como al ilustre escritor el justo home-
naje qué le ha merecido*
Humos al señor Alberdi nuestro sincero parabién y le
enviamos desde Europa nuestro pobre sufragio. Nunca
b^os tomado la ptúmá para ánaUcm* un libro con mas
gusto que en la ocasión presente. Nunca hemos sentido
emociones náis intaisas de pátina y libertad. Ante el
magáifleo horizonte que el porvenir de América ofrece
á nuestros ojos ¿qué son las lágrimas, los dolores, tí.
infortunio de tres ó cuatro generadones?^.. Lo que una
gota del Uruguay al confundir sus aguas con el Paraná,
formando juntos el caudaloso rio de la Plata, que se
precipita al Atlántico por una boca de cuarenta leguas
entre él cabo de San Antonio y el de Sania María !
FIN
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